¿Poesía de la intemperie?

Gansos salvajes

Mary Oliver (1935, Ohio)

No tienes que ser bueno.

No tienes que caminar cien kilómetros

de rodillas a través del desierto, arrepentido.

Sólo tienes que dejar que el animal suave de tu cuerpo

         ame lo que ama.

Háblame de la desesperación, de la tuya,

y yo te hablaré de la mía.

Mientras tanto el mundo sigue.

Mientras tanto el sol y los claros

guijarros de la lluvia

se mueven a través del paisaje,

sobre las praderas y los árboles profundos,

las montañas y los ríos.

Mientras tanto los gansos salvajes,

altos en el aire limpio y azul,

se dirigen a casa otra vez.

Quienquiera que seas, no importa que estés solo,

el mismo mundo se ofrece a tu imaginación,

te llama como los gansos salvajes, áspero y excitante,

una y otra vez anunciando tu lugar

en la familia de las cosas.

****

Quién

Jane Kenyon (Michigan, 1947-1995)

Estas líneas son escritas

por un animal, un ángel,

un extraño sentado en mi silla;

alguien que ya sabe

cómo vivir sin preocupación

entre libros, y sartenes y ollas…

 

¿Quién es el que me pide encontrar

el lenguaje por el sonido

que una pezuña de oveja hace cuando rasca

una piedra? ¿Y quién dice

las palabras que son mi alimento?

Anuncios

“Ser cronista sin que sea necesaria una tribuna, una estridencia, un micrófono”

Por: Laidi Fernández de Juan

Cuando Sheyla Valladares publicó en el año 2014 La intensidad de las cosas cotidianas ya demostró, al menos, dos cualidades: sensibilidad auténtica, y valor para adentrarse en temas difíciles. Aquel poemario la lanzó al ruedo de artistas que creen firmemente en la posibilidad de visibilizar asuntos escabrosos, desde una óptica genuina, alejada del posible glamour que siempre resulta efímero. Ahora nos convoca nuevamente, pero esta vez, con un libro de narrativa que obtuvo por unanimidad el Premio Literario Luis Rogelio Nogueras en su edición veintiséis.

Si en La intensidad… la autora eligió la poesía como vehículo para lo que realmente se propuso y logró con eficacia: denunciar la desigualdad de género en términos de violencias y sumisiones, en Relojes con miedo al agua no solo varía de lenguaje, sino también de destinatario, y de propósito.

En apariencia, estamos ante un libro dirigido a un público infantojuvenil, escrito por alguien que reúne características específicas: Es una niña quien narra, proveniente de un hogar peculiar, es negra, tiene amiguitas blancas, una madre admiradora de la música del sur de Estados Unidos; y es, además, una criatura cuyo primer amor (un niño no mestizo) ha emigrado.

Dicho así, puede resultar simplista la tesis de estos relojes miedosos, pero es justamente lo contrario. Ni en todos los cuentos aparecen los mismos personajes, ni resulta evidente la intención de reflejar discriminaciones; no es al público más dúctil a quien Sheyla dirige sus palabras, ni es, finalmente, una niña quien cuenta. Es todo un juego de espejos armado con cuidado, para no lastimar con obviedad, y, al mismo tiempo, una sutil pesquisa que no permite abandonar en el tintero varios de nuestros dolores cotidianos: la juventud que se escurre, el racismo que aún nos habita, el poco cuidado con el cual los adultos ventilan acritudes frente a niños y niñas, quienes contemplan azorados la crueldad del mundo que se avecina. En este libro encontramos, desde una mirada y una voz infantil (femenina y mestiza, por añadidura), asuntos dolorosos en extremo, y es por ello que no deben quedarse aquí, en las manos de niños y niñas, víctimas absolutamente inocentes de la monstruosidad de la que somos capaces quienes cargamos en nuestros hombros la responsabilidad de construir una ética, de mostrar los beneficios que solo la equidad puede lograr, aunque estemos hablando de metas de muy elevado listón.

En ocho cuentos (“Golpes”, “Ella y Louis”, “Sorprender al silencio”, “Antes que el hielo se derrita”, “Seis días de buena suerte”, “Relojes con miedo al agua”, “Salvar el tiempo ido” y “Wendy salió volando de esta casa”), la autora, utilizando como fuente frustraciones que tienen que ser íntimas, nacidas de heridas muy propias, sin que se note costura alguna, coloca sobre el tapete, abiertamente, rezagos que perviven, por muchos vanos intentos que pretendan encubrirlos.

