Recuerdos

Del lugar donde viví solo es importante el silencio y el sol poniéndose sobre el cañaveral en las tardes de verano. Nunca he visto atardeceres mejores que esos. Ni los colores, ni la manera en que el sol se va yendo casi con desgana. También hay un viejo molino de viento, medio torcido y herrumbroso, casi sin aspas, que debajo tiene un pozo de agua, que tapan con unas planchas de zinc para que nadie cometa la estupidez de caerse dentro, los niños o los adultos. Cada vez que sopla un poco de viento el molino intenta moverse y lo que logra es soltar unos alaridos quejumbrosos que ponen los pelos de punta, más si es de noche y en medio de la quietud se dejan oír esos sonidos extraños. Cuando no tienes el oído entrenado pueden parecer cualquier cosa, hasta el alarido de una criatura maldita por algún encantamiento, que quiere vengar su destino espantando los sueños de los vecinos, asustando a los más cobardes como yo.  Las primeras noches de vivir bajo el acecho del molino quejumbroso, podían torcerse por un buen rato, después que pasaba el viento y el quejido se quedaba suspendido en el tiempo. Después cuando logré  identificarlo entre los distintos sonidos que tiene la noche en el campo,  ya no me asustaba tanto, como pasa con todo a lo que podemos darle alguna explicación por más disparatada que sea.

 

Alguien tiene que llorar

"Dèjá-vu", de la artista cubana Cirenaica Moreira

“Dèjá-vu”, de la artista cubana Cirenaica Moreira

No hay fechas para celebrar ser mujer. Desde el mismo día de nuestro nacimiento  cuando nos visten con ropas de color rosado en hospital, esa primer acuerdo  social, sobre los colores que deben distinguirnos del otro grupo de seres humanos que pueblan la tierra, ya nos va buscando un lugar en la sociedad, con sus reglas, “derechos” y obligaciones. Como escribió Simone de Beauvoir: “No se nace mujer, se llega a serlo“. Y por el camino de la vida las mujeres vamos definiendo qué mujeres somos y cómo nos gusta celebrarlo. El relato que les traigo a continuación habla un poco de ello, remite a esos acuerdos sociales que las mujeres a veces cumplimos con aquiescencia y a veces desechamos sin miramientos. Cuando lleguen al final no crean en eso de que las mujeres somos las eternas perdedoras, poder decidir sobre nuestro cuerpo y la duración de nuestra vida, también pueden ser una victoria. Y esta es una de las tantas lecturas que esta historia puede tener. Su autora es Marilyn Bobes, una escritora cubana de la que ya les he hablado en otra ocasión.

Alguien tiene que llorar   

Debe haber otro modo que no se llame Safo
ni Messalina ni María Egipcíaca
ni Magdalena ni Clemencia Isaura.

Rosario Castellanos

Daniel

Está casi en el centro, sonriente. Es en realidad la más bella, aunque no lo sabía. Ni siquiera se atrevió a imaginarlo. Le preocupa demasiado su nariz, acaso muy larga para una muchacha de quince años. Con el tiempo su rostro se irá recomponiendo y no habrá ya desproporciones, nada que lo empañe. Pero ahora sólo le interesa el presente.

A su derecha, Alina, que tiene ya unos senos enormes y es la criollita, la codiciada, la que desean y buscan sin descanso todos los varones de la Secundaria. Cary la envidia un poco, sin saber que, veinticuatro años después, de la imponente Alina no quedaría más que una flácida y triste gorda. Alina tampoco lo sabe y, quizá por eso, en este 1969 fijado por la foto, se empina sobre las otras, orgullosa de todo su volumen, de su esplendor, usurpando el espacio de las demás y relegándolas a un segundo plano.

En el extremo izquierdo, borrosa por el contraluz, apenas se distingue a Lázara: unos muslos delgados, una figura desgarbada, una carita de ratón. El vientre, plano todavía, todavía inocuo. Levanta los ojos a la cámara como pidiendo perdón por existir. Es Lázara unos meses antes de la tragedia.

