Mirarse en el espejo

Mujer mirándose en el espejo de Brancusi

Mujer mirándose en el espejo de Brancusi

Mirarse en el espejo puede ser un acto de riesgo, peligroso. Los que buscan la réplica de su figura en la superficie lisa o una confirmación rotunda y oportuna de la posible belleza, no entenderán mucho de lo que hablo.  Los que se buscan en el espejo para reconocerse, para saber cuánto de lo importante de sí mismos queda en el mismo lugar después de las batallas, de las entregas, de las usurpaciones  sabrán a lo que me refiero.

El peligro siempre late desde la primera ojeada sobre tu humanidad o sobre lo que queda de ella y que descubres o aceptas cuando te miras, cuando te ves de verdad y sin complacencias.

Al espejo debes ir con valor, sabedor de lo que en él encontrarás no siempre podrá reconfortarte, y podrá levantarte en vilo por la noche, instalarse como un dolor agudo en tu cabeza, en tu corazón.

Pero si acaso esto no importara más, si al final Narciso puede ser cada uno de nosotros y solo nos baste acomodar un cabello fuera de lugar, poner un poco de brillo sobre los labios, entonces no hay nada que temer, ni nada que esperar. Mirarse en el espejo no será más que  una misma mentira repetida todos los días, en los horarios habituales. Después de un tiempo de exactas visitas el corazón las incorporará a su mecánica  y no habrá que temer el sobresalto.

No hay que tener un retrato como Dorian Gray, sólo hay que llevar el cuerpo hasta delante del azogue y someterlo a un descarnado escrutinio y descubrir los monstruos y darles muertes o dejarlos sobrevivir en el entendido de que hay monstruos inevitables y necesarios.

El espejo, más allá de su función como adminiculo de la vanidad, puede ser la herramienta que utilicemos para no perdernos de nosotros mismos, para que nos tiremos la cuerda cuando el otro, el que avistamos detrás del cristal, no se parezca mucho al sueño que de nosotros tuvimos.

 

 

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Historias II

 

 para Leydis, por el rescate de este recuerdo

 Era un pueblo pequeño, pequeño y tranquilo. Lleno de polvo y de niños que se aburrían. Los niños querían vivir aventuras como las de los libros que leían en la biblioteca de la escuela, pero lo más excitante que un día pudieron hacer fue escaparse a unas cuevas fuera del pueblo de las que los mayores hablaban constantemente por esos días. Lo que encontraron fue una caverna pequeña, pedregosa, con un majá muerto colgando en la entrada. Nada más. Regresaron a sus casas sin que nadie los echara en falta, sin arañazos y con más vergüenza que ánimos de contar la audacia.

Los niños se aburrían. El correo del pueblo quedaba al lado de la escuela, de un pedazo de la escuela. Cuatro aulas desperdigadas en medio del pueblo, a medio camino del parque y la carretera que llevaba a otro pueblo tan tranquilo y polvoriento como aquel. El resto de las aulas estaban más adelante, al lado de una peletería, medio vacía y silenciosa.

En el correo casi nunca iba nadie. Las moscan zumbaban despacio encima del mostrador.  Había dos carteros para todo el pueblo. Demasiados, pensaban los niños.  Con sus bicicletas podían recorrerlo en una mañana. No habían muchas cartas ni paquetes para entregar. El correo solo se animaba los días en que los ancianos cobraban la pensión.

Por las noches los grillos cantaban bajo las ventanas. El viento pasaba deprisa por entre las ramas de los árboles. Los niños se acostaban temprano. En el cielo las estrellas más lejanas se veían cerquita. En las noches sin luz la abuela hacía cuentos de miedo.

El buzón se llenó un día de cartas. Y otro día. Por espacio de meses, quizás años. Ya no recuerdo bien. De pronto llegaban sobres a las casas con escrituras menudas y ladeadas. No pesaban mucho, pero despertaban un nuevo interés, la alegría de saberse recordado, necesario. Apenas contenían una hoja arrancada de cualquier libreta, una flor, un poquito de tierra.

