Canciones y (re)nacimientos

Existe una tribu en África, donde la fecha de nacimiento de un niño no se toma como el día en que nació, ni como el momento en que fue concebido, sino como el día en que ese niño fue “pensado” por su madre. Cuando una mujer decide tener un hijo, se sienta sola bajo un árbol y se concentra hasta escuchar la canción del niño que quiere nacer. Luego de escucharla, regresa con el hombre que será el padre de su hijo y se la enseña. Entonces, cuando hacen el amor con la intención de concebirlo, en algún momento cantan su canción, como una forma de invitarlo a venir. Cuando la madre está embarazada, enseña la canción del niño a la gente del lugar, para que cuando nazca, las ancianas y quienes estén a su lado, le canten para darle la bienvenida. A medida que el niño va creciendo; cuando el niño se lastima o cae o cuando hace algo bueno, como forma de honrarlo, la gente de la tribu canta su canción. Hay otra ocasión en la que la gente de la tribu le canta al niño. Si en algún momento de su vida, esa persona comete un crimen o un acto socialmente aberrante, se lo llama al centro de la villa y la gente de la comunidad lo rodea. Entonces le cantan su canción. La tribu reconoce que la forma de corregir un comportamiento antisocial no es el castigo, sino el amor y la recuperación de la identidad. Cuando uno reconoce su propia canción, no desea ni necesita hacer nada que dañe a otros. Y así continua durante toda su vida. Cuando contraen matrimonio, se cantan las canciones juntas. Y finalmente, cuando esta persona va a morir, todos en la villa cantan su canción, por última vez, para él. 

Puedes no haber nacido en una tribu africana que te cante tu canción en cada una de las transiciones de tu vida, pero la vida siempre te recuerda cuando estás vibrando a tu propia frecuencia, y cuando no lo estás. Sólo sigue cantando y encontrarás tu camino a casa.

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Tierno Santiago

“La ternura es la solidaridad de los pueblos”

Ya presentíamos La Habana. Los puentes, el paisaje, las señalizaciones en la vía, el cuerpo; todo nos avisaba su cercanía. Era solo cuestión de avanzar un poco más, de no distraernos con los dibujos que el sol hacía en el cielo a esa hora en que decide si quedarse o irse.

Todo había salido bien, a pesar de que cuando uno viaja por carretera en una guagua Yutong cualquier imprevisto es posible, y esperado. Por eso cuando el ómnibus se detuvo sin motivos aparentes y  los choferes bajaron con cara de circunstancias, todos creímos que la buena suerte por ese día había terminado.

Algunos hombres bajaron, en ese afán por hacerle frente a las situaciones aunque no tengan ni idea de cómo resolverlas, y después de conferenciar por un rato con los choferes, alguno vino a informar que había problemas con el motor, con el combustible que se había acabado o que no se había acabado pero que no llegaba al motor. Algo así. Lo único cierto era que estábamos varados, a expensas de que algún buen samaritano quisiera donarnos un poco de combustible de sus propios vehículos.

Ahí empezó la aventura. Los choferes montaron guardia  dentrás del ómnibus a la espera de camiones, rastras, otras guaguas, pero en la autopista nacional los vehículos pasan casi a la velocidad de la luz, nadie se detiene, si acaso alguien aminora un poco la marcha, mira extrañado por la ventanilla con cara de quien está mirando un hipopótamo en el zoológico y sigue su camino.   Esos éramos en ese momento, el hipopótamo.

Y vimos las estrategias de escape más burdas. Aunque solo nos faltaba soltar bengalas, más de uno se hizo el desentendido, como si esa parte de la vía correspondiera a un mundo ficticio o a un espejismo del que había que dudar. Por más señas que hicieron los choferes y tripulantes juntos, por más explicaciones que dieran, nadie parecía poder desprenderse del petróleo que necesitábamos para llegar a La Habana. Y la noche hacía su entrada menos aplaudida.

Por fin apareció una rastra. Todos parecíamos Rodrigo de Triana gritando !tierra! desde la carabela La pinta, mirando el carro con la misma esperanza con la que el marinero miró por primera vez las tierras del “nuevo mundo”.  El chofer recién llegado no pidió muchas explicaciones, bastaron algunas palabras. No vi la totalidad de sus gestos, pero fueron pocos los minutos que mediaron hasta que el motor recién alimentado volvió a rugir gozoso. Nos poníamos en marcha nuevamente.

Nunca supe el nombre de nuestro benefactor -hay detalles que ante los imperativos del momento se ovbian- , tampoco recuerdo quién fue la persona que me dijo que ese hombre generoso era santiaguero.

