“Ser cronista sin que sea necesaria una tribuna, una estridencia, un micrófono”

Por: Laidi Fernández de Juan

Cuando Sheyla Valladares publicó en el año 2014 La intensidad de las cosas cotidianas ya demostró, al menos, dos cualidades: sensibilidad auténtica, y valor para adentrarse en temas difíciles. Aquel poemario la lanzó al ruedo de artistas que creen firmemente en la posibilidad de visibilizar asuntos escabrosos, desde una óptica genuina, alejada del posible glamour que siempre resulta efímero. Ahora nos convoca nuevamente, pero esta vez, con un libro de narrativa que obtuvo por unanimidad el Premio Literario Luis Rogelio Nogueras en su edición veintiséis.

Si en La intensidad… la autora eligió la poesía como vehículo para lo que realmente se propuso y logró con eficacia: denunciar la desigualdad de género en términos de violencias y sumisiones, en Relojes con miedo al agua no solo varía de lenguaje, sino también de destinatario, y de propósito.

En apariencia, estamos ante un libro dirigido a un público infantojuvenil, escrito por alguien que reúne características específicas: Es una niña quien narra, proveniente de un hogar peculiar, es negra, tiene amiguitas blancas, una madre admiradora de la música del sur de Estados Unidos; y es, además, una criatura cuyo primer amor (un niño no mestizo) ha emigrado.

Dicho así, puede resultar simplista la tesis de estos relojes miedosos, pero es justamente lo contrario. Ni en todos los cuentos aparecen los mismos personajes, ni resulta evidente la intención de reflejar discriminaciones; no es al público más dúctil a quien Sheyla dirige sus palabras, ni es, finalmente, una niña quien cuenta. Es todo un juego de espejos armado con cuidado, para no lastimar con obviedad, y, al mismo tiempo, una sutil pesquisa que no permite abandonar en el tintero varios de nuestros dolores cotidianos: la juventud que se escurre, el racismo que aún nos habita, el poco cuidado con el cual los adultos ventilan acritudes frente a niños y niñas, quienes contemplan azorados la crueldad del mundo que se avecina. En este libro encontramos, desde una mirada y una voz infantil (femenina y mestiza, por añadidura), asuntos dolorosos en extremo, y es por ello que no deben quedarse aquí, en las manos de niños y niñas, víctimas absolutamente inocentes de la monstruosidad de la que somos capaces quienes cargamos en nuestros hombros la responsabilidad de construir una ética, de mostrar los beneficios que solo la equidad puede lograr, aunque estemos hablando de metas de muy elevado listón.

En ocho cuentos (“Golpes”, “Ella y Louis”, “Sorprender al silencio”, “Antes que el hielo se derrita”, “Seis días de buena suerte”, “Relojes con miedo al agua”, “Salvar el tiempo ido” y “Wendy salió volando de esta casa”), la autora, utilizando como fuente frustraciones que tienen que ser íntimas, nacidas de heridas muy propias, sin que se note costura alguna, coloca sobre el tapete, abiertamente, rezagos que perviven, por muchos vanos intentos que pretendan encubrirlos.

Agradezco a Sheyla que me permita lo que llamamos “renganche” en ser presentadora de libros suyos, que, confieso me dejan siempre con la rara sensación de que ocultan más de lo que dicen, y claro está, justifica que quedemos a la espera de  próximas entregas. Citaré un pequeño fragmento de la narración “Salvar el tiempo ido”, quizás la más lograda de este volumen, y que escogí porque brinda en pocas palabras el tono de todo el libro. “Si algo lograba distinguirnos es que ella es blanca y yo negra, pero a esa edad, ese no es detalle importante para dos niñas encantadas por haberse encontrado. Pero la gente grande a veces se olvida de lo esencial y se tuerce de una manera inexplicable”. Es este cuaderno un ejemplo de cómo crear arte partiendo de la miseria humana, y una manera de ser cronista sin que sea necesaria una tribuna, una estridencia, un micrófono. Es, en fin, una demostración de la inmensa utilidad de la Literatura, cuando es auténtica y profunda.

Tomado de La Jiribilla

El feminismo solo puede continuar y crecer si practica la autocrítica

Anabelle Contreras, profesora e investigadora costarricense, que formó parte del jurado del Premio Literario Casa de las Américas 2014 en el apartado Estudios sobre la Mujer.

La historia, como nos la han contado y la hemos vivido, ha situado mayormente a las mujeres y otros grupos sociales desfavorecidos por el discurso patriarcal en el área del despojo, de nuestras “voces y monumentos propios, de figuras heroicas y artefactos memorables”[1]. En muchas geografías, tanto físicas como espirituales, también desde los estamentos del poder han intentado suprimir nuestro derecho de construir parámetros culturales propios como expresión de nuestras identidades y demandas vitales, de ahí que esa historia merezca y sea desde hace algunas décadas releída, reescrita, atomizada.

Con este y otros cometidos la Casa de las Américas inició su Programa de Estudios sobre la Mujer que por estas fechas celebra sus 20 años y que se muestra como una guía a partir de la cual seguir las distintas actualizaciones del signo mujer y lo femenino, instituido esencialmente desde el androcentrismo.

Para formar parte del jurado que este año premiará otra investigación que aporte a esta corriente es que ha llegado a Cuba Anabelle Contreras Castro, profesora e investigadora costarricense preocupada por estos temas y por subsanar también las equivocaciones en las que puede incurrir el feminismo en su afán reivindicador.