Agradezco a Sheyla que me permita lo que llamamos “renganche” en ser presentadora de libros suyos, que, confieso me dejan siempre con la rara sensación de que ocultan más de lo que dicen, y claro está, justifica que quedemos a la espera de  próximas entregas. Citaré un pequeño fragmento de la narración “Salvar el tiempo ido”, quizás la más lograda de este volumen, y que escogí porque brinda en pocas palabras el tono de todo el libro. “Si algo lograba distinguirnos es que ella es blanca y yo negra, pero a esa edad, ese no es detalle importante para dos niñas encantadas por haberse encontrado. Pero la gente grande a veces se olvida de lo esencial y se tuerce de una manera inexplicable”. Es este cuaderno un ejemplo de cómo crear arte partiendo de la miseria humana, y una manera de ser cronista sin que sea necesaria una tribuna, una estridencia, un micrófono. Es, en fin, una demostración de la inmensa utilidad de la Literatura, cuando es auténtica y profunda.

Tomado de La Jiribilla

Teresa Parodi: “Mi canción tiene que ver con la historia de mi país”

La cantautora Teresa Parodi

Teresa Parodi ha regresado a Cuba para cantar, aunque en Cuba no todos puedan aquilatar en su justa medida el tamaño de la suerte de tenerla otra vez entre nosotros. Es una de las voces imprescindibles del cancionero argentino y latinoamericano, pero pasa por alto los honores y solo reconoce la fiesta que es estar aquí, ahora.

“Me da mucho placer estar con ustedes, de verdad. Es muy emocionante para mí por todo lo que representa Cuba para los sueños y los ideales de tantos latinoamericanos, para la gente de mi generación en especial, en Argentina, que se hermanó con este pensamiento, con este modo de ver el mundo.

“He tenido una relación muy linda, siempre que he venido a Cuba, con la gente que me ha escuchado. He tenido una relación muy hermosa con Sara González, compartimos el escenario varias veces en Argentina y también aquí en La Habana, en el teatro Carlos Marx, hace muchos años.

“Para cualquier cantor popular, cantautor como lo soy yo, este país es una meta que tenemos en el corazón. Es muy importante para nosotros cantar aquí, para los que tenemos esta forma de hacer la canción latinoamericana. Así que estoy muy feliz. Agradezco enormemente la posibilidad de que yo pueda estar aquí, cantando para ustedes y con ustedes”.

Ha vuelto en noviembre, justo para formar parte del júbilo por los tres lustros de andadura de uno de los proyectos esenciales del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, A guitarra limpia; cuyos promotores han querido dedicarlo o lo que es lo mismo poner bajo la tutela -ya de otro mundo y por eso más necesaria- de la cantora mayor Teresita Fernández.

“Es extraordinario lo que hacen acá. Sabía por otros colegas argentinos de lo maravilloso que era el Centro Pablo, pero ahora me enteré de toda esta otra parte que me parece increíble. Me parece que el camino mejor que puede elegir un centro cultural es fomentar y abrir oportunidades a las nuevas generaciones y de estar en permanente contacto con los jóvenes. Ese es el fin último y el primero de un centro cultural que se precie, que tenga conciencia de lo que genera cuando se abre. Estoy feliz de compartir, de poder ser parte de estos festejos”.

Hermanada en este sentir Teresa Parodi, cantora popular por decisión propia,  llega otra vez a Cuba para intentar «zurcir» también este pedazo de tierra, como le gusta decir cuando se refiere a su manera de reconocer -hasta con los ojos cerrados- a su país; por llevar recorriéndolo cantando/aprendiendo sin detenerse, 30 largos años. Y nos habla de su Argentina, de este momento de construcción colectiva, donde la canción de autor, poética y hereje también es una pequeña revolución, con la que se puede defender la vida y lo justo.

“Es un tiempo increíble el que estamos viviendo en la Argentina. De todas maneras es tremendamente difícil porque el enemigo es absolutamente poderoso y tiene las herramientas -que sabemos que tienen- y las viejas mañas como para tratar todo el tiempo de abortar este proceso extraordinario de construcción colectiva.

“La Ley de Medios y la Ley de la Música que hemos logrado en este espacio de gobierno nacional y popular -como no podía ser de otra manera- son una herramienta imprescindible para poder desarrollar los espacios que hasta ahora estaban totalmente en manos de los medios concentrados. Por lo tanto era solo una musiquita la que se escuchaba, pero la diversidad de voces existía lo mismo y se amañaban en el interior y en todas partes del país, aun en la misma Buenos Aires, por abrir espacios alternativos donde poder seguir desarrollando la música porque esto nunca muere. Por eso este país, nuestro país, no está desaparecido, porque su cultura jamás ha sido vencida.

