“Ser cronista sin que sea necesaria una tribuna, una estridencia, un micrófono”

Por: Laidi Fernández de Juan

Cuando Sheyla Valladares publicó en el año 2014 La intensidad de las cosas cotidianas ya demostró, al menos, dos cualidades: sensibilidad auténtica, y valor para adentrarse en temas difíciles. Aquel poemario la lanzó al ruedo de artistas que creen firmemente en la posibilidad de visibilizar asuntos escabrosos, desde una óptica genuina, alejada del posible glamour que siempre resulta efímero. Ahora nos convoca nuevamente, pero esta vez, con un libro de narrativa que obtuvo por unanimidad el Premio Literario Luis Rogelio Nogueras en su edición veintiséis.

Si en La intensidad… la autora eligió la poesía como vehículo para lo que realmente se propuso y logró con eficacia: denunciar la desigualdad de género en términos de violencias y sumisiones, en Relojes con miedo al agua no solo varía de lenguaje, sino también de destinatario, y de propósito.

En apariencia, estamos ante un libro dirigido a un público infantojuvenil, escrito por alguien que reúne características específicas: Es una niña quien narra, proveniente de un hogar peculiar, es negra, tiene amiguitas blancas, una madre admiradora de la música del sur de Estados Unidos; y es, además, una criatura cuyo primer amor (un niño no mestizo) ha emigrado.

Dicho así, puede resultar simplista la tesis de estos relojes miedosos, pero es justamente lo contrario. Ni en todos los cuentos aparecen los mismos personajes, ni resulta evidente la intención de reflejar discriminaciones; no es al público más dúctil a quien Sheyla dirige sus palabras, ni es, finalmente, una niña quien cuenta. Es todo un juego de espejos armado con cuidado, para no lastimar con obviedad, y, al mismo tiempo, una sutil pesquisa que no permite abandonar en el tintero varios de nuestros dolores cotidianos: la juventud que se escurre, el racismo que aún nos habita, el poco cuidado con el cual los adultos ventilan acritudes frente a niños y niñas, quienes contemplan azorados la crueldad del mundo que se avecina. En este libro encontramos, desde una mirada y una voz infantil (femenina y mestiza, por añadidura), asuntos dolorosos en extremo, y es por ello que no deben quedarse aquí, en las manos de niños y niñas, víctimas absolutamente inocentes de la monstruosidad de la que somos capaces quienes cargamos en nuestros hombros la responsabilidad de construir una ética, de mostrar los beneficios que solo la equidad puede lograr, aunque estemos hablando de metas de muy elevado listón.

En ocho cuentos (“Golpes”, “Ella y Louis”, “Sorprender al silencio”, “Antes que el hielo se derrita”, “Seis días de buena suerte”, “Relojes con miedo al agua”, “Salvar el tiempo ido” y “Wendy salió volando de esta casa”), la autora, utilizando como fuente frustraciones que tienen que ser íntimas, nacidas de heridas muy propias, sin que se note costura alguna, coloca sobre el tapete, abiertamente, rezagos que perviven, por muchos vanos intentos que pretendan encubrirlos.

Agradezco a Sheyla que me permita lo que llamamos “renganche” en ser presentadora de libros suyos, que, confieso me dejan siempre con la rara sensación de que ocultan más de lo que dicen, y claro está, justifica que quedemos a la espera de  próximas entregas. Citaré un pequeño fragmento de la narración “Salvar el tiempo ido”, quizás la más lograda de este volumen, y que escogí porque brinda en pocas palabras el tono de todo el libro. “Si algo lograba distinguirnos es que ella es blanca y yo negra, pero a esa edad, ese no es detalle importante para dos niñas encantadas por haberse encontrado. Pero la gente grande a veces se olvida de lo esencial y se tuerce de una manera inexplicable”. Es este cuaderno un ejemplo de cómo crear arte partiendo de la miseria humana, y una manera de ser cronista sin que sea necesaria una tribuna, una estridencia, un micrófono. Es, en fin, una demostración de la inmensa utilidad de la Literatura, cuando es auténtica y profunda.

Tomado de La Jiribilla

Premio Literario Casa de las Américas: ganadores de su 58 edición

premio-casa-2017

 

Novela: Incendiamos las yeguas en la madrugada, de Ernesto Carrión (Ecuador)

El jurado integrado por Rey Andújar, de República Dominicana; Juan Cárdenas, de Colombia; Milton Fornaro, de Uruguay; Ana García Bergua, de México, y Ahmel Echevarría, de Cuba, consideró lo siguiente:

Incendiamos las yeguas en la madrugada, de Ernesto Carrión (Ecuador), “ofrece un crudo y vibrante retrato social cuya intención no es solo sondear un paisaje urbano estratificado y violento, donde el desencanto y la pesadilla son las constantes de una ecuación de vida, sino que consigue otorgarle al relato un peso literario específico que logra aunar una estructura dinámica, con zonas de suspenso bien administradas, personajes verosímiles y conflictos que, lejos de circunscribirse a un contexto específico, arrojan luces sobre una situación humana observable en todo el continente”.

Mención: La pérdida, de Karina Puentes (Argentina)

Poesía: Esto es un disco de vinilo donde hay canciones rusas para escuchar en inglés y viceversa, de Reynaldo García Blanco (Cuba)

El jurado integrado por Leonel Alvarado, de Honduras; Eduardo Langagne, de México; Selena Millares, de España; Freddy Ñáñez, de Venezuela, y Sigfredo Ariel, de Cuba, consideró lo siguiente:

Esto es un disco de vinilo donde hay canciones rusas para escuchar en inglés y viceversa
, de Reynaldo García Blanco (Cuba), posee una “expresiva claridad de exposición y […] presenta poemas de escritura depurada no desprovistos de un delineado humor y una serena ironía. Con mirada incisiva, el poemario refiere personajes y situaciones de la cultura contemporánea sin extraviarse del verso libre o del poema en prosa. Contiene un doble diálogo con la inmediatez y la tradición, donde lo literario no es una realidad libresca sino natural y cercana”.

