Salvar el tiempo ido

... De luces y soledades. Ernesto Rancaño. Acrílico sobre lienzo, 2003

… De luces y soledades

Yo tuve una amiga en el inicio de la adolescencia, de las que se cuidan como si fuera el sol entibiándonos las manos.  Estudiábamos juntas  en la beca, compartíamos el mismo closet; a veces el sueño nos sorprendía en la misma cama  porque el tiempo nunca  no nos alcanzaba para contarnos el día visto por la mirada de cada una.  Aunque vivíamos en el mismo pequeño pueblo no fue hasta esta edad luminosa y difícil  que “nos vimos” y nos escogimos para crecer juntas.

Las dos fuimos comprendiendo casi al unísono que los libros iban a ser esa puerta por la que íbamos a darle la bienvenida a muchos de los mejores momentos de nuestras vidas. Las dos éramos hijas únicas. Vivíamos solo a dos cuadras la una de la otra. Éramos parecidas aunque no iguales.  Su nombre comienza con la primera letra del abecedario y el mío con una de las casi últimas.  Si algo lograba distinguirnos -según los ojos que estaban fuera del mágico círculo en el que nos movíamos- es que ella era blanca y yo negra, pero a esa edad y en este país, esos no eran detalles importantes para dos niñas que estaban encantadas de la magia de haberse encontrado.

Pero la gente grande a veces se olvida de las cosas esenciales y se tuerce de una manera inexplicable. En su casa siempre me daba la sensación de que tenía que caminar de puntillas para no molestar. Luego  fueron apareciendo las prohibiciones, las trabas para que no nos encontráramos más.  Una escapada en bicicleta fuera del pueblo y sin permiso fue el pretexto que su madre esgrimió para convencerla con éxito de que mi compañía  no era buena. Y un día de los más tristes que recuerdo, dejó de hablarme.

Antes de que todo se volviera demasiado incomprensible  nos habíamos intercambiado dos libros. Yo le había prestado Cartas de Martí a María Mantilla y ella  me había dado el libro que recogía las cartas que  Ethel y Julius Rosenberg se enviaron antes de morir en la silla eléctrica en los Estados Unidos.  Y así cada una se quedó con el libro de la otra, con historias cuya fortaleza habría de poner cierta consistencia en las de nosotras.

Pasaron los años y nunca nuestros caminos han vuelto a coincidir.  Sin percatarme, con el tiempo, me fui acostumbrando a preguntar por ella cada vez que regreso al pueblo. Una necesidad inexplicable me hace querer saber de la vida que ha tejido. Todavía no sé si alguien da  noticias de mí también.  Pero gracias a esos informes imprecisos y esporádicos he sabido que ya tiene una hija. La noticia me alegró y también volvió a dolerme la distancia entre nosotras, la obediencia con la que aceptamos el final impuesto a nuestra amistad, la suma de las cosas que no hemos podido compartir, entre ellas, su embarazo y los poemas que le arrebato a la vida de vez en cuando, otro tipo de parto,  angustioso y feliz, si se quiere.

Si algo todavía me alienta es que un día cualquiera, sin previo aviso,  la tropiezo en las calles de mi pueblo o me lleno del valor que se necesita para llevar sujetos a los amigos en el corazón y la sorprendo en su puerta con un ¿cómo estás?.  Pero lo más importante de todo, si ese encuentro nunca llega a suceder,  es que tiene un libro hermoso que fue mío, un libro que todas las madres debieran leerles a sus hijas. Todavía no sé el nombre de su pequeña, pero me gusta imaginarlas en un momento cualquiera de la vida que tendrán juntas  leyendo esta frase que Martí le escribiera a María Mantilla poco días antes de partir a la guerra y entregarse por uno de los propósitos más altos de su vida, la libertad de Cuba: (…) Quien tiene mucho adentro, necesita poco afuera. Quien lleva mucho afuera, tiene poco adentro, y quiere disimular lo poco. Quien siente su belleza, la belleza interior, no busca afuera belleza prestada: se sabe hermosa, y la belleza echa luz.  Las imagino así, mirándose a los ojos y reconociendo su vida en estas palabras.

Y también quiero que un día de este siglo que se perfila azaroso nuestras hijas salven el tiempo ido y puedan ir de la mano como buenas amigas.