“Quisieron que desapareciera, hicieron todo lo posible en estos últimos diez años de banalización, hicieron todo lo posible con políticas concretas para que despareciera esa cultura, pero es imposible porque tiene historia, porque hay un pueblo que se siente representado en ella y sigue trabajando en sí mismo, en su propia cultura. Los cantautores y toda la gente que emerge de estos espacios de la Argentina profunda van a tener mucha más visibilidad a partir de esa Ley de Medios y de la Ley de la Música que va a fomentar la actividad. Vamos a poder –voy a utilizar una palabra horrible pero necesaria en un país donde el mercado es lo que está vigente, sus leyes- vamos a tener cómo competir, es decir, vamos a poder ser vistos y escuchados y no como ahora que estamos realmente desaparecidos de los medios concentrados.

“Así que le veo un futuro extraordinario porque además hay un semillero. Yo recorro el país palmo a palmo, lo zurzo, lo conozco de arriba abajo, son 30 años que lo camino sin parar, desde que gané Cosquín, ese festival importante que me permitió nacionalizar mi canción y a partir de ahí no dejé de viajar nunca. Lo conozco profundamente y sé el movimiento extraordinario de músicos, de actores, de cineastas, que ha dado este país. El instituto de cine ha fomentando enormemente esa actividad, gracias a que existe esa ley que defiende la industria nacional, y esperamos que lo mismo pase con el instituto nacional de la música, que ahora creó esta ley y que justamente se pone en marcha con el gobierno de Néstor y Cristina”.

A esta época increíble, como también la califica y de la que se siente parte, se contrapone otra más oscura que la cantautora tuvo que sufrir junto a sus compañeros: el horror de la dictadura, donde hacer la canción también fue su manera de resistir, de ofrecerla como un hombro en el que apoyarse.

“En los años de la dictadura, del horror, yo era desconocida. Yo soy hija de esta democracia. Mi canción es hija de esta democracia, porque a pesar de que ya hacía mi  canción, la hacía en las catacumbas. Mi canción ve la luz en los años de la democracia. Antes estuvo sumergida, es libre con la democracia que vuelve en 1983 y yo gano Cosquín en 1984, con estas canciones que hablaban de todo lo que le pasaba a mi pueblo en los años de horror. Entonces, no fue casual. Yo creo que mi canción vio la luz ahí, y pudo salir de la oscuridad y del boca a boca, a escondidas casi, justamente porque la democracia volvió a la Argentina.

“En los años del menemismo que fueron años de bastardeo absoluto, de componendas con el imperialismo, yo me bajé de los grandes escenarios y me fui otra vez a las catacumbas, y me resistí desde ahí hasta que volvieron Néstor y Cristina. Mi canción tiene que ver con la historia de mi país, no podría hacer la canción de otro modo”.

Teresa Parodi estará entonces en Trinidad con el dúo Cofradía, en Santa Clara con los asiduos habitantes del Mejunje, los muchachos de la Trovuntivitis, en Matanzas con los jóvenes Lien y Rey, quienes han ganado este año la beca de creación Sindo Garay que otorga el Centro Pablo.

Pero Teresa no se irá de Cuba sin antes cumplir un sueño viejo que viene amasando desde hace quizá demasiado tiempo. Cantará con Silvio, en uno de sus conciertos por los barrios. Y a ella que se fue a dar clases al campo argentino y les ha regalado conciertos a los maestros en huelga le ha parecido la ocasión ideal para encontrarse con Silvio en un escenario. No hubiera podido ser de otra manera.

“Tengo la posibilidad de cantar con él, juntarme aquí por primera vez. Nunca cantamos juntos. Nos conocemos y nos hemos visto en muchos conciertos que él ha dado en la Argentina, compartimos el escenario pero nunca yo en un concierto de él o él en un concierto mío. Así que es una emoción extraordinaria más para vivir, inolvidable para mí compartir con Silvio, tan querido. Toda la gente que se enteró en la Argentina de que iba a tener esta posibilidad de estar con él, fue impresionante lo que pasó, la alegría de la gente de que nos hermanemos con Silvio en un concierto aquí y en esa barriada que creo es también muy representativa del cubano.

“Para mí es muy importante por lo que admiro a Silvio, que ha sido un referente, como un maestro. Él tiene casi mi edad, así que nos es una cuestión de edad sino de su arte que tiene una belleza y un desarrollo extraordinario. Yo creo que cuando uno canta la canción de otro, se mete en los laberintos de la canción de otro, en las formas musicales que usó, en las armonías, en la forma en que la música se pega con la palabra, que la palabra tiene música; y uno aprende. Por eso también canto canciones de otros, aprendo de ellos y de Silvio he aprendido mucho. No sé si seré buena alumna, pero he aprendido”.