Mención: Carta de las mujeres de este país, de Fredy Yezzed López (Colombia)

Ensayo de tema histórico-social: 
América pintoresca y otros relatos ecfrásticos de América Latina, de Pedro Agudelo Rondón (Colombia)

El jurado integrado por Pablo Mella, de República Dominicana; Berenice Ramírez López, de México, y Aurelio Alonso, de Cuba, consideró lo siguiente:

América pintoresca y otros relatos ecfrásticos de América Latina, de Pedro Agudelo Rondón (Colombia), “reinterpreta el concepto de imaginario, con el propósito de pensar creativamente a la América Latina en diálogo con la tradición cultural en sus múltiples expresiones. Con interlocutores teóricos como Castoriadis y Gilbert Durand, a quienes recrea a partir del análisis crítico del discurso, de la hermenéutica filosófica y de la pragmática lingüística, Agudelo Rondón navega por diversas expresiones culturales latinoamericanas sugiriendo pistas de construcción de la identidad nuestroamericana para el siglo XXI. En una prosa clara y elegante teje expresiones de la literatura latinoamericana con iniciativas de la denominada comunicación para el cambio social y con relatos de viajeros europeos del siglo XIX; así como convoca la fotografía periodística, expresiones de las artes plásticas contemporáneas que se intersecan con lo precolombino, y con la creatividad popular vehiculada en el lenguaje ordinario”.

Mención: Los movimientos sociales y la izquierda en México. 150 años de lucha, de Baloy Mayo (México),

Literatura testimonial: Lloverá siempre, de Liliana Villanueva (Argentina)

El jurado integrado por Stella Calloni, de Argentina; Alberto Salcedo Ramos, de Colombia, y Arístides Vega Chapú, de Cuba, consideró lo siguiente:

Lloverá siempre, de Liliana Villanueva (Argentina) es “una larga entrevista con la periodista y escritora uruguaya María Esther Giglio, quien coincidentemente obtuvo el Premio Casa de las Américas en testimonio en 1970, la primera vez que fue convocado el género. Manejada con originalidad, sin preguntas, posee un atrapante lenguaje coloquial, abierto, sincero, y una voz única, cálida, con momentos conmovedores y otros que surgen del humor inteligente que caracterizaba a esta ‘leyenda histórica’ de su país, cuya obra dio una nueva dimensión a los géneros periodísticos y literarios. Su vida, contada sin prejuicios, nos revela a una mujer que fue abogada de los primeros presos políticos del movimiento Tupamaros, y ella misma perseguida y luego exiliada. Las huellas magistralmente registradas nos llevan a revivir momentos inolvidables, como si no se tratara de una lectura sino de una escena teatral o cinematográfica.”

Mención: Charlas en el mosaico, de Yoe Suárez (Cuba)

Literatura brasileña: Outros cantos (novela), de Maria Valéria Rezende

El jurado integrado por Lúcia Bettencourt, Adriana Lisboa y Guiomar de Grammont consideró lo siguiente:

Outros cantos, de Maria Valéria Rezende, está “construida a partir de memorias de viajes, la narradora rememora sus elecciones y sacrificios personales cuando trabajó en la alfabetización de adultos en el nordeste de Brasil. Una narrativa lírica y de gran riqueza metafórica permite componer un mosaico de tipos. La obra reflexiona sobre la sustitución de valores éticos y humanos por el simulacro de una sociedad consumista que sofoca manifestaciones populares y tradicionales. En los meandros de sus recuerdos, recorremos regiones en las que impera la pobreza pero donde hay un impulso vital y una sabiduría tradicional que muchas veces hacen de la profesora, una aprendiz. Nociones arraigadas de un poder patriarcal, incorporadas por la comunidad, la desafían y la hacen cuestionar su papel de educadora. Sin embargo, las dificultades reafirman el sentido de su lucha, a pesar del rumbo sombrío tomado por la política en Brasil.”

Mención: Rol (poesía), de Armando Freitas Filho

Premio de estudios sobre la presencia negra en la América y el Caribe contemporáneos: Una suave, tierna línea de montañas azules, de Emilio Jorge Rodríguez (Cuba)

El jurado, integrado por João José Reis, de Brasil; Silvio Torres-Saillant, de República Dominicana, y Gloria Rolando, de Cuba, consideró lo siguiente:

Una suave, tierna línea de montañas azules, de Emilio Jorge Rodríguez (Cuba), “rastrea capítulos importantes de la historia de intercambios entre Cuba y Haití a través del estudio de las relaciones de Nicolás Guillén con escritores, artistas e intelectuales de la sociedad haitiana. Además de esbozar la presencia de Haití en las letras cubanas y la de Cuba en la literatura haitiana, el autor documenta la visita de Guillén de ese país, con una rigurosa investigación, riqueza bibliográfica y un uso minucioso de recursos de archivos nunca antes considerados. La obra muestra un camino para futuros estudios “trans-caribeños” poniendo énfasis en la necesidad de profundizar en la historia de conflictos, colaboración, interdependencia y solidaridad intra-regional, área que hasta ahora ha privilegiado la relación transnacional del Caribe con Europa y los Estados Unidos. Una suave, tierna línea de montañas azules se inserta en la crónica de esa historia en la que cubanos y haitianos, asediados por amenazas comunes, se han reconocido en la visión de un destino común.”
Premio de poesía José Lezama LimaMística del tabernario, de Raúl Vallejo (Ecuador)

Explora en sus versos una materia proteica que transita cómodamente de la gravedad al humor, atenta lo mismo a los grandes acontecimientos que a los pequeños sucesos de la vida cotidiana.