Después dejaría los estudios. No pudo soportar las miraditas, las risas, las leyendas y todo lo que acompañaba, en la Secundaria de aquellos años, a un embarazo no santificado. Para colmo: la huida del Viejo, un cuarentón que la esperaba a la salida, en el parquecito, y con quien se perdía, confiadamente, en el Bosque. Junto a Cary, también a la izquierda, dos muchachas no identificadas. Son muy parecidas, casi diríase gemelas. Bajitas, redondas, con ojos de muñeca, sólo están ahí para que, desde atrás, alzándose sobre sus cabezas y sus cerquillos y sus destinos pequeños y felices, aparezca Maritza. Ella se levanta con su estructura poderosa y es, en el retrato del grupo, una presencia agresiva.

El tiempo, trabajando sobre la foto, ha vuelto transparentes los ojos de Maritza. Ya parece marcada para morir. No mira hacia la lente. No sonríe. Es la única que no tiene cara de cumpleaños. Sus hombros anchos revelan a la deportista, a la campeona en estilo libre durante cuatro juegos escolares consecutivos. Es también bella, aunque de otro modo. Su rostro era perfecto y misterioso, como no hay ningún otro en la foto, como quizá no vuelva a haberlo en La Habana.

Cary

La encontraron ahogada. Como un personaje de la telenovela de turno: el vaso volcado y una botella de añejo medio vacía en los azulejos del piso, a unos pocos centímetros de la mano que colgaba sobre el borde de la bañadera. Los restos de las pastillas en el mortero, que quedó encima del lavamanos, y los envoltorios arrugados en el cesto de papeles del baño.

En el velorio, un hombre cuyo rostro me resultó familiar comentó que no parecía el suicidio de una mujer. Excepto por las pastillas. Le resultaba demasiado racional aquello de prever el deslizamiento, con el sueño profundo de los barbitúricos, hasta que la espalda descansara sobre el fondo y los pulmones se llenaran irreversiblemente de agua. Sospecho que le molestó la idea del cadáver desnudo de Maritza, expuesto a la mirada de una decena de curiosos, en espera de los técnicos de Medicina Legal.

Pero Maritza nunca tuvo sentido del pudor. Era la primera en llegar al centro deportivo y, antes de abrir la taquilla, se sacaba la blusa de un tirón, se desprendía de la saya, y empezaba a hacer cuclillas y abdominales en una explosión de energía incontrolable. Su torso y sus piernas, de músculos entrelazados y fuertes, giraban compulsivos ante nuestros ojos. Recuerdo que, una vez terminados los ejercicios, colocaba un gorro elástico sobre su pelo corto y, ya completamente  desnuda, se perdía en las duchas con aquel paso tan suyo: largo, lento, seguro.

A diferencia de nosotras, ella le daba a su imagen muy poca importancia. Ahora el tiempo ha pasado y veo las cosas de otro modo, y se me ocurre que cultivó siempre su cuerpo como valor de uso. Todas las demás, aunque nos concentráramos en la gimnasia o en la natación, nos preparábamos al mismo tiempo para una futura subasta; de algún modo, estábamos siempre en exhibición.

Lázara, Alina y yo nos torturábamos a diario con cinturones apretados y pantalones estrechos. Maritza era más feliz: se disfrazaba con atuendos cómodos, un poco extravagantes, como queriendo deslucirse obstinadamente. Más de una vez la regañamos por su descuido y, a veces, por su falta de recato: se sentaba y nunca se estiraba los bordes de la minifalda ni se colocaba una cartera encima de los muslos, como hacíamos las demás. Ni siquiera la recuerdo usando una cartera. Salía de la casa con un monedero gastado, hecho por algún artesano anónimo, donde apenas cabía el carnet de identidad y algún dinero. Muchas veces, durante el paseo, le pedía a Alina que lo guardara en su comando repleta de crayones delineadores, perfume, servilletas y cuanto objeto de tocador era posible imaginarse.

Alina

Siempre lo llevó por dentro. Siempre. Más de una vez me pasó por la cabeza y estuve a punto de advertírselo a Cary: esa desfachatez para exhibirse desnuda, aquellas teorías indecentes, la manía de querer estar a toda hora controlándola… No sé cómo no lo descubrimos a tiempo. Nosotras éramos normales, nos vestíamos con gracia, pensábamos como siempre piensan las mujeres.

