Mi única manera de abrazarte

Foto: Ismael Francisco/Cubadebate.

Foto: Ismael Francisco/Cubadebate.

(…) no sé escribir cuando algo me duele tanto, no soy, no seré nunca el escritor profesional listo a producir lo que se espera de él, lo que le piden o lo que él mismo se pide desesperadamente. La verdad es que la escritura, hoy y frente a esto, me parece la más banal de las artes, una especie de refugio, de disimulo casi, la sustitución de lo insustituible. El Che ha muerto y a mí no me queda más que silencio, hasta quién sabe cuándo (…)

JC

Yo tuve un hermano

 Yo tuve un hermano

no nos vimos nunca

pero no importaba.

 

Yo tuve un hermano

que iba por los montes

mientras yo dormía.

 

Lo quise a mi modo

le tomé su voz

libre como el agua.

 

Camine de a ratos

cerca de su sombra

no nos vimos nunca

pero no importaba.

 

Mi hermano despierto

mientras yo dormía.

Mi hermano mostrándome

detrás de la noche

su estrella elegida.

Julio Cortázar

 Audio del poema

 

Canciones y (re)nacimientos

Existe una tribu en África, donde la fecha de nacimiento de un niño no se toma como el día en que nació, ni como el momento en que fue concebido, sino como el día en que ese niño fue “pensado” por su madre. Cuando una mujer decide tener un hijo, se sienta sola bajo un árbol y se concentra hasta escuchar la canción del niño que quiere nacer. Luego de escucharla, regresa con el hombre que será el padre de su hijo y se la enseña. Entonces, cuando hacen el amor con la intención de concebirlo, en algún momento cantan su canción, como una forma de invitarlo a venir. Cuando la madre está embarazada, enseña la canción del niño a la gente del lugar, para que cuando nazca, las ancianas y quienes estén a su lado, le canten para darle la bienvenida. A medida que el niño va creciendo; cuando el niño se lastima o cae o cuando hace algo bueno, como forma de honrarlo, la gente de la tribu canta su canción. Hay otra ocasión en la que la gente de la tribu le canta al niño. Si en algún momento de su vida, esa persona comete un crimen o un acto socialmente aberrante, se lo llama al centro de la villa y la gente de la comunidad lo rodea. Entonces le cantan su canción. La tribu reconoce que la forma de corregir un comportamiento antisocial no es el castigo, sino el amor y la recuperación de la identidad. Cuando uno reconoce su propia canción, no desea ni necesita hacer nada que dañe a otros. Y así continua durante toda su vida. Cuando contraen matrimonio, se cantan las canciones juntas. Y finalmente, cuando esta persona va a morir, todos en la villa cantan su canción, por última vez, para él. 

Puedes no haber nacido en una tribu africana que te cante tu canción en cada una de las transiciones de tu vida, pero la vida siempre te recuerda cuando estás vibrando a tu propia frecuencia, y cuando no lo estás. Sólo sigue cantando y encontrarás tu camino a casa.

Tierno Santiago

“La ternura es la solidaridad de los pueblos”

Ya presentíamos La Habana. Los puentes, el paisaje, las señalizaciones en la vía, el cuerpo; todo nos avisaba su cercanía. Era solo cuestión de avanzar un poco más, de no distraernos con los dibujos que el sol hacía en el cielo a esa hora en que decide si quedarse o irse.

Todo había salido bien, a pesar de que cuando uno viaja por carretera en una guagua Yutong cualquier imprevisto es posible, y esperado. Por eso cuando el ómnibus se detuvo sin motivos aparentes y  los choferes bajaron con cara de circunstancias, todos creímos que la buena suerte por ese día había terminado.

Algunos hombres bajaron, en ese afán por hacerle frente a las situaciones aunque no tengan ni idea de cómo resolverlas, y después de conferenciar por un rato con los choferes, alguno vino a informar que había problemas con el motor, con el combustible que se había acabado o que no se había acabado pero que no llegaba al motor. Algo así. Lo único cierto era que estábamos varados, a expensas de que algún buen samaritano quisiera donarnos un poco de combustible de sus propios vehículos.