Soy tan extraña como tú

 

«Yo solía pensar que era la persona más extraña en el mundo, pero luego pensé, hay mucha gente así en el mundo, tiene que haber alguien como yo, que se sienta bizarra y dañada de la misma forma en que yo me siento. Me la imagino, e imagino que ella también debe estar por ahí pensando en mí. Bueno, yo espero que si tú estás por ahí y lees esto sepas que, sí, es verdad, yo estoy aquí, soy tan extraña como tú.»

Frida Kahlo

Este año Frida estaría celebrando sus 107 cumpleaños.  No sé si el cuerpo de Frida y el alma de Frida –dos cosas diferentes- habrían aguantado tanto tiempo en el mundo, tantos julios, tantos hierros de toda índole maniatándola. No imagino cómo Frida celebraría sus años de vida, de burla,  de obstinación y desentendimiento de lo que  otros consideraban debía ser su manera de vivir.

Aquí estoy recordándola, viendo fotos suyas diseminadas en internet. Leyendo las frases que dicen su boca dijo o su mano escribió. No llego a ninguna conclusión, solo me siento imantada por su personalidad. El mito Frida no me subyuga, ni sus amores, ni sus creencias, ni los hombres y mujeres cuya piel más secreta conoció. Prefiero ir a buscarla al lugar más alejado de los reflectores.

Gracias a las fotografías de una amiga que estuvo en su casa en el DF mexicano entro en su casa. Husmeo en el museo que han preparado, en los objetos que tocó y que fueron de algún modo importantes para construir su rutina. Es como ir leyendo un mapa, una cartografía con sus propias leyendas y dimensiones, la configuración de una mujer.    Esta es su casa, el espacio de moda, re-visitado,  re-publicitado, re-vendido hasta el cansancio. Quizás se parece a ella, quién puede adivinarlo, quizás aquí encontró la paz o creyó que la alcanzaba cuando llenaba lienzos con su rostro y sus dolores, como queriendo burlar su destino de ser humano estrellado, como le gustaba definirse.

Lo que sigue es la impresión de mi amiga luego de su estancia en esta casa, en el espacio de Frida:

por Yuliat Acosta

Entrar a la casa de Frida Kahlo es sentir que no estamos en el interior de una casa deshabitada, que sus dueños no han muerto, que salieron por una rato y que de pronto van a llegar y nos van a encontrar hurgando entre sus cosas destapando las cazuelas para oler lo que hay puesto en el fogón, tocando aquel tejido de la sobrecama, abriendo aquel pomo de perfume a medio usar, exprimiendo los tubos para derramar un poco de pasta de óleo y con el frotar de los dedos sentir su textura al tacto.  Uno lo mira todo como si quisiera saberlo todo, abrir las gavetas como quien se presiente que va a descubrir algún secreto de la vida ajena, ponerse aquellos vestidos con corsés raros y sentir qué se siente al roce de la carne apretada por las tiras de cueros, y con una sensación de que se nos va apretando el torso  y se va viviendo el dolor de las varillas enterradas en la piel.

De las paredes sale un halo de pasiones turbulentas mezcladas con infidelidades y amor infinito que traspasa las fronteras de lo convencional, de las leyes permitidas por los hombres de hoy.

Entrar en la casa de Frida y Diego significa también transgresión, transgredir los límites de lo íntimo, de ese espacio pactado donde dos, suelen ser dos, tal cuan son, sin parecerse a nada, ni a nadie, con sus propias leyes como si al traspasar la puerta el mundo comenzara de nuevo;  y entonces se redefine el concepto de universo,  sin importar las heridas, ni las deformidades, pura aceptación, no más,  porque los seres humanos no nacen salidos de un molde, y lo establecido lo inventó alguien con ansias de dominación.

 Todo es diverso y la vez coherente, todo encaja con todo y nada se parece a nada, es como si los objetos estuvieran dotados de una organicidad natural. Y uno también siente el llanto mezclado con la paz, con el perdón por el sufrimiento, ese perdón no dicho,  pero gritado a voz de besos y sexo entre dos amantes que no encuentran fronteras más allá de las suyas.

Es también la oda a la muerte a sabiendas de que algún día el fin va a llegar, pero confiando en el encuentro póstumo, en el romance último y postrero que queda inmortalizado en objetos, en lienzos, donde se pinta el desahogo y lo desgarrante, sin tiempo para conflictos, ni insalubridad. Y uno lo mira todo, y se respira azul la paz, y se respira verde, como quien hubiera querido al pintar, juntar en las mismas paredes, el cielo con la tierra. Y surge de pronto, al observarlo todo, un paralelismo o tal vez, aquella empirista convicción, de que ciertamente las casas se parecen a sus dueños.