Los niños se escribían. De las conversaciones diarias guardaban un pedacito para contar en sus cartas al compañero de mesa, a la niña del final del aula.  Se contaban cómo eran las noches en cada una de las esquinas del pueblo. Se enviaban besos de papel que luego tomaban cuerpo en la mañana, entre los pupitres que estaban pegados a la pared, donde se sentaban los niños que escribían con la mano izquierda. Se enviaban un poquito de la tierra de sus patios,  alguna flor silvestres robada al azar. Ensayaban un gesto antiguo, acompañar. Y la vida fue sorprendida. Y el pueblo fue un poco menos tranquilo.

Conociendo a Maximiliano Barrientos

 

Libro de Maximiliano Barrientos

Libro de Maximiliano Barrientos

Acabo de conocer al escritor Maximiliano Barrientos. No en persona, por supuesto, sino a través de su literatura o para ser exactos, gracias a un cuento suyo que acabo de leer y que me dejó toda la noche pensando, queriendo, envidiando su manera de escribir y las historias que cuenta.

Y la alegría del hallazgo todavía me dura. Cada vez que me encuentro con nuevos escritores que me gustan, que me dicen algo o lo que es lo mismo, que me emocionan y se quedan rondando en mi cabeza es un regalo del día. Un pequeño detalle que hace que la jornada no sea un total desastre.

Mientras leía su cuento “Las horas” no me pude desprender de una sensación rara, era como si estuviera viéndolo escribir cada una de la palabras, casi por encima de su hombro. Era como si yo hubiera estado presente, viéndolo parir a Raquel y a Ariel, a Danae, sus criaturas, su historia con regusto a Virginia Wolf desde el título y hasta el final. Y me vuelve la ansiedad por las cosas que me hubiera gustado decir a mí, las cosas que diré algún día, quizás.

Maximilano Barrientos es boliviano, tiene algo más de treinta años y ya ha publicado varios libros, entre ellos la novela Hoteles y el libro de relatos Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer, de donde es el cuento-pretexto de estas líneas. Títulos como este, historias como las que cuenta en su libro me hacen añorar un estado otro de la literatura cubana actual, de las historias que ocupan a nuestros escritores, de las maneras que tienen para contarlas o para arruinarlas. A veces, creo,  pecamos de demasiado solemnes, de demasiado retóricos y preciosistas y perdemos la noción de que lo que importa es  saber contar un cuento no cuán inteligente le vas a parecer a la “crítica especializada”.

Los lectores, por increíble que parezca, no queremos otra cosa, no necesitamos otra cosa, sino saber que la vida o su invención vale la pena por la posibilidad de ser contada, de poder reconocernos en miles de hechos cotidianos, en nuestras pequeñas tragedias trascendentes y no, en nuestros gritos de agonía, en la alegría de envejecer al lado de alguien a quien se conoce.

Maximiliano cuenta estas historias y por eso no termino de desear poder estar frente a un libro suyo algún día, de tropezarlo en alguna librería, de terminar de conocerlo. Por lo pronto les dejo “Las Horas” a modo de presentación. Espero que al final el gusto sea todo de ustedes.

 Las horas

Una lengua de tierra cercada por agua. Animales muertos. Vacas, caballos. Un niño mira algo que es imposible determinar. Un reflejo del sol, un cuerpo de persona o de animal flotando, los restos de un auto. A unos metros, una casa prácticamente sumergida: sólo es visible el techo, parte de una chimenea rústica.

La foto fue tomada desde una avioneta que sobrevolaba la zona. Rodeándolos, kilómetros y kilómetros de agua. La premiaron, conmovió a los lectores de periódicos europeos y latinoamericanos. Una foto sensible y profundamente veraz, dijeron, que testimonia la tragedia de las inundaciones que sufrió Beni hace menos de un año.

Saqué un montón mientras sobrevolábamos el área. Quinientas, ochocientas fotos, dijo Ariel. No hice este encuadre a propósito. Sencillamente apareció allí.

Estábamos solos en la casa y nos acababan de dar la noticia.

Un azar, me explicó. Una combinación milagrosa de circunstancias trágicas, la tonalidad de luz correcta, el instante en el que un niño, que posiblemente murió de disentería —muy cerca de un ternero agonizante o muerto—, miraba algo que nunca podremos saber.

