El súbito vuelo con el que me salvo

"quemarse las alas es a veces la única opción posible..."  Foto: Sheyla Valladares

“quemarse las alas es a veces la única opción posible…” Foto: Sheyla Valladares

Ya le van quedando pocas horas al 2012. Un año en el que vimos casi de todo en el mundo, casi horrores todos los días, casi la muerte venciendo, poniendo su estandarte sobre los hombres, casi la ruina del amor,  casi el olvido de la hermandad que nos une a todas las criaturas del mundo, casi la desesperanza por lo que nos falta, por el silencio y la desconfianza, por todas las cosas torcidas a nuestro alrededor. A pesar de esos y tantos otros agobios casi siempre pudimos alzarnos sobre nuestros pies y reemprender la jornada, volver a reírnos, a dar abrazos, a embriagarnos de optimismo.

En los días  aciagos yo siempre busqué este poema porque de una manera misteriosa e inexplicable siempre pone fuerza en mi corazón, en mi espíritu. Por eso se los regalo, en esta nueva era, en esta nueva edad del mundo, para que les acompañe y les sirva de bálsamo con la misma eficacia que a mí.

Y no olviden regresar a este rincón en el 2013, les estaré esperando!!!

Nocturno

Las pequeñas derrotas cotidianas, los fracasos pasajeros, los

golpes del desaliento y el cansancio

hacen blanco en tu alma,

vierten sobre tus sueños unas gotas de agua turbia y amarga. Y de

ahí nacen esos pasillos de abismo,

esos ígneos parajes donde te acecha una serpiente o te acosan

babeantes endriagos de Goya,

esos soles nauseabundos que te arrancan el pellejo,

ese horror, esos terremotos,

ese humo acre del fuego invisible en el que arden seres queridos,

ciudades queridas, deseos queridos.

 

Pero también las mínimas victorias del día,

el error estrangulado a tiempo,

el poema que salió de un solo tajo,

la carta desbordando besos y buenas noticias,

la muchacha que no dijo sí pero que tampoco dijo no y dejó caer,

como de antiguo los pañuelos, una esperanza,

la artesana alegría del pan bien ganado,

el bálsamo de la mano amiga

echan sus raíces en el sueño.

Y de ellos nacen, entonces, el súbito vuelo con el que salvas

finalmente el abismo,

la puerta imprevista por la que escapas de los endriagos,

la caricia del aire sobre tu piel ardida,

y ese aguacero dulce que estrangula al fuego del mal, que lo pone

de rodillas;

esa espada que, empuñada por tu mano,

decapita a la serpiente.

 (del libro “Las palabras vuelven”, Luis Rogelio Nogueras, Wichy)

 

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Nadar de noche

"el amor absoluto por un ser amado perdido, encontrado ahí, encontrado así..."

“el amor absoluto por un ser amado perdido, encontrado ahí, encontrado así…”

Dice el escritor Luis Chitarroni que el libro de relatos “Nadar de noche” es una muestra evidente de aquello que Juan Forn niega a menudo –no sin coquetería– tener: imaginación. Es un cuento, además, inspirado. Digo yo que es de los mejores relatos que me he leído este año en el que me he sumergido tanto en la literatura, en el que en lugar de poros creo me han aparecido por todo el cuerpo letras, en el que me he sorprendido pendiente de las palabras, de su sonido, de la cola de afectos y trasmutaciones que provocan. Por eso, precisamente por eso,  les he traído el relato que da título al libro de Forn, autor que no conozco, del que solo ahora vengo a saber algo.

Lo traigo a modo de celebración, porque hay veces en que alguien tiene que nombrar algo para que exista, para darnos cuenta de que está ahí, al alcance de la mano y que lo podemos poner a vivir con tan solo tocarlo o bañarlo con una mirada cuidadosa. Porque me pido un respiro, porque quiero -como escribió un amigo hoy- ” Que se renueve y nos renueve la esperanza”.

Quisiera abarcarlos a todos en un abrazo y poder conjurar para ustedes toda la luz, el amor y la solidaridad que el mundo está olvidando y desperdiciando, pero solo les dejo Nadar de noche y mi beso.