Verde

Según la psicología del color el verde provoca calma, apacigua los ánimos, da confianza. Es el color del equilibrio por excelencia, por eso pintan de verde las salas de los hospitales y la habitaciones donde deben esperar las personas que entrarán a un set de televisión.

Con tan buenas características parece de locos ir borrando el verde de los paisajes cotidianos, pero así lo hacemos.

Por suerte, quedan pedazos de verde diseminados por la ciudad, extendidos, sin cercas, ni señales restrictivas.  Y yo fui feliz.

 

Música para difuntas

Decreté la muerte de mi vieja agenda teléfonica hoy a las tres de la tarde. Al parecer esta hora es la idónea para salir del mundo de los vivos. No tengo certeza de cuántos años llevaba conmigo.  Sí sé que fueron los suficientes. Resguardó conexiones, abrazos a larga distancia, quejas, exhabruptos. Sin pedigrí alguno, pues era una libretica de tapas negras y hojas volanderas;- supo serme fiel frente a la avalancha tecnológica, mantenerse insobornable. Ponía pausa a mis gestos, lograba sorprenderme cuando en la búsqueda de un número teléfonico cualquiera me encontraba con los datos de alguna persona olvidada intermitentemente entre la furia de los días. Pero su función más importante creo yo fue la de ayudarme a recordar. Los datos recogidos de personas, edificios, trámites burocráticos, funcionaban como el disparador que accionaba la cinta, casi cinematógrafica, de lo que ha sido mi vida en estos años, hechos puntuales o remembranzas nebulosas de las que solo quedan sensaciones.

Le ha llegado la hora de las sustituciones como a las referencias que atesoraba, pues muchas de las que me eran importantes ya perdieron su validez, nada le dicen a mi presente. No sobrevivieron a la mudanza, no están más en las nuevas páginas – ordenadas alfabéticamente y rayadas. La nueva libreta teléfonica vendrá a configurar de otra manera mis recuerdos futuros. A la que hoy ha muerto le agradezco su servicio y que descanse en paz.

Aquí les dejo otro réquiem por una agenda muerta, mejor escrito por Eduardo Galeano. Se recoge en su libro Días y noches de amor y de guerra. Yo lo leí hace ya muchos años y nunca lo olvidé.  Creo que es el mejor homenaje para una agenda difunta que nunca tuvo nombre.

ESTA TARDE ROMPÍ LA PORKY Y TIRÉ LOS PEDACITOS A LA BASURA

Me había acompañado a todas partes. Se aguantó a mi lado intemperies y mal tratos y caídas. Perdió la espiral de alambre y se le salieron las hojas. De las tapas, color lacre, no quedaban más que jirones. La Porky, que supo ser una elegante agenda francesa, se había reducido a un montón de papeles y papelitos atados con un elástico, y anda ba toda lajeada y rotosa y sucia de tinta y tierra.

Me costó decidirme. A esa gorda descuajeringada, yo la quería. Me estallaba en las manos cada vez que le pedía una dirección o un teléfono.

Ninguna computadora hubiera podido con ella. La Porky estaba a salvo de espías y policías. En ella yo encontraba lo que buscaba sin esfuerzo: sabía descifrarla manchita por manchita y retazo por retazo.

Entre la A y la Z, la Porky contenía diez años de mi vida.

Nunca la había pasado en limpio. Por pereza, decía; pero era por miedo.

Hoy la maté.

Unos pocos nombres me dolieron de verdad. A la mayoría ya no los reconocía. La libreta estaba llena de muertos; y también de vivos que ya no tenían ningún significado para mí. Confirmé que en estos años, quien había muerto varias veces y varias veces nacido, era yo.

