El salto definitivo

No hemos perdido la fe y las ganas. Esa frase me la repetí a lo largo de este fin de semana, cada vez que algún colega de la prensa cubana intervenía en la sesiones finales del 9no Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba. Allí estábamos afanados en devolverle al periodismo cubano la viveza, el color, la intrepidez de años más gloriosos o la justa correspondencia con los días que vivimos, de reubicar las relaciones entre todos los componentes de la cadena informativa, desde el escenario político hasta el comunicacional, de asumir cada cual  la parte de responsabilidad que nos toca si hoy nuestros relatos de la realidad son inexactos, grises o hablan de un país intangible y apenas creíble.

Nos reunimos los más experimentados artesanos de la palabra, que han asumido como un sacerdocio el compromiso de ofrecerle a sus conciudadanos las claves para decodificar su momento en el mundo y poder actuar en consonancia o disonancia; y  también los que apenas iniciamos el camino, los que a trompicones intentamos encontrar maneras propias y válidas para aportar a la historia alucinante y a contracorriente que todos los días fundamos los cubanos.

Todos compartimos una misma certeza: el periodismo cubano ha de responder con inteligencia, belleza, exactitud, inmediatez, oportunidad, ante los desafíos de la cotidianidad o no ser, al no poder responder con lealtad a sus públicos. Y no es cuestión de esperar por la formulación de leyes y decretos -necesarios pero no impresncidibles- que respalden la labor periodística, es cuestión de ser periodistas y no meros amanuenses.

En lo que vamos reconquistando el terreno, les dejo la intervención del profesor de la Universidad de Comunicación Social de La Habana, Raúl Garcés, con la que se inició el debate y que es la mejor de las provocaciones.

Siete tesis sobre la prensa cubana*

1. La prensa y el socialismo. ¿Alguien sabe cómo se construye el socialismo? Y por extensión, ¿sobre qué pilares debiera erigirse la prensa socialista? Lo mejor que tiene formularnos esas preguntas hoy es que, por lo menos, ya sabemos que no hay respuestas únicas y cerradas. El llamado socialismo real pretendió levantarse sobre “leyes objetivas”, normas aparentemente inviolables y manuales que presumían de preverlo todo.

Al socialismo en el siglo XXI, en cambio, no le ha quedado más remedio que establecerse sobre la falta de certezas y proponerse, en consecuencia, construirlas colectivamente. La prensa socialista tiene el desafío de arropar con ideas la nueva época, interpretar creativamente el discurso político, alimentarlo con argumentos, demostraciones, ejemplos concretos y un permanente debate público.

Si lo anterior es válido para la experiencia latinoamericana, lo es también –y especialmente ahora- para Cuba. La dirección de la Revolución nos ha subido la parada con el rumbo de un socialismo próspero y sostenible. A pesar de los bloqueos y las adversidades de las últimas décadas, Cuba apuesta a una práctica socialista que sea fuente de felicidad, de vida digna, de realización personal y tranquilidad económica, de articulación entre el proyecto personal y las metas generales de la sociedad. Pero, ¿creemos acaso que esos significados se comprenden, procesan y comparten por igual en la cabeza de todos los cubanos? ¿Cómo haremos para comunicarlos eficientemente? ¿Cómo les daremos sentido y los convertiremos en hechos que se toquen, historias que se vivan, caminos que se intuyan?

¿Cuánta importancia tiene para la batalla política del país no solo trabajar el ámbito de la realidad, sino también el de las percepciones? ¿Cómo complementaremos, en suma, la actualización del modelo con una percepción renovada en torno a todo lo que se está actualizando?

2. La prensa y la realidad. Parte de la opinión pública nos acusa de mirar el mundo con el mismo catalejo de la canción de Buena Fe: somos eficientes en fotografiar lo que está lejos: lo investigamos, lo desmenuzamos, lo descomponemos frente a los ojos de las audiencias e incluso lo criticamos severamente. Lo que está cerca, sin embargo, suele abordarse con timidez, o con una abstracción infinita, o con estilo timorato, o con simplonerías. Por las razones que sean, hemos ido conformando un modelo de construcción de la realidad que contrapone el supuesto “infierno foráneo” al presunto “paraíso doméstico”. Hemos suplido, frecuentemente, el juicio razonado por la propaganda, la interpretación por las cifras, la noticia por los eventos, el argumento por el adjetivo, la riqueza de los procesos por la síntesis caricaturesca de sus resultados.

