Es hora de embriagarse

Hay que estar ebrio siempre. Todo reside en eso: ésta es la única cuestión. Para no sentir el horrible peso del Tiempo que nos rompe las espaldas y nos hace inclinar hacia la tierra, hay que embriagarse sin descanso.

Pero, ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca. Pero embriáguense.

Y si a veces, sobre las gradas de un palacio, sobre la verde hierba de una zanja, en la soledad huraña de su cuarto, la ebriedad ya atenuada o desaparecida ustedes se despiertan pregunten al viento, a la ola, a la estrella, al pájaro, al reloj, a todo lo que huye, a todo lo que gime, a todo lo que rueda, a todo lo que canta, a todo lo que habla, pregúntenle qué hora es; y el viento, la ola, la estrella, el pájaro, el reloj, contestarán:

“¡Es hora de embriagarse!”

Para no ser los esclavos martirizados del Tiempo,

¡embriáguense, embriáguense sin cesar!

De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca.

Charles Baudelaire

Vida

Una casa es mi casa cuando los libros van apareciendo por los rincones. Existe un tiempo en que la confianza tiene que fructificar. Las paredes, las cosas, los muebles, los cuadros, el asomarme a la ventana, tienen que ir tomando esa temperatura confiable, a partir de la que ya te atreves a mirarlas sin sospecha y hasta acariciarlas. Ya no son extrañas, el tiempo de la duda ha pasado. Llega de pronto una certeza: voy a permanecer en estas coordenadas un rato lo suficientemente largo como para definir este espacio como mi hogar. Y es entonces cuando van llegando junto al polvo, los amigos, el olor de los nuevos alimentos,  los demás inquilinos: los libros. Y la vida se funda un día que va a ir perdiendo su color en el calendario.

 

 

Cómo

Cómo aceptar la falta
de savia
de perfume
de agua
de aire.
Cómo.

Preguntas, preguntas, preguntas. Necesidad de que haya algo más vibrando agazapado. Esperando listo para catapultearte a las estrellas. Haciendo que este sea un mediodía feliz oyendo a Chet Baker y Bill Evans, porque había que escucharlos después de que dos personas diferentes los nombraran, con un día de por medio. Y luego de eso saber que también I talk to the trees o salir a  a acariciar alguna hoja mustia, lanzada a la acera con la violencia del viento de invierno. Y no saber de dónde traer el consuelo porque no encontramos ni savia, ni perfume, ni agua, ni aire, allí donde prometieron que iba a haber tanto.   Lo dejamos pasar, permitimos la celebración de los rituales heredados, de la futilidad de ciertas poses y discursos. Vamos recogiendo disciplinadamente las migas de pan que alguien dejó antes de nosotros.

Idea Vilariño sabía hacerse estas preguntas inmensas. Las dejó escondidas entre sílabas de longitud precaria y sospechosa. Porque las cosas importantes se dicen brevemente, pero se dicen. No se quedan en la estacada, no se esconden debajo de las tablas del piso. Hay que tener valor para preguntarse y para responderse, si no

Felices los normales, esos seres extraños,
Los que no tuvieron una madre loca, un padre borracho, un hijo delincuente,
Una casa en ninguna parte, una enfermedad desconocida,
Los que no han sido calcinados por un amor devorante,
Los que vivieron los diecisiete rostros de la sonrisa y un poco más,
Los llenos de zapatos, los arcángeles con sombreros,
Los satisfechos, los gordos, los lindos,
Los rintintín y sus secuaces, los que cómo no, por aquí,
Los que ganan, los que son queridos hasta la empuñadura,
Los flautistas acompañados por ratones,
Los vendedores y sus compradores,
Los caballeros ligeramente sobrehumanos,
Los hombres vestidos de truenos y las mujeres de relámpagos,
Los delicados, los sensatos, los finos,
Los amables, los dulces, los comestibles y los bebestibles.
Felices las aves, el estiércol, las piedras.

Pero que den paso a los que hacen los mundos y los sueños,
Las ilusiones, las sinfonías, las palabras que nos desbaratan
Y nos construyen, los más locos que sus madres, los más borrachos
Que sus padres y más delincuentes que sus hijos
Y más devorados por amores calcinantes.
Que les dejen su sitio en el infierno, y basta.

Amén y gracias a Retamar por venir a auxiliarme en este día disperso y extraño.               