Después, en el Centro Pablo y bajo la yagruma, que ha sido testigo de tantos partos felices, volverá a cantar para los cubanos, esta mujer que se  niega a olvidar las raíces de su canto, las pulsaciones que le avivaron el decir, los nombres de Astor Piazzola, Mercedes Sosa o Atahualpa Yupanqui. Por eso se ha traído el micrófono de La Negra, con él vino a cantar a Cuba para de alguna manera invocarla y convidarla a que la acompañe. Teresa Parodi los ha mantenido vivos a todos a lo largo de sus 30 discos, y este 30 de noviembre los traerá otra vez ante nuestra presencia apenas pronuncie un verso o rasgue las cuerdas de su guitarra. Y nadie tiene permiso para perderse este regalo.

“Pertenezco a una generación de cantautores que se nutrió mucho de la música latinoamericana. Tuve el privilegio de haber nacido en la época de Violeta Parra, Chabuca (Granda), (Alfredo) Zitarrosa, (Daniel) Viglietti, (Atahualpa) Yupanqui, por supuesto, Chico Buarque, en fin autores que influyeron muchísimo en la formación de los músicos argentinos, en esos años, en los 60, que fueron gloriosos para nuestra música. Mercedes Sosa, por supuesto, fue la gran voz que nos unió a todos, la gran madre. Es más, he traído un tesoro. Voy a cantar con el micrófono que era de Mercedes y que me regaló su hijo. Para mí es muy importante traerlo a Cuba porque es como traer un poquito de Mercedes, que nos abrió la huella ancha de la canción latinoamericana. Ella no fue autora o compositora pero fue la voz de todos nosotros y después grabó las canciones de todos nosotros. Así como, por supuesto, las canciones de Silvio y de Pablo que tienen tanto que ver con nosotros, que fueron como hermanos de generación y también nos marcaron profundamente. Recibíamos los casetes de ellos a escondidas como decíamos allá, clandestinamente, pero todos los jóvenes sabíamos cantar esas canciones.

“Atahualpa Yupanqui es el padre para nosotros. Este año se cumple los 50 años del Movimiento del Nuevo Cancionero al que él se adhirió. Estamos de celebración en celebración. Tomamos ese manifiesto como bandera una vez más, para reivindicarlo todo el tiempo y agruparnos a su alrededor, profundizar esa huella. Yupanqui es uno de los primeros que se adhieren al manifiesto que escribe Armando Tejada Gómez, que genera este movimiento de jóvenes preocupados justamente por el destino de la canción, y que miran al continente además. Yupanqui para nosotros es el padre de la música argentina, es el padre de la canción de autor, y su trabajo sigue siendo para nosotros fuente de formación y de inspiración. Su poética es extraordinaria porque con palabras cotidianas supo describir absolutamente, con una profundidad increíble, al hombre y a sus asuntos en mi país”.

Entonces, a uno se le ocurre que puede salir a buscar a Teresa Parodi a los años en que todo estaba por pasar, cuando todavía el ritmo chamamacero no se le había metido en el cuerpo para servirle de acicate, para hacerle implorar por una guitarra que la abuela –siempre las abuelas- le compraría, y todavía no era la autora de más de 500 canciones, apenas intuía la fuerza con que puede impulsarnos hacia delante una canción.

“De niña tomé esa decisión, vaya usted a saber por qué. Dice mi madre que a los 9  años ya tenía la guitarra, afiné de oído y la empecé a tocar y a cantar, a escribir canciones muy feas. Sentía que yo quería decir también. Además de aprender de los maestros, yo quería decir lo que veía a los demás.

“He visto bailar a la gente del interior de mi provincia, en el campo mismo, los he visto transformándose con la música popular de mi lugar. Yo quería ser alguien que hiciera eso en la gente, que a través de la música les pudiera transformar los rostros que a veces tenían de preocupación y cansancio. Cuando oían la música se convertían en otras personas y yo los miraba embelesada y miraba a los músicos y veía que esa cosa mágica la hacían ellos y yo quería hacer eso. Quizá ahí estuvo el comienzo de mi vocación”.

Isaily Pérez: “La poesía no salva de nada, solo acompaña”

Isaily Pérez, poetisa cubana

“No dudes tú de mí

e intenta no olvidarme cuando la noche caiga

(aunque en cosas tan móviles solo un dios tenga

certeza)

la impermanencia es difícil prueba.”

Regreso a Knole House

Supe un día ya lejano y sin marcas en ningún calendario que en Santa Clara tejía con versos su existencia una poeta de nombre Isaily Pérez. Con una pequeña muestra de su obra, encontrada en Queredlas cual las hacéis, antología de jóvenes poetisas cubanas del siglo XXI,  anduve buscando el modo de conversar con su hacedora hasta que vino la oportunidad.