Premio de ensayo Ezequiel Martínez Estrada
Cuestiones y horizontes: De la dependencia histórico-estructural a la colonialidad/descolonialidad del poder, de Aníbal Quijano (Perú). (Selección y prólogo de Danilo Assis Clímaco)

“Antología esencial” de uno de los grandes pensadores latinoamericanos de las últimas décadas, que ha contribuido como pocos a la comprensión de los desafíos más apremiantes de nuestras sociedades.

Premio de narrativa José María ArguedasTríptico de la infamia, de Pablo Montoya (Colombia)

“Construye una fascinante, peculiar y polifónica historia de los tiempos de la conquista de América, y a algunos de los singulares personajes que tomaron parte en ella, con una prosa cuidada y subyugante”.

Tomado de La Ventana. Portal Informativo de Casa de las Américas

casa
Casa de las Américas en La Habana

 

Los libros me han ayudado a vivir

Entre las novedades que trae la Editorial Gente Nueva para la FIL 2015, figura el volumen de poesía para niños Lo que se me olvida, de la joven Sheyla Valladares (1), hasta el momento una desconocida en estas lides. Un jurado que integraron Magali Sánchez, Teresa Cárdenas y Reinaldo Álvarez tuvo el acierto de conceder el Premio Pinos Nuevos a esta obra que desde el primer momento llama la atención, pues su autora trata a los niños de iguales y no pretende volverse hacia aquel mundo de pueriles imágenes tradicionales harto manidas; por el contrario consigue de modo original regalar el universo infantil con un bagaje de imágenes y sentimientos, que hacen de este un libro diferente. Nuestra Sección da hoy la bienvenida a Sheyla para conocer cuáles son los sentimientos que la motivan a ingresar, ya desde su segunda obra publicada, en el “ejército” de los que escriben para niños…

¿Lo que se me olvida es tu primer acercamiento a la literatura para niños? ¿A la literatura?

Lo que se me olvida no es mi primer acercamiento a la literatura en el sentido amplio del término. Creo que desde antes de tener uso de razón ya tenía relación con los libros, la lectura, las historias, pues mis padres desde bien temprano se preocuparon por propiciarme esta aproximación. Todavía conservo los libros que me compraron mucho antes de que yo aprendiera a leer. A ellos debo en primer lugar mi dependencia total del mundo de las palabras. De ahí que a medida que creciera, se incrementara a un mismo tiempo mis ansias de lectura y mi afán fabulador. En alguna gaveta de mi casa matancera están guardadas las libretas donde esbocé mis primeras historias y poemas. No logro recordar ninguna etapa de mi vida en que no me encontrara leyendo o escribiendo, aunque la decisión de mostrar los resultados de tanta rescritura la he tomado recientemente. Lo que se me olvida es lo primero que escribo para niños, aunque me gusta pensar que puede ser leído por lectores de cualquier edad. Hasta hoy yo misma me sorprendo de los resultados, en términos de escritura, de fabulación, de haber puesto —tal como aconsejaba Pessoa— cuanto soy en cada palabra que dejé allí escrita. Otro volumen cuya existencia me alegra es La intensidad de las cosas cotidianas editado por Sed de Belleza, luego de ser aprobado para conformar su catálogo este año. Es un libro que creció junto conmigo, una bitácora poco complaciente de momentos de vida, historias cercanas, desgarraduras, y de los afectos que me son más caros. En él recojo poemas muy antiguos, algunos de los primeros que escribí y merecieron este bautizo —quizá con algunas modificaciones—, así como los más recientes. Ha sido una escritura accidentada, llena de dudas, con cuyo resultado estoy contenta, aunque no satisfecha, pues los procesos escriturales, como el aprendizaje, nunca terminan.

En tu poemario cantas a las cosas sencillas, cotidianas de la vida, que pueden estar en el día a día de cualquier niño sobre todo en un ambiente campestre, sin embargo, creo que consigues hacerlo desde la belleza del asombro, el rubor ante los secretos del pasado y el susto por lo desconocido, en poemas como El güije, La hora de la siesta, Dentro de los armarios, La panetela, La hora de la comida, Mi mano izquierda, Necrópolis, Montañas, Las nubes, entre otros. Especialmente en Las hormigas hallo una psicología muy diferente para mirar aquello que está a la vista y no siempre logramos captar. ¿Qué piensas de estos temas?

Creo firmemente en el poder de los gestos cotidianos, en su importancia. Sin ellos, sin su práctica y atesoramiento pienso que no hay posibilidades de actos trascendentales, pues estos últimos se nutren de aquellos, de todo lo que van anudando en nosotros, y entre nosotros y las personas con las que interactuamos a lo largo de nuestra vida. Le temo mucho a la solemnidad y a la grandilocuencia. La sencillez no es sinónimo de simplismo como muchos pudieran pensar. Por eso los poemas que citas y el libro en general vuelven sobre mi memoria, las experiencias de mis primeros años, las inquietudes de esa edad, la curiosidad, el juego de imaginar, las emociones que suscitaba mi contacto con el mundo donde crecí: el pueblo pequeño en el campo, mi familia —mi madre y mi bisabuela materna, principalmente—, los juegos, los rituales heredados, el asombro ante los descubrimientos. Todo ello es mi cimiente, sobre lo que hoy me levanto y logro ser.