 

 

La soledad también puede ser una llama*

 

La soledad y la desolación

por: Marcela Lagarde 

Tomado de www.mujerpalabra.net

Nos han enseñado a tener miedo a la libertad; miedo a tomar decisiones, miedo a la soledad. El miedo a la soledad es un gran impedimento en la construcción de la autonomía, porque desde muy pequeñas y toda la vida se nos ha formado en el sentimiento de orfandad; porque se nos ha hecho profundamente dependientes de los demás y se nos ha hecho sentir que la soledad es negativa, alrededor de la cual hay toda clase de mitos. Esta construcción se refuerza con expresiones como las siguientes “¿Te vas a quedar solita?”, “¿Por qué tan solitas muchachas?”,  hasta cuando vamos muchas mujeres juntas.

La construcción de la relación entre los géneros tiene muchas implicaciones y una de ellas es que las mujeres no estamos hechas para estar solas de los hombres, sino que el sosiego de las mujeres depende de la presencia de los hombres, aún cuando sea como recuerdo.

Esa capacidad construida en las mujeres de crearnos fetiches, guardando recuerdos materiales de los hombres para no sentirnos solas, es parte de lo que tiene que desmontarse. Una clave para hacer este proceso es diferenciar entre soledad y desolación. Estar desoladas es el resultado de sentir una pérdida irreparable. Y en el caso de muchas mujeres, la desolación sobreviene cada vez que nos quedamos solas, cuando alguien no llegó, o cuando llegó más tarde. Podemos sentir la desolación a cada instante.

Otro componente de la desolación y que es parte de la cultura de género de las mujeres es la educación fantástica par la esperanza. A la desolación la acompaña la esperanza: la esperanza de encontrar a alguien que nos quite el sentimiento de desolación.

La soledad puede definirse como el tiempo, el espacio, el estado donde no hay otros que actúan como intermediarios con nosotras mismas. La soledad es un espacio necesario para ejercer los derechos autónomos de la persona y para tener experiencias en las que no participan de manera directa otras personas.

Para enfrentar el miedo a la soledad tenemos que reparar la desolación en las mujeres y la única reparación posible es poner nuestro yo en el centro y convertir la soledad en un estado de bienestar de la persona.

Para construir la autonomía necesitamos soledad y requerimos eliminar en la práctica concreta, los múltiples mecanismos que tenemos las mujeres para no estar solas. Demanda mucha disciplina no salir corriendo a ver a la amiga en el momento que nos quedamos solas. La necesidad de contacto personal en estado de dependencia vital es una necesidad de apego. En el caso de las mujeres, para establecer una conexión de fusión con los otros, necesitamos entrar en contacto real, material, simbólico, visual, auditivo o de cualquier otro tipo.

La autonomía pasa por cortar esos cordones umbilicales y para lograrlo se requiere desarrollar la disciplina de no levantar el teléfono cuando se tiene angustia, miedo o una gran alegría porque no se sabe qué hacer con esos sentimientos, porque nos han enseñado que vivir la alegría es contársela a alguien, antes que gozarla. Para las mujeres, el placer existe sólo cuando es compartido porque el yo no legitima la experiencia; porque el yo no existe.

Es por todo esto que necesitamos hacer un conjunto de cambios prácticos en la vida cotidiana. Construimos autonomía cuando dejamos de mantener vínculos de fusión con los otros; cuando la soledad es ese espacio donde pueden pasarnos cosas tan interesantes que nos ponen a pensar. Pensar en soledad es una actividad intelectual distinta que pensar frente a otros. Sigue leyendo

Viñetas en un día gris

 

Por los barrios de la ciudad se pasean gigantes. Vienen vestidos con ropas de colores, montados sobre zancos de madera, tocando la trompeta, cantando y recitando poesías. Nadie les teme, al contrario, los niños, sus padres, los vecinos de los lugares adonde llegan se van tras ellos al ritmo de sus cabriolas y sus bailes.

Ellos son el grupo de teatro callejero Gigantería, unos cuantos amigos, todos artistas autodidactas, que se han juntado para ayudar a alimentar el espíritu de las comunidades que visitan, para ayudar a preservar sus valores identitarios, haciendo teatro en plena calle o en cualquier otro espacio que requiera de su presencia.

Llevan 12 años juntando voluntades, forman parte de la labor que realiza la Oficina del Historiador de la Ciudad en la parte más antigua de la Habana, allí también ayudan a mantener vital el patrimonio intangible de esta zona, la riqueza espiritual de sus habitantes.