Nadar de noche

Era demasiado tarde para estar despierto, especialmente en una casa prestada y a oscuras. Afuera, en el jardín, los grillos convocaban empecinados y furiosos la lluvia, y él se preguntó cómo podían dormir en los cuartos de arriba su mujer y la beba con ese murmullo ensordecedor.

Tenía insomnio, estaba en pantalones cortos, sentado frente al ventanal abierto que daba a la terraza y al jardín. Las únicas luces prendidas eran los focos adentro de la pileta, pero la luz ondulada por el agua no conseguía matar del todo la sensación de estar en una casa ajena, el malestar indefinible con aquel simulacro de vacaciones.

Porque, en realidad, no estaba ahí descansando sino trabajando. Aunque el trabajo no implicase ningún esfuerzo en particular, aunque no tuviese que hacer nada, salvo vivir en esa casa con su mujer y su hija y disfrutar las posesiones de su amigo Félix, mientras éste y Ruth remontaban el Nilo y gastaban fortunas en rollos de fotos y guías egipcios sin dientes, a cuenta de una revista de viajes italiana.

Para calmarse, para atraer el sueño, pensó que no iba a pisar Buenos Aires en todo el mes. Viviría en pantalones cortos y sin afeitarse, cortaría el pasto, cuidaría la pileta, vería videos y escucharía música mientras su hija crecía delante de sus ojos y su mujer inventaba postres raros en la cocina. Y en todo ese tiempo quizá le dejaran algún mensaje mínimamente estimulante, o al menos catastrófico, en el contestador automático de su departamento.

Mientras tanto, a lo mejor Félix y Ruth decidían prolongar su viaje un mes más, o tenían un accidente, o se enamoraban los dos de un mismo efebo andrógino y analfabeto en Alejandría. Un mes podía ser mucho tiempo en algunos lugares; un mes podía ser casi una vida. Para su hijita, por ejemplo. Tenía que empezar a vivir al ritmo de ella, como le había dicho su mujer. Día por día, hora por hora, lentamente. Tenía que asumir la paternidad de una vez, como dirían Félix y Ruth, si es que no lo habían dicho.

Entonces oyó la puerta. No el timbre sino dos golpecitos suaves, corteses, casi conscientes de la hora que era. Cada casa tiene su lógica, y sus leyes son más elocuentes de noche, cuando las cosas ocurren sin paliativos sonoros. Él no miró el reloj, ni se sorprendió, ni pensó que los golpes eran imaginación suya. Simplemente se levantó, sin prender ninguna luz a su paso y cuando abrió la puerta se encontró con su padre parado delante de él. No lo veía desde que había muerto. Y, en ese momento, supo incongruentemente que ya se había hecho a la idea de no verlo nunca más.

Su padre tenía puesto un impermeable cerrado hasta arriba y el pelo tan abundante y bien peinado como siempre, pero totalmente blanco. Nunca habían sido muy expresivos entre ellos. Él dijo: “Papá, qué sorpresa”, pero no se movió hasta que su padre preguntó sonriendo:

—¿Se puede pasar?

—Sí, claro. Por supuesto. Sigue leyendo

El milagro aparece en una acera

La primavera amanece cualquier día. Foto: Sheyla Valladares

La primavera amanece cualquier día. Foto: Sheyla Valladares

A veces va una por la calle, triste,

pidiendo que el canario no se muera

y apenas se da cuenta de que existe

un semáforo, el pan , la primavera.

La mañana comienza y con ella la larga carrera del día. La guagua va despacio a esa hora,  algo inusual.  Busco una ventanilla, la vida de allí afuera es un imán, por mis pupilas pasan rostros desconocidos, fachadas carcomidas, un gesto, una cornisa, el bicicletero, el sol por entre las ramas de un árbol, el libro que sostiene en su regazo una muchacha delgada y discreta, un brazo sobre un hombro, una mirada sostenida, un grupo de mujeres y hombres contrarrestando los años, practicando tai chi, vestidos de blanco, parecen garzas en medio del parque. Imágenes todas que se suceden a una velocidad incalculable. La vida viviéndose.

A veces va una por la calle, sola

-ay , no queriendo averiguar si espera

y el ruido de algún rostro que se inmola

nos pone a sollozar de otra manera.