El problema anterior no es nuevo, pero se agudiza dentro de una sociedad cada vez más polifónica y con una alta cultura política. Es muy evidente el contraste entre nuestro tono monocorde y lo que pasa allá afuera. La distancia infinita entre una cuenta bancaria de 250 mil CUC y un salario de 250 pesos no es solo objetiva, sino también subjetiva y, entre ambos extremos, sobrevive un espectro amplísimo de modos de pensar y relacionarse con el país. Si el actual proceso de transformaciones ha entrado en un periodo de mayor complejidad, deberíamos asegurarnos de crear las condiciones para que la prensa y los periodistas contemos las historias con mayor complejidad: no solo las certezas, sino también las dudas; no solo las soluciones, sino también las contradicciones.

Claro que sería injusto de mi parte atribuirle únicamente a los periodistas –atribuirnos- la responsabilidad por estos pesares. El propio Presidente Raúl Castro, al criticar el triunfalismo, la estridencia, el formalismo y la falta de debate público en nuestra prensa para abordar la realidad, durante el VI Congreso del Partido, decía: “a pesar de los acuerdos adoptados por el Partido sobre la política informativa, la mayoría de las veces los periodistas no cuentan con el acceso oportuno a la información ni el contacto frecuente con los cuadros y especialistas responsabilizados de las temáticas en cuestión”. Aquí hay dos caminos: o resolvemos el problema entre todos de una vez o colapsarán la credibilidad y el poder persuasivo de los medios.

3. La prensa y la ley. Comprendo la expectativa que ha generado en el gremio –e incluso más allá de sus fronteras- la posibilidad de una ley de prensa. Ella dotaría de respaldo jurídico el desempeño profesional de los periodistas, reivindicaría a la información como derecho público y articularía de modo más orgánico las relaciones con las fuentes, entre otras ventajas. Pero, alerto, no será la solución de todos nuestros problemas. Varias orientaciones del Partido y el Buró Político precedentes, que, aun sin fuerza legal, tienen la fuerza moral de las instituciones que las originaron, han sido sometidas por las fuentes a la vieja práctica de “se acata, pero no se cumple”.

La necesidad de comunicar no puede imponerse únicamente por decreto, tiene que ser una fuerza natural, un movimiento, una demanda que le nazca a la sociedad de sus entrañas.

En lo que llegan las normativas jurídicas, algunas acciones prácticas podrían ir allanando el camino: ¿se imaginan que los ministerios del país ofrecieran sistemáticamente conferencias de prensa? ¿se imaginan que todas las instituciones públicas dispusieran de directivos, cuadros intermedios o funcionarios accesibles, con información y sentido de responsabilidad para comunicar? ¿se imaginan que pudiéramos analizar frecuentemente, con nombres y apellidos, las fuentes aferradas al secretismo y educarlas –educarnos- en una cultura de la información y la transparencia? Si nos lo proponemos, lo que he dicho estará a la vuelta de la esquina.

La guerra contra el secretismo no pertenece solo a la prensa, sino a toda la sociedad. Hay que atajar lo mismo las consecuencias que las causas, porque un secretista no viene al mundo genéticamente mudo. Enmudece gradualmente, como resultado, a veces, de la desinformación, o la falta de preparación para enfrentar los medios, o la ignorancia, o los regaños, o la defensa enmascarada del beneficio personal, o lo que interpreta como su sentido de la responsabilidad.

4. La prensa y los cuadros. En las semanas precedentes hemos escuchado una y otra vez dos cifras inquietantes. Casi el 50% de nuestros cuadros de prensa no tienen formación periodística, y ese número supera el 60% en el caso de la radio cubana. Las cifras, más allá de que sean exactas o no, ilustran que el problema existe y nos ponen a las puertas de un dilema mayúsculo: ¿podríamos acometer los cambios sin el capital humano suficiente para conducirlos y encauzarlos? Y si un cuadro se equivoca, ¿vamos a corregir su error con más regulaciones excesivas y prácticas verticalistas en la dirección de la prensa? ¿No sería ese, acaso, un error mayor? ¿Cómo haremos para asegurarnos de que los cuadros de la prensa identifiquen, organicen y alinien una vanguardia periodística que marque el paso, abra la brecha, perfile el camino que debería seguir nuestro sistema de medios?