 

 

Costumbres

Acostumbrarse es una palabra oscura  aseguraba Mirta Aguirre en un poema que siempre he tenido cercano. Y es que el sedimento de la costumbre se acumula con fuerza y con saña mientras creemos que todo cuanto edifica es “normal”. Entonces nos acostumbramos a caminar por la calle y esquivar con suerte el agua mezclada con arroz que lanzan a la calle desde una ventana, que nazca la basura como por ensalmo junto a los botes recolectores, como si mereciera un esfuerzo enorme echar el desperdicio en ellos; y que luego venga el camión  y  se lleven la basura de los tanques pero no la que crece en la acera; que alguien en la ternura de alimentar a una animal ( gato, perro o rata, todo ya es posible) vierta la sobras de su alimento en las aceras, a la vista de todos los que pasamos y que ninguno de nosotros le llame la atención por ese atentado contra nuestra salud,  la belleza y las “buenas costumbres”.

Ocurre que no se nos enciende ningún bombillo rojo y desesperado cuando vemos que a la ciudad le nacen muchas noches y que nada es como lo suponíamos cuando vemos jóvenes, casi niñas y niños, queriendo crecer demasiado de prisa, poniendo su cuerpo en subasta, ajenos a la magia del amor y sus sobresaltos,  preocupados por el valor monetario que puedan ponerle a la noche vivida junto a sus cuerpos y no por ir descubriendo otros caminos, quizás más pedregosos, menos fructíferos y más lentos, pero a la vez más dignos -le tengo miedo y cariño a esta palabra-, más seguros, porque al final la vida eso, esforzarse, cansarse, ser feliz, amanecer con ganas de enderezar el mundo, responsabilizarnos por nuestras decisiones, romper las trabas de los burócratas,  ir atando la fe a las razones más urgentes,  a las dudas y a los convencimientos,  enfrentar el pesimismo, todo lo que nos daña. Porque nunca se me olvida, ni aún en las peores noches -que las he tenido- que la pobreza pasa: lo que no pasa es la deshonra.

Y no me acostumbro. No quiero que ese tipo de oscuridad se tienda sobre la ciudad. Pero amontonar costumbres es fácil y cómodo, caminar sobre clavos ardientes es más difícil, pero al mismo tiempo, la única opción que nos va quedando.

2013

"¡Ay qué nadar de alma es este mar!" (DML), Foto: Sheyla Valladares

“¡Ay qué nadar de alma es este mar!” (DML), Foto: Sheyla Valladares

I

Nunca fui a pescar a los ríos que quedaban cerca de las distintas casas en las que viví antes de llegar a la ciudad. Después no he ido a pescar al mar, ni al muro del malecón, ni siquiera he tentado la suerte en algún charquito.  Lo cierto es que no sé nada de hilos, anzuelos, carnadas; menos de esperar los frutos de la suerte, el mal día del pez o la generosidad de las mareas.  Mi paciencia no se ha visto tentada de esta forma.

II

Mis botes preferidos fueron la bañadera vieja que mi abuela sacó para el patio cuando reformó el baño de la casa de los bisabuelos -que conocí  solo por fotos y por historias contadas en el sopor de los mediodías-. En ella  navegábamos mis primos y yo como si nos persiguiera el diablo o una turba de filibusteros rabiosos con cuchillos en la boca. La balanceábamos de un lado para otro, con fuerza, entre risas, con un poquito de miedo. Navegábamos a nuestra forma y con nuestro propio ímpetu. El que se bajara de la bañadera quedaba para siempre estigmatizado como cobarde. Un juicio implacable al que nadie quería someterse. Por eso la bañadera subía y bajaba con nosotros dentro, gozosos, que rogábamos porque el paroxismo de la aventura llegara con toda la mole de hierro invirtiendo su equilibrio y sepultándonos bajo su boca ovalada.

El otro mueble bautizado con honores como bote preferido fue la cama a la que llegué con catorce años y de la que me bajé casi con veinte. Mi etapa de devoradora oficial de libros y de cuanto papel escrito cayera en mis manos.  Con tal oficio de leedora la cama no tuvo otro remedio que curvarse bajo mi espalda, llenarse de promontorios allí donde mi cuerpo dejaba huecos, ser el vehículo idóneo para llevarme por los más variados paisajes. La sobrecama preferida era azul, ya se imaginan, tenía el infinito en mi cama, lo mismo el cielo que el mar. Cuando no quería opciones escogía mi propio mundo, mi cielomar personal e intransferible y nadie era capaz de rescatarme, porque yo adoraba perderme en sus grietas.