Lo de mi marido no lo hizo solamente por molestarme, sino sabe Dios por qué otras sucias razones. Sin embargo, lo pagó. Esas cosas se pagan.

Él no pudo hacer nada con ella. Me lo dijo esta mañana en la funeraria. Había algo raro en su manera de quitarse la ropa, algo como un desparpajo. Y, después, lo humilló: volvió a vestirse como si nada, no quiso explicaciones, lo despidió con una expresión maligna y hasta se tomó el atrevimiento de hacerle un chiste cínico: Y ahora, ¿qué vas a hacer si yo decido contárselo a Alina?

Me lo confesó en un arranque de sinceridad y de rabia, para que no me conmoviera, para que no me dejara arrastrar por la debilidad de Lazarita y pusiera mi nombre en la corona. No se lo voy a permitir. Si a Caridad y a Lázara no les importa que la gente hable, a nosotros sí. Bastante hicimos con estar en el velorio. Pero al entierro no vamos. La urbanidad tiene sus límites.

Es cierto que yo me descuidé. Los partos acabaron conmigo, me desgraciaron, es la verdad. Pero cómo iba a ponerme a pensar en mi figura. La mujer que no tiene hijos nunca logra sentirse realizada. Muchas, como Maritza, como Cary, se conservan mejor porque no paren. A mí me educaron de otro modo: para formar una familia. Y no me arrepiento. Quiero mucho a mis hijos y las alegrías que ellos me han dado no las hubiera podido sustituir con nada. Eso es lo que completa a la mujer: una familia.

Llegué a pensar que ellas sacrificaban todo eso porque les gustaba lucirse. Si hubieran tenido que cocinar, lavar, planchar y atender una casa, difícilmente les alcanzaría el tiempo para leer libritos y estar pensando en musarañas. Cary sacó la cuenta. Se ha pasado la vida divorciada. Pero Maritza… Ahora se comprende por qué no le interesaba el matrimonio ni la estabilidad. En su caso, la respuesta era mucho más sencilla.

Fui una tonta. Si me sorprendían en un mal momento, me desahogaba con ellas, diciéndoles cosas que ni siquiera pensaba. Todavía era joven, inmadura. Yo no tenía que haberles contado lo que pasaba entre mi marido y yo. Maritza no tenía que haberme visto llorando. Para qué les habré dado ese gusto. Con el tiempo, comprendí que es normal. Pasa en todos los matrimonios: la pasión se transforma en compañerismo, en un afecto tranquilo y perdurable. Aun cuando ellos necesiten de vez en cuando una aventurita: una esposa es una esposa. La mujer que eligieron para casarse. Cuando uno madura, el problema del sexo pasa a ser secundario.

De todas maneras, me dolió. Maritza siempre quiso hacerme la competencia, llevarme alguna ventaja. En el 72, en un trabajo voluntario, consiguió llegar a finalista en el concurso para la Reina del Tabaco. Por supuesto que fui yo quien ganó. El jefe del Plan, tres campesinos y el director del Pre eran los miembros del jurado. El director y un campesino votaron por ella. Pero el resto del jurado y el público estuvieron, desde el principio, de mi parte. Ella nunca se pudo parar al lado mío. A pesar de su cara bonita y toda aquella fama de difícil que se buscó. Sabía que era el misterio lo que la volvía interesante. Y consiguió mantenerlo mucho tiempo. En el tercer año de la carrera todavía era virgen. O, al menos, se comentaba.

La tuve que sufrir día por día, también en la Universidad. Cuando supo que yo quería estudiar Arquitectura, allá fue ella y se matriculó. Por eso la conozco mejor que nadie. Le aguanté muchos paquetes. Sobre todo su envidia. Lo único que nunca le soporté fue que me dominara. No le gustó y ahí mismo se acabó la amistad: nos distanciamos.

Todavía me parece que la estoy viendo, haciéndose la modesta y, en el fondo, tan autosuficiente: aquella vocecita medio ronca, melosa, y su vocabulario rebuscado. Se desgastó en entrevistas, cartas, reuniones, pensando que alguien se iba a interesar en su tesis: edificios alternativos. Era una esnob. Tanta gente sin casa y ella preocupada por la diversidad, por la conciliación entre funcionalidad, recursos disponibles y estética. Nos desgració un 31 de diciembre completo con aquella letanía. No sé ni por qué la invitamos. Fue idea de Lazarita o de Cary.