El  semáforo detiene el ómnibus  justo delante de una cafetería donde dos chicos al parecer desayunan, de pie, conversando entre un mordisco al pan y un sorbo de batido. Un anciano que se apoya en un bastón porque tiene una pierna mala se aleja de la cafetería después de comprar un pan. No mira más de dos segundos las demás ofertas ni a los chicos. Cuando se aleja un par de metros los chicos lo siguen con sus alimentos en la mano. Él hombre se detiene. Los mira. Conversan pocos minutos. Él se niega, ellos insisten de esa forma en que los adolescentes saben imponerse. Regresan los tres a la casa en cuyos marcos de la puerta han puesto dos piezas de madera que soportan una tabla, la cafetería. Piden otro batido. El anciano y los dos chicos chocan los vasos.

A veces por la calle, entretenida 

va una sin permiso de la vida,

con un hambre de todo casi fiera.

A veces va una así, desamparada,

como pudiendo enamorar a la nada,

y el milagro aparece en una acera.*

* Poema Encuentros de la poeta cubana Carilda Oliver Labra

Un hombre sin suerte

Samanta Schweblin, escritora argentina

Samanta Schweblin, escritora argentina

De la escritora argentina Samanta Schweblin he hablado en varias ocasiones en mi blog. Lo cual quiere decir que me gusta mucho su manera de escribir, de contarnos historias. Esta vez el pretexto es que Samanta acaba de recibir hace unos días el  Premio Internacional de Cuento Juan Rulfo, en su edición 30 con el cuento Un hombre de suerte. Llama la atención que de ahora en adelante este concurso cambiará de nombre a pedido de los familiares del escritor mexicano. De todas formas se impone celebrar esta noticia de la mejor manera: leyendo la historia. Buen provecho!!!

Un hombre de suerte

El día que cumplí ocho años, mi hermana -que no soportaba que dejaran de mirarla un solo segundo-, se tomó de un saque una taza entera de lavandina. Abi tenía tres años. Primero sonrió, quizá por el mismo asco, después arrugó la cara en un asustado gesto de dolor. Cuando mamá vio la taza vacía colgando de la mano de Abi se puso más blanca todavía que Abi.

-Abi-mi-dios –eso fue todo lo que dijo mamá- Abi-mi-dios –y todavía tardó unos segundos más en ponerse en movimiento.

La sacudió por los hombros, pero Abi no respondió. Le gritó, pero Abi tampoco respondió. Corrió hasta el teléfono y llamó a papá, y cuando volvió corriendo Abi todavía seguía de pie, con la taza colgándole de la mano. Mamá le sacó la taza y la tiró en la pileta. Abrió la heladera, sacó la leche y la sirvió en un vaso. Se quedó mirando el vaso, luego a Abi, luego el vaso, y finalmente tiró también el vaso a la pileta. Papá, que trabajaba muy cerca de casa, llegó casi de inmediato, pero todavía le dio tiempo a mamá a hacer todo el show del vaso de leche una vez más, antes de que él empezara a tocar la bocina y a gritar.

Cuando me asomé al living vi que la puerta de entrada, la reja y las puertas del coche ya estaban abiertas. Papá volvió a tocar bocina y mamá pasó como un rayo cargando a Abi contra su pecho. Sonaron más bocinas y mamá, que ya estaba sentada en el auto, empezó a llorar. Papá tuvo que gritarme dos veces para que yo entendiera que era a mí a quien le tocaba cerrar.

Hicimos las diez primeras cuadras en menos tiempo de lo que me llevó cerrar la puerta del coche y ponerme el cinturón. Pero cuando llegamos a la avenida el tráfico estaba prácticamente parado. Papá tocaba bocina y gritaba ¡Voy al hospital! ¡Voy al hospital! Los coches que nos rodeaban maniobraban un rato y milagrosamente lograban dejarnos pasar, pero entonces, un par de autos más adelante, todo empezaba de nuevo. Papá frenó detrás de otro coche, dejó de tocar bocina y se golpeó la cabeza contra el volante. Nunca lo vi hacer una cosa así. Hubo un momento de silencio y entonces se incorporó y me miró por el espejo retrovisor. Se dio vuelta y me dijo:

-Sacate la bombacha.