Te puedes encontrar con ellos en cualquier calle mientras paseas por la Habana Vieja. Aparecen de la nada, en algunas ocasiones vienen precedidos por la risa de los niños y el sonido de una trompeta china que anuncian que se acercan los gigantes. Después llegan ellos ataviados con sus ropas llamativas, con sus piernas de madera, dispuestos a hacerte feliz por el rato que te decidas acompañarlos.

 

Bajan al río con sus atados de ropa dos o tres veces a la semana. Es como si se pusieran de acuerdo. Van llegando de a poco y se acomodan en las orillas del río que quedan casi al lado del mar. Es tiempo de sequía y el río Turquino parece solo un charco de agua cristalina, muy fría. Cada una escoge el mejor lugar para lavar, a la sombra, debajo del puente, donde mejor llega la brisa que baja desde la montaña.

Yo las vi a mediados del mes de julio cuando el día iba llegando a su mitad, sentadas apaleando la ropa, con las latas de hervir acomodadas sobre fogatas que prenden sin trabajo alguno. Las sábanas blancas extendidas sobre las piedras.

Aunque muchas tienen lavadoras en sus casas prefieren bajar al río y sentarse sobre las chinas pelonas, y gritar de una orilla a la otra las noticias, los comadreos del barrio, y dejarse retratar por los forasteros que se hospedan en el campismo La Mula, que van a subir hasta lo más alto del Pico Turquino. Les da risa cómo se le quedan mirando la gente que viene de la ciudad. Sus caras de asombro.

¿Es raro ser Mildre?

mildre

 

Por: Enrique Pérez Díaz   

Tomado de Cubahora

¿Es raro ser Mildre? Esta sería la primera pregunta que le haría a alguien tan conocido como esta siempre joven autora que a veces escapa de sus libros y de su casa en plena naturaleza para irse a la ciudad y chocar con el mundo y sus, para ella, perturbadoras estridencias, pero antes, vale volver la vida al pasado…

Cuando la conocí, hace ya unos veinte años, era un tímida y frágil muchachita que se me acercó vacilante en un encuentro de crítica e investigación de Literatura Infanto Juvenil (LIJ) en Sancti Spíritus. Debutaba muy insegura y cautelosa en el mundo de las letras y me pareció alguien adorable en su mesura y sencillez.

Desde entonces iniciamos una amistad que dura hasta hoy gracias a los libros. Hace muy poco, cuando tuve el privilegio y la alegría de entregarle el Diploma del Premio La Edad de Oro por su poemario La novia de Quasimodo, a mí volvió, recurrente, aquella imagen a través de los hilos misteriosos de la memoria y me sentí feliz al ver que aquella niña (apariencia que mágicamente todavía conserva), pese a ser hoy quien llamamos entre amigos “La Diva de la LIJ” es toda una mujer, que mantiene viva la misma esencia: ser exigente consigo misma, abierta a nuevas formas expresivas, creativa, apasionada, ávida de encontrarse y llena de caminos para llegar hasta el misterioso predio de su propio corazón, lugar recóndito poblado de hechizos y cartas de amor nunca escritas o devotas e inconfesas declaraciones, fuente de su ya laureada y conocida obra literaria, ánima de su paso por esta vida que le ha dado muchas alegría y algunos sinsabores.

– ¿Existe para ti una literatura infantil? ¿Una LITERATURA? o simplemente ¿Literatura para personas?

Toda la literatura es para personas. Pero sí existe una para niños y una para adultos. Son códigos diferentes. No se le puede leer a un niño de cinco años, antes de dormir, capítulos de Ulises de Joyce o La montaña mágica de Thomas Mann… Ahora bien, un adulto sí puede deleitarse con filme de dibujos animados o con un cuento de Andersen. Y es que la buena literatura hecha para niños, sin ñoñerías ni falsas moralejas, es bien acogida por los adultos. Es ahí donde, en mi opinión, radica la grandeza de esta.

– ¿Qué piensas de la infancia?

Tendría que volver a la mía para valorar muchas cosas de mi adultez con las que he tenido que convivir. Para muchos es la mejor etapa del ser, para mí la más triste, pues el niño está sometido a los caprichos, miedos, represiones y manipulaciones del adulto. Se menciona constantemente la ingenuidad en la infancia como el rasgo más bello, pero, en mi opinión, no es tan así. El niño no es muy ingenuo, lo que es muy indefenso y eso lo hace parecer ingenuo.