Partiendo de esta convicción y del riesgo de perder los recuerdos más fidedignos de mi infancia es que nació el libro, su escritura ha sido también una estrategia de rescate. Y como me parece que todos los niños, de cualquier época, compartimos esa herencia, pues no son muy diferentes las vivencias, la intensidad con que vamos conquistando poco a poco el mundo, casi siempre a golpe de mucha imaginación; quise regalarles estos recuerdos míos. Intenté a cada paso, con menor o mayor suerte, volver a ese tiempo primigenio, despojarme de toda pose, ser fiel a esa edad en que todo era nuevo, desde la mujer que soy en estos momentos. La mirada otra que intuyes en la manera de abordar los distintos temas no fue un propósito consciente del todo, el proceso fue bastante arbitrario en relación a cómo fueron concatenándose esos recuerdos y las palabras que les dieron cuerpo. Fina García Marruz en su ensayo “Hablar de poesía”, declara encontrarla “no en lo nuevo desconocido sino en una dimensión nueva de lo conocido, o acaso, en una dimensión desconocida de la evidente”. Esta misma certeza, hoy lo puedo decir, subyació en todo momento mi escritura.

Por otra parte, en el poema que da título al libro dices: A dónde irá lo que se me olvida. / En cuál gaveta se guarda el último recuerdo/ de cómo yo era/ hace un día o una noche. / Cómo sonaba mi risa/ o se veía mi asombro/ cuando aprendía a leer/ o descubría los contornos del mundo. / Cómo olvidé el inicio de esa magia. / En qué lugar dejé protegidos,/ para irlos a buscar después,/ mis recuerdos. ¿Se trata de un canto a esa infancia irremisiblemente perdida? ¿Crees que los adultos logramos mantener la infancia para siempre? ¿O acaso este poema, este libro, es un conjuro que te ha dado Peter Pan?

Este poema es un reflejo de lo que anteriormente te contaba. La infancia es ese estadio vital donde se define mucho de lo que posteriormente ofreceremos al mundo como seres humanos, pero por el peso de las sucesivas vivencias muchas veces sus contornos se nos desdibujan. No creo que irremisiblemente la perdamos; al lugar donde quedan registrados los sucesos y las emociones de esta primera etapa siempre podemos volver. Pienso que lo verdaderamente complejo es enfrentar las experiencias vitales con una transparencia similar a la que muestran la mayoría de los niños en su contacto con el mundo. Este libro, como bien dices, ha funcionado como un conjuro contra la ya tantas veces confirmada fragilidad de la memoria.

¿Qué piensas de la relación literatura-periodismo? ¿A la hora de hacer literatura te ayudó el periodismo?

Creo que cada uno desde su lugar nos ayuda a entender el mundo. Aunque muchos han tratado de establecer líneas divisorias bien demarcadas entre una y otro, el tiempo ha demostrado que las fronteras se han difuminado y los préstamos hechos han sido útiles para lograr sus cometidos. Al periodismo llegué gracias a la literatura, creía que era la manera más expedita para “aprender a escribir”. Luego me di cuenta que la escritura está mediada por un número indeterminado de acontecimientos, y que nadie puede garantizarte acceder a ella. Cuando escribo entro en un terreno de indefensión, allí no hay nada concreto que me pueda ayudar. Prefiero pensar que soy una especie de “lectora” que devuelve esa asimilación de conocimientos, sensaciones, vivencias en forma de poesía o narraciones. Para mí escribir es una manera de leer, por muy contradictorio que parezca.

¿Quién como tú labora en una publicación semanal de alto contenido y tantos lectores como La Jiribilla, dónde encuentra el tiempo para la creación?

El tiempo realmente es escaso. La dinámica diaria en la revista es despiadada, aunque considero que es otro tipo de creación, más colectiva, donde funcionan otro tipo de imperativos. Sin duda, es una labor que deja poco margen a la escritura personal. Aun así cualquier vivencia puede servir de pretexto para arriesgar un verso, iniciar una historia, escribir.

Debutas en la literatura cubana para niños por la puerta grande, publicando en la editorial Gente Nueva y de la mano de Pinos Nuevos, un certamen establecido para autores noveles con un prestigio ganado a lo largo de veinte años. ¿Cómo valoras este premio y el publicar en Gente Nueva?

Este poemario es el primero que escribo con estas características, resultó ser todo el tiempo una prueba contra mí misma, pues tenía que hacer dejación de lo que había escrito hasta el momento y entrar en una zona totalmente nueva. No sabía si lo lograría, pero me satisfizo poder ponerle un provisorio punto final a esas páginas y llamarlas libro. Después resultó una alegría alcanzar el Pinos Nuevos, un premio que ha marcado el comienzo de la carrera de numerosos escritores cubanos. Sé que son muchos los factores que gravitan sobre los concursos, no siempre son un medidor de calidad recomendable. En mi caso me gusta pensar que lo más reconfortante es que el libro logró establecer un diálogo efectivo con las personas que integraron el jurado. Esa es la mayor ganancia junto a la posibilidad de que sea publicado por Gente Nueva, una editorial con un trabajo admirable en la promoción de la literatura infantojuvenil a lo largo del tiempo en Cuba. Desde niña leía los libros de Gente Nueva, ahora formar parte de su catálogo, me llena de orgullo.

¿Crees en el concepto de que existe una literatura infantil? ¿Una LITERATURA? o simplemente ¿Literatura para personas?