En esto, como en muchas otras cosas, Ernesto Che Guevara constituye un excelente punto de partida. Lo cito: “el denominador común es la claridad política. Esta no consiste en el apoyo incondicional a los postulados de la Revolución, sino en un apoyo razonado, en una gran capacidad de sacrifico y en una capacidad dialéctica de análisis que permita hacer continuos aportes, a todos los niveles, a la rica teoría y práctica de la Revolución. Estos compañeros deben seleccionarse de las masas, aplicando el principio único de que el mejor sobresalga y que al mejor se le den las mayores oportunidades de desarrollo”.

No voy a usurpar, en la discusión sobre este tema, el lugar que seguramente ocuparán valiosos colegas, incluso valiosos cuadros, de muchísima más autoridad que yo para abordarlo. Permítanme solo referirme a una verdad general, casi de perogrullo: un cuadro de la prensa requiere conocimientos de economía, política, ciencias sociales, pero necesita también de una fina intuición, de un sexto sentido, de una capacidad indefinible en palabras para ver el mundo, imaginarlo y proyectarlo a corto, mediano y largo plazo. Hablo de algo que nace de la vida y de la relación con la práctica, que se llama liderazgo.

Necesitamos aguzar el oído y afinar el olfato para dotar a la prensa de los mejores cuadros, comprometerlos con la tarea de dirigir, crearles las condiciones para que dirijan con valentía y soltura, fomentar que se conviertan en verdaderos agentes de cambio y no en poleas trasmisoras de las orientaciones de arriba.

5. La prensa y el consenso. A lo mejor han creído hasta aquí que estoy hablando de la prensa, pero en realidad estoy hablando del consenso revolucionario, que ha sostenido nuestra resistencia aún en las condiciones más adversas. ¿Cómo puede la prensa del siglo XXI contribuir a consolidar ese consenso? ¿De la misma manera que en el siglo XX? ¿Y si los jóvenes no leyeran los periódicos, o no escucharan la radio, serán la radio y los periódicos los mejores vehículos para articular en ellos el consenso? ¿Qué mecanismos tenemos a fin de inducir y fomentar el consenso a través de las redes sociales? ¿O de los celulares, los videojuegos, la música, el cine, las telenovelas, la producción simbólica de la sociedad?

Ya que somos marxistas, comprenderemos que los cambios económicos implican, al mismo tiempo, profundas transformaciones en la subjetividad social. No es posible que emerjan nuevas relaciones económicas, sin que emerja, en una cadena simultánea de acciones y reacciones, una nueva configuración de las relaciones sociales. Hablo de la tensión entre lo avanzado y lo retrógrado, lo rápido y lo lento, lo recto y lo zigzagueante, la vieja y la nueva mentalidad. O la prensa cubana se convierte en la plaza pública por excelencia para visibilizar, dar forma y alentar el consenso en torno al cambio de mentalidad, o asumiremos el costo de que parte de esos consensos se articulen progresivamente al margen de nuestros medios.

6. La prensa y la UPEC. Los periodistas nunca quedaremos bien con todo el mundo. Estamos a medio camino entre la opinión pública y las fuentes. Defender a una parte, casi siempre implica cuestionar la otra. Podríamos admitir incluso que nos califiquen como “profesionales incómodos” porque, en cierta medida, lo somos. De un lado, nuestro compromiso con la época y el proyecto político son irrenunciables. De otro, ese compromiso se realiza completamente si auscultamos la sociedad con sentido crítico, si le palpamos sus dolencias, si alertamos de los males más graves y ayudamos a sanarlos. Allí donde la sociedad enferme y no aparezca a tiempo el diagnóstico, será, entre otros factores, porque la prensa no ha jugado su papel.

José Martí definió nuestro encargo social en muy pocas palabras: Permítanme recordarlas: “la prensa debe ser coqueta para seducir, catedrática para explicar, filósofa para mejorar, pilluelo para penetrar, guerrero para combatir. Debe ser útil, sana, elegante, oportuna, valiente en cada artículo. Debe verse la mano enguantada que lo escribe y los labios sin manchas que lo dictan. No hay cetro mejor que un buen periódico”.

¿Nos hemos detenido suficientemente en esa frase de Martí”. Reitero solo los adjetivos: coqueta, catedrática, filósofa, pilluelo, guerrero, útil, sana, elegante, oportuna, valiente”. A mi juicio, el mayor desafío que tendrá la UPEC, en medio de la complejidad de los próximos años, será pelear con uñas y dientes para consagrar en el periodismo cubano estas virtudes, que nadie nos va a regalar. Tenemos la ventaja de 8 congresos precedentes y decenas de documentos escritos con orientaciones claras en torno a lo que, entre todos, insisto, debiéramos hacer.

