Hilos

Mi mamá y yo hemos crecido juntas, como si fuéramos hermanas y otra mujer invisible fuera nuestra madre. Creo que nos hemos esquivocado el mismo número de veces, hechuras imperfectas como somos. Nos hemos sostenido, protegido. Nos hemos amado sin mezquindad. Si hubiéramos habitado solas cualquier planeta, ese nos hubiera parecido el más hermoso porque siempre nos ha bastado la mutua compañía para saber que todo ocupa el lugar predestinado. En el cuerpo de mi madre se concentra la fuerza con que nacen los retoños de los árboles, con la que alumbra la estrella más pequeña y brillante, con la que algunos peces remontan los ríos. Y con esa fuerza ella ha alejado de mí cuánto ha podido lo terrible, aunque ese trozo de dolor le haya golpeado con saña a ella. Y yo que no sé cómo llenarle las manos por todo lo que me ha dado, solo le puedo escribir poemas como este y verla feliz.

Hilos

Le pido a mi madre rescatar el tiempo.

Ella vuelve sobre sus pasos,

se le agrandan los ojos,

y  se le pierde la risa detrás de la última guardarraya.

Finalmente recoge la jaba

que dejó colgando

en la mata de mangos,

que existió allá lejos.

Desfilan las historias

de un puñado de gente desconocida

que ella quiso,

testigos, jueces y verdugos de su vida.

Su voz llena de tiempo  

es el hilo que me va  atar definitivamente a ella.

No se me va a perder nunca más,

ella, que soy yo,

 y las mujeres anteriores,

las que no pudo o no quiso ser.

Todo estará aquí,  en mí

y en las otras mujeres

que después de mi serán.

No olvidaremos nada.

Todo estará ardiendo en nuestra sangre,

constantemente.

(Fotos tomadas de Cubahora)

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Hadas

Hay días en que una salgo a la calle con buen pie, definitivamente, aunque cuando abro lo ojos y  me levanto, sé en el segundo siguiente que voy a extrañar  el calor de las sábanas que acabo de dejar.  Hay días  en los que  estoy sentada en la oficina y el sol brilla afuera y centellea sobre alguna piedra en la calle y oigo el ruido de la ciudad a lo lejos y quisiera estar por ahí caminando despeinada con el airecito que sopla esta mañana. Hay días para sorprenderse, para alegrarse con esta canción que alguien compartió en fb y no imaginó el regalo que me estaba haciendo.

Yo también tengo un hada en mi casa
Sobre los canalones chorreantes
La encontré sobre un tejado
Con la cola del vestido ardiendo
Era por la mañana, se olía el café
Todo estaba cubierto de escarcha
Ella se escondió bajo un libro
Y la luna terminaba borracha

Yo también tengo un hada en mi casa
Y la cola de su vestido está quemada
Ella debe sabe que no puede
Que no podrá nunca jamás volar
Otras lo han intentado antes que ella
Antes que tú hubo otra
La encontré replegada bajo sus alas
Y creí que tenía frío

Yo también tengo un hada en mi casa
Desde mis estanterías mira hacia arriba
A la televisión pensando
Que fuera está la guerra
Lee periódicos diversos
Y se queda en casa
En la ventana, contando las horas
En la ventana, contando las horas

Yo también tengo un hada en mi casa
Y mientras come
Hace ruido con sus alas quemadas
Y sé que no está bien
Pero yo prefiero darle un beso
O sujetarla entre mis dedos
Yo también tengo un hada en mi casa
Que querría volar, pero no puede…

Esta canción no la conocía hasta este sábado en que supe que en el mundo habitaba Zaz…

El tac-tac de la chancleta izquierda

 

Al poeta Israel Domínguez lo encuentro y lo pierdo en el tiempo. Nunca he tenido un libro suyo, completo, en las manos. Sus poemas me asaltan  en el camino de los días, se me ponen delante de los ojos y reconozco sus palabras y las hago mías. Siempre que lo hallo me sirve, me clava agujetas en la piel, no tengo que hallar otro modo de decir lo que siento. Por eso cuando me encontré este poema suyo no quise otra cosa que traerlo a mi rincón, para mi madre, una vez más.

El tac-tac de la chancleta izquierda

A Rolando Estévez

quien conversa en la cocina de mi casa

mientras Mireya hace café.

 

ponerlo a la mesa, mostrarlo a los amigos.

Alberto Rodríguez Tosca

 

Cuando mi madre arrastra su pierna

yo no me compadezco como el vecino

que cumple con su deber de buen ciudadano:

el dolor se encharca

y el alma se cubre de limo.

 

Cuando en la oscuridad del corredor imaginario

mi madre camina, y mientras avanza

retumba el tac-tac…de su chancleta izquierda

yo no me compadezco como el buen samaritano:

por mis conductos fluye un río de fuego

y las paredes se estremecen revolviendo el ácido

que se concentra en las articulaciones

 

Mi madre arrastra junto a su pierna

el alzhéimer de mi abuela

y yo no me compadezco como el espectador

que se reconforta

ante el show de la podredumbre ajena:

mi dolor es el dolor de César Vallejo:

hoy no sufro solamente.

 

Mi madre arrastra junto a su pierna

la tragedia de mi padre, la alegría estúpida

de los enemigos, la indolencia, el marabú…

y yo no me compadezco como un simple compañero:

rabia la sangre y de un manotazo

tiro las miserias.

 

Sin embargo, no siempre fue mi madre

la angustia que hoy se me atraganta.

Hubo un tiempo de epifanía inmarcesible:

un aire fresco y saludable que inundaba la casa,

un instante en que se creía en el amor

como en casi todo,

y era mi madre la línea parpadeante,

la dulce ingenua idea de que nada se iba a acabar

 

Trato de conformarme

pero la conformidad es un cuchillo de doble filo.

Trato de aceptar, y aunque sé que la vida

siempre abre una puerta

poner la cabeza donde va el corazón

es el hermoso traje de la sabiduría

que ahora no me sirve.

Si mi madre es el dolor permanente

también pudiera ser el único alivio a ese dolor.

Veo a  mi madre infatigable, dura

como el quiebra hacha,

acomodando al Abadón de su cervical

con la misma humildad con que un varentierra

resiste un ciclón.

Cuando está a punto de decir basta hasta aquí

ya me cansé

el gesto se suaviza, cobra su rostro

la dulzura habitual

Y convierte al alzhéimer en un niño pulcro y oloroso.

Veo a mi madre arrancando los coágulos

que se pegan a las hojas del marpacífico.

La veo con los zapatos gastados, las manos limpias

mientras camina por el sendero de la Gran Marcha

y sostiene el peso de un ideal

como quien soporta en sus brazos

una pila de caña quemada.

La veo sacrificarse (si es preciso, dejaría de existir)

para que su hijo vanidoso escriba versos

que probablemente no cambien nada

ni a nadie.

 

Cuando mi madre arrastra su pierna

yo me pregunto:

De qué material están hechos los seres

que arrastran el dolor

con la misma paciencia

con que ofrecen la vida.

Israel Domínguez (Placetas, Villa Clara, 1973). Miembro de la AHS y la Uneac. Ha recibido, entre otros, los siguientes premios: Calendario, José Jacinto Milanés y Dador. Algunas de sus obras publicadas son: Hojas de cal, Collage mientras avanza mi carro de equipaje y Después de acompañar a William Jones. El poema de hoy pertenece a su cuaderno Viaje de regreso(Ediciones Matanzas), Premio de Poesía de los VIII Juegos Florales de Matanzas.