Me gusta pensar que existe la literatura como una sola entidad, como un corpus compuesto por las diversas variantes literarias. Las demarcaciones en géneros o apartados más que fronteras aislantes, me sirven para atestiguar su riqueza, su capacidad para satisfacer las más exigentes demandas y necesidades lectoras. Lo que me preocupa es que más allá de que sea calificada como infantil o policíaca, estos distingos sirvan de justificación para descalificar ciertos lenguajes o historias.

¿Te gusta la infancia? ¿Cómo piensas comunicarte con los niños de hoy?

Hasta hace muy poco no tenía idea clara de las posibilidades que ofrece la escritura para niños a nivel creativo. Durante el tiempo que escribí el libro, a pesar de que me preocupaba constantemente lograr el ritmo, la conexión con los potenciales lectores a través de las imágenes y de las emociones subyacentes, conseguí disfrutar la experiencia y encontrar vívidamente a la niña que he sido. Es un camino que apenas inicio pero del que no quisiera apartarme más. Creo que no hay fórmulas preestablecidas para poder hablarles a los niños de hoy, como nunca las hubo para escribirles a los niños de otros tiempos. Los libros que más han logrado impactar a la niñez siempre han sido aquellos donde han podido reconocerse, con los que han podido dialogar, los que los han retado a nivel imaginativo, con los que han aprendido sin didactismos simplistas, en los que no se desdeña el poder del juego. Esas son para mí las vías que harán posible esa comunicación con ellos y con todo tipo de lector, eventualmente.

¿En tu concepto los niños leen hoy día más o menos que antes?

Para responderte esta pregunta habría primero que dejar establecido qué entendemos por “leer”. En mi caso cuando pienso en la lectura la veo más allá del acto que encierra la relación con el libro impreso. Considero que en la actualidad se han enriquecido enormemente las posibilidades de lectura tanto en el universo infantil como en el adulto, pues hay una diversidad “textual” impresionante. Lo que me preocupa es que esta pluralidad pierde sentido y efectividad cuando se privilegia solo una ínfima parte de los elementos que la componen, por ejemplo la lectura de textos audiovisuales de todo tipo, y el libro con todo el potencial cognoscitivo y lúdico que concentra pierde terreno, al no poderse organizar estrategias que lo inserten, de acuerdo a las características sociales actuales, de manera atractiva e inteligente en las dinámicas vitales de los niños y de los adultos también.

¿Qué piensas del tono que deben tener las historias para niños?

Cuando se escribe para el público infantil no quiere decir que todo será más fácil, menos arriesgado. Creo debe evitarse todo el tiempo la tendencia a caer en el terreno de lo previsible, de la pereza escritural, de los lugares comunes o el tono condescendiente. Los niños deben ser respetados como lectores tanto como los adultos, pues son seres humanos igual de complejos.

¿Reconoces alguna influencia de autores clásicos o contemporáneos?

Como lectora me he nutrido tanto de las obras de autores clásicos como contemporáneos, supongo que lo que hoy puede ser considerado mi estilo, bebe de las más diversas fuentes y es una devolución de todo ese acervo. Me gustan mucho Julio Cortázar y Augusto Monterroso, la alemana Jutta Bauer, las argentinas María Elena Walsh y Ana María Shua, la cubana Mildre Hernández y muchos otros.

¿Cuáles son los libros que prefieres leer?

Prefiero aquellos textos donde existe un declarado respeto al lector, en términos de planteamiento del lenguaje, de la urdimbre narrativa, el riesgo imaginativo, el desafío emocional. Si el libro, de cualquier época, logra conjugar estos factores seguramente su lectura me absorberá. Como ya confesé, mis inclinaciones literarias surgieron bien temprano en mi vida, desde el momento en que todo lo que me provocaba la lectura quería a mi vez ser capaz de replicarlo desde mis posibilidades y necesidades expresivas.

¿Tienes un héroe de ficción? ¿Un villano? ¿Alguno en la vida real?

No tengo héroes o villanos de ficción predilectos, disfruto por igual la hechura sagaz de unos y otros. En la vida real mi héroe, o más bien heroína, es mi madre.

¿Qué valores atribuyes a los libros en la formación de las personas?

Si parto de mi experiencia personal, los libros me han ayudado a vivir.

Nota

(1) Sheyla Valladares Quevedo (Unión de Reyes, Matanzas, 1982). Periodista y escritora. Ha publicado el poemario La intensidad de las cosas cotidianas, editorial Sed de Belleza, 2014, Santa Clara y Lo que se me olvida,editorial Gente Nueva, 2014 (Premio Pinos Nuevos en la modalidad de literatura para niños y jóvenes).

(2) Entrevista publicada en el portal digital Cubarte

Cuadernos Papiro: el arte de hacer libros

La Guerrilla Comunicacional

La sencilla y humilde casa editorial “Cuadernos Papiro” de Holguín (Cuba), no es un pequeño proyecto más que trate de poner sus libros en el mercado de la cultura. Su objetivo es confeccionar “libros-arte” utilizando para ello papeles hechos a mano, y proponiendo a artistas de la isla el diseño de cada uno de las obras.

Contra lo que pueda parecer, esta idea del siglo XXI se sirve de antiguas máquinas, del siglo XIX y del XX, y gracias a lo cual Cuadernos Papiro se constituyó en el primer museo vivo de la imprenta en Cuba. Merced a estas tecnologías pueden usar en sus libros tipografías y viñetas originales del siglo XVIII y elaborar el papel con fibras naturales y autóctonas como el arroz, el tabaco o el maíz.