A veces en una entrevista no importan mucho las interrogantes sino la disposición del interlocutor a ofrecerse sin ambages, a creer oportuna la mirada que lo inquiere y útil o interesante la suya propia sobre los diarios acontecimientos.  Hay espacios en el tiempo en que se echan fuera determinadas confesiones, apenas si se menciona una palabra a modo de contraseña.

Las preguntas se armaron desobedeciendo reglas, no buscaban lo absoluto o redundante, solo abrir una hendija y dejar pasar, como si de un soplo se tratara, a Isaily.

Por eso no hablamos de su trabajo como editora en la villaclareña Sed de Belleza, ni de su libro Una tela sobre el bosque, premiado en el Calendario de 2006, tampoco de La vida en otra parte, volumen publicado por Ediciones Aldabón en el 2009. Nada de premios, antologías, apariciones públicas, menos de las maneras de concebir la poesía, pues hay procesos que no se develan ni explican, solo se ponen delante de los ojos, y apenas alcanza uno a comprender el estremecimiento que los ha provocado. 

¿Qué título de otro autor te hubiera gustado para un libro tuyo?

 “El cielo protector”, en inglés, tan bellamente sonoro, “The shelterin sky”. Es un libro de Paul Bowles y luego una película de Bertoluci.  Lo hice mío al usarlo como título de un poema.

Sabemos que las palabras tienen su propia sonoridad, su propio ritmo, pero hay quienes al convocarlas intentan seducirlas o hacerlas acompañar  con alguna armonía. En tu caso, ¿qué música escuchas cuando escribes?

Nada, solo silencio.

La urdimbre de la escritura se espesa o alarga de acuerdo con cada escritor. No podríamos dictaminar una fórmula, pues no existe. Solo queda como sabes, escribirlo todo, todo el tiempo. En este sentido, ¿dónde escribes, a qué hora, cuánto tiempo?

Nunca a diario. Generalmente en la noche, por la tranquilidad. Escribo todo el tiempo que el poema necesite. A veces he levantado la vista y han pasado cuatro o cinco horas que parecieron cinco minutos.

¿Cuáles visiones y fatigas están siendo escritas en estos momentos?

Termino, sin saber cuándo se termina, un libro que contiene poemas a las cosas sencillas, a las que acompañan desde siempre: las tazas, los muebles, las lucetas.

Hay quien desdeña leer cualquier tipo de libro mientras vive en pleno acto creativo por el deseo –a veces ingenuo- de preservar la escritura de posibles influencias, ¿en estos momentos lees algo?

Lamentablemente nada glamoroso: la Norma Editorial, que se me ha olvidado un poco. Hace unos días terminé La carretera de Cormac McCarthy, el libro mejor y más terrible que he leído en años, y ojalá no lo hubiera hecho. 

¿Qué verso nunca has olvidado?

Y sin embargo sé que son tinieblas// las luces del hogar a que me aferro, // me agarro a una mampara, a un hondo hierro// y sin embargo sé que son tinieblas. Fina García Marruz.

¿Cómo te salva la poesía de los escollos diarios?

No salva de nada, solo acompaña.

Hay lugares tan inusuales para leer como lectores existen, aunque en muchos casos la cama, como mejor sitio de lectura, gana por mayor número de adeptos,  ¿qué libro consideras ideal para leer en el baño?

Algunos prefieren leer en el baño, yo leo en la cama casi siempre.

Supongo que como filóloga y escritora tienes una relación significativa con las palabras, pero si tuvieras que elegir ¿cuál sería tu palabra favorita?

No soy muy buena con el cuestionario de Bernard Pivot, me viene a la mente “resurrección”.       

Y en caso contrario, ¿cuál es la palabra cuya connotación provoca que la quieras desaparecer del mundo?

Angustia, odio como suena y lo que significa.

Entre tantas historias leídas con denuedo o displicencia, ¿qué libro recomiendas leer y por qué?

La Biblia: tan humana, maravillosamente sobrenatural, y termina bien. ¿Qué más se puede pedir?

Con el séptimo arte, textos otros que “leemos” y nos “leen”, también establecemos relaciones de singular dependencia. Si tuvieras ahora mismo que organizar la programación de un cine,  ¿cuáles serían las películas elegidas?

Comedias. Estaba viendo anoche Lo mejor del show de Benny Hill. El que tenga más de 38 años sabrá de qué hablo.


En estos tiempos en que vivimos tan saturados sonoramente, ¿qué música recomiendas escuchar?

La que a cada cual le guste. Yo escucho de todo, omnívoramente.

¿Qué hace a un día un buen día?

Eso nadie lo sabe. Uno se levanta bien o mal y ya está. No depende de uno, pero un buen café en un lugar tranquilo puede arreglar muchas cosas.