Todo el mundo queriendo divertirse y ella sentada en la poltrona, como una lady inglesa, monopolizando la atención. Y Cary le daba y le daba cuerda para que siguiera hablando. Hasta Lázara se embobecía con sus idioteces. Le parecía el colmo de la genialidad algo que Maritza había dicho: levantarse todos los días a mirar edificios iguales vuelve a las personas intolerantes, las predispone contra la diferencia.

Lázara, tan estúpida, pobrecita, se impresionó con aquel disparate. Siempre tuvo complejos con las supuestas inteligencias de Maritza y de Cary. Ellas, Maritza en especial, le llenaron la cabeza de humo siendo todavía una niña. Y ahí la tienen: ningún hombre le dura. Y no sólo por fea. Sino por boba. Mucho más feas que ella las he visto yo casadas. Es que no aprende. Los persigue, enseguida les abre las piernas. Les confiesa que lo que quiere es casarse. Nada hay que espante más a un hombre que sentir que lo quieren atrapar. Por eso el Viejo la dejó plantada y hasta el sol de hoy está cargando con una hija sin padre. Mira que me cansé de repetírselo. A los hombres hay que demostrarles indiferencia, llevarlos hasta la tabla y hacerles creer que son los que toman las decisiones. No voy a gastar más saliva con ella. Que siga dejándose guiar por Cary para que vea. Al final, esa ya se casó tres veces y ha tenido cuantos maridos le ha dado la gana, mientras a la pobre Lazarita… nada se le da. Y a los cuarenta ni Marilyn Monroe consigue un tipo para casarse. Sigue leyendo

Nadar de noche

"el amor absoluto por un ser amado perdido, encontrado ahí, encontrado así..."

“el amor absoluto por un ser amado perdido, encontrado ahí, encontrado así…”

Dice el escritor Luis Chitarroni que el libro de relatos “Nadar de noche” es una muestra evidente de aquello que Juan Forn niega a menudo –no sin coquetería– tener: imaginación. Es un cuento, además, inspirado. Digo yo que es de los mejores relatos que me he leído este año en el que me he sumergido tanto en la literatura, en el que en lugar de poros creo me han aparecido por todo el cuerpo letras, en el que me he sorprendido pendiente de las palabras, de su sonido, de la cola de afectos y trasmutaciones que provocan. Por eso, precisamente por eso,  les he traído el relato que da título al libro de Forn, autor que no conozco, del que solo ahora vengo a saber algo.

Lo traigo a modo de celebración, porque hay veces en que alguien tiene que nombrar algo para que exista, para darnos cuenta de que está ahí, al alcance de la mano y que lo podemos poner a vivir con tan solo tocarlo o bañarlo con una mirada cuidadosa. Porque me pido un respiro, porque quiero -como escribió un amigo hoy- ” Que se renueve y nos renueve la esperanza”.

Quisiera abarcarlos a todos en un abrazo y poder conjurar para ustedes toda la luz, el amor y la solidaridad que el mundo está olvidando y desperdiciando, pero solo les dejo Nadar de noche y mi beso.

Nadar de noche

Era demasiado tarde para estar despierto, especialmente en una casa prestada y a oscuras. Afuera, en el jardín, los grillos convocaban empecinados y furiosos la lluvia, y él se preguntó cómo podían dormir en los cuartos de arriba su mujer y la beba con ese murmullo ensordecedor.

Tenía insomnio, estaba en pantalones cortos, sentado frente al ventanal abierto que daba a la terraza y al jardín. Las únicas luces prendidas eran los focos adentro de la pileta, pero la luz ondulada por el agua no conseguía matar del todo la sensación de estar en una casa ajena, el malestar indefinible con aquel simulacro de vacaciones.