La investigadora cubana Susana Montero utilizaba la metáfora de los cuerpos cósmicos que al ser atraídos por los huecos negros sufren el efecto del no-lugar, para explicar la ausencia del sujeto otro en la dinámica del discurso patriarcal, ¿cuáles recursos son efectivos para aminorar este efecto?, ¿es la denuncia la mejor de las herramientas para lograr establecer un lugar para las figuras sociales invisibilizadas históricamente en un contexto adrocéntrico?

Bueno, primeramente yo diría que para aminorar ese efecto quizá no deberíamos partir de que ha habido un no-lugar, esa es una categoría que a mí, personalmente, nunca me ha servido para nada, sino partir precisamente del lugar que han ocupado las personas y grupos invisibilizados, porque existe una especificidad en eso, por ejemplo hay ya escritoras negras que han señalado que la división entre espacio público como tradicionalmente ocupado por hombres y espacio privado por mujeres no funciona para pensar en la historia de mujeres indígenas y negras, porque ellas siempre han ocupado el espacio público como esclavas y “animales de trabajo”. Con respecto a la segunda pregunta, creo que cualquier forma de visibilización que haga un grupo o personas que han sido invisibilizadas es ya de suyo una denuncia, porque va a irrumpir en el espacio desde un lugar diferente y de una manera diferente para cuestionar a quienes se han arrogado el derecho a poseerlo, sin embargo, no diría que la denuncia es la mejor de las herramientas o, entonces, que hay muchas formas de denuncia y de resistencia que se alejan de las típicas y que se pueden explorar, rastrear o inventar.

Le comento esto porque de alguna manera esa denuncia siempre parte de los espacios académicos e investigativos y muchas veces las propias víctimas no tienen la posibilidad, ellas mismas, de poner un límite a esa invisibilización.

Creo que no siempre parte de los espacios académicos. Un ejemplo es el arte, y no hablo del oficial, del que participa en los circuitos establecidos en los que median relaciones capitalistas, sino a otras acciones artísticas. Hay muchos grupos que a través de acciones artísticas, por llamarles de alguna forma, se hacen presentes en el espacio público y en América Latina eso es muy fuerte. Estas borran las fronteras entre lo que sería, por ejemplo, el teatro y la protesta, o cualquier tipo de arte escénico y las movilizaciones callejeras. De hecho hay una palabra que se utiliza para esto que es artivismo, que es esta fusión entre el activismo y el arte. Eso está haciéndose no solo en América Latina sino en todo el mundo, al interior de los movimientos sociales, pero América Latina es un continente donde hay bastante fuerza en esto. El arte se ha puesto en función del activismo y han surgido nuevas formas de protesta, con otra estética y otros usos del cuerpo, con recursos simples, sin necesidad de producción, y se logra presencia en el espacio público y se denuncia.

A mí por lo menos como investigadora, como activista y como profesora de estudiantes que tienen a menudo demandas específicas o se unen a las generales me parece una herramienta muy interesante. La otra cosa es que no quisiera hacer una apología a la visibilización, hay que pensar en cada caso si conviene y qué consecuencias puede traer, porque las comunidades tradicionalmente reprimidas tienen muchas formas de resistencia que no necesariamente pasan por la presencia en el espacio público y que son muy efectivas, y muchas veces la visibilización puede traer gestiones de conflicto peligrosas o intervenciones totalmente inadecuadas.

En el caso de la investigación que hizo en Chiapas y de la que Casa de las Américas ofreció un fragmento, ¿cuáles espacios de defensa de la mujer encontró en esta comunidad?   

Esa es una comunidad muy particular porque Chiapas es uno de los lugares más emblemáticos que tiene América Latina en estos momentos de resistencia al Estado, aunque los medios nos hagan creer que ahí no pasa nada porque el tema está ausente, pero hay ahí comunidades con propuestas de vidas alternativas a la vida capitalista, a nuestras prácticas que vienen de herencia colonial, etc. Entonces cuando estuve en Chiapas estaba muy impresionada de ver cómo estas mujeres del proyecto Fortaleza de la Mujer Maya, que vienen de dos etnias que hay en esta zona, hicieron un grupo de teatro, se consolidaron como colectivo de reflexión y creación en la ciudad y como esto las llevó a fortalecerse, a reinventarse y a mantenerse en el tiempo haciendo un trabajo en muchas comunidades, incluso sufriendo muchísimas vejaciones, humillaciones, etc. Ahora ya tienen un centro cultural, ya han viajado algunas por varios países, y han recorrido ya muchísimo. Son mujeres que empezaron sin recursos económicos pero con una fuerza enorme y que pueden, desde adentro, hablarle a sus comunidades y realizar prácticas para despatriarcalizar las relaciones entre géneros.

Para las feministas de los 70 el cuerpo era el punto de referencia de la mujer en cuanto a su aproximación al mundo. A través de él la mujer podía entender su entorno, apropiárselo, explicarse también. A propósito de ello creo que la función del cuerpo como instrumento para entender al otro y al mismo tiempo entendernos sigue cobrando sentido, sobre todo en un espacio como el performance, donde la gestualidad del cuerpo adquiere significados de una fuerza inusitada.     