Si pudieras compartir un buen recuerdo.

Me recuerdo de niña, en la playa, recogiendo algo en una orilla llena de piedrecitas, y de pequeños animalillos que se movían, les llamaban “agujones”. El sol calentaba tibiamente, la mañana solo estaba empezando, y todo estaba lleno de promesas.

 Publicado originalmente en la revista La calle del Medio, # 63

Los motivos de un cuento

El pasado 26 de agosto, Nara Mansur obtuvo el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar 2013 con el cuento “¿Por qué hablamos de amor siempre?”. A propósito del galardón, comparto este texto de la escritora cubana, escrito especialmente para la Casa de las Américas. 

Por Nara Mansur

El cuento lo empecé a escribir ese sábado en que llegaron a cortar los árboles enfrente del edificio donde vivo. Era un pequeño terreno muy estrecho lleno de un tipo de árboles que se llaman gomeros, y estuvo durante décadas sin construirse nada allí… en verdad nunca hubo nada construido ahí, quedaba como un espacio verde entre dos edificaciones. Esto es pleno centro de Buenos Aires, calle Perón al 2000 o como decimos los cubanos entre Junín y Ayacucho.

En esta cuadra hay muchas casas antiguas que fueron demolidas para construir garajes (estacionamientos), una manera muy rápida y barata de sacarle dinero a un terreno ―yo lo veo como lo más grosero del mercado inmobiliario―. No se conservan fachadas, no hay leyes que obliguen a seguir determinadas patrones urbanísticos… Entonces ese pequeño bosquecillo resulta que es comprado por el estacionamiento de al lado que quiso expandirse. Ahora lo que tenemos es un gran paredón con una pancarta publicitaria que va cambiando regularmente; por estos días hay una gran publicidad de Motorola.

Ese fue el disparador, tiré fotos con el celular mientras lloraba a moco tendido y llamaba por teléfono a mi marido que ya se había ido a Palomar a dar clases de batería.

En verdad no sé si “cuento” algo en el texto. Me interesa cada vez menos leer un libro, ir al teatro, al cine, a ver una historia, no soy de las apasionadas por la hipnosis del relato ―para decirlo en términos de Cortázar―, por el armado de sucesos y peripecias; creo que casi “me ofende” ese tipo de vínculo con “la obra” (risas), me hace sentir bastante estúpida convertirme en el lector o espectador detective que trata de descubrir qué va a pasar ―casi siempre lo adivino enseguida además, un verdadero horror―… debe ser por tanta telenovela que consumí desde niña, y en las condiciones que la vemos en Cuba: sentada toda la familia frente a un único televisor, y después vienen “los foros” más desopilantes que se puedan imaginar: en la bodega, la escuela, las oficinas, la parada de la guagua… todos opinando, adivinando sobre cómo seguiría la historia, qué debería hacer cada uno de los personajes, uno de verdad atravesaba la pantalla y vivía dentro de esas ficciones… pienso que las telenovelas nos han convocado a los cubanos como a los griegos la tragedia… algo así.

Me gusta pensar en una idea de escritura o textualidad más que en literatura. En un tejido, una urdimbre, en que uno es un escritor multitareas y se puede aproximar a formatos diferentes, a crear vínculos distintos. Pero esto viene del teatro, de la dramaturgia.

En “¿Por qué hablamos de amor siempre?” aparece una sucesión de preguntas que recorren el cuento y si hay una estructura o bastidor son las preguntas: quién soy, cómo hablar de las cosas que me importan, cómo hablar para crear determinados efectos, cómo armar los vínculos que me interesan, qué escribir para crear una participación del otro y no un quedarse quieto, cómo no bajar línea si uno está convencido de determinadas cosas, de algunas pocas al menos, cómo lidiar con los dogmas que nos han poseído ―que nos han violado casi―, qué somos hoy capaces de exigir como ciudadanos, qué somos capaces de ver, podemos constituirnos de un modo suficientemente artístico en nuestras vidas, “qué cosas me motivan, qué cosas me empobrecen”. Uno y sus despojos.

¿Cuándo comencé a pensar en la reparación total de todo lo que tengo a mi alrededor? ¿Cuándo la restauración del comportamiento ―el amor a toda prueba, la entrega total― fue el objetivo más importante de mi vida?

Que nada se eche a perder / que sea posible devolverles una segunda vida, quién sabe si más interesante, más hermosa / Nosotros los cubanos vamos a tener una segunda oportunidad.