Tenía puesto mi Jumper del colegio. Todas mis bombachas eran blancas pero eso era algo en lo que yo no estaba pensando en ese momento y no podía entender el pedido de papá. Apoyé las manos sobre el asiento para sostenerme mejor. Miré a mamá y entonces ella gritó:

-¡Sacate la puta bombacha!

Y yo me la saqué. Papá me la quitó de las manos. Bajó la ventanilla, volvió a tocar bocina y sacó afuera mi bombacha. La levantó bien alto mientras gritaba y tocaba bocina, y toda la avenida se dio vuelta para mirarla. La bombacha era chica, pero también era muy blanca. Una cuadra más atrás una ambulancia encendió las sirenas, nos alcanzó rápidamente y nos escoltó, pero papá siguió sacudiendo la bombacha hasta que llegamos al hospital.

Dejaron el coche junto a las ambulancias y se bajaron de inmediato. Sin mirar atrás mamá corrió con Abi y entró en el hospital. Yo dudaba si debía o no bajarme: estaba sin bombacha y quería ver dónde la había dejado papá, pero no la encontré ni en los asientos delanteros ni en su mano, que ya cerraba ahora de afuera su puerta.

-Vamos, vamos –dijo papá.

Abrió mi puerta y me ayudó a bajar. Cerró el coche. Me dio unas palmadas en el hombro cuando entramos al hall central. Mamá salió de una habitación del fondo y nos hizo una seña. Me alivió ver que volvía hablar, daba explicaciones a las enfermeras.

-Quedate acá –me dijo papá, y me señaló unas sillas naranjas al otro lado del pasillo.

Me senté. Papá entró al consultorio con mamá y yo esperé un buen rato. No sé cuanto, pero fue un buen rato. Junté las rodillas, bien pegadas, y pensé en todo lo que había pasado en tan pocos minutos, y en la posibilidad de que alguno de los chicos del colegio hubiera visto el espectáculo de mi bombacha. Cuando me puse derecha el jumper se estiró y mi cola tocó parte del plástico de la silla. A veces la enfermera entraba o salía del consultorio y se escuchaba a mis padres discutir y, una vez que me estiré un poquito, llegué a ver a Abi moverse inquieta en una de las camillas, y supe que al menos ese día no iba a morirse. Y todavía esperé un rato más. Entonces un hombre vino y se sentó al lado mío. No sé de dónde salió, no lo había visto antes.

-¿Qué tal? –preguntó.

Pensé en decir muy bien, que es lo que siempre contesta mamá si alguien le pregunta, aunque acabe de decir que la estamos volviendo loca.

-Bien –dije.

-¿Estás esperando a alguien? Sigue leyendo

“No soy yo, es mi cuerpo el que recuerda”

"No soy yo, es mi cuerpo el que recuerda". Foto: Cirenaica Moreira

“No soy yo, es mi cuerpo el que recuerda”. Foto: Cirenaica Moreira

 

Del silencio al show mediático*

por: Isabel Moya, tomado de La Jiribilla 

¿Estar o no estar en los medios? Ese pudiera ser, tal vez, el dilema existencial de nuestros días. Los medios ostentan  la capacidad de contar la vida, y hacen creer que esas narraciones, son la vida misma.  El espejismo de constituirse en el reflejo de la realidad los ha situado en una de las esferas  principales del núcleo del poder.

La presencia, entonces, en los medios de personas y temas, confiere estatus de legitimidad a la cuestión que se trate. Teóricos/as en los estudios de comunicación han centrado sus análisis en la  construcción de la agenda de los medios, al considerar que ese es el nodo, a partir del cual, se estructuran los sistemas y procesos de la comunicación masiva.

La teoría de la Agenda Setting1, enmarcada en las llamadas teorías de los efectos, postula cómo los medios a partir de seleccionar temas y conferirles jerarquía dictan a la audiencia qué pensar y cómo hacerlo. Esta agenda se constituye en un marco referencial para interpretar la realidad.

Aunque esta teoría tiene como una seria limitante, que concibe a las audiencias como entes pasivos, homogéneos, aislados de un contexto y subestima las experiencias individuales, por otra parte, pone de manifiesto la importancia de atender a la visibilización de ciertos temas y al silencio sobre otros.