– En tu concepto ¿los niños leen hoy día más o menos que antes?

Estadísticamente no sabría decirte, teniendo en cuenta la cantidad de niños, bibliotecas, libros, días de la lectura, escritores, promotores, video juegos, computadoras… o sea, todo lo que favorezca o entorpezca el proceso. Solo sé que niños apasionados por la lectura van a existir siempre. Y niños que la rechacen también. Eso va a depender, sobre todo y en todos esos tiempos, de los padres, los buenos maestros y la predisposición del niño.

– ¿Qué piensas del tono que deben tener las historias para niños?

Siempre he opinado que a los niños se les puede hablar de todo porque no son seres subnormales; ahora bien, hay que saber cómo se les hace llegar (en qué tono) el mensaje que queremos dejarle, que para mí debe ser agradable, lúdico, tierno y sobre todo sincero.

– Se suele decir que en cada libro que se escribe va un gran porcentaje de la personalidad de su autor. ¿Eres tú parecida a alguno de los personajes de tu obra?

Creo que sí, que la obra de cada autor(a) es la prolongación de su personalidad. Y en cuanto a mis personajes, sí, creo que me parezco a algunos y a otros me quiero parecer. O simplemente son personas que he conocido en el transcurso de mi vida y los he idealizado, transformado y rescatado en mi obra. Los autores nos refugiamos detrás de las palabras.

– ¿Cómo concibes idealmente a un autor para niños?

Sin niños en su casa (ja, ja) ¿Para mí?: sincero con su obra, consecuente con su tiempo, que ponga su pasión por encima de su oficio (o al menos a la par).

– ¿Reconoces en tu estilo alguna influencia de autores clásicos o contemporáneos?

Clásicos: Andersen. Creo parecerme mucho, sobre todo en los inicios, o cuando toco los temas del desamor o de los objetos que cobran vida. Contemporáneos: no lo sé, no se es completamente único. Todos bebemos de todos. Hasta las cervezas…

– ¿Cuáles fueron tus lecturas de niña?

Ninguna. No leía. Solo los libros de clases y porque mi madre y la maestra me obligaban. La primera con un cinto, la segunda con una regla. Prefería mataperrear con los niños del barrio. También vivía en un campo con once casas, veintidós campesinos y cuatro vacas. Un libro era un objeto raro. Tenía uno solo con cinco páginas y… ¡ruso!

– ¿Cómo insertas tu obra dentro del panorama actual de la llamada literatura infantil de tu país?

Desde el inicio fue a través de los premios. Mi primer poemario fue premiado con el Eliseo Diego y luego, mi primer libro de cuentos con el Pinos nuevos y así… consecutivamente.

– ¿Qué atributos morales piensas que debe portar consigo un buen libro infantil?

La moralidad ha sido una palabra (concepto) que ha traído muchos problemas y malentendidos en toda época, y es, además, muy relativa. Pero pensando en la literatura infantil, creo en la sinceridad de la historia, en el respeto al lector y a su mundo a la hora de abordar un tema (no herirlo, subestimarlo, pero tampoco sobrestimarlo). Y el esfuerzo (o el intento) por hacer de cada libro infantil un incentivo o guía para transformar positivamente el mundo del niño.

– ¿Podrías opinar de la relación autor-editor?

Novios. Cuando esos novios pierden la comunicación, se pierde la magia. El editor es el corrector de la pasión. ¡Y nada anda bien sin un poco de tino… tampoco con mucho!

– Si tuvieras que salvar solamente diez libros de un naufragio ¿cuáles escogerías? ¿Alguno de los que has escrito?

Salvaría 18 libros… los míos… un autor(a) debe salvar su vida. Sigue leyendo

Joaquín Cuartas: entre el mito y la realidad

 

“Escribir radio no es un oficio difícil pero si arduo porque tienes que escribir todos los días. Estás atrapado dentro de un mundo que puede ser una novela, un cuento, una aventura. Cada obra en sí misma encierra un universo que tú creas. Si es una versión, es un universo que crea otro pero tú lo estás realizando y haciéndole cambios porque muchas veces lo que se escribe para un libro no es exactamente lo que sale en radio donde lo que prima es el diálogo y una buena narración, un buen estilo de narrador.”

