Leer es leerse a sí mismo

(…) Ver en la lectura solo el registro de la marca de otros es cercenar la importancia de la propia subjetividad en el acto de leer. En el mismo gesto en que el acupunturista cierra los ojos y se conecta con el otro,  se conecta, también, con él mismo. Entra a un texto de otro al mismo tiempo que se interna en sí mismo. Porque es en él donde busca todos los elementos para reconocer ese organismo distinto al suyo. Es en el propio cuerpo en el que encontrará las herramientas para interrogar al texto que tiene frente a sí, cuestionarlo, ponerse en tensión con lo que enfrenta para dar finalmente uno o varios sentidos. La lectura permite a alguien conectarse con el otro pero es en sí mismo donde el lector encontrará las herramientas para ese abordaje. En el texto del otro, el lector reconoce  marcas, huellas y surcos; pero son pistas que debe completar con contenido propio. Un lector, para no sucumbir en el mar que el otro es, —el cuerpo o el texto del otro—, construye con instrumentos de su subjetividad, busca en la complejidad de sus piezas las herramientas emocionales, intelectuales y desde allí aprehende los trazos del otro y los significa, les da un sentido. (…)

(…) La lectura entonces, más aún que la comprensión de lo producido por el otro, es la posibilidad de abrirnos para recibirlo y que se concrete entre un lector y un texto la creación de los sentidos. (…)

(…) Michel Foucault al analizar la función autor, imagina una sociedad en la que los discursos, todos, ya no tendrían que dar cuenta de sus autores y se desarrollarían en lo que él llama el anonimato del susurro. “Ya no se oirían las preguntas por tanto tiempos repetidas: ¿Quién ha hablado realmente? ¿Es en verdad él y nadie más? ¿Con qué autenticidad o qué originalidad? ¿Y ha expresado lo más profundo de sí mismo en su discurso? Sino otras como estas: ¿Cuáles son los modos de existencia de ese discurso? ¿Desde dónde se ha sostenido, cómo puede circular y quién puede apropiárselo? (…) Y detrás de todas estas preguntas no se oiría más que el ruido de una indiferencia: Qué importa quién habla”. Para la misma época en que Foucault hacía estas reflexiones y se preguntaba qué es un autor, Barthes afirmaba la muerte del mismo. El lector, según Barthes, es el lugar en el que se concentran las múltiples escrituras y citas de texto. No importa dónde, en quién nace un texto. No importa su origen sino su destino. Habría que resaltar esto último. El destino de un texto. No importa tanto quién lo escribe sino quién lo lee.  (…)

(…) De alguna manera, leer es leerse a sí mismo, y las lecturas que hacemos de distintos textos son interpretaciones que construimos, en primer lugar, sobre nosotros mismos. La lectura, toda, nos pone a investigarnos, a percibir las distintas variaciones de nuestro ser y de ese modo puede llevarnos al centro de nosotros mismos, en el que están, a su vez, todos los otros. El escritor mexicano Gabriel Zaid afirma que “…la medida de la lectura no debe ser el número de libros leídos, sino el estado en que nos dejan. ¿Qué demonios importa si uno es culto, está al día o ha leído todos los libros? Lo que importa, dice Zaid, es cómo se anda, cómo se ve, cómo se actúa después de leer. Si la calle y las nubes y la existencia de los otros tienen algo que decirnos. Si leer nos hace, físicamente, más reales”. El lugar de la lectura se vuelve poderoso cuando abre las compuertas de las aguas, propias pero detenidas en un estanque, y asume la riqueza de sentidos y la multiplicidad de matices. Ese poder de la lectura está en darnos  siempre más. Más ojos para mirar el mundo, más corazón para comprender lo que es ajeno a nosotros. Nos multiplica en lo que sentimos y hace proliferar el pensamiento, la duda, la curiosidad. (…)

(…) Leer produce significados que nos limpian la arena de los ojos y nos rescatan de la desintegración, nos recomponen. Somos eso: la composición que la lectura hace de nosotros, de nuestro pasado, de los discursos de los otros sobre el mundo y sobre nosotros mismos. Estamos hechos también de todas las lecturas imposibles, quiero decir, de aquellos discursos que se nos desarman entre los labios porque no podemos leerlos. Para bien o para mal, también nos constituyen los enunciados y los signos que no podemos interpretar porque nos enfrentan a su aridez impenetrable. La imposibilidad de leer, ese vacío, acentúa en nosotros zonas que, en su mudez, no logran explicarse y nos impiden entender nuestra inmanente confusión. Si no leemos, ¿cómo vamos a descifrarnos, a saber de nosotros, a comprendernos?