Algunas de las cuestiones relacionados con la situación, condición y posición de las mujeres, o promovidos desde el feminismo o los estudios de género han pasado del silencio al show mediático. Pasaron de ser de “lo que no se habla”, a estar iluminados por los reflectores. Acaparan portadas y horas de radio.

Las luces iluminan solo algunos asuntos: la violencia hacia la mujer, el aborto, el matrimonio entre personas homosexuales o lesbianas… Pero más que verdadera luz, lo que prima, con sus honrosas excepciones, es el enfoque banal, el morbo, el sensacionalismo que llega a ser amarillista en algunos casos2. Se repiten hasta la saciedad los lugares comunes que sustentan mitos y estereotipos.

Hay quienes suscriben que la presencia, en sí misma, de estos tópicos es ya un logro, pues es preferible que se muestren, aunque se reproducen los mismos presupuestos sexistas a que permanezcan ocultados y ocultos. La aparición pública del tema y la polémica que muchas veces genera lo valoran como un indicador de visibilidad.

No suscribo totalmente este punto de vista. Sería necesario realizar estudios de audiencia para valorar los niveles de  aceptación, de recepción crítica, apropiación, rechazo, posible problematización con las representaciones sociales del grupo expuesto al producto comunicativo de que se trate.

Por otra parte, incluso discursos que se presentan como discontinuidades de la representación tradicional de lo femenino no lo son realmente, no significan una ruptura pues remiten de otra forma a las esencias tradicionales. Helena Neves ha escrito al respecto: “es la continuidad debidamente adaptada al paso del tiempo, de modo que garantice la eficacia del control.”3

Pero lo que sí afirmo es que el sexismo signa los productos comunicativos en los llamados medios tradicionales y también en los nuevos soportes. La fibra óptica y el microchip han sido aliados en la amplificación, en tiempo real, de viejos estereotipos de lo femenino y lo masculino.

Resulta una manifestación de la violencia de género, agrede a las mujeres y las niñas a nivel individual y  colectivo. Imprime al imaginario social otra marca de género. Es la violencia simbólica hacia la mujer desde los medios y las industrias culturales. Sigue leyendo

A cada quién su cine

 

El Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano llega cada diciembre a La Habana

El Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano llega cada diciembre a La Habana

Diciembre es sinónimo de cine en la Habana. La vida se vuelca al espacio íntimo de las salas oscuras de los cines. Y uno aprende a respirar, a emocionarse, a compartir quejidos, suspiros, risas y el hastío también, junto a decenas de personas que ensayan los mismos gestos en la oscuridad. Dentro del cine nace un animal colectivo, que siente al unísono muchas veces, que aprende a moverse en la misma dirección con sus cientos de piernas y brazos y su corazón agigantado. Tus ojos son cien ojos más, tu codo cobra nueva extensión de butaca en butaca, todo se multiplica bajo el influjo de ese espacio cerrado, que al mismo tiempo se abre en diversas constelaciones cuando cada quién sale a buscar su propia historia a partir de la trama que propone el filme de turno.

Y no se habla de otra cosa en la ciudad. Durante el tiempo que dura el Festival Internacional de Cine Latinoamericano de La Habana casi puedes adivinar, con certeza, hacia donde van esa mujer y ese hombre que corren tomados de la mano, sorteando a los transeúntes que caminan sin prisas. Van en busca de su historia. En cualquier cine, si tienen suerte, van a encontrar la emoción,  van a guardar una escena en la memoria y van a recurrir a ella siempre que quieran volver a sentirse como en ese instante en que quedaron expuestos y sangrantes en medio de la oscuridad una sala de cine.

En diciembre todos nos conocemos. Se aparta la timidez, el andar ensimismado, para preguntar qué tal las películas, cuál de ellas es la más recomendable. Todavía quedan aventureros que no quieren a ningún agorero, y se lanzan al cine, con el pecho descubierto y las manos temblonas. Van  en pos de su propio hallazgo, listos para decapitar a la serpiente o tan solo convencer a la princesa de que abandone la torre y los vestidos pasados de época para irse por las calles, tras los gorriones y una canción.