Claro, en nuestros cuerpos hay muchos saberes, discursos inscritos, formas de resistencia, memorias, es por ello que el performance es una herramienta a la que echan mano muchísimos colectivos y personas, no por casualidad, por ejemplo, quienes quieren exponer asuntos de género o diversidad sexual. El cuerpo es la materia prima en la que convergen y de la que surgen muchísimas elaboraciones discursivas. Creo que eso es lo importante, el cuerpo como materialidad, pero también como materialidad discursiva, como lugar de inscripciones sociales desde el cual se puede interpelar, hablar con muchos lenguajes no necesariamente verbales. De hecho como docente esta es de las prácticas que más utilizo para hacer circular por el cuerpo conceptos y ponerlos a prueba por medio de él en el espacio público.

El Programa de Estudios sobre la Mujer de Casa de las Américas está celebrando sus 20 años de fundado. Un programa como este forma parte de esa tradición investigativa que ha ayudado a conceptualizar, estructurar,  a actualizar las visiones sobre la mujer, lo femenino, temas preteridos por otros estudios y los estatutos del poder patriarcal, ¿qué opinión le merece estar integrando el jurado que precisamente premia los textos que abordan estas perspectivas y que vienen a sumarse a esa corriente?     

Estoy muy feliz y agradecida, es lo que más quiero subrayar y siento que es un grandísimo honor que no me hubiera esperado nunca. Y pienso que es muy importante que Casa de las Américas le haya dedicado un premio a esta área en especial, eso me parece un paso importante y estimulante para la producción nacional y latinoamericana. Y esos que decís se refleja en las obras analizadas. Si algo ha ocupado a quienes estudian asuntos de género, es el cometido, que se ha cumplido y que se va a seguir cumpliendo, de la relectura de la historia. Revisar como han sido leídos los acontecimientos, qué voces los narran, cómo han sido –vamos a ponerlo así- mal representadas las mujer a través de la historia y cómo ha habido un secuestro de los acontecimientos históricos por parte de los hombres borrándolas de la historia. Entonces esta relectura ha sido la que ha posibilitado ver que las mujeres siempre han sido actores sociales fundamentales y no ese segundo violín. Este es el ejemplo de la obra ganadora. Con ese cometido se relaciona, y es otro tipo de visibilización y de relectura necesaria en el continente, lo que algunas personas llaman feminismo decolonial, que es lo que están haciendo grupos indígenas, mujeres negras, grupos históricamente oprimidos que están diciendo que tenemos que revisar hasta las categorías que el mismo feminismo hegemónico ha secuestrado en la historia, porque la que muchas veces se cuenta es la historia blanca y tenemos que hablar desde otros lugares, desde otras corpopolíticas, y escuchar otras voces. Creo que es un momento muy interesante que ha venido surgiendo hace ya un tiempo, de voces indígenas, de personas y grupos racializados, que están diciendo: también estamos colonizadas por el feminismo hegemónico, que es blanco y burgués, etc. Estar colonizadas por los feminismos del norte significa estar repitiendo conceptos y agendas políticas de iniciativas del norte, estar respondiendo a necesidades que no toman en cuenta nuestros problemas y la diversidad de mujeres que existen en cada contexto. Ese feminismo hegemónico excluye de sus análisis la historia de la colonización y de la respectiva colonialidad que vivimos hasta el día de hoy. Pienso que esto es lo más interesante que está surgiendo en el continente como relectura, que es crítica al feminismo dentro del mismo feminismo en América Latina.

¿Qué correlato encuentra esta postura en su país?

En mi país no creo que ocurra algo diferente a todos los demás países. Hay un feminismo que es el que históricamente ha luchado por las reivindicaciones. Hablar de feminismo en singular es un error, hay muchos feminismos y hay muchas personas, colectivos, que llevan direcciones diferentes y creo que mi país no es la excepción. Hay logros enormes a muchos niveles: legislativo, educativo, etc. Y también hay personas que estamos pensando el feminismo sin desligarlo de la historia colonial, de la colonialidad actual, del eurocentrismo, y de los racismos de los cuales los feminismos, muchos de ellos, no están exentos. Un movimiento y una corriente tan fundamental solo pueden continuar y crecer si practica la autocrítica. En tanto tengamos autocrítica, vamos a crecer. En mi país hay gente que está en esto y hay otra que no, como en todos lados.

La contribución del feminismo latinoamericano apunta Lucía Guerra en su libro La mujer fragmentada. Historia de un signo, ganador del premio Casa en este apartado del que es jurado – ha contribuido a poner énfasis en una heterogeneidad nunca ajena a los procesos históricos. Al mismo tiempo ella indica que la mujer se ha convertido en contadora de historias que se contraponen a la historia oficial.  En este sentido, ¿cómo cree que la “escritura” se ha metamorfoseado en manos de la mujer?

Pienso que esto de la escritura ha sido en América Latina un arma de doble filo, por un lado es un espacio que las mujeres han conquistado, porque tuvo que pasar mucho tiempo para que se les respetara como escritoras y pensantes, pero, a la vez, la escritura también es resultado de la violencia del logocentrismo, de la imposición de lenguajes y formas que obedecen a reglas impuestas por hombres con lógicas masculinas. Pero hay muchas formas de escritura de las que, aquella con la que se hacen libros es solo una, y digo esto porque no existe “la mujer”, hay muchas formas de construcción de eso que se llama mujer y no todas han tenido acceso a la escritura tradicional, miles siguen sin tenerlo. La metamorfosis por la que me preguntás creo que se ha dado más en los temas que se abordan. Ahora que hacías tu pregunta estaba pensando, por ejemplo, en los colectivos de lesbianas, de indígenas, de jóvenes que, regresando a un tema que ya tocamos, echan mano a la toma del espacio público para escribir de otra forma el presente. Por eso no podemos seguir hablando de “la mujer latinoamericana”. Yo empezaría por ahí. Hay muchas personas que dicen, ya lo sabemos, no hay una mujer latinoamericana, no todas somos iguales, venimos de particularidades, de clases sociales, de problemas raciales, de sexualidades muy diferentes. De acuerdo a esas diferencias y porque no existe la mujer latinoamericana en singular es que las escrituras también son muy diferentes.  Por ejemplo, un feminismo indígena, un feminismo negro, un feminismo de lesbianas no va a escribir igual, ni en los mismos espacios, ni va a usar los mismos recursos. Por eso es que hablar de la mujer latinoamericana tiene el mismo problema que decir el feminismo latinoamericano, no estamos diciendo nada. Por eso hay que tener cuidado para no cometer los mismos errores de usar esas categorías que invisibilizan las cosas más interesantes.