Estas fueron las primeras palabras que Joaquín Cuartas me dijo, grabadora en mano, cuando logré que se apartara de la máquina de escribir y se instalara en un butacón de su sala para que conversáramos. Con el desenfado que le caracteriza concedió diversas pistas para comprenderlo como autor y como hombre, para de ser posible desbaratar el mito que sobre él se cierne, después de entregar a cientos de oídos cubanos radionovelas como La canción del Shannon, Viento Sur, Crónica social, Cuando baja la marea, Historias de amor y olvido, Cuando la vida vuelve, entre otros cuentos y teatros.

Si usted recuerda los altoparlantes situados frente a Radio Progreso en la calle Infanta, para que la gente escuchara el último capítulo de Cuando la vida vuelve en el año 1997; entonces tiene que saber que ese acontecimiento marcó, para quienes tuvieran dudas, el regreso indiscutible de la radionovela cubana. Este fue el mejor homenaje que Joaquín creyó podía hacerle a Félix B. Caignet, demostrar que todos aquellos recursos que el santiaguero utilizó en El derecho de nacer, continuaban siendo efectivos a finales del siglo XX.

A sus más de setenta años Joaquín Cuartas es sin discusión uno de los autores radiales más queridos por los radioyentes cubanos. Dueño de una imaginación sin límites, maestro de la ironía y poseedor de un fino sentido del humor cada día se debate entre las criaturas y los mundos  que crea, esperando secretamente que la realidad en que vive no sea más que otra de sus ensoñaciones.

¿Cómo le llegan las historias?

Mis historias no son de la realidad aunque la vida real a veces sorprende. Tomo las cosas de películas, de otros escritores, no hay nada nuevo bajo el sol. Todo es una recreación constante. Es tomar lo que existió y volverlo a recrear.

¿Cómo crea a sus personajes, de qué moldes los extrae?

Los personajes parten de un ente imaginativo casi siempre. Yo no me baso en hechos de la vida real. Mis personajes son todos muy imaginativos porque en la vida real sí hay historias muy buenas, pero nunca tienen el vuelo que le puedas dar imaginativamente. Puedes coger una historia real y cambiarla, reconstruirla y darle todo el vuelo que quieras, pero necesariamente con una historia real estás constreñido al hecho y a la personalidad de cada una de las personas que intervienen y de ahí no puedes escapar. Soy creativo en cuanto a los personajes, unos son de farsa, otros de comedia, otros de tragicomedia, de pieza, o sea, de los diferentes géneros teatrales. En la radionovela funcionan todos. Claro que cuando escribo teatro ya soy más regimentado, más formal en cuanto al género. Mis personajes lo que tienen que tener es humanidad, bondad, sacrificio. No me gusta la vulgaridad.

¿Qué sucede cuando versiona?

Lo cambio todo, desde los personajes. La única novela que no cambié y me quedó horrible fue El rojo y el negro. No quise cambiarla porque era de Stendhal, pero fue insoportable yo mismo lo reconozco. Todo lo demás lo cambio sin problemas.

¿No respeta nada, más o menos?

Bueno sí, menos que más.

¿Con que sensación se enfrenta a la primera cuartilla? 

Peligro.

¿Por usted o por ella?

Por los dos.

¿Sigue algún ritual para sentarse a trabajar? 

No tengo ningún ritual, sentarme en la máquina, producir ideas y ya.
¿Con qué dificultades tiene que lidiar? 

El problema es que una vez que empiezo a escribir una novela me quedo preso en ella y a las tres de la mañana estoy  pensando en la novela, por la mañana estoy pensando en ella y los personajes. Llega el momento que me arrepiento de haber nacido porque la novela me tiene atrapado y no me da espacio para nada más. Es una compulsión. La creación de este tipo, como la creación de todo, me imagino, es un estado febril.

¿No teme se le agote la imaginación?

No, porque yo me divierto  mucho imaginando cosas. Toda mi vida he vivido más en un mundo imaginario que en la realidad. Por eso siempre choco con ella. La realidad no me interesa. Siempre soy muy imaginativo. Soñar no me cuesta nada.

Después de tantos años escribiendo, ¿ha perdido el placer de la creación? 

No, para nada. Sigue siendo un acto casi religioso, me hace sentir muy bien. Además, es lo único que sé hacer bien. Yo no sé poner un chucho de luz.

¿Le quedan muchas novelas en el tintero?

Depende de mi estado de salud. A ver si un día no me toca decir adiós. A todos nos toca decir adiós.

¿Cambiaría su vida por la de algunos de sus personajes?

(Se queda pensando antes de responder, al final sonríe y responde) No, porque yo soy todos los personajes.