Porque, en realidad, no estaba ahí descansando sino trabajando. Aunque el trabajo no implicase ningún esfuerzo en particular, aunque no tuviese que hacer nada, salvo vivir en esa casa con su mujer y su hija y disfrutar las posesiones de su amigo Félix, mientras éste y Ruth remontaban el Nilo y gastaban fortunas en rollos de fotos y guías egipcios sin dientes, a cuenta de una revista de viajes italiana.

Para calmarse, para atraer el sueño, pensó que no iba a pisar Buenos Aires en todo el mes. Viviría en pantalones cortos y sin afeitarse, cortaría el pasto, cuidaría la pileta, vería videos y escucharía música mientras su hija crecía delante de sus ojos y su mujer inventaba postres raros en la cocina. Y en todo ese tiempo quizá le dejaran algún mensaje mínimamente estimulante, o al menos catastrófico, en el contestador automático de su departamento.

Mientras tanto, a lo mejor Félix y Ruth decidían prolongar su viaje un mes más, o tenían un accidente, o se enamoraban los dos de un mismo efebo andrógino y analfabeto en Alejandría. Un mes podía ser mucho tiempo en algunos lugares; un mes podía ser casi una vida. Para su hijita, por ejemplo. Tenía que empezar a vivir al ritmo de ella, como le había dicho su mujer. Día por día, hora por hora, lentamente. Tenía que asumir la paternidad de una vez, como dirían Félix y Ruth, si es que no lo habían dicho.

Entonces oyó la puerta. No el timbre sino dos golpecitos suaves, corteses, casi conscientes de la hora que era. Cada casa tiene su lógica, y sus leyes son más elocuentes de noche, cuando las cosas ocurren sin paliativos sonoros. Él no miró el reloj, ni se sorprendió, ni pensó que los golpes eran imaginación suya. Simplemente se levantó, sin prender ninguna luz a su paso y cuando abrió la puerta se encontró con su padre parado delante de él. No lo veía desde que había muerto. Y, en ese momento, supo incongruentemente que ya se había hecho a la idea de no verlo nunca más.

Su padre tenía puesto un impermeable cerrado hasta arriba y el pelo tan abundante y bien peinado como siempre, pero totalmente blanco. Nunca habían sido muy expresivos entre ellos. Él dijo: “Papá, qué sorpresa”, pero no se movió hasta que su padre preguntó sonriendo:

—¿Se puede pasar?

—Sí, claro. Por supuesto. Sigue leyendo

El milagro aparece en una acera

La primavera amanece cualquier día. Foto: Sheyla Valladares

La primavera amanece cualquier día. Foto: Sheyla Valladares

A veces va una por la calle, triste,

pidiendo que el canario no se muera

y apenas se da cuenta de que existe

un semáforo, el pan , la primavera.

La mañana comienza y con ella la larga carrera del día. La guagua va despacio a esa hora,  algo inusual.  Busco una ventanilla, la vida de allí afuera es un imán, por mis pupilas pasan rostros desconocidos, fachadas carcomidas, un gesto, una cornisa, el bicicletero, el sol por entre las ramas de un árbol, el libro que sostiene en su regazo una muchacha delgada y discreta, un brazo sobre un hombro, una mirada sostenida, un grupo de mujeres y hombres contrarrestando los años, practicando tai chi, vestidos de blanco, parecen garzas en medio del parque. Imágenes todas que se suceden a una velocidad incalculable. La vida viviéndose.

A veces va una por la calle, sola

-ay , no queriendo averiguar si espera

y el ruido de algún rostro que se inmola

nos pone a sollozar de otra manera.

El  semáforo detiene el ómnibus  justo delante de una cafetería donde dos chicos al parecer desayunan, de pie, conversando entre un mordisco al pan y un sorbo de batido. Un anciano que se apoya en un bastón porque tiene una pierna mala se aleja de la cafetería después de comprar un pan. No mira más de dos segundos las demás ofertas ni a los chicos. Cuando se aleja un par de metros los chicos lo siguen con sus alimentos en la mano. Él hombre se detiene. Los mira. Conversan pocos minutos. Él se niega, ellos insisten de esa forma en que los adolescentes saben imponerse. Regresan los tres a la casa en cuyos marcos de la puerta han puesto dos piezas de madera que soportan una tabla, la cafetería. Piden otro batido. El anciano y los dos chicos chocan los vasos.