[1] La mujer fragmentada: historias de un signo, libro ganador del Premio de Estudios sobre la Mujer, Casa de las Américas, 1994, el mismo año que se incluyó esta categoría en el Premio Literario.

Publicado originalmente en La Jiribilla

Madrugada

"Abajo estoy despierta", obra de Cirenaica Moreira

“Abajo estoy despierta”, obra de Cirenaica Moreira

La madrugada no vuelve a ser igual después de que has escuchado a un hombre golpear a una mujer. No vuelve a ser igual cuando comprendes que ella no tiene las fuerzas precisas para abandonarlo, denunciarlo, romper el lazo. No vuelve a ser igual cuando sabes que las marcas del cuerpo se borrarán para que en ese mismo lugar, vuelvan a crecer nuevas y más profundas formas de la violencia contra ella, que en el peor de los casos confundirá con amor o creerá que la tiene merecida, porque una mujer le pertenece a su hombre y por lo tanto está bien el castigo. Luego de este dolor que sentía mío, solo pude escribir esto.

Cómo será el sonido de lo que dentro queda roto para siempre, desacido de su centro,

huérfano de los lazos que antes lo mantuvieron sujeto a algún lugar, que tuvo su nombre y su alegría.

Cómo será el color de esas zonas donde el espanto es mascullado entre pezados de piel,

buches de sangre, algún diente colgante, la nariz rota,

el estómago adolorido.

Cómo de grande es la distancia para llegar a la protección,

para sacarte de encima un cuerpo conocido hasta un segundo antes,

para empuñar el cuchillo, la rabia,

para dar el portazo definitivo, para que la madrugada sea el tajo por el que se escapa al fin

a la vida.

Cómo se sobrevive a la humillación, al desfiguramiento del rostro

y de los pedazos danzantes que el alma tuvo en algún momento de paz, de lucidez.

Cómo se pide ayuda, cómo uno se eleva por encima de dolor y puede permanecer intacta,

mirar de frente, ofrecer al otro día una mujer completamente nueva, que cerró el círculo,

que no se dejó vencer, que encadenó para siempre el puño que la mancilló.

 

Alguien tiene que llorar

"Dèjá-vu", de la artista cubana Cirenaica Moreira

“Dèjá-vu”, de la artista cubana Cirenaica Moreira

No hay fechas para celebrar ser mujer. Desde el mismo día de nuestro nacimiento  cuando nos visten con ropas de color rosado en hospital, esa primer acuerdo  social, sobre los colores que deben distinguirnos del otro grupo de seres humanos que pueblan la tierra, ya nos va buscando un lugar en la sociedad, con sus reglas, “derechos” y obligaciones. Como escribió Simone de Beauvoir: “No se nace mujer, se llega a serlo“. Y por el camino de la vida las mujeres vamos definiendo qué mujeres somos y cómo nos gusta celebrarlo. El relato que les traigo a continuación habla un poco de ello, remite a esos acuerdos sociales que las mujeres a veces cumplimos con aquiescencia y a veces desechamos sin miramientos. Cuando lleguen al final no crean en eso de que las mujeres somos las eternas perdedoras, poder decidir sobre nuestro cuerpo y la duración de nuestra vida, también pueden ser una victoria. Y esta es una de las tantas lecturas que esta historia puede tener. Su autora es Marilyn Bobes, una escritora cubana de la que ya les he hablado en otra ocasión.

Alguien tiene que llorar   

Debe haber otro modo que no se llame Safo
ni Messalina ni María Egipcíaca
ni Magdalena ni Clemencia Isaura.

Rosario Castellanos

Daniel

Está casi en el centro, sonriente. Es en realidad la más bella, aunque no lo sabía. Ni siquiera se atrevió a imaginarlo. Le preocupa demasiado su nariz, acaso muy larga para una muchacha de quince años. Con el tiempo su rostro se irá recomponiendo y no habrá ya desproporciones, nada que lo empañe. Pero ahora sólo le interesa el presente.

A su derecha, Alina, que tiene ya unos senos enormes y es la criollita, la codiciada, la que desean y buscan sin descanso todos los varones de la Secundaria. Cary la envidia un poco, sin saber que, veinticuatro años después, de la imponente Alina no quedaría más que una flácida y triste gorda. Alina tampoco lo sabe y, quizá por eso, en este 1969 fijado por la foto, se empina sobre las otras, orgullosa de todo su volumen, de su esplendor, usurpando el espacio de las demás y relegándolas a un segundo plano.