Ahí empezó la aventura. Los choferes montaron guardia  dentrás del ómnibus a la espera de camiones, rastras, otras guaguas, pero en la autopista nacional los vehículos pasan casi a la velocidad de la luz, nadie se detiene, si acaso alguien aminora un poco la marcha, mira extrañado por la ventanilla con cara de quien está mirando un hipopótamo en el zoológico y sigue su camino.   Esos éramos en ese momento, el hipopótamo.

Y vimos las estrategias de escape más burdas. Aunque solo nos faltaba soltar bengalas, más de uno se hizo el desentendido, como si esa parte de la vía correspondiera a un mundo ficticio o a un espejismo del que había que dudar. Por más señas que hicieron los choferes y tripulantes juntos, por más explicaciones que dieran, nadie parecía poder desprenderse del petróleo que necesitábamos para llegar a La Habana. Y la noche hacía su entrada menos aplaudida.

Por fin apareció una rastra. Todos parecíamos Rodrigo de Triana gritando !tierra! desde la carabela La pinta, mirando el carro con la misma esperanza con la que el marinero miró por primera vez las tierras del “nuevo mundo”.  El chofer recién llegado no pidió muchas explicaciones, bastaron algunas palabras. No vi la totalidad de sus gestos, pero fueron pocos los minutos que mediaron hasta que el motor recién alimentado volvió a rugir gozoso. Nos poníamos en marcha nuevamente.

Nunca supe el nombre de nuestro benefactor -hay detalles que ante los imperativos del momento se ovbian- , tampoco recuerdo quién fue la persona que me dijo que ese hombre generoso era santiaguero.

Soy tan extraña como tú

 

«Yo solía pensar que era la persona más extraña en el mundo, pero luego pensé, hay mucha gente así en el mundo, tiene que haber alguien como yo, que se sienta bizarra y dañada de la misma forma en que yo me siento. Me la imagino, e imagino que ella también debe estar por ahí pensando en mí. Bueno, yo espero que si tú estás por ahí y lees esto sepas que, sí, es verdad, yo estoy aquí, soy tan extraña como tú.»

Frida Kahlo

Este año Frida estaría celebrando sus 107 cumpleaños.  No sé si el cuerpo de Frida y el alma de Frida –dos cosas diferentes- habrían aguantado tanto tiempo en el mundo, tantos julios, tantos hierros de toda índole maniatándola. No imagino cómo Frida celebraría sus años de vida, de burla,  de obstinación y desentendimiento de lo que  otros consideraban debía ser su manera de vivir.

Aquí estoy recordándola, viendo fotos suyas diseminadas en internet. Leyendo las frases que dicen su boca dijo o su mano escribió. No llego a ninguna conclusión, solo me siento imantada por su personalidad. El mito Frida no me subyuga, ni sus amores, ni sus creencias, ni los hombres y mujeres cuya piel más secreta conoció. Prefiero ir a buscarla al lugar más alejado de los reflectores.

Gracias a las fotografías de una amiga que estuvo en su casa en el DF mexicano entro en su casa. Husmeo en el museo que han preparado, en los objetos que tocó y que fueron de algún modo importantes para construir su rutina. Es como ir leyendo un mapa, una cartografía con sus propias leyendas y dimensiones, la configuración de una mujer.    Esta es su casa, el espacio de moda, re-visitado,  re-publicitado, re-vendido hasta el cansancio. Quizás se parece a ella, quién puede adivinarlo, quizás aquí encontró la paz o creyó que la alcanzaba cuando llenaba lienzos con su rostro y sus dolores, como queriendo burlar su destino de ser humano estrellado, como le gustaba definirse.