A veces por la calle, entretenida 

va una sin permiso de la vida,

con un hambre de todo casi fiera.

A veces va una así, desamparada,

como pudiendo enamorar a la nada,

y el milagro aparece en una acera.*

* Poema Encuentros de la poeta cubana Carilda Oliver Labra

Un hombre sin suerte

Samanta Schweblin, escritora argentina

Samanta Schweblin, escritora argentina

De la escritora argentina Samanta Schweblin he hablado en varias ocasiones en mi blog. Lo cual quiere decir que me gusta mucho su manera de escribir, de contarnos historias. Esta vez el pretexto es que Samanta acaba de recibir hace unos días el  Premio Internacional de Cuento Juan Rulfo, en su edición 30 con el cuento Un hombre de suerte. Llama la atención que de ahora en adelante este concurso cambiará de nombre a pedido de los familiares del escritor mexicano. De todas formas se impone celebrar esta noticia de la mejor manera: leyendo la historia. Buen provecho!!!

Un hombre de suerte

El día que cumplí ocho años, mi hermana -que no soportaba que dejaran de mirarla un solo segundo-, se tomó de un saque una taza entera de lavandina. Abi tenía tres años. Primero sonrió, quizá por el mismo asco, después arrugó la cara en un asustado gesto de dolor. Cuando mamá vio la taza vacía colgando de la mano de Abi se puso más blanca todavía que Abi.

-Abi-mi-dios –eso fue todo lo que dijo mamá- Abi-mi-dios –y todavía tardó unos segundos más en ponerse en movimiento.

La sacudió por los hombros, pero Abi no respondió. Le gritó, pero Abi tampoco respondió. Corrió hasta el teléfono y llamó a papá, y cuando volvió corriendo Abi todavía seguía de pie, con la taza colgándole de la mano. Mamá le sacó la taza y la tiró en la pileta. Abrió la heladera, sacó la leche y la sirvió en un vaso. Se quedó mirando el vaso, luego a Abi, luego el vaso, y finalmente tiró también el vaso a la pileta. Papá, que trabajaba muy cerca de casa, llegó casi de inmediato, pero todavía le dio tiempo a mamá a hacer todo el show del vaso de leche una vez más, antes de que él empezara a tocar la bocina y a gritar.

Cuando me asomé al living vi que la puerta de entrada, la reja y las puertas del coche ya estaban abiertas. Papá volvió a tocar bocina y mamá pasó como un rayo cargando a Abi contra su pecho. Sonaron más bocinas y mamá, que ya estaba sentada en el auto, empezó a llorar. Papá tuvo que gritarme dos veces para que yo entendiera que era a mí a quien le tocaba cerrar.

Hicimos las diez primeras cuadras en menos tiempo de lo que me llevó cerrar la puerta del coche y ponerme el cinturón. Pero cuando llegamos a la avenida el tráfico estaba prácticamente parado. Papá tocaba bocina y gritaba ¡Voy al hospital! ¡Voy al hospital! Los coches que nos rodeaban maniobraban un rato y milagrosamente lograban dejarnos pasar, pero entonces, un par de autos más adelante, todo empezaba de nuevo. Papá frenó detrás de otro coche, dejó de tocar bocina y se golpeó la cabeza contra el volante. Nunca lo vi hacer una cosa así. Hubo un momento de silencio y entonces se incorporó y me miró por el espejo retrovisor. Se dio vuelta y me dijo:

-Sacate la bombacha.

Tenía puesto mi Jumper del colegio. Todas mis bombachas eran blancas pero eso era algo en lo que yo no estaba pensando en ese momento y no podía entender el pedido de papá. Apoyé las manos sobre el asiento para sostenerme mejor. Miré a mamá y entonces ella gritó:

-¡Sacate la puta bombacha!

Y yo me la saqué. Papá me la quitó de las manos. Bajó la ventanilla, volvió a tocar bocina y sacó afuera mi bombacha. La levantó bien alto mientras gritaba y tocaba bocina, y toda la avenida se dio vuelta para mirarla. La bombacha era chica, pero también era muy blanca. Una cuadra más atrás una ambulancia encendió las sirenas, nos alcanzó rápidamente y nos escoltó, pero papá siguió sacudiendo la bombacha hasta que llegamos al hospital.