En el extremo izquierdo, borrosa por el contraluz, apenas se distingue a Lázara: unos muslos delgados, una figura desgarbada, una carita de ratón. El vientre, plano todavía, todavía inocuo. Levanta los ojos a la cámara como pidiendo perdón por existir. Es Lázara unos meses antes de la tragedia.

Después dejaría los estudios. No pudo soportar las miraditas, las risas, las leyendas y todo lo que acompañaba, en la Secundaria de aquellos años, a un embarazo no santificado. Para colmo: la huida del Viejo, un cuarentón que la esperaba a la salida, en el parquecito, y con quien se perdía, confiadamente, en el Bosque. Junto a Cary, también a la izquierda, dos muchachas no identificadas. Son muy parecidas, casi diríase gemelas. Bajitas, redondas, con ojos de muñeca, sólo están ahí para que, desde atrás, alzándose sobre sus cabezas y sus cerquillos y sus destinos pequeños y felices, aparezca Maritza. Ella se levanta con su estructura poderosa y es, en el retrato del grupo, una presencia agresiva.

El tiempo, trabajando sobre la foto, ha vuelto transparentes los ojos de Maritza. Ya parece marcada para morir. No mira hacia la lente. No sonríe. Es la única que no tiene cara de cumpleaños. Sus hombros anchos revelan a la deportista, a la campeona en estilo libre durante cuatro juegos escolares consecutivos. Es también bella, aunque de otro modo. Su rostro era perfecto y misterioso, como no hay ningún otro en la foto, como quizá no vuelva a haberlo en La Habana.

Cary

La encontraron ahogada. Como un personaje de la telenovela de turno: el vaso volcado y una botella de añejo medio vacía en los azulejos del piso, a unos pocos centímetros de la mano que colgaba sobre el borde de la bañadera. Los restos de las pastillas en el mortero, que quedó encima del lavamanos, y los envoltorios arrugados en el cesto de papeles del baño.

En el velorio, un hombre cuyo rostro me resultó familiar comentó que no parecía el suicidio de una mujer. Excepto por las pastillas. Le resultaba demasiado racional aquello de prever el deslizamiento, con el sueño profundo de los barbitúricos, hasta que la espalda descansara sobre el fondo y los pulmones se llenaran irreversiblemente de agua. Sospecho que le molestó la idea del cadáver desnudo de Maritza, expuesto a la mirada de una decena de curiosos, en espera de los técnicos de Medicina Legal.

Pero Maritza nunca tuvo sentido del pudor. Era la primera en llegar al centro deportivo y, antes de abrir la taquilla, se sacaba la blusa de un tirón, se desprendía de la saya, y empezaba a hacer cuclillas y abdominales en una explosión de energía incontrolable. Su torso y sus piernas, de músculos entrelazados y fuertes, giraban compulsivos ante nuestros ojos. Recuerdo que, una vez terminados los ejercicios, colocaba un gorro elástico sobre su pelo corto y, ya completamente  desnuda, se perdía en las duchas con aquel paso tan suyo: largo, lento, seguro.

A diferencia de nosotras, ella le daba a su imagen muy poca importancia. Ahora el tiempo ha pasado y veo las cosas de otro modo, y se me ocurre que cultivó siempre su cuerpo como valor de uso. Todas las demás, aunque nos concentráramos en la gimnasia o en la natación, nos preparábamos al mismo tiempo para una futura subasta; de algún modo, estábamos siempre en exhibición.

Lázara, Alina y yo nos torturábamos a diario con cinturones apretados y pantalones estrechos. Maritza era más feliz: se disfrazaba con atuendos cómodos, un poco extravagantes, como queriendo deslucirse obstinadamente. Más de una vez la regañamos por su descuido y, a veces, por su falta de recato: se sentaba y nunca se estiraba los bordes de la minifalda ni se colocaba una cartera encima de los muslos, como hacíamos las demás. Ni siquiera la recuerdo usando una cartera. Salía de la casa con un monedero gastado, hecho por algún artesano anónimo, donde apenas cabía el carnet de identidad y algún dinero. Muchas veces, durante el paseo, le pedía a Alina que lo guardara en su comando repleta de crayones delineadores, perfume, servilletas y cuanto objeto de tocador era posible imaginarse.

Alina

Siempre lo llevó por dentro. Siempre. Más de una vez me pasó por la cabeza y estuve a punto de advertírselo a Cary: esa desfachatez para exhibirse desnuda, aquellas teorías indecentes, la manía de querer estar a toda hora controlándola… No sé cómo no lo descubrimos a tiempo. Nosotras éramos normales, nos vestíamos con gracia, pensábamos como siempre piensan las mujeres.

Lo de mi marido no lo hizo solamente por molestarme, sino sabe Dios por qué otras sucias razones. Sin embargo, lo pagó. Esas cosas se pagan.

Él no pudo hacer nada con ella. Me lo dijo esta mañana en la funeraria. Había algo raro en su manera de quitarse la ropa, algo como un desparpajo. Y, después, lo humilló: volvió a vestirse como si nada, no quiso explicaciones, lo despidió con una expresión maligna y hasta se tomó el atrevimiento de hacerle un chiste cínico: Y ahora, ¿qué vas a hacer si yo decido contárselo a Alina?

Me lo confesó en un arranque de sinceridad y de rabia, para que no me conmoviera, para que no me dejara arrastrar por la debilidad de Lazarita y pusiera mi nombre en la corona. No se lo voy a permitir. Si a Caridad y a Lázara no les importa que la gente hable, a nosotros sí. Bastante hicimos con estar en el velorio. Pero al entierro no vamos. La urbanidad tiene sus límites.