Somos eso: mujeres y hombres hechos de lecturas. (…)

Fragmentos de El sentido de la lectura, conferencia de la escritora argentina Ángela Pradelli en el Congreso Internacional Lectura 2013: para leer el XXI, celebrado en La Habana, del 22 al 26 de octubre.

Entrevista a la escritora: “Toda mi vida está puesta en los deseos de lectura”

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Isaily Pérez: “La poesía no salva de nada, solo acompaña”

Isaily Pérez, poetisa cubana

“No dudes tú de mí

e intenta no olvidarme cuando la noche caiga

(aunque en cosas tan móviles solo un dios tenga

certeza)

la impermanencia es difícil prueba.”

Regreso a Knole House

Supe un día ya lejano y sin marcas en ningún calendario que en Santa Clara tejía con versos su existencia una poeta de nombre Isaily Pérez. Con una pequeña muestra de su obra, encontrada en Queredlas cual las hacéis, antología de jóvenes poetisas cubanas del siglo XXI,  anduve buscando el modo de conversar con su hacedora hasta que vino la oportunidad.

A veces en una entrevista no importan mucho las interrogantes sino la disposición del interlocutor a ofrecerse sin ambages, a creer oportuna la mirada que lo inquiere y útil o interesante la suya propia sobre los diarios acontecimientos.  Hay espacios en el tiempo en que se echan fuera determinadas confesiones, apenas si se menciona una palabra a modo de contraseña.

Las preguntas se armaron desobedeciendo reglas, no buscaban lo absoluto o redundante, solo abrir una hendija y dejar pasar, como si de un soplo se tratara, a Isaily.

Por eso no hablamos de su trabajo como editora en la villaclareña Sed de Belleza, ni de su libro Una tela sobre el bosque, premiado en el Calendario de 2006, tampoco de La vida en otra parte, volumen publicado por Ediciones Aldabón en el 2009. Nada de premios, antologías, apariciones públicas, menos de las maneras de concebir la poesía, pues hay procesos que no se develan ni explican, solo se ponen delante de los ojos, y apenas alcanza uno a comprender el estremecimiento que los ha provocado. 

¿Qué título de otro autor te hubiera gustado para un libro tuyo?

 “El cielo protector”, en inglés, tan bellamente sonoro, “The shelterin sky”. Es un libro de Paul Bowles y luego una película de Bertoluci.  Lo hice mío al usarlo como título de un poema.

Sabemos que las palabras tienen su propia sonoridad, su propio ritmo, pero hay quienes al convocarlas intentan seducirlas o hacerlas acompañar  con alguna armonía. En tu caso, ¿qué música escuchas cuando escribes?

Nada, solo silencio.

La urdimbre de la escritura se espesa o alarga de acuerdo con cada escritor. No podríamos dictaminar una fórmula, pues no existe. Solo queda como sabes, escribirlo todo, todo el tiempo. En este sentido, ¿dónde escribes, a qué hora, cuánto tiempo?

Nunca a diario. Generalmente en la noche, por la tranquilidad. Escribo todo el tiempo que el poema necesite. A veces he levantado la vista y han pasado cuatro o cinco horas que parecieron cinco minutos.

¿Cuáles visiones y fatigas están siendo escritas en estos momentos?

Termino, sin saber cuándo se termina, un libro que contiene poemas a las cosas sencillas, a las que acompañan desde siempre: las tazas, los muebles, las lucetas.

Hay quien desdeña leer cualquier tipo de libro mientras vive en pleno acto creativo por el deseo –a veces ingenuo- de preservar la escritura de posibles influencias, ¿en estos momentos lees algo?

Lamentablemente nada glamoroso: la Norma Editorial, que se me ha olvidado un poco. Hace unos días terminé La carretera de Cormac McCarthy, el libro mejor y más terrible que he leído en años, y ojalá no lo hubiera hecho. 

¿Qué verso nunca has olvidado?

Y sin embargo sé que son tinieblas// las luces del hogar a que me aferro, // me agarro a una mampara, a un hondo hierro// y sin embargo sé que son tinieblas. Fina García Marruz.

¿Cómo te salva la poesía de los escollos diarios?

No salva de nada, solo acompaña.

Hay lugares tan inusuales para leer como lectores existen, aunque en muchos casos la cama, como mejor sitio de lectura, gana por mayor número de adeptos,  ¿qué libro consideras ideal para leer en el baño?

Algunos prefieren leer en el baño, yo leo en la cama casi siempre.

Supongo que como filóloga y escritora tienes una relación significativa con las palabras, pero si tuvieras que elegir ¿cuál sería tu palabra favorita?