Lo que sigue es la impresión de mi amiga luego de su estancia en esta casa, en el espacio de Frida:

por Yuliat Acosta

Entrar a la casa de Frida Kahlo es sentir que no estamos en el interior de una casa deshabitada, que sus dueños no han muerto, que salieron por una rato y que de pronto van a llegar y nos van a encontrar hurgando entre sus cosas destapando las cazuelas para oler lo que hay puesto en el fogón, tocando aquel tejido de la sobrecama, abriendo aquel pomo de perfume a medio usar, exprimiendo los tubos para derramar un poco de pasta de óleo y con el frotar de los dedos sentir su textura al tacto.  Uno lo mira todo como si quisiera saberlo todo, abrir las gavetas como quien se presiente que va a descubrir algún secreto de la vida ajena, ponerse aquellos vestidos con corsés raros y sentir qué se siente al roce de la carne apretada por las tiras de cueros, y con una sensación de que se nos va apretando el torso  y se va viviendo el dolor de las varillas enterradas en la piel.

De las paredes sale un halo de pasiones turbulentas mezcladas con infidelidades y amor infinito que traspasa las fronteras de lo convencional, de las leyes permitidas por los hombres de hoy.

Entrar en la casa de Frida y Diego significa también transgresión, transgredir los límites de lo íntimo, de ese espacio pactado donde dos, suelen ser dos, tal cuan son, sin parecerse a nada, ni a nadie, con sus propias leyes como si al traspasar la puerta el mundo comenzara de nuevo;  y entonces se redefine el concepto de universo,  sin importar las heridas, ni las deformidades, pura aceptación, no más,  porque los seres humanos no nacen salidos de un molde, y lo establecido lo inventó alguien con ansias de dominación.

 Todo es diverso y la vez coherente, todo encaja con todo y nada se parece a nada, es como si los objetos estuvieran dotados de una organicidad natural. Y uno también siente el llanto mezclado con la paz, con el perdón por el sufrimiento, ese perdón no dicho,  pero gritado a voz de besos y sexo entre dos amantes que no encuentran fronteras más allá de las suyas.

Es también la oda a la muerte a sabiendas de que algún día el fin va a llegar, pero confiando en el encuentro póstumo, en el romance último y postrero que queda inmortalizado en objetos, en lienzos, donde se pinta el desahogo y lo desgarrante, sin tiempo para conflictos, ni insalubridad. Y uno lo mira todo, y se respira azul la paz, y se respira verde, como quien hubiera querido al pintar, juntar en las mismas paredes, el cielo con la tierra. Y surge de pronto, al observarlo todo, un paralelismo o tal vez, aquella empirista convicción, de que ciertamente las casas se parecen a sus dueños.

Verde

Según la psicología del color el verde provoca calma, apacigua los ánimos, da confianza. Es el color del equilibrio por excelencia, por eso pintan de verde las salas de los hospitales y la habitaciones donde deben esperar las personas que entrarán a un set de televisión.

Con tan buenas características parece de locos ir borrando el verde de los paisajes cotidianos, pero así lo hacemos.

Por suerte, quedan pedazos de verde diseminados por la ciudad, extendidos, sin cercas, ni señales restrictivas.  Y yo fui feliz.

 

Gracias por todo, Fidel

Con motivo de los cuarenta años del poema, el 5 de marzo de 1997, en Matanzas Carilda recitó los versos. Poco rato después, la creadora recibió la sorpresa de que Fidel había llegado para saludarla.

Con motivo de los cuarenta años del poema, el 5 de marzo de 1997, en Matanzas Carilda recitó los versos. Poco rato después, la creadora recibió la sorpresa de que Fidel había llegado para saludarla.

Canto a Fidel1


No voy a nombrar a Oriente,

no voy a nombrar la Sierra,

no voy a nombrar la guerra

–penosa luz diferente–,

no voy a nombrar la frente,

la frente sin un cordel,

la frente para el laurel,

la frente de plomo y uva:

voy a nombrar toda Cuba:

voy a nombrar a Fidel.