Es cierto que yo me descuidé. Los partos acabaron conmigo, me desgraciaron, es la verdad. Pero cómo iba a ponerme a pensar en mi figura. La mujer que no tiene hijos nunca logra sentirse realizada. Muchas, como Maritza, como Cary, se conservan mejor porque no paren. A mí me educaron de otro modo: para formar una familia. Y no me arrepiento. Quiero mucho a mis hijos y las alegrías que ellos me han dado no las hubiera podido sustituir con nada. Eso es lo que completa a la mujer: una familia.

Llegué a pensar que ellas sacrificaban todo eso porque les gustaba lucirse. Si hubieran tenido que cocinar, lavar, planchar y atender una casa, difícilmente les alcanzaría el tiempo para leer libritos y estar pensando en musarañas. Cary sacó la cuenta. Se ha pasado la vida divorciada. Pero Maritza… Ahora se comprende por qué no le interesaba el matrimonio ni la estabilidad. En su caso, la respuesta era mucho más sencilla.

Fui una tonta. Si me sorprendían en un mal momento, me desahogaba con ellas, diciéndoles cosas que ni siquiera pensaba. Todavía era joven, inmadura. Yo no tenía que haberles contado lo que pasaba entre mi marido y yo. Maritza no tenía que haberme visto llorando. Para qué les habré dado ese gusto. Con el tiempo, comprendí que es normal. Pasa en todos los matrimonios: la pasión se transforma en compañerismo, en un afecto tranquilo y perdurable. Aun cuando ellos necesiten de vez en cuando una aventurita: una esposa es una esposa. La mujer que eligieron para casarse. Cuando uno madura, el problema del sexo pasa a ser secundario.

De todas maneras, me dolió. Maritza siempre quiso hacerme la competencia, llevarme alguna ventaja. En el 72, en un trabajo voluntario, consiguió llegar a finalista en el concurso para la Reina del Tabaco. Por supuesto que fui yo quien ganó. El jefe del Plan, tres campesinos y el director del Pre eran los miembros del jurado. El director y un campesino votaron por ella. Pero el resto del jurado y el público estuvieron, desde el principio, de mi parte. Ella nunca se pudo parar al lado mío. A pesar de su cara bonita y toda aquella fama de difícil que se buscó. Sabía que era el misterio lo que la volvía interesante. Y consiguió mantenerlo mucho tiempo. En el tercer año de la carrera todavía era virgen. O, al menos, se comentaba.

La tuve que sufrir día por día, también en la Universidad. Cuando supo que yo quería estudiar Arquitectura, allá fue ella y se matriculó. Por eso la conozco mejor que nadie. Le aguanté muchos paquetes. Sobre todo su envidia. Lo único que nunca le soporté fue que me dominara. No le gustó y ahí mismo se acabó la amistad: nos distanciamos.

Todavía me parece que la estoy viendo, haciéndose la modesta y, en el fondo, tan autosuficiente: aquella vocecita medio ronca, melosa, y su vocabulario rebuscado. Se desgastó en entrevistas, cartas, reuniones, pensando que alguien se iba a interesar en su tesis: edificios alternativos. Era una esnob. Tanta gente sin casa y ella preocupada por la diversidad, por la conciliación entre funcionalidad, recursos disponibles y estética. Nos desgració un 31 de diciembre completo con aquella letanía. No sé ni por qué la invitamos. Fue idea de Lazarita o de Cary.

Todo el mundo queriendo divertirse y ella sentada en la poltrona, como una lady inglesa, monopolizando la atención. Y Cary le daba y le daba cuerda para que siguiera hablando. Hasta Lázara se embobecía con sus idioteces. Le parecía el colmo de la genialidad algo que Maritza había dicho: levantarse todos los días a mirar edificios iguales vuelve a las personas intolerantes, las predispone contra la diferencia.

Lázara, tan estúpida, pobrecita, se impresionó con aquel disparate. Siempre tuvo complejos con las supuestas inteligencias de Maritza y de Cary. Ellas, Maritza en especial, le llenaron la cabeza de humo siendo todavía una niña. Y ahí la tienen: ningún hombre le dura. Y no sólo por fea. Sino por boba. Mucho más feas que ella las he visto yo casadas. Es que no aprende. Los persigue, enseguida les abre las piernas. Les confiesa que lo que quiere es casarse. Nada hay que espante más a un hombre que sentir que lo quieren atrapar. Por eso el Viejo la dejó plantada y hasta el sol de hoy está cargando con una hija sin padre. Mira que me cansé de repetírselo. A los hombres hay que demostrarles indiferencia, llevarlos hasta la tabla y hacerles creer que son los que toman las decisiones. No voy a gastar más saliva con ella. Que siga dejándose guiar por Cary para que vea. Al final, esa ya se casó tres veces y ha tenido cuantos maridos le ha dado la gana, mientras a la pobre Lazarita… nada se le da. Y a los cuarenta ni Marilyn Monroe consigue un tipo para casarse. Sigue leyendo

Mujer negra

Nancy Morejón, poeta cubana, Premio Nacional de Literatura 2001

Nancy Morejón, poeta cubana, Premio Nacional de Literatura 2001

La tarde ya no podía irse sin que yo dejara estos dos poemas de la cubana Nancy Morejón en este lugar. Su poesía de los ayeres que guardan el cuerpo y la memoria; los pilares de tierra sobre los que hemos levantado nuestra humanidad incompleta y agreste. Me debía este placer, este encuentro primero con la palabra de una mujer de hablar pausado, que se preocupa por los altos pensamientos y al mismo tiempo y sin vergüenza, también encuentra resonancias allí donde pudiera parecer que no existen materias inspiradoras del verso. Una mujer que levantó su raíz y su credo y los puso a vibrar para que todos los que pasáramos por su lado los oyéramos.