Dejaron el coche junto a las ambulancias y se bajaron de inmediato. Sin mirar atrás mamá corrió con Abi y entró en el hospital. Yo dudaba si debía o no bajarme: estaba sin bombacha y quería ver dónde la había dejado papá, pero no la encontré ni en los asientos delanteros ni en su mano, que ya cerraba ahora de afuera su puerta.

-Vamos, vamos –dijo papá.

Abrió mi puerta y me ayudó a bajar. Cerró el coche. Me dio unas palmadas en el hombro cuando entramos al hall central. Mamá salió de una habitación del fondo y nos hizo una seña. Me alivió ver que volvía hablar, daba explicaciones a las enfermeras.

-Quedate acá –me dijo papá, y me señaló unas sillas naranjas al otro lado del pasillo.

Me senté. Papá entró al consultorio con mamá y yo esperé un buen rato. No sé cuanto, pero fue un buen rato. Junté las rodillas, bien pegadas, y pensé en todo lo que había pasado en tan pocos minutos, y en la posibilidad de que alguno de los chicos del colegio hubiera visto el espectáculo de mi bombacha. Cuando me puse derecha el jumper se estiró y mi cola tocó parte del plástico de la silla. A veces la enfermera entraba o salía del consultorio y se escuchaba a mis padres discutir y, una vez que me estiré un poquito, llegué a ver a Abi moverse inquieta en una de las camillas, y supe que al menos ese día no iba a morirse. Y todavía esperé un rato más. Entonces un hombre vino y se sentó al lado mío. No sé de dónde salió, no lo había visto antes.

-¿Qué tal? –preguntó.

Pensé en decir muy bien, que es lo que siempre contesta mamá si alguien le pregunta, aunque acabe de decir que la estamos volviendo loca.

-Bien –dije.

-¿Estás esperando a alguien? Sigue leyendo

Fotos

 

Hace unos días alguien me pidió que posteara algún cuento del joven escritor boliviano Rodrigo Hasbún, pues ya les había presentado a Maximiliano Barrientos, otro contador de historias de por esos lares.  Hasta el momento no había encontrado nada de Hasbún, aunque me había tropezado con alusiones sobre su escritura y sus libros. Casi el día después del pedido me encontré este relato de Rodrigo. Como es viernes y tengo ganas de complacer, me pongo en plan de hada madrina y les cumplo el deseo. Espero que lo disfruten.

Fotos 

 

Llévate contigo tu mierda, todos tus recuerdos, quise decirle antes de que se pusiera de pie, pero luego, cuando empecé a balbucearlo, cuando al fin me animé a decirlo, era tarde, ella se había dado la vuelta, ya salía del café, de mi vida, a la calle, a la vida de cualquier otro. Llevate contigo tu nombre, puta, ladrona, quise decirle, mujer, quise decirle, para herirla, para devolverle un poco del dolor que me estaba provocando. Llevate contigo todo y por favor no vuelvas (porque Valeria siempre vuelve después de irse). Y por favor no vuelvas esta vez, Valeria, quise decirle, es lo que más te pido, que te vayas para siempre y te lleves tus recuerdos y tu olor. Y si es más fácil para ti, pensá que te vas porque yo quiero que te vayas, como en el bolero, como en tantas otras vidas (pero yo sólo quiero que te vayas después de que te has ido). Llevate contigo a ti, al fantasma que inauguras. Llevate el cuerpo. Y no vuelvas, quise decirle, esta vez no se te ocurra volver. Por favor, si es que en serio has dejado de quererme, no vuelvas.

Pero una semana después estábamos de nuevo ahí, en la única mesa con ventanal del café diminuto. Tenía que parecer que nos habíamos encontrado casualmente y tenía que parecer que yo no me había enterado de nada o que ya había guardado el daño, que las heridas eran la mejor parte del amor. Así que saqué de mi mochila las fotos sin decir nada, sin reproches, y las dejé sobre la mesa, al lado de los cafés recién servidos y todavía humeantes. Valeria se quedó mirándolas un buen rato.