 

Ése que para en la tierra

aunque la luna lo hinca,

ese de sangre que brinca

y esperanza que se aferra;

ese clavel en la guerra,

ese que en valor se baña,

ese que allá en la montaña

es un tigre repetido

y dondequiera ha crecido

como si fuese de caña.

 

Ese Fidel insurrecto

respetado por las piñas,

novio de todas las niñas

que tienen el sueño recto.

Ese Fidel –sol directo

sobre el café y las palmeras–;

ese Fidel con ojeras

vigilante en el Turquino

como un ciclón repentino,

como un montón de banderas.

 

Por su insomnio y sus pesares

por su puño que no veis,

por su amor al veintiséis,

por todos sus malestares,

por su paso entre espinares

de tarde y de madrugada,

por la sangre del Moncada

y por la lágrima aquella

que habrá dejado una estrella

en su pupila guardada.

 

Por el botón sin coser

que le falta sobre el pecho,

por su barba, por su lecho

sin sábana ni mujer

y hasta por su amanecer

con gallos tibios de horror

yo empuño también mi honor

y le sigo a la batalla

en este verso que estalla

como granada de amor.

 

Gracias por ser de verdad,

gracias por hacernos hombres,

gracias por cuidar los nombres

que tiene la libertad.

 

Gracias por tu dignidad,

gracias por tu rifle fiel,

por tu pluma y tu papel,

por tu ingle de varón.

Gracias por tu corazón.

Gracias por todo, Fidel.

(marzo de 1957) 

 1El periodista estadounidense Herbert Mathews entrevistó a Fidel el 17 de febrero de 1957 en la Sierra Maestra; el 24 de febrero apareció en el periódico New York Times su artículo Cuban rebel is visited in hideout. La revista Bohemia publicó el 3 de marzo En la Sierra Maestra. Famoso corresponsal entrevista a Fidel Castro y el 10 de marzo Sierra Maestra. El hombre estuvo allí. De este modo, se difundió la grata noticia de que Fidel Castro estaba vivo y en ese momento de alegría surgió el poema.

Carilda ha precisado que escribió el canto romántico al leer la confirmación (en la revista Life) de que Fidel estaba vivo. Por lo mismo, puede situarse la escritura entre finales de febrero e inicios de marzo de 1957. Una versión manuscrita del poema fue llevada a la Sierra Maestra. Se leyó al inaugurarse la emisora radial del Tercer Frente Oriental Mario Muñoz (3 de septiembre de 1957) y se publicó en el periódico matancero El Imparcial, el 7 de enero de 1959. Con motivo de los cuarenta años del poema, se realizó una velada homenaje a la poeta, el 5 de marzo de 1997, en Matanzas. Se leyó una carta de Fidel Castro y Carilda recitó los versos. Poco rato después, la creadora recibió la sorpresa de que el Comandante había llegado para saludarla.

¿Esta es la belleza?

El dorado fuego y la lluvia

 El fuego de la tarde

una y otra vez

ha sido hostigado por la lluvia.

El tronco quebrado de un flamboyán

cae sobre las buganvilias

y los pétalos rojo naranja

derraman su delicada sangre

sobre las aceras.

La humedad deshace los montículos

donde viven las hormigas locas,

la casa en el filo del aire

de las mariposas

y los nidos.

Pasa el viento en sus violentos

caballos ciegos.

Y el fuego de la tarde

crepita y canta en agonía

hostigado por los puñales de la lluvia.

 

Elogio

Nadie sabe

las lágrimas que vierte

el agua

para llegar a ser

la fuente cristalina.

 

La simiente

Nos dijeron:
esta es la belleza.
Para que no pudiéramos
verla con nuestros ojos
ni hacerla con nuestro
propio esfuerzo.

Por ahora sería difícil
decir: esta es la belleza.
Y no lo hacemos porque
fatalmente nos equivocaríamos.

 

El venado

Es como la tristeza.

Mira como los hombres en invierno.

Y, como el huérfano, apenas pone

Sus huellas en la yerba.

Es como la tarde.

Crece su piel hacia la soledad oliendo el monte.