Esa mezcla fortuita fue el inicio de nuestra buena suerte. Sigue leyendo

Montañas

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Nos fuimos a las montañas ilusionados. Creímos que seríamos bienvenidos y que podríamos confundir nuestros pasos de ciudad y nuestro ritmo extraño con el sonido del río cuando choca contra las piedras y se despeña por el valle o con el viento que baja de la sierra y se arremolina en las crestas de las olas de un mar bravo y caliente. Creímos que venceríamos y que como a conquistadores tardíos  la montaña nos abriría sus puertas y nos confiaría sus secretos, los modos de sujetarla.

Pero la montaña es sabia, siempre lo ha sido. Nos permitió el paso, dejó que nos adentráramos en ella sin pedirle excesivos permisos, con la algarabía del recién llegado, del que se cree poderoso. Y poco a poco fue mostrándonos quién tenía realmente el poder. Y la cuesta se hizo demasiada empinada, el aire se volvió escaso en los pulmones, mirar los acantilados podía ser la perfecta acción suicida, el verde comenzaba a abrumar, el olor a tierra mojada dejó de ser en ese momento una buena sensación. Todos estábamos muy agotados y la montaña continuaba imperturbable, dueña de nuestra voluntad.

Seducir a una montaña puede ser una tarea imposible. Tienes que tener el don, llevarlo en la sangre, hablar su lenguaje, dejar que ella te reconozca y te adopte como a un hijo. En el intento de domeñarla el resultado más probable es que quedes seducido y exhausto.  Ella ha estado ahí demasiados años, ha visto demasiados intrusos, los ha devorado, los ha salvado.

Subir el Pico Turquino puede formar parte de la educación vital de cada cual, a veces es necesario asumir la aventura. Y no solo debes ser bueno poniendo un paso delante del otro, administrando el aliento. Tampoco es imprescindible tener una óptima capacidad física para llegar a su cima lo suficientemente lúcido para disfrutar el ascenso y enfrentar la bajada. Para subir una montaña, cualquiera que esta sea, es indispensable que sepas elegir a los compañeros de viaje. Esa es la clave.

Al final la montaña te prueba y no se deja vencer. Pero antes de irte, de recibir para siempre tu mirada de respeto te deja saber si hiciste una buena elección, si te rodeaste de la gente necesaria, si fueron la ayuda esperada, si hicieron suyo tu cansancio y no te dejaron abandonar. Ese es su regalo.

La montaña siempre sabe, ha estado ahí demasiado tiempo.

Pico Turquino. También conocido como Pico Real del Turquino, es el punto más elevado sobre el nivel del mar de la isla de Cuba, con una altura de 1974 metros. Fue mencionado ya en el siglo XVI por el geógrafo flamenco Gerardo Kramer. El primer ascenso registrado a su cumbre data de 1915.

Besos obligados al clandestinaje

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Lo mejor de viajar en tren y de las despedidas al pie del andén es precisamente besarse, apretarse contra el otro, querer llevárnoslo prendido en la piel, en los labios, en la mirada. Para después en el momento de lo solo, de la ausencia, llenar esos espacios con los recuerdos del que estuvo que conservan nuestras manos, nuestros labios, nuestra piel.

 Pero después que nos han escatimado tanto, que nos maniatan las emociones y que coartan nuestra fe,  nuestra esperanza de que mañana todo puede ser mejor; también quieren  transformar nuestras despedidas en un simple apretón de manos rápido, insulso, falto de color y calor. Les explico:

 En algunas estaciones de trenes londinenses y francesas desde el 2009 los viajeros tienen prohibido besarse en el andén porque según las autoridades ferroviarias afectan en flujo vial al retrasar los horarios y obstaculizar el paso de los demás  viajantes. Por eso estas mismas autoridades –habría que revisar si son humanos o androides – han ubicado en las estaciones un lugar específico donde estacionar el auto o pararte con tu pareja para besar y poder ser besado. Además, todo ello después de pagar una cuota.

 Cuando creímos que el mundo era la suficientemente gris aparecen absurdos como este,  o cuando pensábamos que ya la estupidez humana había llegado a su cúspide, vienen a recordarnos que por mucho tiempo más tendremos que seguir lidiando con ella.

 Cómo un beso puede ser perjudicial para nadie, cómo negarnos a ver besar, a regalarnos esa pequeña convicción de que el mundo no está tan jodido cuando quedan ganas de besar, nostalgia del amor, certidumbre del amor.    