El resultado son obras de arte que al abrirlas te transportan a las primeras épocas del mundo editorial, como ocurre con el siguiente reportaje que es más bien un pequeño viaje en el tiempo.

Tomado de Rebelión

Música para difuntas

Decreté la muerte de mi vieja agenda teléfonica hoy a las tres de la tarde. Al parecer esta hora es la idónea para salir del mundo de los vivos. No tengo certeza de cuántos años llevaba conmigo.  Sí sé que fueron los suficientes. Resguardó conexiones, abrazos a larga distancia, quejas, exhabruptos. Sin pedigrí alguno, pues era una libretica de tapas negras y hojas volanderas;- supo serme fiel frente a la avalancha tecnológica, mantenerse insobornable. Ponía pausa a mis gestos, lograba sorprenderme cuando en la búsqueda de un número teléfonico cualquiera me encontraba con los datos de alguna persona olvidada intermitentemente entre la furia de los días. Pero su función más importante creo yo fue la de ayudarme a recordar. Los datos recogidos de personas, edificios, trámites burocráticos, funcionaban como el disparador que accionaba la cinta, casi cinematógrafica, de lo que ha sido mi vida en estos años, hechos puntuales o remembranzas nebulosas de las que solo quedan sensaciones.

Le ha llegado la hora de las sustituciones como a las referencias que atesoraba, pues muchas de las que me eran importantes ya perdieron su validez, nada le dicen a mi presente. No sobrevivieron a la mudanza, no están más en las nuevas páginas – ordenadas alfabéticamente y rayadas. La nueva libreta teléfonica vendrá a configurar de otra manera mis recuerdos futuros. A la que hoy ha muerto le agradezco su servicio y que descanse en paz.

Aquí les dejo otro réquiem por una agenda muerta, mejor escrito por Eduardo Galeano. Se recoge en su libro Días y noches de amor y de guerra. Yo lo leí hace ya muchos años y nunca lo olvidé.  Creo que es el mejor homenaje para una agenda difunta que nunca tuvo nombre.

ESTA TARDE ROMPÍ LA PORKY Y TIRÉ LOS PEDACITOS A LA BASURA

Me había acompañado a todas partes. Se aguantó a mi lado intemperies y mal tratos y caídas. Perdió la espiral de alambre y se le salieron las hojas. De las tapas, color lacre, no quedaban más que jirones. La Porky, que supo ser una elegante agenda francesa, se había reducido a un montón de papeles y papelitos atados con un elástico, y anda ba toda lajeada y rotosa y sucia de tinta y tierra.

Me costó decidirme. A esa gorda descuajeringada, yo la quería. Me estallaba en las manos cada vez que le pedía una dirección o un teléfono.

Ninguna computadora hubiera podido con ella. La Porky estaba a salvo de espías y policías. En ella yo encontraba lo que buscaba sin esfuerzo: sabía descifrarla manchita por manchita y retazo por retazo.

Entre la A y la Z, la Porky contenía diez años de mi vida.

Nunca la había pasado en limpio. Por pereza, decía; pero era por miedo.

Hoy la maté.

Unos pocos nombres me dolieron de verdad. A la mayoría ya no los reconocía. La libreta estaba llena de muertos; y también de vivos que ya no tenían ningún significado para mí. Confirmé que en estos años, quien había muerto varias veces y varias veces nacido, era yo.

Fantasmas

Belén Gopegui

Visito al fantasma por rachas. Porque la vida del otro lado hay que pararla a veces. Entonces voy al mundo de quienes, se dice, no existen, expresión carente de sentido pues si los personajes no existieran tampoco existirían los pensamientos. Sin confusiones: existen a su modo.

-¿Qué tal el día?

-Comí con X, di unas clases. El autobús cada vez tarda más en llegar, nevaba.

Y no decir: Al salir del trabajo, viajé en tren con el profesor Barrow, le perseguía un espía de Ixania, le dimos esquinazo. Luego nos alojaron en un hotel decadente, el ruido de tuberías no nos dejaba dormir.

No lo dices, pero lo haces: viajáis en ese tren, lográis sorprender al hombre que esperaba agazapado, y no obstante luego os descubren, teméis por vuestra vida, os presionan, pensáis un plan. Son cosas que pasan cuando lees, cuando fuera se oye la lluvia y dentro los ruidos son más bajos, como si todo tuviera silenciador. Pasan en secreto.

Antes me preocupaba más desatender unos minutos lo de afuera. Ahora la mayoría no está casi nunca a lo que está. Gentes que viven, vivimos, y pasan, pasamos, cada vez más tiempo al otro lado. A veces quedo con mis semejantes y me parecen menos reales que cuando leo sus frases en la pantalla, y si les pienso lo primero que me viene a la cabeza no es su cara ni su cuerpo sino su avatar. A veces me pregunto si los animales, los demás animales, imaginan, si el elefante cuando mira puede ver algo distinto de lo que está viendo. ¿Pueden representarse un futuro que no sea repetición de lo vivido? Para leer y escribir hay que imaginar lo que no sabes si pasará nunca. Un pie en el suelo y otro fuera, las manos en el teclado y la cabeza en Italia, en Nairobi o en Moscú. En la habitación, un radiador y frío, en el teclado, lluvia tropical. Antes, prácticamente solo mediante la lectura nos alejábamos: mientras el trayecto en metro se repetía, en el libro nuestras capacidades eran puestas a prueba, atravesados nuestros cuerpos por esa tensión que no da miedo, por esa música del habla capaz de producir espacio transitable. Ahora las novelas son un ala más de la nube, un departamento y no el más amplio. Las horas se pasan en amplias naves heladas llenas de servidores, o en el viaje de ida y vuelta a los satélites. Una mano en el teclado, la otra a treinta y seis mil kilómetros de la tierra. La cara aquí y la voz tan lejos.