Ismael Serrano: Todo empieza y todo acaba en La Habana

Tomado de El Diablo Ilustrado

Yo sabía que mi gente no fallaba. Un abarrotado teatro de Bellas Artes emprendió un intenso vuelo espiritual de más de dos horas y media en el primer concierto en Cuba de Ismael Serrano. Muchos quedaron sin poder entrar, no bastante a que llenaron hasta los pasillos (yo me “acomodé” en un pedazo de peldaño de escalerita gracias a la gestión de Frank Delgado y Mildrey, quienes obtuvieron para mí una invitación —argumentando la promoción que había hecho).
La movida hacia Bellas Artes demostró que crece la conexión con la canción de autor auténtica underground, lo cual me llena de regocijo. Creo firmemente en los jóvenes nuestros (inmensa mayoría del público que asistió) y su capacidad para buscar una poética que rompa con la pobreza que impera en el contaminado medioambiente sonoro.
Ayer nos confabulamos los soñadores (con el alborozo de saber que no somos pocos) a pesar la hiperdeficiente promoción, ya instaurada como toda una tradición en Cuba. Sabemos que la canción de autor no está de moda en los grandes circuitos del mercado, sin embargo vivimos tiempos de un movimiento de la canción pensante, especialmente en América, muy fuerte, que lógicamente es “clandestino”, como todo arte auténtico que se respeta. Harto sabido es que los dueños de los grandes circuitos de la información y la divulgación en el mundo son enemigos, por naturaleza de la cultura de los pueblos. Lo increíble e inaceptable es que en nuestro país, impere ese entreguismo mimético a los cánones que establecen los enemigos del espíritu humano: seguimos arrastrando la maldición de Malinche.  Cualquier mequetrefe de la seudocultura banal es seguido por nuestros medios con ignorante entusiasmo. A ver, aflojemos un poco, cualquier cantante comercial, desde que desembarca en el país, dígase, por ejemplo el Juanes aquel de la bobería de la camisa negra, protagonista del tristemente célebre (según mi visión —confieso que extremista) “Concierto por la paz”, o la Beyonce (¿se escribirá así? Soy un ignorante mediático) la que seguramente tiene grandes méritos gran-mysticos y supongo que buena voz… En fin, ya desde los legendarios Festivales de Varadero padecemos de esa promoción de pasarela que siempre se va por los fuegos fatuos, de tal manera que podían estar (y esto es un suponiendo, basado en hechos reales) un Djavan, un Milton Nacimento, o el mismísimo Chico Buarque en Cuba, y las cámaras perseguir (se podría decir que hasta con saña) a un Dyango o un Peret.
Pero bien, nada de eso impide que Chico sea Chico, o que Luis Eduardo Aute (uno de los autores más importantes de la lengua hispana —quien pasó inadvertido en el concierto de la Plaza del millón de personas—) sigan su paso por el tiempo, y hasta creciendo en él, mientras los cantorzuelos de atrezzo pasan al olvido.

Pero ¡Suéltenme penas añejadas, que la cosa está buena!: Llega Ismael Serrano y casi a base de correitos se riega la bola, por el boca a boca, y la juventud toma el Teatro de Bellas Artes. Ismael habrá comenzado sobre las 7 y 15 minutos, y yo miré el reloj al salir, y eran las 9:52 pm. Quitando el tiempo que quedamos como flotando tras el final, debe haber cantando al menos 2 horas y media.
Ocho cálidas lámparas como única escenografía le daban un toque de sala hogareña al escenario, lo que se ajusta exactamente a la idea de presentación del cantautor español. Desde que salió a escena, Ismael Serrano fue el viejo amigo que llega a casa y con acumulada ternura y toques de humor te cuenta cómo le ha ido, cómo va el mundo, los romances y decepciones que ha vivido, los sueños que quiere abrazar ante un sistema en crisis que no deja vivir, ni abrazar, ni amar. Canciones y charla hicieron pasar el tiempo en complicidad absoluta; uno sentía lágrimas ante un verso, sonrisas ante otros, cantos susurrados en muchas de las canciones, palmas cuando el momento lo pedía, un silencio religioso ante cada expresión del cantor. Me asombró que en el público fueran tan conocidas no solo las canciones del disco Atrapados en azul, sino también las de su disco más reciente Todo empieza y todo acaba en ti. Si tenemos en cuenta que en los medios masivos nuestros es bien baja la cuota de cantautores que se difunden (increíble, pero especialmente Latinoamérica, se vive un momento de revolución musical en la canción poética al que vivimos casi de espaldas), no puedo menos que aplaudir con toda la admiración y optimismo del alma, lo que ocurrió anoche entre Ismael Serrano y el público tan joven que desbordó la sala. Uno se pregunta: ¿qué habría sido, cuántos jóvenes más, habrían aprovechado esa presentación, si se promoviera la cultura como se debe —y más en un país como el nuestro, en el que los medios no obedecen (o no deben obedecer) a operaciones mercantiles, sino al crecimiento cultural de la población? ¡Suéltame ya, criticón!
Ismael Serrano: íntimo, sin artificios, acompañado de su guitarra y un tecladista que con su maquina de sonido, es una sutil orquesta, hurgando en el acontecer social, en los días que vivimos desde pasajes cotidianos, desde un momento de soledad, desde una duda o desaliento, desde esa mujer que soñamos o que perdemos en la angustia cotidiana de un paro laboral. Sigue leyendo