Con tantas historias de amor escritas, ¿cómo lo ha tratado el amor a usted?

Ya a los 74 años el amor se convierte en una cosa poco relevante, pero el amor sí ha sido importante para mí.

¿Qué siente cuando dicen que usted es el escritor de radionovelas más importante del país?

Que no es verdad. Aquí hay muchos escritores radiales muy buenos. Lo que sí siento es gran admiración por Félix B. Caignet. Para mí ese es el escritor radial más importante que ha habido en Cuba. Además, como tuve el gusto de conocerlo puedo decir que era una persona maravillosa, buen músico, de todo. Félix B. Caignet, es para mí el paradigma de todas las cosas.

¿Cuáles incentivos encontró en la radio para serle fiel durante tantos años? 

 Cuando empecé a escribir me divirtió mucho. Y es que yo me divierto escribiendo, me río de las cosas que hago y también lloro. Me tengo que divertir, eso sí, si no me divierto no lo hago. Hay que divertirse, aprender a reírse.

 

 

 

Costumbres

Acostumbrarse es una palabra oscura  aseguraba Mirta Aguirre en un poema que siempre he tenido cercano. Y es que el sedimento de la costumbre se acumula con fuerza y con saña mientras creemos que todo cuanto edifica es “normal”. Entonces nos acostumbramos a caminar por la calle y esquivar con suerte el agua mezclada con arroz que lanzan a la calle desde una ventana, que nazca la basura como por ensalmo junto a los botes recolectores, como si mereciera un esfuerzo enorme echar el desperdicio en ellos; y que luego venga el camión  y  se lleven la basura de los tanques pero no la que crece en la acera; que alguien en la ternura de alimentar a una animal ( gato, perro o rata, todo ya es posible) vierta la sobras de su alimento en las aceras, a la vista de todos los que pasamos y que ninguno de nosotros le llame la atención por ese atentado contra nuestra salud,  la belleza y las “buenas costumbres”.

Ocurre que no se nos enciende ningún bombillo rojo y desesperado cuando vemos que a la ciudad le nacen muchas noches y que nada es como lo suponíamos cuando vemos jóvenes, casi niñas y niños, queriendo crecer demasiado de prisa, poniendo su cuerpo en subasta, ajenos a la magia del amor y sus sobresaltos,  preocupados por el valor monetario que puedan ponerle a la noche vivida junto a sus cuerpos y no por ir descubriendo otros caminos, quizás más pedregosos, menos fructíferos y más lentos, pero a la vez más dignos -le tengo miedo y cariño a esta palabra-, más seguros, porque al final la vida eso, esforzarse, cansarse, ser feliz, amanecer con ganas de enderezar el mundo, responsabilizarnos por nuestras decisiones, romper las trabas de los burócratas,  ir atando la fe a las razones más urgentes,  a las dudas y a los convencimientos,  enfrentar el pesimismo, todo lo que nos daña. Porque nunca se me olvida, ni aún en las peores noches -que las he tenido- que la pobreza pasa: lo que no pasa es la deshonra.

Y no me acostumbro. No quiero que ese tipo de oscuridad se tienda sobre la ciudad. Pero amontonar costumbres es fácil y cómodo, caminar sobre clavos ardientes es más difícil, pero al mismo tiempo, la única opción que nos va quedando.

Diarios

Alguna vez escribí un diario como toda adolescente que se respete. Vivía en un pueblito pacato y silencioso y escribir era lo más placentero que podía hacer. Por esos días fui poniendo en palabras los pequeños hechos, el susto de la edad, las mínimas cabriolas de mi vida. Pasó el tiempo y fui olvidando decirme, contarme cómo era yo en ese tiempo para después tener noticias de la niña que había sido. Pero nunca me deshice del todo de esa libreta. Creo que si busco por las gavetas de mi escritorio en la casa de mi padre, podré encontrar las páginas amarillas donde quedó escrita una parte de mi vida,  tal vez las palabras que oídos humanos nunca escucharon, los gritos, la rabia, la emoción desconocida, el silencio.

Pero lo que les traigo hoy son fragmentos de diarios de escritoras, también pedazos de su correspondencia, para aquilatar los pensamientos que una vez rumiaron en la soledad de sus habitaciones. Para tentar a la suerte y creer que conocimos a estas mujeres y pudimos valorar su naturaleza.  Quizás logremos acertar en algún juicio sobre la personalidad de estas artistas o creer que sabemos  cómo fueron sus almas  tras leer las palabras que ocultaron en los escritorios, que recogieron los aromas de sus cuerpos cuando las estaban protegiendo de las miradas inoportunas o tal vez de ellas mismas.