(Por su perfil transcurren el disparo y la noche,

La memoria imprecisa del acoso.)

Pero bajo su angustioso ramo de cuernos

No cabe el pensamiento y muere, como de un salto,

Con los ojos abiertos.

 

Leyenda árabe

Cruzado de brazos

sintió llegar

madurar y apagarse

una tras otras

las estaciones.

Y una tarde sin sol

vio pasar el carro fúnebre

de su último enemigo.

Cuando intentó

alzar la copa del brindis triunfal

su mano se volvió una flor rota

y su cabeza llena de odio

se inclinó por última vez.

Luis Suardíaz (1936-2005). Haber vivido, su primer libro, se publica en 1966 y alcanzó mención en el Concurso Casa de las Américas. Le sucedieron, entre otros, los siguientes títulos: Como quien vuelve de un largo viaje, 1975; Leyenda de la justa belleza, 1978; Todo lo que tiene fin es breve, 1983; Siempre habrá poesía, 1983; Tiempo de vivir, 1988; Estas son mis sagradas escrituras, 1988; Un instante que sostiene toda la luz, 1988; Nuevos cuadernos de clase, 1989; Papel mojado, 1991… También preparó antologías y redactó ensayos, entre ellos, el titulado Para llegar a El Gran Zoo, de 2002, sobre la obra poética de Nicolás Guillén.

 

 

La luz es como el agua

Seguramente no se arrepintieron de ver el audiovisual de Imaginantes  sobre cómo nació el cuento La luz es como el agua de Gabriel García Márquez. Yo lo adoré. Por eso les dejo también el cuento original para que se deleiten con el chorro de imaginación de este colombiano querido. No dejen de leerlo. Estoy convencida que el momento escogido del sábado o el domingo, o cualquier otro día que prefieran, para leer lo que aquí les dejo, será hermoso.

La luz es como el agua

En Navidad los niños volvieron a pedir un bote de remos.

-De acuerdo -dijo el papá, lo compraremos cuando volvamos a Cartagena.

Totó, de nueve años, y Joel, de siete, estaban más decididos de lo que sus padres creían.

-No -dijeron a coro-. Nos hace falta ahora y aquí.

-Para empezar -dijo la madre-, aquí no hay más aguas navegables que la que sale de la ducha.

Tanto ella como el esposo tenían razón. En la casa de Cartagena de Indias había un patio con un muelle sobre la bahía, y un refugio para dos yates grandes. En cambio aquí en Madrid vivían apretados en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. Pero al final ni él ni ella pudieron negarse, porque les habían prometido un bote de remos con su sextante y su brújula si se ganaban el laurel del tercer año de primaria, y se lo habían ganado. Así que el papá compró todo sin decirle nada a su esposa, que era la más reacia a pagar deudas de juego. Era un precioso bote de aluminio con un hilo dorado en la línea de flotación.

-El bote está en el garaje -reveló el papá en el almuerzo-. El problema es que no hay cómo subirlo ni por el ascensor ni por la escalera, y en el garaje no hay más espacio disponible.

Sin embargo, la tarde del sábado siguiente los niños invitaron a sus condiscípulos para subir el bote por las escaleras, y lograron llevarlo hasta el cuarto de servicio.

-Felicitaciones -les dijo el papá ¿ahora qué?

-Ahora nada -dijeron los niños-. Lo único que queríamos era tener el bote en el cuarto, y ya está.

La noche del miércoles, como todos los miércoles, los padres se fueron al cine. Los niños, dueños y señores de la casa, cerraron puertas y ventanas, y rompieron la bombilla encendida de una lámpara de la sala. Un chorro de luz dorada y fresca como el agua empezó a salir de la bombilla rota, y lo dejaron correr hasta que el nivel llego a cuatro palmos. Entonces cortaron la corriente, sacaron el bote, y navegaron a placer por entre las islas de la casa.