Hoy he vuelto a ver al chino que cada tarde se sienta en un saliente de la pared de la frutería. A las cinco de la tarde, a las siete, hasta las nueve de la noche, hora en que cierran, el chino, sin abrigo, con un pantalón bien planchado, camisa y un jersey fino aunque haga frío, sostiene el smartphone, teclea, lee, teclea. Antes de los bits la vida ocurría más a menudo en la materia, pero los fantasmas siempre estuvieron. El contacto directo ¿qué es? Cuando toco una piel con los dedos también toco una expectativa.

El fantasma no sabe de la materia sino de su descripción. No sabe de las personas sino de los personajes, me espera en las historias, va conmigo. “Hay que continuar, no puedo continuar, hay que decir palabras mientras las haya, hay que decirlas hasta que me encuentren, hasta el momento en que me digan -extraña pena, extraña falta- hay que continuar, quizás está ya hecho, quizás ya me han dicho, quizás me han llevado hasta el umbral de mi historia, ante la puerta que se abre ante mi historia; me extrañaría si se abriera”. Es Foucault en El orden del discurso, las frases no terminan de organizarse racionalmente y sin embargo entran en sintonía con nuestro receptor pues captamos una sensación pensada, un pensamiento sentido y lo reconocemos.

Visito a mi fantasma. A menudo, sí, pienso que no son tiempos para la lírica ni para la novela ni para los fantasmas. La realidad espera fuera, hay que acudir pues se cae el porvenir, pero así es como crecemos, el texto en la mirada y en las neuronas, sucesos invisibles. Le visito por rachas, sabe que no debe retenerme demasiado, sabe que ahí fuera se lucha: todo lo que hay en la cabeza, ciudades, muebles, pájaros, la risa y la bravura, tiene su peso, deja su huella, dice el fantasma y se viene a la calle conmigo.

 Tomado de Rebelión

El efecto de un cuento

Por Enrique Vila-Matas*

Era ya de noche en Nueva Orleans cuando a Regis le tembló la mano y le cayó al suelo su vaso de leche, y me dijo: –Anda, repite el cuento, por favor, repítelo.

A Regis, el hijo de mi amiga Soledad, se le veía tan terriblemente afectado por lo que yo acababa de contarle a su madre que no parecía nada conveniente repetirle nada. Era, por otro lado, chocante que el cuento le hubiera hecho aquel efecto, pues no era una historia que pudiera entender fácilmente un niño. Y sin embargo, Regis estaba completamente lívido, como si lo hubiera entendido demasiado bien.

–Anda, repite el cuento.

Insistió como sólo puede hacerlo un niño y acabó doblegando mi resistencia y repetí aquella historia, que era el último relato que escribiera una gran narradora dominicana –un cuento elegíaco y de fantasmas a la vez.

Es un hermoso relato que se abre con la narradora detenida a la orilla de un río mirando los estriberones de un vado y recordándolos uno por uno. Y de pronto se encuentra en la orilla opuesta. Nota que la carretera no es exactamente igual a como era antes, pero en cualquier caso es la misma carretera, y la viajera avanza por ella con un sentimiento de felicidad. El día es espléndido, un día azul. Sólo que el cielo presenta un aspecto vidrioso, que ella no ha visto nunca antes. Es la única palabra que se le ocurre. Vidrioso. Llega a los gastados escalones de piedra que conducen a la que fue su casa y empieza a latirle con fuerza el corazón. Hay dos niños, un chico y una niña pequeña. Ella les hace un saludo con la mano y les dice: “¡Hola!” Pero ellos no contestan ni vuelven la cabeza. Se acerca más a ellos, vuelve a decir: “¡Hola!” Y a renglón seguido: “Aquí vivía yo”. Tampoco contestan. Cuando dice “¡Hola!” por tercera vez, se halla casi junto a ellos y quiere tocarlos. El chico se vuelve, y sus ojos grises miran directamente a los de ella, y dice: “Se ha levantado frío de repente. ¿No lo notas? Vamos adentro”. Le contesta la niña: “Sí, vamos adentro”. La viajera deja caer los brazos con abatimiento y por primera vez se da cuenta de la realidad.

–Aquí vivía yo –dijo Regis también muy abatido.

–Pero ¿qué has entendido de este cuento? –le preguntamos.

No quiso responder. Pasó el resto de la velada en completo silencio, pensativo. Soledad, en su afán de restarle importancia al asunto, repitió la frase con un gesto cómico: –Aquí vivía yo.

Pero el niño no rió. Luego, ella me contó la historia de su abuelo, que, al final de sus días, compró una granja en Montroig, donde todas las noches se reunían a conversar algunos amigos suyos al final de su vida y para que sus amigos no le molestaran más con sus metafísicas provincianas, ordenó que colocaran un cartel a la entrada de su finca, donde pudiera leerse: ¡Aquí se hablaba”.

–Aquí vivía yo –dijo Regis, y se retiró visiblemente triste a su cuarto.

Una hora más tarde, comprobamos que se había dormido profundamente, y quedamos tranquilos.

Pero a la mañana siguiente entró en mi cuarto a cerrar las ventanas mientras me hallaba yo todavía en la cama. Y vi que parecía enfermo. Estaba temblando, ya no estaba lívido sino pálido, y andaba lentamente, muy lentamente, como si llevara tacones y le doliera moverse.

–¿Qué te pasa, Regis?

–Me duele la cabeza.