7. La prensa y la profesionalidad. No hablé de profesionalidad hasta ahora, pero ojalá nos hayamos dado cuenta de que, en realidad, lo estoy haciendo desde el principio. La profesionalidad, ciertamente, depende de nosotros mismos, pero depende también de un ambiente de libertad editorial y creativa que desate la posibilidad de ser profesionales. El periodismo no es un décalogo de reglas instrumentales para hablar o escribir bien frente a los ojos de la opinión pública. Al menos, no en el siglo XXI. Ser profesionales pasa por disponer de las claves políticas, económicas y culturales para ver el mundo complejamente y luego representarlo con belleza, con una hondura que fluya de forma natural, como si la complejidad fuera invisible.

Es un camino que toma toda la vida, cuyo motor de arranque podría estar en las universidades y luego se va puliendo con el estilo, con la fuerza de la opinión, con la osadía personal, la experimentación, la voluntad de riesgo, y también, por supuesto, con un contexto que permita equivocarse y sacar lecciones, porque el error, entre nosotros, no puede ser motivo de vergüenza.

Colegas:
Estamos llamados a dar un salto definitivo y eso, a mi juicio, es posible hoy como nunca antes: nuestro socialismo se actualiza con paso firme, hay conciencia de que la comunicación y el Periodismo también deben actualizarse; cientos de profesionales han salido de las aulas universitarias listos para dar la pelea, la UPEC cumple 50 años y este tiempo le ha servido no solo para mapear los problemas, sino para consolidar su autoridad moral en función de discutir las soluciones; y hemos llegado a un punto de madurez en la sociedad que nos permite ver las cosas como son -sin eufemismos ni medias tintas.

Lo que haya que hacer, de conjunto con el Partido, las fuentes, los investigadores, los medios, las universidades, los estudiantes de Periodismo y los periodistas, hagámoslo. Cualquier piedra en el camino será infinitamente menor que el precio a pagar por esperar otro medio siglo para tener una prensa que se parezca a nosotros mismos.

*Ponencia introductoria al debate del Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) el 13 de julio de 2013.

 

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Arder

Belén Gopegui es una autora que siempre estoy trayendo a estas páginas. Hoy sábado la anduve buscando con tan buena suerte que me tropecé con este texto.

Por Belén Gopegui

Contraincendioonline.com, página argentina para uso de bomberos y rescatistas, podría ser una página literaria o política pues tiene versos involuntarios: “La puerta cerrada de un cuarto, nuestro último escudo” o “Incendio estructural: combate en compartimentos interiores”, y tiene un curso de incendios estructurales como los de este tiempo.

Llegué a ella buscando información sobre fuegos subterráneos, sobre la acción de arder sin llama. Porque a veces parece que los procesos sólo existen cuando despiertan o cuando se reparten por el terreno con sus resplandores y su libre combustión. Y a veces hay preguntas que traen angustia, desánimo o reproche cuando dicen: ¿de aquellas llamas, qué se hizo? ¿dónde están los resplandores?

Hay tres etapas progresivas en la combustión de un incendio: incipiente o inicial, de combustión libre y de arder sin llama. Hoy, junto a llamaradas que seguirán vivas –escraches con botes de luciérnagas que se convierten en pegatinas de luz, marchas, acciones, huelgas–, ha empezado la etapa, quizá ni siquiera buscada, de arder sin llama y si nos preguntáis en dónde estamos, deberemos decir: sucede. Cuando las llamas dejan de existir en mayor o menor medida dependiendo de la hermeticidad del recinto, “todo el ambiente tiene la suficiente presión como para dejar escapar esa presión por las pequeñas aberturas que queden”. ¿Acaso no sentís cómo escapa la presión, acaso no la veis?

El fuego seguirá en estado latente y aumentará la temperatura por arriba del punto de ignición. Quienes miren desde lejos pensarán que no ocurre casi nada, que todo está más o menos controlado, que el aguante es elástico, y la ventaja de la clase dominante, demasiado grande para que pueda acortarse en meses, ni siquiera en años. Si miran desde lejos. Pero si bajan al terreno, si lo pisan, notarán cómo quema.

Todo incendio estructural genera una descarga disruptiva o escalada cataclísmica del fuego a los distintos materiales combustibles. Hace ya mucho que Rilke escribiera: “Querían florecer y florecer es ser bellos; pero nosotros queremos madurar, y madurar significa ser oscuros, y esforzarse”. Hace menos tiempo, en Panfleto para seguir viviendo, Fernando Díaz decía: “Oxidarse violentamente es arder”. Tal vez la mayoría de no­sotros y de nosotras prefiriéramos madurar y no oxidarnos violentamente, pero a veces no basta con preferir no hacerlo.