 

 

El poema de Nara

Nara Mansur

Nara Mansur

Todavía no conozco personalmente a Nara Mansur, pero sé que un día tendré la dicha de darle las gracias, de tocar su mano, de mirarle a los ojos y tal vez verla reír, y asistir a la fiesta de oírla conversar. Lo sé.

Por el momento la he ido encontrando en las revistas, en entrevistas que ha ofrecido porque hasta antes de ganar el Premio Nicolás Guillén de Poesía en el 2011, yo nada sabía de esta mujer. Pero tal fue la alegría de tropezar con ella en el mundo, sin importar las maneras o los pretextos, cualquiera de ellos válidos, no tuve más remedio que irla rastreando por las librerías y páginas web, porque de lo que se trata es de estar cerca de la gente buena, de la gente honesta, de la gente para quienes el resto del mundo no es extraño.

Tengo conmigo sus libros Desdramatizándome, de teatro y Manualidades, de poesía; del segundo, sobre todo, perviven frases, determinada imagen, cierto sentimiento para días cruciales, para esos instantes en que miro para los lados buscando un asidero posible.

Ella no lo sospecha pero después de conocerla a través de sus palabras, me tuve que ir y de un tirón escribir este poema. No sé si bueno, no sé si malo, pero al fin y al cabo testigo de la emoción.

El poema de Nara

Me gustaría preguntarte

de dónde trajeron la arcilla

con la que te fabricaron

o si eso no importara

háblame de las manos que te moldearon,

de la sabia,

de esa fortuna.

¿Sabes que puedes ser un amuleto?

Cuando dices… Todas esas fuerzas se desvanecieron*

y sigues viva,

es como si me empujaras y dijeras,

teme, llora, pero sigue viva

a pesar de la ausencia,

de la soledad,

aunque estemos lejos de todo lo que pudiera protegernos,

aunque eso que pudiera protegernos

no fuera más que los recuerdos que se licúan

en nuestra memoria

y se acomodan según las necesidades

más perentorias,

el paño antiguo que acariciamos

y  llevamos sobre el cuerpo como escudo.

Sabes que… el orden del mundo

es despiadado con nuestras creencias*,

nadie ha venido a silbártelo al oído,

has estado acá el tiempo suficiente.

Si ahora te mirara

me devolverías la misma mirada

con la que Emilia te reconoce.

Me dirías bajito

que no quieres heroicidades

solo la pequeña resistencia, la cotidiana,

y contar nuestras propias noticias del mundo,

para que consten,

y la culpa pueda ser un día

un edificio vencido,

aunque hemos aprendido que…

las ideas sencillas (…)* son tan difíciles (…)

de volver naturaleza, segunda piel.

Los deseos a veces pueden sorprendernos

e ir de vida en vida, dándose,

creciendo y mostrando el rostro

como si estuvieran acabados de nacer.

Podemos hermanarnos en ellos,

suelen ser más importantes

que si fuéramos hijas de la misma familia.

En un tiempo determinado,

casi mágico,

las mujeres hablamos el mismo lenguaje,

es nuestro nushu,

tejido con denuedo,

tatuado en nuestro cuerpo,

partiendo el aire

como una bandera roja .

Pero lo que más quisiera es ser capaz de criar,

de educar a mi hija, que el amor dure

y yo no me convierta en lo que no quiero ser*.

Tú lo has dicho.

 * fragmentos de la entrevista “A mano: solo lo imprescindible”, La Jiribilla, del 8 al 14 de enero de 2011.  

Ernesto Cardenal: “Hace tiempo que Dios renunció a ser Dios”