Diarios de Alejandra Pizarnik

Ahora sé que cada poema debe ser causado por un absoluto escándalo en la sangre. No se puede escribir con la imaginación sola o con el intelecto solo; es menester que el sexo y la infancia y el corazón y los grandes miedos y las ideas y la sed y de nuevo el miedo trabajen al unísono mientras yo me inclino hacia la hoja, mientras yo me despeño en el papel e intento nombrar y nombrarme. 

“¿Quién no cree en esto o en aquello? ¿Quién no se desangra en la lucha? ¿Quién no llora pensando en el mar? ¿Quién no duerme en un lecho de amapolas? ¿Quién no posee un silencio, un tiempo, una música? ¿Quién no baila su propio ritmo? ¿Quién no tiene un sexo para alegrarse, una palabra en que sentarse, una manía para tener vergüenza? ¿Quién no tiene vergüenza de ser? ¿Quién no está enojado con la muerte?
Yo. “

“Sé, de una manera visionaria, que moriré de poesía. Esto no lo comprendo perfectamente, es vago, es lejano, pero lo sé y lo aseguro. “

“En verdad, decir yo es un acto de fe. “

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Diarios de Anaïs Nin ( Tomo V
Yo creo que escribimos porque tenemos que crear un mundo en el que podamos vivir (…) Tuve que crear un mundo mío, como un clima, un país, una atmósfera en la que yo pudiera respirar, reinar y re-crear lo que la vida destruía.
(…) También escribimos para aumentar nuestra conciencia de la vida, escribimos para atraer y encantar y consolar a otros, escribimos para llevar una serenata a nuestros amantes. Escribimos para paladear la vida dos veces, en el momento y en retrospectiva. Escribimos como Proust, para que todo sea eterno y para persuadirnos a nosotros mismos de que lo es…Escribimos para poder trascender nuestra vida, para llegar más allá de ella. Escribimos para aprender a hablar con los otros,para registrar el viaje a través del laberinto, escribimos para ensanchar nuestro mundo cuando nos sentimos asfixiados, constreñidos, solos. Escribimos como los pájaros cantan, como los primitivos realizan sus danzas rituales. Si no respiramos escribiendo, si no lloramos escribiendo o cantamos escribiendo, entonces no escribamos. Porque nuestra cultura no necesita nada de eso. cuando no escribo siento que mi mundo se encoge. Siento que estoy en la cárcel, que pierdo mi fuego, mi color. Debería ser una necesidad como el mar necesita la marea. Yo lo llamo respiración.
Fragmento de una carta escrita por Anaïs
Querido coleccionista:

Le odiamos. La sexualidad pierde su fuerza y su magia cuando se hace explícita, automática, exagerada, cuando se convierte en una obsesión mecánica. Llega a ser aburrida. Usted nos ha enseñado mejor que nadie lo erróneo que es no combinarla con la emoción, la sed, el deseo, la lujuria, los antojos, los caprichos, los lazos personales, las relaciones más profundas, que cambian su color, su sabor, sus ritmos y sus intensidades.

No sabe usted lo que se pierde con su análisis microscópico de la actividad sexual y la exclusión de todo lo demás, sin el combustible que la enciende: lo intelectual, lo imaginativo, lo romántico, lo emotivo. Es todo esto lo que da a la sexualidad sus sorprendentes texturas, sus sutiles transformaciones, sus elementos afrodisiacos. Usted reduce el mundo de sus sensaciones. Lo está marchitando, lo hace pasar sed, lo deja sin sangre… No hay dos pieles que tengan la misma textura, nunca hay la misma luz, ni la misma temperatura ni las mismas sombras, ni tampoco el mismo gesto; porque el amante, cuando está encendido por un verdadero amor, puede recorrer la interminable historia de tantos siglos de cuentos de amor. Una enorme gama, enormes cambios de época, variaciones de madurez e inocencia, perversidad y arte, animales graciosos y naturales. 

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Diario de Katherine Mansfield.

“¿Sabéis en qué consiste la individualidad?
En la voluntad consciente. En la consciencia de que uno posee una voluntad y que es capaz de actuar. Sí, esto es, dicho de un modo maravilloso.”