Fito Páez: La Habana a tus pies (y viceversa)

Fito Páez en La Habana. Foto: Abel Ernesto/ AIN

Fito Páez en La Habana. Foto: Abel Ernesto/ AIN 

No pude ir al concierto. Me quedé con una ganas enormes, tan enormes que no me cabían en el cuerpo, no cabían en la casa. A la hora del concierto parecía perro con pulgas y solo atinaba a repetir como un  mantra: “ahora Fito debe estar cantando, debe estar cantando, cantandooo…”

Las notas de prensa que se publicaron al día siguiente ninguna me supo decir lo que había sucedido en el concierto. Yo no había estado, pero sí sabía que lo que decían esos escritos no fue lo que realmente pasó la noche del miércoles 5 de diciembre en el Karl Marx. Los redactores se quedaron dormidos o entregaron cuánto poseían en el teatro y se quedaron después sin recursos para contar la magia. Esa era la explicación que se me ocurría para tanta palabra descolorida, sin latido.

La paz me volvió al cuerpo cuando encontré las impresiones de El diablo ilustrado. Ese era el concierto real. El que yo desde la distancia presentía, casi adivinaba. Se los dejo para que ustedes también asistan.

por  El Diablo Ilustrado

Y hablo de países y de esperanzas/ Y hablo por la vida, hablo por La Habana/Y hablo de cambiar esta nuestra casa/De cambiarla por cambiar nomás

No tengo manera de apresar la dimensión de lo que acaba de ocurrir en el teatro Karl Marx con Fito Páez. Debería acostarme (1.00.am) ya, pero esta vez no quiero dejar reposar las ideas que se arremolinan, me parece pecado no comunicar en el acto, al menos a los amigos, el suceso que acaba de vivirse en La Habana.

(Publico estas notas con la fatiga de una fuerte carga emocional y con una foto de archivo, pues aun no me han llegado las imágenes. Cuando lleguen actualizaré.)

Acudo a los apuntes, y amplío un poquitín en algunos momentos que marqué:

Para los que no han estado aquí, el Karl Marx es “monstruoso” (platea baja, platea alta y dos balcones) capacidad 5 mil personas. Creo que, además hubo puerta libre al empezar,  pues los pasillos se fueron llenando, por lo que el cálculo es cerca de 6 mil. Si bien hubo público variado, la gran mayoría eran jóvenes.

Previsto para las 8.30 pm., desde una hora antes ya estaba muy bueno el ambiente en las calles 1ra. y 10 de Miramar. Saludos y abrazos al entrar. Las expectativas son grandes, los muchachos me preguntan, hablo de aquel encuentro histórico allí mismo, año 86 u 87, aun caliente el disco “Giros”.  Luego otras visitas, entra ellas la que hizo por su concierto en la Plaza de la Revolución, donde estuvieron también Joaquín Sabina y otros grandes de la canción. Uno de los muchachos me dice que pensaba que el “Concierto por la paz” era el primero. ¡Sacrilegio! El de verdad, el duro, fue aquel. Dejando un margen al Benny Moré que fue el primero que cantó allí, del que solo he visto unas imágenes de segundos (alguien debería testimoniar o investigar tan importantes suceso ocurrido en 1959 o 60).

Segundos después de las 9.00 pm., sin apagar siquiera las luces, entra corriendo el mismísimo Fito al escenario, sin que nadie lo anuncie. La gente primero se sorprende. La algarabía es inmensa ¡Está loco! Ni el menor glamour, como si fuera el flaco que conversa con uno en la cocina, mientras se prepara el café. Desconcertamente natural nos dice cómo va la cosa: se pasa el DVD que será como un concierto y luego, si la gente tiene ganas, echa unos temas al piano. “El que quiera portarse mal y cantar o bailar, que lo haga”. Silbidos y aplausos. Se va y nos deja con su reciente concierto: Estreno mundial de “El amor después del amor 20 años después”.

Comienza el documental. Fito dice: el amor es lo más importante, te hace comprender al otro, no juzgarlo. El montaje cinematográfico es impresionante, la calidad del sonido ayuda a que la gente se crea que ya está en concierto “El amor después del amor” es cantado y hasta bailado por el público presente, agregándose al del concierto en Buenos Aires. “Un vestido y un amor” es ya el coro perfecto.

Aquella banda suena muy fuerte, comienza a preocuparme que luego salga Fito solo a piano (ya me había fijado, claro, en el montaje escenográfico) ¿Cómo se las puede arreglar el flaco para subir la parada tras este conciertazo roquero?