Será mejor que vuelvas a la cama. Es muy temprano.

–Está bien –dijo.

Y se fue andando como si tuviera pies de plomo. Pero cuando bajé, lo encontré sentado frente a un televisor que hacía días que estaba averiado. Parecía un niño de siete años muy enfermo. Cuando le puse las manos en la frente, noté que tenía fiebre.

–Vete ahora mismo a la cama –le dije–. Estás algo enfermo.

Cuando llegó el médico, le tomó la temperatura. Treinta y ocho grados. Me ausenté un momento cuando llamaron por teléfono preguntando por Soledad y, al regresar, me encontré con la amplia sonrisa del médico.

–No tiene nada –me dijo–, nada. Acaba de confesar que esta mañana se ha puesto mucho papel secante en los pies. Y eso ha provocado que el termómetro registrara fiebre. No tiene nada, nada.

–No tienes nada –le dije.

–Nada, ¿me oyes? Nada –le dijo poco después su madre.

Aquel día teníamos que ir al aeropuerto a buscar a Robert, el marido de Soledad. Y fuimos. Ella y yo. A la vuelta nos entretuvimos los tres en el barrio francés. Nueva Orleans es un buen lugar para abandonarse por completo. Cuando llegamos a la casa, estaba ya anocheciendo. Y el niño estaba fatal, pero que muy mal. Ya no es que tuviera fiebre, que no la tenía, sino que el aspecto de su cara no era precisamente agradable. No creo recordar una cara más triste que aquella.

–¿A qué hora me moriré? –me preguntó.

–¿Qué?

–Tengo derecho a saberlo.

–¿Qué tonterías son ésas? –dijo su padre.

–Ellos me han dicho que voy a morir.

Al día siguiente, Regis había recuperado toda su vitalidad y se reía de cualquier cosa. Todo le hacía gracia. Pero ya no era el mismo. Había terminado la infancia para él. Y se reía, se reía de todo.

* Es uno de los escritores españoles más respetados de la acutalidad, su primera obra conocida fue “Historia abreviada de la literatura portátil”, que mezcla ensayo con narración y marca su estilo. Este texto está incluido en “Chet Baker piensa en su arte” (2011), una antología personal en donde el autor catalán ofrece algunos de sus mejores relatos, extraídos de sus libros de narraciones breves.

La breve duración

Orquídeas cubanas. Foto: Sheyla Valladares

Orquídeas cubanas. Foto: Sheyla Valladares

LA BREVE DURACIÓN

Leí un largo poema de William Carlos Williams

sobre el amor y los asfódelos. Entre lo que ignoro,

tampoco sé qué cosa es el asfódelo. Otras flores tuve

y de otros poemas gusté y también tuve otras ignorancias.

Es cierto que los poemas colocan cosas sobre el mundo

y que hay personas que no gustan de ellos

ni del mundo,

aunque serían mejores si tuvieran

aquello que tienen los poemas.

¿Qué tienen los poemas, William Carlos Williams?

Provocan la desazón de lo desconocido,

el deseo de asir el humo que emana

de lo que creemos conocido.

Tuve esta flor, por ejemplo, hace años,

sobre la pared de una casa en la que estuve viviendo;

en su patio las orquídeas cubrían el lugar

donde antes estuvo la caseta de madera;

en la caseta de madera, el padre de mi amigo,

una mañana nada especial

amaneció colgado de las vigas.

Las orquídeas luego cubrieron el lugar

pero no borraron su aura de tragedia.

De entonces acá esas flores no perdieron hermosura,

pero igual son materia del suicidio.

Otra flor tuve que vi crecer bajo mi agua

—el lirio perenne descrito por Aiel—;

tenía pocas cosas, paredes alquiladas me servían de hogar:

todavía me sirven.

No tuve asfódelos, tuve estas para mí.

Y de mí ellos no guardaron memoria.

Es vanidad de los poemas fijar los deseos del otro

y es vanidad de los poetas

creer que sus versos se fijan en el otro

como no lo hace la flor más que el tiempo

que le corresponde.

Si acaso guardaré algo para mí será lo mismo

que di a los otros que se me acercaron:

la breve duración de los asfódelos,

las orquídeas suicidas, los lirios de agua.

Teresa Melo*

 

*Destacada poeta cubana nacida en Santiago de Cuba, en 1961. Es graduada de Filosofía en la Universidad de la Habana. En su ya extensa trayectoria literaria destacan los títulos Libro de Estefanía (1990), El vino del error (1998), poemario este por el que recibió el Premio de la Crítica de ese año, Yo no quería ser reina (2000), El mundo de Daniela (poesía para niños, 2002) y Las altas horas (2003), libro con el que obtuvo el Premio de Poesía Nicolás Guillén. Es además autora de las antologías Mujer adentro (2000), Incesante rumor (2002) y Soy el amor, soy el verso. Selección de poesía de amor en lengua española (2004). Sus textos aparecen en numerosas antologías de poesía publicadas dentro y fuera de Cuba; entre otras: Ellos pisan el césped (1988), Poesía infiel (1989), Retrato de grupo (1989), Jugando a juegos prohibidos (1990), La isla entera (1995), Hermanos (1997), El turno y la transición. Poesía latinoamericana del siglo XXI (1997), Donde termina el cuerpo (1998), Mujer adentro (2000), La casa se mueve (2001), Incesante rumor (2002), Heridos por la luz (2003) y La estrella de Cuba (2004). Actualmente trabaja como editora en su provincia. Es miembro de la UNEAC y, entre otros reconocimientos, le fue otorgada la Distinción por la Cultura Nacional.

Datos ofrecidos por A. A. G