Esta aventura fabulosa fue el resultado de una ligereza mía cuando participaba en un seminario sobre la poesía de los utensilios domésticos. Totó me preguntó cómo era que la luz se encendía con sólo apretar un botón, y yo no tuve el valor de pensarlo dos veces.

-La luz es como el agua -le contesté: uno abre el grifo, y sale.

De modo que siguieron navegando los miércoles en la noche, aprendiendo el manejo del sextante y la brújula, hasta que los padres regresaban del cine y los encontraban dormidos como ángeles de tierra firme. Meses después, ansiosos de ir más lejos, pidieron un equipo de pesca submarina. Con todo: máscaras, aletas, tanques y escopetas de aire comprimido.

-Está mal que tengan en el cuarto de servicio un bote de remos que no les sirve para nada -dijo el padre-. Pero está peor que quieran tener además equipos de buceo.

-¿Y si nos ganamos la gardenia de oro del primer semestre? -dijo Joel.

-No -dijo la madre, asustada-. Ya no más.

El padre le reprochó su intransigencia.

-Es que estos niños no se ganan ni un clavo por cumplir con su deber -dijo ella-, pero por un capricho son capaces de ganarse hasta la silla del maestro.

Los padres no dijeron al fin ni que sí ni que no. Pero Totó y Joel, que habían sido los últimos en los dos años anteriores, se ganaron en julio las dos gardenias de oro y el reconocimiento público del rector. Esa misma tarde, sin que hubieran vuelto a pedirlos, encontraron en el dormitorio los equipos de buzos en su empaque original. De modo que el miércoles siguiente, mientras los padres veían El último tango en París, llenaron el apartamento hasta la altura de dos brazas, bucearon como tiburones mansos por debajo de los muebles y las camas, y rescataron del fondo de la luz las cosas que durante años se habían perdido en la oscuridad.

En la premiación final los hermanos fueron aclamados como ejemplo para la escuela, y les dieron diplomas de excelencia. Esta vez no tuvieron que pedir nada, porque los padres les preguntaron qué querían. Ellos fueron tan razonables, que sólo quisieron una fiesta en casa para agasajar a los compañeros de curso.

El papá, a solas con su mujer, estaba radiante.

-Es una prueba de madurez -dijo.

-Dios te oiga -dijo la madre.

El miércoles siguiente, mientras los padres veían La Batalla de Argel , la gente que pasó por la Castellana vio una cascada de luz que caía de un viejo edificio escondido entre los árboles. Salía por los balcones, se derramaba a raudales por la fachada, y se encauzó por la gran avenida en un torrente dorado que iluminó la ciudad hasta el Guadarrama.

Llamados de urgencia, los bomberos forzaron la puerta del quinto piso, y encontraron la casa rebosada de luz hasta el techo. El sofá y los sillones forrados en piel de leopardo flotaban en la sala a distintos niveles, entre las botellas del bar y el piano de cola y su mantón de Manila que aleteaba a media agua como una mantarraya de oro. Los utensilios domésticos, en la plenitud de su poesía, volaban con sus propias alas por el cielo de la cocina. Los instrumentos de la banda de guerra, que los niños usaban para bailar, flotaban al garete entre los peces de colores liberados de la pecera de mamá, que eran los únicos que flotaban vivos y felices en la vasta ciénaga iluminada. En el cuarto de baño flotaban los cepillos de dientes de todos, los preservativos de papá, los pomos de cremas y la dentadura de repuesto de mamá, y el televisor de la alcoba principal flotaba de costado, todavía encendido en el último episodio de la película de media noche prohibida para niños.

Al final del corredor, flotando entre dos aguas, Totó estaba sentado en la popa del bote, aferrado a los remos y con la máscara puesta, buscando el faro del puerto hasta donde le alcanzó el aire de los tanques, y Joel flotaba en la proa buscando todavía la altura de la estrella polar con el sextante, y flotaban por toda la casa sus treinta y siete compañeros de clase, eternizados en el instante de hacer pipí en la maceta de geranios, de cantar el himno de la escuela con la letra cambiada por versos de burla contra el rector, de beberse a escondidas un vaso de brandy de la botella de papá. Pues habían abierto tantas luces al mismo tiempo que la casa se había rebosado, y todo el cuarto año elemental de la escuela de San Julián el Hospitalario se había ahogado en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. En Madrid de España, una ciudad remota de veranos ardientes y vientos helados, sin mar ni río, y cuyos aborígenes de tierra firme nunca fueron maestros en la ciencia de navegar en la luz.