Pues acabó el video, con los créditos, la gente aplaude de pie. Sale nuestro

Fito y sin más se sienta al piano y comienza, como si nada el concierto:

1.  “11 y 6” —y todos cantando con él.

2. “Ambar violeta”.

3. “Giros”. Ya está estremecido, dice “estoy aquí en mi Habana”. Cuando en el tema dice “Suena un bandoneón…”, en lugar de “parece de otro tipo” dice: “parece de Piazolla pero soy yo…” y la ovación es cerrada.

4. Habla de sus recuerdos en Cuba, en el teatro Karl Marx donde cantó hace miles de años, pero que están vivos esos recuerdos. Llama a un gran cantautor italiano que dará el sábado próximo su concierto en La Habana, Zucchero, y cantan juntos “Desde que te vi”.

5. Habla de sus noches y trasnoches en La  Habana, intensas en estos pocos días que lleva aquí y llama a Robertico Carcasses, cantamos todos “El breve espacio en que no estás” de Pablo Milanés.

6. El público le pide canciones, Fito dice: Debo estar viejo y choto, porque me emociono mucho. Habla del gran Charly García y recibe ovaciones. Dice Paez que no le gusta hablar de cumbres pero que sin dudas “Arma y desangra” es una de esas canciones más allá de todo, y él, con su voz lo demuestra. Aquí apunto también su ejecución painística, de alto vuelo.

7. Menciona de nuevo las noches habaneras y su encuentro con otro gran cantautor, Santiago Feliú. Hacen jnuntos (con coro de público) “Cable a tierra”.

8. Le siguen pidiendo canciones, él dice, pícaro, que vio como todos cantaron “Un vestido y un amor” mientras veían el DVD, y ¿por qué no repetirla ahora en vivo?: Delirio general. Deja que sea el público quien la cante y exclama: “¡Qué lindo suena, me lo voy a llevar la banda! Nos vamos todos… no sé, para Malasia” y la grabamos allí. Risas.

9. Fue amor.

10. Hace un comentario sobre las palabras, que suelen ser una maquinaria diabólica, que prefiere un beso, un abrazo, pero que bueno hay palabras que intentan expresar lo que somos, y dice que le gusta estar “Al lado del camino”. Casi la está diciendo y las más de 5 mil personas quedan roncas cantando con él.

11. “Ciudad de pobres corazones”.  Preciosa noche, es una noche inolvidable, confiesa conmovido.

12. “Dar y dar”

13. Mariposa tecnicolor”

Todas esas en un coro común con el público.

Se levanta como para irse, el público grita, dice que hará un par de ellas más, y bromea con que lo hemos disfrutado doble (aludiendo al concierto primero en el DVD).

Se sienta al piano y empieza a tararear jugando con la palabra “Habáname” de  la canción de Carlos Varela, viaja su teclado y de pronto sorprende cantando la primera estrofa de “Sueño con serpientes” de Silvio Rodríguez y entra de lleno en “Habana a tus pies” como quien da por entero su amor a nuestra ciudad.

El público de pie, se encienden las luces, muchos se abalanzan hasta los límites del escenario y ocurre lo que rebasa todo límite espiritual posible, se acerca a la gente y dice que quiere despedirse cantando a capela. No solo sin el piano, sino también sin micrófono. Muchos subimos al escenario y lo rodeamos, dejándole apenas un círculo de un par de metros. No me explico cómo pero aquellas casi 6 mil personas hicieron un silencio absoluto y todo el teatro le escuchó ese himno de Nuestra América, o de la humanidad Nuestra que es “Yo vengo a ofrecer mi corazón”. Por instantes un coro susurrante le hacía como un eco; la voz desgarrada de Fito, sacó lágrimas, o era acaso una eterna lágrima de amor. En medio del clamor desapareció.

Muchos se resistían a salir del teatro, todos repetían la grandeza de esas horas vividas. Y nos quedamos repitiéndonos las últimas frases de su canto:

Y hablo de países y de esperanzas

Y hablo por la vida, hablo por La Habana

Y hablo de cambiar esta nuestra casa

De cambiarla por cambiar nomás

Quién dijo que todo está perdido

Yo vengo a ofrecer mi corazón