AMO A MI AMO

Amo a mi amo.
Recojo la leña para encender su fuego cotidiano.
Amo sus ojos claros.
Mansa cual cordero
esparzo gotas de miel por sus orejas.
Amo sus manos
que me depositaron sobre un lecho de hierbas:
Mi amo muerde y subyuga.
Me cuenta historias sigilosas mientras
abanico su cuerpo cundido de llagas y balazos,
de días de sol y guerra de rapiña.
Amo sus pies que piratearon y rodaron
por tierras ajenas.
Los froto con los polvos más finos
que encontré, una mañana,
saliendo de la vega.
Tañó la vihuela y de su garganta salían
coplas sonoras, como nacidas de la garganta de Manrique.
Yo quería haber oído una marímbula sonar.
Amo su boca roja, fina,
desde donde van saliendo palabras
que no alcanzo a descifrar
todavía. Mi lengua para él ya no es la suya.

Y la seda del tiempo hecha trizas.

Oyendo hablar a los viejos guardieros, supe
que mi amor
da latigazos en las calderas del ingenio,
como si fueran un infierno, el de aquel Señor Dios
de quien me hablaba sin cesar.

¿Qué me dirá?
¿Por qué vivo en la morada ideal para un murciélago?
¿Por qué le sirvo?
¿Adonde va en su espléndido coche
tirado por caballos más felices que yo?
Mi amor es como la maleza que cubre la dotación,
única posesión inexpugnable mía.

Maldigo

esta bata de muselina que me ha impuesto;
estos encajes vanos que despiadado me endilgó;
estos quehaceres para mí en el atardecer sin girasoles;
esta lengua abigarradamente hostil que no mastico;
estos senos de piedra que no pueden siquiera amamantarlo;
este vientre rajado por su látigo inmemorial;
este maldito corazón.

Amo a mi amo pero todas las noches,
cuando atravieso la vereda florida hacia el cañaveral
donde a hurtadillas hemos hecho el amor,
me veo cuchillo en mano, desollándole como a una res
sin culpa.

Ensordecedores toques de tambor ya no me dejan
oír sus quebrantos, ni sus quejas.
Las campanas me llaman…

***********

MUJER NEGRA

Todavía huelo la espuma del mar que me hicieron atravesar.
La noche, no puedo recordarla.
Ni el mismo océano podría recordarla.
Pero no olvido el primer alcatraz que divisé.
Altas, las nubes, como inocentes testigos presenciales.
Acaso no he olvidado ni mi costa perdida, ni mi lengua ancestral
Me dejaron aquí y aquí he vivido.
Y porque trabajé como una bestia,
aquí volví a nacer.
A cuanta epopeya mandinga intenté recurrir.

                        Me rebelé.
Su Merced me compró en una plaza.
Bordé la casaca de su Merced y un hijo macho le parí.
Mi hijo no tuvo nombre.
Y su Merced murió a manos de un impecable lord inglés.

                        Anduve.
Esta es la tierra donde padecí bocabajos y azotes.
Bogué a lo largo de todos sus ríos.
Bajo su sol sembré, recolecté y las cosechas no comí.
Por casa tuve un barracón.
Yo misma traje piedras para edificarlo,
pero canté al natural compás de los pájaros nacionales.

                        Me sublevé.
En esta tierra toqué la sangre húmeda
y los huesos podridos de muchos otros,
traídos a ella, o no, igual que yo.
Ya nunca más imaginé el camin a Guinea.
¿Era a Guinea? ¿A Benín? ¿Era a
Madagascar? ¿O a Cabo Verde?
Trabajé mucho más.
Fundé mejor mi canto milenario y mi esperanza.
Aquí construí mi mundo.

                        Me fui al monte.
Mi real independencia fue el palenque
y cabalgué entre las tropas de Maceo.
Sólo un siglo más tarde,
junto a mis descendientes,
desde una azul montaña.

                        Bajé de la Sierra
Para acabar con capitales y usureros,
con generales y burgueses.
Ahora soy: sólo hoy tenemos y creamos.
Nada nos es ajeno.
Nuestra la tierra.
Nuestros el mar y el cielo.
Nuestras la magia y la quimera.
Iguales míos, aquí los veo bailar
alrededor del árbol que plantamos para el comunismo.
Su pródiga madera ya resuena.

La soledad también puede ser una llama*

 

La soledad y la desolación

por: Marcela Lagarde 

Tomado de www.mujerpalabra.net

Nos han enseñado a tener miedo a la libertad; miedo a tomar decisiones, miedo a la soledad. El miedo a la soledad es un gran impedimento en la construcción de la autonomía, porque desde muy pequeñas y toda la vida se nos ha formado en el sentimiento de orfandad; porque se nos ha hecho profundamente dependientes de los demás y se nos ha hecho sentir que la soledad es negativa, alrededor de la cual hay toda clase de mitos. Esta construcción se refuerza con expresiones como las siguientes “¿Te vas a quedar solita?”, “¿Por qué tan solitas muchachas?”,  hasta cuando vamos muchas mujeres juntas.