Música para difuntas

Decreté la muerte de mi vieja agenda teléfonica hoy a las tres de la tarde. Al parecer esta hora es la idónea para salir del mundo de los vivos. No tengo certeza de cuántos años llevaba conmigo.  Sí sé que fueron los suficientes. Resguardó conexiones, abrazos a larga distancia, quejas, exhabruptos. Sin pedigrí alguno, pues era una libretica de tapas negras y hojas volanderas;- supo serme fiel frente a la avalancha tecnológica, mantenerse insobornable. Ponía pausa a mis gestos, lograba sorprenderme cuando en la búsqueda de un número teléfonico cualquiera me encontraba con los datos de alguna persona olvidada intermitentemente entre la furia de los días. Pero su función más importante creo yo fue la de ayudarme a recordar. Los datos recogidos de personas, edificios, trámites burocráticos, funcionaban como el disparador que accionaba la cinta, casi cinematógrafica, de lo que ha sido mi vida en estos años, hechos puntuales o remembranzas nebulosas de las que solo quedan sensaciones.

Le ha llegado la hora de las sustituciones como a las referencias que atesoraba, pues muchas de las que me eran importantes ya perdieron su validez, nada le dicen a mi presente. No sobrevivieron a la mudanza, no están más en las nuevas páginas – ordenadas alfabéticamente y rayadas. La nueva libreta teléfonica vendrá a configurar de otra manera mis recuerdos futuros. A la que hoy ha muerto le agradezco su servicio y que descanse en paz.

Aquí les dejo otro réquiem por una agenda muerta, mejor escrito por Eduardo Galeano. Se recoge en su libro Días y noches de amor y de guerra. Yo lo leí hace ya muchos años y nunca lo olvidé.  Creo que es el mejor homenaje para una agenda difunta que nunca tuvo nombre.

ESTA TARDE ROMPÍ LA PORKY Y TIRÉ LOS PEDACITOS A LA BASURA

Me había acompañado a todas partes. Se aguantó a mi lado intemperies y mal tratos y caídas. Perdió la espiral de alambre y se le salieron las hojas. De las tapas, color lacre, no quedaban más que jirones. La Porky, que supo ser una elegante agenda francesa, se había reducido a un montón de papeles y papelitos atados con un elástico, y anda ba toda lajeada y rotosa y sucia de tinta y tierra.

Me costó decidirme. A esa gorda descuajeringada, yo la quería. Me estallaba en las manos cada vez que le pedía una dirección o un teléfono.

Ninguna computadora hubiera podido con ella. La Porky estaba a salvo de espías y policías. En ella yo encontraba lo que buscaba sin esfuerzo: sabía descifrarla manchita por manchita y retazo por retazo.

Entre la A y la Z, la Porky contenía diez años de mi vida.

Nunca la había pasado en limpio. Por pereza, decía; pero era por miedo.

Hoy la maté.

Unos pocos nombres me dolieron de verdad. A la mayoría ya no los reconocía. La libreta estaba llena de muertos; y también de vivos que ya no tenían ningún significado para mí. Confirmé que en estos años, quien había muerto varias veces y varias veces nacido, era yo.

Fantasmas

Belén Gopegui

Visito al fantasma por rachas. Porque la vida del otro lado hay que pararla a veces. Entonces voy al mundo de quienes, se dice, no existen, expresión carente de sentido pues si los personajes no existieran tampoco existirían los pensamientos. Sin confusiones: existen a su modo.

-¿Qué tal el día?

-Comí con X, di unas clases. El autobús cada vez tarda más en llegar, nevaba.