No soy muy buena con el cuestionario de Bernard Pivot, me viene a la mente “resurrección”.       

Y en caso contrario, ¿cuál es la palabra cuya connotación provoca que la quieras desaparecer del mundo?

Angustia, odio como suena y lo que significa.

Entre tantas historias leídas con denuedo o displicencia, ¿qué libro recomiendas leer y por qué?

La Biblia: tan humana, maravillosamente sobrenatural, y termina bien. ¿Qué más se puede pedir?

Con el séptimo arte, textos otros que “leemos” y nos “leen”, también establecemos relaciones de singular dependencia. Si tuvieras ahora mismo que organizar la programación de un cine,  ¿cuáles serían las películas elegidas?

Comedias. Estaba viendo anoche Lo mejor del show de Benny Hill. El que tenga más de 38 años sabrá de qué hablo.


En estos tiempos en que vivimos tan saturados sonoramente, ¿qué música recomiendas escuchar?

La que a cada cual le guste. Yo escucho de todo, omnívoramente.

¿Qué hace a un día un buen día?

Eso nadie lo sabe. Uno se levanta bien o mal y ya está. No depende de uno, pero un buen café en un lugar tranquilo puede arreglar muchas cosas.

Si pudieras compartir un buen recuerdo.

Me recuerdo de niña, en la playa, recogiendo algo en una orilla llena de piedrecitas, y de pequeños animalillos que se movían, les llamaban “agujones”. El sol calentaba tibiamente, la mañana solo estaba empezando, y todo estaba lleno de promesas.

 Publicado originalmente en la revista La calle del Medio, # 63

Mi única manera de abrazarte

Foto: Ismael Francisco/Cubadebate.

Foto: Ismael Francisco/Cubadebate.

(…) no sé escribir cuando algo me duele tanto, no soy, no seré nunca el escritor profesional listo a producir lo que se espera de él, lo que le piden o lo que él mismo se pide desesperadamente. La verdad es que la escritura, hoy y frente a esto, me parece la más banal de las artes, una especie de refugio, de disimulo casi, la sustitución de lo insustituible. El Che ha muerto y a mí no me queda más que silencio, hasta quién sabe cuándo (…)

JC

Yo tuve un hermano

 Yo tuve un hermano

no nos vimos nunca

pero no importaba.

 

Yo tuve un hermano

que iba por los montes

mientras yo dormía.

 

Lo quise a mi modo

le tomé su voz

libre como el agua.

 

Camine de a ratos

cerca de su sombra

no nos vimos nunca

pero no importaba.

 

Mi hermano despierto

mientras yo dormía.

Mi hermano mostrándome

detrás de la noche

su estrella elegida.

Julio Cortázar

 Audio del poema

 

Canciones y (re)nacimientos

Existe una tribu en África, donde la fecha de nacimiento de un niño no se toma como el día en que nació, ni como el momento en que fue concebido, sino como el día en que ese niño fue “pensado” por su madre. Cuando una mujer decide tener un hijo, se sienta sola bajo un árbol y se concentra hasta escuchar la canción del niño que quiere nacer. Luego de escucharla, regresa con el hombre que será el padre de su hijo y se la enseña. Entonces, cuando hacen el amor con la intención de concebirlo, en algún momento cantan su canción, como una forma de invitarlo a venir. Cuando la madre está embarazada, enseña la canción del niño a la gente del lugar, para que cuando nazca, las ancianas y quienes estén a su lado, le canten para darle la bienvenida. A medida que el niño va creciendo; cuando el niño se lastima o cae o cuando hace algo bueno, como forma de honrarlo, la gente de la tribu canta su canción. Hay otra ocasión en la que la gente de la tribu le canta al niño. Si en algún momento de su vida, esa persona comete un crimen o un acto socialmente aberrante, se lo llama al centro de la villa y la gente de la comunidad lo rodea. Entonces le cantan su canción. La tribu reconoce que la forma de corregir un comportamiento antisocial no es el castigo, sino el amor y la recuperación de la identidad. Cuando uno reconoce su propia canción, no desea ni necesita hacer nada que dañe a otros. Y así continua durante toda su vida. Cuando contraen matrimonio, se cantan las canciones juntas. Y finalmente, cuando esta persona va a morir, todos en la villa cantan su canción, por última vez, para él. 

Puedes no haber nacido en una tribu africana que te cante tu canción en cada una de las transiciones de tu vida, pero la vida siempre te recuerda cuando estás vibrando a tu propia frecuencia, y cuando no lo estás. Sólo sigue cantando y encontrarás tu camino a casa.