Creo que en estos tiempos de seudo-comunicación necesitamos re-crear nuestras relaciones con la vida y con el lenguaje. Las palabras han sido vaciadas y están por llenarse y cargarse en cualquier momento. Lo poético cada vez tiene que ver menos con la literatura, las fuerzas de su redención, de su eficacia, de su organicidad no se las confiere la literatura sino que están dadas por el vínculo que pueden establecer ―físico, mental―, un vínculo libertario que nos permita imaginar y reflexionar. Introduzco fragmentos de “El saber curioso y el saber cruel”, un texto maravilloso del sicoanalista argentino Fernando Ulloa que entiendo complejiza lo que he ido exponiendo en el cuento.

Trabajé en la Casa de las Américas desde octubre de 1994 a enero de 2007. Es un lugar excepcional para formarse, para trabajar; le debo a la Casa casi todo lo que aprendí, desde vestirme, hablar en público sin salir corriendo (risas) hasta conocer a teatristas muy reconocidos de la América Latina. Me dio un bagaje tremendo, me dio la posibilidad de viajar, de intercambiar, hacer entrevistas, pensar una programación, conocer al público, hacer una revista de teatro. Es un trabajo multitareas que tiene de todo un poco, hay mucho de trabajo ejecutivo, de resolver problemas concretos, atender al que llama, fotocopiar, servir el café, escribir cartas, el típico trabajo de gestión cultural, de servicio público, que me ha encantado hacer: de alguna manera te invisibiliza porque no importa si escribes poemas, obras de teatro cuando llegas a tu casa; lo personal está colocado en la apuesta de lo colectivo. Eso me dio mucha seguridad durante muchos años, casi quince.

Yo soy una persona triste, melancólica, la Casa me permitió también salir todos los días a trabajar, bañarme, vestirme. Mi primera jefa, Rosa Ileana Boudet, siempre nos pedía ¡ideas, ideas! en las reuniones de la Dirección de Teatro… así que había que poner el oso a trabajar… En un sentido ella me ha hecho pensar que un gestor cultural es en el mejor de los casos un artista conceptual. Y aunque creo que para ella fui una colaboradora menos eficaz que lo que fui para Vivian (Martínez) porque eran mis primeros años en la Casa, Rosa Ileana tenía una enorme fe en mí, siempre me decía lo imaginativa que era, lo talentosa que era, en ese tiempo ella veía en mí lo que yo no veía. He tratado de imitarla con la gente joven que ha trabajado conmigo, como Dinorah Pérez Rementería o con mis alumnos de Dramaturgia del ISA.

Para algunos la juventud puede ser difícil, esa etapa de la vida en que uno sufre, se siente muy inseguro. Durante mucho tiempo yo escribía por fuera de mi ocupación principal que era el trabajo en la Casa de las Américas y después como profesora del ISA. Puede que haya perdido mucho tiempo o me sentía muy insegura de lo que producía como “escritora”, o quizá es que me gustaba mucho mi trabajo en la Casa y eso me satisfacía,… en algún lado he dicho que me he considerado siempre una “artista aficionada”…

Los premios Guillén y Cortázar han venido asociados a no tener un trabajo estable, lo que me ha hecho tener más tiempo para escribir o no tener la cabeza ocupada en otros pensamientos más que en “el vacío”… es todo bastante paradójico en la vida y los premios son pequeños milagros que a veces suceden. Por eso uno tendría que estar relajado pero concentrado en ese vacío que en verdad es lo lleno o lo que puede llenarse con el trabajo.

Julio Cortázar es un gran escritor, un gran mito, una presencia en la Casa de las Américas, en la literatura cubana, uno lo ve en su bicicleta frente al malecón todavía, escribiendo, participando, asistiendo a los cambios de un país, incorporándolos a su propia persona.

Me resulta extraño oírle a algunos escritores argentinos que Cortázar es una lectura de juventud. Siento que está la idea de que si te dejas capturar por la política, hablar de ello, comprometerte con algo esto finalmente te terminará devorando, achicando tu imagen intelectual. Me encanta no imaginar a Cortázar en la biblioteca sino en un aula dando clases, en la calle, enamorándose, sintiéndose defraudado, pidiendo explicaciones a sus amigos por todo lo que no entiende, pensando en el Che, viajando, haciéndose latinoamericano. Admiro su trayectoria, su transparencia, su sentido del humor, hasta lo que hoy en tiempos de tanto cinismo puede resultar un decir ingenuo.

Tengo una foto en la tumba de Cortázar en el cementerio de Montparnasse en París, 1996. Recuerdo que fuimos Guillermo Rodríguez Rivera y yo con un mapa que trazaba el recorrido de los personajes de Rayuela por la ciudad… había salido en la revista argentina La Maga. La foto es en blanco y negro porque había comprado un rollo de 400 asas para tirar fotos de teatro, y fue el que estaba puesto en la cámara ese día.