No entendía, porque no había ido a la última sesión del taller, adonde yo, a pesar de todo, fui sólo para encontrarla. Una de las fotos sucedía en un vagón del metro. Aparecía un anciano un poco perdido. Posiblemente se había equivocado de línea o a lo mejor olvidó en qué estación debía bajarse. Tal vez seguía instalado en alguna guerra, huyendo del fuego y de las balas y de la mujer que se quedó atrás. Aún vivo o ya no, cubierto entero, en la otra aparecía un hombre en una cama de hospital.

Eran fotos extrañas. No se sabía bien si estaban armadas, escenificadas, hechas, o si habían salido directamente de la realidad. De esa realidad en la que le decía a Valeria que debía elegir una y escribir un cuento a partir de ella para la próxima sesión. ¿Las escogiste tú? Fue al azar, ya sabes cómo es Madeiros. ¿Cuál prefieres? La del anciano, dije. Bueno, dijo ella, entonces me quedo con la otra. ¿Por qué no fuiste el otro día? Porque no tenía ganas de tanto manicomio.

Me hacían daño su tono y su crueldad y al mismo tiempo me gustaban. Más tarde terminaríamos en su cama y yo nunca más mencionaría lo de la semana anterior. Puta, quise decirle mientras lo recordaba y sorbía del café y le buscaba los ojos. Ladrona, quise decirle, mujer. Y devolví la taza a la mesa y estiré la mano para coger la suya. Cada vez me interesan menos los ejercicios de Madeiros, dijo ella, ajena a todo lo que pudiera estar sintiendo yo. No sé a dónde pretende llegar, he dejado de sentirlos necesarios. El viejo sabe lo que hace, intenté defenderlo, aunque lo cierto es que últimamente había pensado lo mismo. Además los escritores deben inventarse a solas, añadió Valeria, que durante meses había sido la más entusiasta del taller. Mi mano todavía estaba sobre la de ella, pero eran manos muertas, manos que ya no nos pertenecían. ¿Dejarás de ir?, pregunté con miedo. Respondió con una mueca que no entendí y luego volvimos a quedarnos callados.

Eran la cuatro de la tarde de un viernes igual a otros y en ese momento descubrí que escribiría mi cuento sobre esas horas. Nosotros, los personajes, hablaríamos de las fotos mientras nos destruíamos lentamente, mientras íbamos creciendo con la traición y la rebeldía, con las oscilaciones y el sexo y el café, con las palabras que no sirven. Y lo más seguro es que Madeiros lo detestaría. Le molestarían el asunto autorreferencial, la ausencia de un argumento claro, el sentimentalismo o eso que estaba demasiado cerca. ¡Este jodido ejercicio era justo para lograr lo contrario!, vociferaría seguro unos días después, con su voz hecha mierda por los cigarrillos, ¡para que me hablaran de lo que veían en las fotos, para sacarlos de ustedes mismos, egocéntricos petulantes! Y se atoraría y escupiría en un rincón, antes de secar su cerveza de un sorbo.

¿Estás bien?, preguntó Valeria, devolviéndome a nosotros, al café diminuto.

Pensé en lo que terminaríamos haciendo. En su espalda desnuda, en la piel tan suave. En su olor, en su sabor. En el tacto. Y desterré en un segundo a Madeiros, que bien visto era un escritor mediocre, acabado.

Sí, bien, respondí.

Y de algún modo era cierto. Ella estaba ahí. También las horas largas y quietas en las que nos daríamos un buen revolcón, las horas en las que la perdonaría de nuevo, las horas de las que luego escribiría.

Sonreí y ella sonrió y apartamos las manos y vaciamos nuestras tazas.

Unos minutos después pagamos la cuenta y nos fuimos.

 Algunos datos de Rodrigo Hasbún

Cochabamba, Bolivia, en 1981.

Publicó el libro de cuentos Cinco y la novela El lugar del cuerpo. Obtuvo en dos ocasiones el Premio Nacional de Literatura Santa Cruz de la Sierra y el 2007 fue seleccionado para participar del evento Bogotá 39. Textos suyos han sido incluidos en diversas antologías de literatura latinoamericana. Recientemente le concedieron el Premio Unión Latina a la Novísima Narrativa Breve Hispanoamericana.