La construcción de la relación entre los géneros tiene muchas implicaciones y una de ellas es que las mujeres no estamos hechas para estar solas de los hombres, sino que el sosiego de las mujeres depende de la presencia de los hombres, aún cuando sea como recuerdo.

Esa capacidad construida en las mujeres de crearnos fetiches, guardando recuerdos materiales de los hombres para no sentirnos solas, es parte de lo que tiene que desmontarse. Una clave para hacer este proceso es diferenciar entre soledad y desolación. Estar desoladas es el resultado de sentir una pérdida irreparable. Y en el caso de muchas mujeres, la desolación sobreviene cada vez que nos quedamos solas, cuando alguien no llegó, o cuando llegó más tarde. Podemos sentir la desolación a cada instante.

Otro componente de la desolación y que es parte de la cultura de género de las mujeres es la educación fantástica par la esperanza. A la desolación la acompaña la esperanza: la esperanza de encontrar a alguien que nos quite el sentimiento de desolación.

La soledad puede definirse como el tiempo, el espacio, el estado donde no hay otros que actúan como intermediarios con nosotras mismas. La soledad es un espacio necesario para ejercer los derechos autónomos de la persona y para tener experiencias en las que no participan de manera directa otras personas.

Para enfrentar el miedo a la soledad tenemos que reparar la desolación en las mujeres y la única reparación posible es poner nuestro yo en el centro y convertir la soledad en un estado de bienestar de la persona.

Para construir la autonomía necesitamos soledad y requerimos eliminar en la práctica concreta, los múltiples mecanismos que tenemos las mujeres para no estar solas. Demanda mucha disciplina no salir corriendo a ver a la amiga en el momento que nos quedamos solas. La necesidad de contacto personal en estado de dependencia vital es una necesidad de apego. En el caso de las mujeres, para establecer una conexión de fusión con los otros, necesitamos entrar en contacto real, material, simbólico, visual, auditivo o de cualquier otro tipo.

La autonomía pasa por cortar esos cordones umbilicales y para lograrlo se requiere desarrollar la disciplina de no levantar el teléfono cuando se tiene angustia, miedo o una gran alegría porque no se sabe qué hacer con esos sentimientos, porque nos han enseñado que vivir la alegría es contársela a alguien, antes que gozarla. Para las mujeres, el placer existe sólo cuando es compartido porque el yo no legitima la experiencia; porque el yo no existe.

Es por todo esto que necesitamos hacer un conjunto de cambios prácticos en la vida cotidiana. Construimos autonomía cuando dejamos de mantener vínculos de fusión con los otros; cuando la soledad es ese espacio donde pueden pasarnos cosas tan interesantes que nos ponen a pensar. Pensar en soledad es una actividad intelectual distinta que pensar frente a otros. Sigue leyendo

Visitando a Martha

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Irrumpir en el taller o estudio de un artista, sin previo aviso, puede ser un acto desafortunado. Sin proponértelo puedes tronchar una idea, mandar a volar  un gesto que hubiera podido ser el principio de un camino prometedor,  el final feliz de la persecución de una imagen, una palabra, el hallazgo del hilo que trajera a tierra lo que tantas noches se ha entrevisto.

Una tarde cualquiera, a sabiendas del riesgo, quise conocer a la artista de la plástica Martha Jiménez en el lugar donde crea, después de disfrutar las criaturas (La Chismosa, el vendedor de agua, el lector de periódico, la pareja de enamorados), vecinos o transeúntes, que sedujeron su pupila y sus manos y quedaron para siempre en la Plaza del Carmen de la ciudad de Camagüey, donde esta artista habita, funda, enseña.

Pero Martha es una mujer inteligente. Antes de que uno pueda acceder a sus predios debe pasar por varias habitaciones donde se exponen sus obras. Y allí quedas varado, entre sus creaciones, desentrañando los símbolos con los que nos habla de la identidad, la nación, de las mujeres y sus batallas cotidianas, pequeñas y trascendentales, todo a un tiempo.

Encuentras lienzos que corresponden a las diversas series que ha preparado, entre ellas “Anhelos” o “Mujeres que vuelan”, donde las mujeres rotundas, gruesas, de amplias caderas, soñadoras y con los pies puestos sobre la tierra, son el principio y fin de su discurso expresivo. Al mismo tiempo aparecen otros objetos, puntos clave de sus reflexiones, como las máquinas de coser, los botes y los remos, que nos hablan de las búsquedas, de los caminos que escogemos para ser, del destino apenas entrevisto que nos aguarda.

En las salas expositivas conviven también sus creaciones en cerámica esmaltada, en barro, que vuelven sobre los mismos temas y otros, relacionadas con el lugar de la mujer, desde el que mira y crea, con la nación, con otros textos como los poemas de José Martí.

Y ya casi al final de la casona, se encuentra Martha, entre un amasijo de tubos de pintura, lienzos, cartulinas, libros. También está la mecedora donde debe sentarse para pensar, para mirar desde la distancia algún nacimiento, para descansar de los rigores que impone la creación.

El estudio se abre al patio de diseño colonial, donde cohabitan sin complejos el añejo tinajón, símbolo de una ciudad, y una de sus mujeres que tiene en la mano una jaula donde está encerrada otra mujer, como queriendo decirnos que los enclaustramientos no siempre vienen de los otros, de sus imposiciones y creencias. Pero Martha no nos responderá la pregunta, dejará que nosotros solos busquemos la respuesta.