Tomado de La Ventana

Soy tan extraña como tú

 

«Yo solía pensar que era la persona más extraña en el mundo, pero luego pensé, hay mucha gente así en el mundo, tiene que haber alguien como yo, que se sienta bizarra y dañada de la misma forma en que yo me siento. Me la imagino, e imagino que ella también debe estar por ahí pensando en mí. Bueno, yo espero que si tú estás por ahí y lees esto sepas que, sí, es verdad, yo estoy aquí, soy tan extraña como tú.»

Frida Kahlo

Este año Frida estaría celebrando sus 107 cumpleaños.  No sé si el cuerpo de Frida y el alma de Frida –dos cosas diferentes- habrían aguantado tanto tiempo en el mundo, tantos julios, tantos hierros de toda índole maniatándola. No imagino cómo Frida celebraría sus años de vida, de burla,  de obstinación y desentendimiento de lo que  otros consideraban debía ser su manera de vivir.

Aquí estoy recordándola, viendo fotos suyas diseminadas en internet. Leyendo las frases que dicen su boca dijo o su mano escribió. No llego a ninguna conclusión, solo me siento imantada por su personalidad. El mito Frida no me subyuga, ni sus amores, ni sus creencias, ni los hombres y mujeres cuya piel más secreta conoció. Prefiero ir a buscarla al lugar más alejado de los reflectores.

Gracias a las fotografías de una amiga que estuvo en su casa en el DF mexicano entro en su casa. Husmeo en el museo que han preparado, en los objetos que tocó y que fueron de algún modo importantes para construir su rutina. Es como ir leyendo un mapa, una cartografía con sus propias leyendas y dimensiones, la configuración de una mujer.    Esta es su casa, el espacio de moda, re-visitado,  re-publicitado, re-vendido hasta el cansancio. Quizás se parece a ella, quién puede adivinarlo, quizás aquí encontró la paz o creyó que la alcanzaba cuando llenaba lienzos con su rostro y sus dolores, como queriendo burlar su destino de ser humano estrellado, como le gustaba definirse.

Lo que sigue es la impresión de mi amiga luego de su estancia en esta casa, en el espacio de Frida:

por Yuliat Acosta

Entrar a la casa de Frida Kahlo es sentir que no estamos en el interior de una casa deshabitada, que sus dueños no han muerto, que salieron por una rato y que de pronto van a llegar y nos van a encontrar hurgando entre sus cosas destapando las cazuelas para oler lo que hay puesto en el fogón, tocando aquel tejido de la sobrecama, abriendo aquel pomo de perfume a medio usar, exprimiendo los tubos para derramar un poco de pasta de óleo y con el frotar de los dedos sentir su textura al tacto.  Uno lo mira todo como si quisiera saberlo todo, abrir las gavetas como quien se presiente que va a descubrir algún secreto de la vida ajena, ponerse aquellos vestidos con corsés raros y sentir qué se siente al roce de la carne apretada por las tiras de cueros, y con una sensación de que se nos va apretando el torso  y se va viviendo el dolor de las varillas enterradas en la piel.

De las paredes sale un halo de pasiones turbulentas mezcladas con infidelidades y amor infinito que traspasa las fronteras de lo convencional, de las leyes permitidas por los hombres de hoy.

Entrar en la casa de Frida y Diego significa también transgresión, transgredir los límites de lo íntimo, de ese espacio pactado donde dos, suelen ser dos, tal cuan son, sin parecerse a nada, ni a nadie, con sus propias leyes como si al traspasar la puerta el mundo comenzara de nuevo;  y entonces se redefine el concepto de universo,  sin importar las heridas, ni las deformidades, pura aceptación, no más,  porque los seres humanos no nacen salidos de un molde, y lo establecido lo inventó alguien con ansias de dominación.

 Todo es diverso y la vez coherente, todo encaja con todo y nada se parece a nada, es como si los objetos estuvieran dotados de una organicidad natural. Y uno también siente el llanto mezclado con la paz, con el perdón por el sufrimiento, ese perdón no dicho,  pero gritado a voz de besos y sexo entre dos amantes que no encuentran fronteras más allá de las suyas.

Es también la oda a la muerte a sabiendas de que algún día el fin va a llegar, pero confiando en el encuentro póstumo, en el romance último y postrero que queda inmortalizado en objetos, en lienzos, donde se pinta el desahogo y lo desgarrante, sin tiempo para conflictos, ni insalubridad. Y uno lo mira todo, y se respira azul la paz, y se respira verde, como quien hubiera querido al pintar, juntar en las mismas paredes, el cielo con la tierra. Y surge de pronto, al observarlo todo, un paralelismo o tal vez, aquella empirista convicción, de que ciertamente las casas se parecen a sus dueños.