III

Por eso este 2013 no lanzaré anzuelos. Me quedo con mis mejores recuerdos y sigo construyendo otros que me sirvan de ancla y al mismo tiempo de viento bajo mis alas. Todo viene por las caminos más inesperados, por aire, mar o tierra. Si duda en venir yo saldré a buscarlo, a seducirlo, a engatusarlo con azúcar y cuentos, a arrebatárselo a la vida si se precisa.  En este nuevo ciclo la danza de la suerte será los pasos que dé para atraer buenas noticias al pequeño círculo del mundo que es mi vida, en el 2012 llegaron a ella cosas hermosas traídas por personas muy especiales y eso es algo de lo que en estos siguientes 365 días que se avecinan pretendo mantener.

El milagro aparece en una acera

La primavera amanece cualquier día. Foto: Sheyla Valladares

La primavera amanece cualquier día. Foto: Sheyla Valladares

A veces va una por la calle, triste,

pidiendo que el canario no se muera

y apenas se da cuenta de que existe

un semáforo, el pan , la primavera.

La mañana comienza y con ella la larga carrera del día. La guagua va despacio a esa hora,  algo inusual.  Busco una ventanilla, la vida de allí afuera es un imán, por mis pupilas pasan rostros desconocidos, fachadas carcomidas, un gesto, una cornisa, el bicicletero, el sol por entre las ramas de un árbol, el libro que sostiene en su regazo una muchacha delgada y discreta, un brazo sobre un hombro, una mirada sostenida, un grupo de mujeres y hombres contrarrestando los años, practicando tai chi, vestidos de blanco, parecen garzas en medio del parque. Imágenes todas que se suceden a una velocidad incalculable. La vida viviéndose.

A veces va una por la calle, sola

-ay , no queriendo averiguar si espera

y el ruido de algún rostro que se inmola

nos pone a sollozar de otra manera.

El  semáforo detiene el ómnibus  justo delante de una cafetería donde dos chicos al parecer desayunan, de pie, conversando entre un mordisco al pan y un sorbo de batido. Un anciano que se apoya en un bastón porque tiene una pierna mala se aleja de la cafetería después de comprar un pan. No mira más de dos segundos las demás ofertas ni a los chicos. Cuando se aleja un par de metros los chicos lo siguen con sus alimentos en la mano. Él hombre se detiene. Los mira. Conversan pocos minutos. Él se niega, ellos insisten de esa forma en que los adolescentes saben imponerse. Regresan los tres a la casa en cuyos marcos de la puerta han puesto dos piezas de madera que soportan una tabla, la cafetería. Piden otro batido. El anciano y los dos chicos chocan los vasos.

A veces por la calle, entretenida 

va una sin permiso de la vida,

con un hambre de todo casi fiera.

A veces va una así, desamparada,

como pudiendo enamorar a la nada,

y el milagro aparece en una acera.*

* Poema Encuentros de la poeta cubana Carilda Oliver Labra

Fin de semana

El lunes me levanto con un humor de perros porque se ha acabado mi fin de semana y tengo que enfrentarme a las horas, muchas veces tediosas, de la oficina. En las primeras horas de la mañana parezco una ciudad amurallada, hosca y gris. Ya en la tarde me he reconciliado con mi vida y me dispongo a pasar lo mejor que pueda el resto de semana.

El martes estoy más dócil, me he inventado algún plan y la ilusión me ayuda a despistar a las tristezas,  algún detalle del trabajo me seduce  y me invento algunas historias. En la noche me emociono con una película, una buena conversación y ya puedo esperar el día siguiente en paz con todos.

El miércoles estoy a mitad del camino. Me han alegrado las  llamadas de mi mamá, ahora que vivimos a un poquito más de 14 kilómetros de distancia, alguna imagen tierna en medio de la calle,  un buen libro que encontré en la red o en el librero de algún amigo, los mensajes que me dejan en FB . Todo marcha a buen paso hacia el viernes, hacia el descanso y las miradas al techo.

El jueves es el día perfecto para que encuentres una montaña de trabajo que has ido escondiendo en la gaveta, pero al mismo tiempo para que casi se te pase la parada de lo ensimismada que vienes en el autobús, para que la noche se convierta en un paseo con el mar como destino. En fin el preámbulo perfecto para la libertad.

¡El viernes! Día glorioso. Si te descuidas te quedas bizca mirando el reloj. Si te miras bien en un espejo parecerás un lobo lamiéndose los colmillos. Tienes tantas ideas para el fin de semana que haces una lista de la tú misma desconfías.

El sábado y el domingo se van volando. El tiempo es una ilusión. Los planes se apretujan unos con otros disputándose la prioridad. Y ya en la noche del domingo con cuentas aún por saldar, con el ánimo listo para seguir descansando comienza la metamorfosis que te provoca la espera del día nefasto.

Se van las horas hacia el irremisible lunes y todo vuelve a empezar.