El poeta nicaragüense Ernesto Cardenal

El poeta nicaragüense Ernesto Cardenal

Tomado de El país

No se fíen ustedes de las apariencias estéticas de la bonhomía, a menudo tapan volcanes. Y como volcán rumiando lava entra Ernesto Cardenal en la estancia, debajo de la boina calada, detrás de su barba blanca, dentro de su camisa blanca, los dedos de los pies nerviosos escapando de las sandalias de cura, aquejado esta tarde de un raro mal: esa mezcla de ansiedad y fatiga típica de las biografías sin desmayo. Sin duda, Cardenal (Granada, Nicaragua, 1925) es dueño de una de ellas. Poeta, sacerdote, teólogo, traductor, escultor, ministro de Cultura del Gobierno sandinista de Nicaragua entre 1979 y 1987, profeta irreductible de la Teología de la Liberación y de sus miserias y, por tanto, enemigo sin remedio del Vaticano y sus grandezas, el autor de El Evangelio en Solentiname enfila ya, a sus 87 años, la lógica consciencia del todo fue, aunque jura y perjura que solo el presente le interesa. No parece exagerado decir que su vida es una montaña rusa de euforias y desengaños. (…)Y de cuando en cuando, alguna pequeña alegría, como el reciente Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. (…)  No hay ira en Ernesto Cardenal con respecto a su pasado, aunque el presente asegura que, en esta tarde calurosa de Madrid, el poeta anda cabreado.

Quería saber cuál es el estado de ánimo actual de Ernesto Cardenal ante las cosas, ante la vida. No entiendo.

¿Es capaz de mirarse desde fuera y hacerse un autorretrato con lo que fue, lo que es, lo que será…? Mmmm, no, no lo hago. No me gusta.

¿Mira al pasado? ¿Al futuro? ¿Solo al presente? Solo el presente.

¿Por qué? ¿Borró su pasado? ¿Lo aparcó y lo guardó en un armario? Esa pregunta es muy difícil, ¿por qué me la hace?

Las fáciles no suelen tener mucho interés… Bueno, sí, pero yo ya no estoy para preguntas difíciles.

No se preocupe, cambiamos de tercio. En 2009 recibió el Premio Pablo Neruda de Poesía, ahora le acaban de dar el Reina Sofía. ¿Le gusta eso de los premios? ¡Pues el primero que recibí en mi vida fue el Pablo Neruda! Así que cuando la presidenta de Chile me lo entregó en el Palacio de la Moneda, en el discurso dije que me consideraba el poeta menos premiado de la lengua castellana. Ahora ya no puedo jactarme de eso, porque he recibido dos premios. Bueno, tampoco son muchos…

¿Y eso le duele? No, bueno, me da lo mismo, no me interesa mucho recibir homenajes, más bien me molestan.

Cuando me dirigía a nuestra cita, venía pensando en lo mal que están las cosas para tanta gente. ¿Cabe decirle algo nuevo que sirva para darle esperanza? ¿Tiene usted alguna idea? Pues yo le diría lo que se ha dicho desde hace tiempo: el Evangelio, el anuncio del reino de Dios, del reino de los cielos en la tierra. Y recordar de nuevo lo que anunció el marxismo: una sociedad nueva, justa y sin clases. La sociedad comunista perfecta… que viene a ser lo mismo que el reino de Dios en la tierra. Yo no tengo otra cosa que predicar que el cristianismo y el marxismo, que para mí son la misma cosa.

¿Está la vigencia del marxismo intacta para usted en 2012? Si usted me pregunta si el marxismo fracasó, le diré que Chesterton, escritor, humorista, inglés y católico, dijo que el cristianismo no había fracasado… porque no se había puesto en práctica nunca. Yo digo lo mismo del marxismo, que nunca se puso realmente en práctica.

O sea, que ninguno de los dos principios fundamentales de su vida se han podido ver en marcha de verdad… ¡Ni de verdad ni de mentira! O puede que de mentira sí, pero de verdad no…

¿No cree usted que el marxismo incurrió en errores? O quienes lo trataron de llevar a la práctica… Sí, y el cristianismo también, que tuvo horribles versiones: las cruzadas, la Inquisición, los papas del Renacimiento…

(…)

Revolución, Dios, poesía… ¿son una misma cosa en su vida? ¿O tres versiones de algo supremo? Para mí son lo mismo, sí. Revolución es lo mismo que predicaba Jesús. Hoy hay teólogos que dicen que el reino de Dios que él predicaba era una expresión semejante al concepto actual de revolución, es verdad. Una revolución subversiva, que en el caso de Jesús fue lo que le llevó a la muerte. Significaba también un cambio político y social. La juventud de hoy sigue diciendo “otro mundo es posible”, y yo también lo creo, como lo creyó Jesús. Es posible, y necesario. Y, como dice el obispo brasileño Casaldáliga, también otra Iglesia es posible. Hasta hay quien dice que otro Dios es posible.

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