Y no decir: Al salir del trabajo, viajé en tren con el profesor Barrow, le perseguía un espía de Ixania, le dimos esquinazo. Luego nos alojaron en un hotel decadente, el ruido de tuberías no nos dejaba dormir.

No lo dices, pero lo haces: viajáis en ese tren, lográis sorprender al hombre que esperaba agazapado, y no obstante luego os descubren, teméis por vuestra vida, os presionan, pensáis un plan. Son cosas que pasan cuando lees, cuando fuera se oye la lluvia y dentro los ruidos son más bajos, como si todo tuviera silenciador. Pasan en secreto.

Antes me preocupaba más desatender unos minutos lo de afuera. Ahora la mayoría no está casi nunca a lo que está. Gentes que viven, vivimos, y pasan, pasamos, cada vez más tiempo al otro lado. A veces quedo con mis semejantes y me parecen menos reales que cuando leo sus frases en la pantalla, y si les pienso lo primero que me viene a la cabeza no es su cara ni su cuerpo sino su avatar. A veces me pregunto si los animales, los demás animales, imaginan, si el elefante cuando mira puede ver algo distinto de lo que está viendo. ¿Pueden representarse un futuro que no sea repetición de lo vivido? Para leer y escribir hay que imaginar lo que no sabes si pasará nunca. Un pie en el suelo y otro fuera, las manos en el teclado y la cabeza en Italia, en Nairobi o en Moscú. En la habitación, un radiador y frío, en el teclado, lluvia tropical. Antes, prácticamente solo mediante la lectura nos alejábamos: mientras el trayecto en metro se repetía, en el libro nuestras capacidades eran puestas a prueba, atravesados nuestros cuerpos por esa tensión que no da miedo, por esa música del habla capaz de producir espacio transitable. Ahora las novelas son un ala más de la nube, un departamento y no el más amplio. Las horas se pasan en amplias naves heladas llenas de servidores, o en el viaje de ida y vuelta a los satélites. Una mano en el teclado, la otra a treinta y seis mil kilómetros de la tierra. La cara aquí y la voz tan lejos.

Hoy he vuelto a ver al chino que cada tarde se sienta en un saliente de la pared de la frutería. A las cinco de la tarde, a las siete, hasta las nueve de la noche, hora en que cierran, el chino, sin abrigo, con un pantalón bien planchado, camisa y un jersey fino aunque haga frío, sostiene el smartphone, teclea, lee, teclea. Antes de los bits la vida ocurría más a menudo en la materia, pero los fantasmas siempre estuvieron. El contacto directo ¿qué es? Cuando toco una piel con los dedos también toco una expectativa.

El fantasma no sabe de la materia sino de su descripción. No sabe de las personas sino de los personajes, me espera en las historias, va conmigo. “Hay que continuar, no puedo continuar, hay que decir palabras mientras las haya, hay que decirlas hasta que me encuentren, hasta el momento en que me digan -extraña pena, extraña falta- hay que continuar, quizás está ya hecho, quizás ya me han dicho, quizás me han llevado hasta el umbral de mi historia, ante la puerta que se abre ante mi historia; me extrañaría si se abriera”. Es Foucault en El orden del discurso, las frases no terminan de organizarse racionalmente y sin embargo entran en sintonía con nuestro receptor pues captamos una sensación pensada, un pensamiento sentido y lo reconocemos.

Visito a mi fantasma. A menudo, sí, pienso que no son tiempos para la lírica ni para la novela ni para los fantasmas. La realidad espera fuera, hay que acudir pues se cae el porvenir, pero así es como crecemos, el texto en la mirada y en las neuronas, sucesos invisibles. Le visito por rachas, sabe que no debe retenerme demasiado, sabe que ahí fuera se lucha: todo lo que hay en la cabeza, ciudades, muebles, pájaros, la risa y la bravura, tiene su peso, deja su huella, dice el fantasma y se viene a la calle conmigo.

 Tomado de Rebelión