Tomado de Rebelión

Chávez

Hugo Chávez (1954 - Siempre)

Hugo Chávez (1954 – Siempre)

No voy a emborronar cuartillas para hablar de la ida de Chávez. El dolor se dice callando muchas veces. Les dejo palabras escritas, lloradas, sentidas en otras muertes, iguales de dolorosas e  irrevocables.

Consternados, rabiosos

Así estamos, consternados, rabiosos, claro que con el tiempo la plomiza consternación se nos irá pasando, la rabia quedará, se hará más limpia. Estás muerto, estás vivo, estás cayendo, estás nube, estás lluvia, estás estrella… Donde estés … si es que estás … si estás llegando… aprovecha por fin a respirar tranquilo, a llenarte de cielo los pulmones. Donde estés … si es que estás … si estás llegando … será una pena que no exista Dios. Pero habrá otros, claro que habrá otros dignos de recibirte comandante (Mario Benedetti)

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El otro

Nosotros, los sobrevivientes,
¿A quiénes debemos la sobrevida?
¿Quién se murió por mí en la ergástula,
Quién recibió la bala mía,
La para mí, en su corazón?
¿Sobre qué muerto estoy yo vivo,
Sus huesos quedando en los míos,
Los ojos que le arrancaron, viendo
Por la mirada de mi cara,
Y la mano que no es su mano,
Que no es ya tampoco la mía,
Escribiendo palabras rotas
Donde él no está, en la sobrevida?( Roberto F. Retamar)

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Los Heraldos Negros

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… ¡Yo no sé!
Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.
Son las caídas hondas de los Cristos del alma
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.
Y el hombre… Pobre… ¡pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.
Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé! (César Vallejo)

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CHÁVEZ POR GALEANO

Hugo Chávez es un demonio. ¿Por qué? Porque alfabetizó a 2 millones de venezolanos que no sabían leer ni escribir, aunque vivían en un país que tiene la riqueza natural más importante del mundo, que es el petróleo. Yo viví en ese país algunos años y conocí muy bien lo que era. La llaman la “Venezuela Saudita” por el petróleo. Tenían 2 millones de niños que no podían ir a las escuelas porque no tenían documentos. Ahí llegó un gobierno, ese gobierno diabólico, demoníaco, que hace cosas elementales, como decir “Los niños deben ser aceptados en las escuelas con o sin documentos”. Y ahí se cayó el mundo: eso es una prueba de que Chávez es un malvado malvadísimo. Ya que tiene esa riqueza, y gracias a que por la guerra de Iraq el petróleo se cotiza muy alto, él quiere aprovechar eso con fines solidarios. Quiere ayudar a los países suramericanos, principalmente Cuba. Cuba manda médicos, él paga con petróleo. Pero esos médicos también fueron fuente de escándalos. Están diciendo que los médicos venezolanos estaban furiosos por la presencia de esos intrusos trabajando en esos barrios pobres. En la época en que yo vivía allá como corresponsal de Prensa Latina, nunca vi un médico. Ahora sí hay médicos. La presencia de los médicos cubanos es otra evidencia de que Chávez está en la Tierra de visita, porque pertenece al infierno. Entonces, cuando se lee las noticias, se debe traducir todo. El demonismo tiene ese origen, para justificar la máquina diabólica de la muerte. (Eduardo Galeano)

Enrique Ubieta: “Martí, el Che y Don Quijote, son mis tres personajes de cabecera”

Rescato del tiempo esta entrevista que le hiciera a Enrique Ubieta en los albores de nuestra amistad. Aunque fue hecha hace dos años, es como si los temas que tratamos en ella, los hubiéramos hablado ayer mismo.

Enrique Ubieta Gómez (La Habana, 1958), es un ensayista y periodista cubano que, como tantos otros, mantiene vivos los ideales de su juventud. No se volvió “cuerdo” con la edad o los aparentes finales históricos. Quizás nació otras veces, sin saberlo, como revolucionario, que es la única forma –piensa él–, de continuar siéndolo.

Aprovecho entonces el hecho fortuito de compartir la trinchera, para pedirle –desde mis pocos años y mi afán por entender–, que me ayude a mirar la realidad que habitamos, la del día a día, la urgente, compleja y hermosa.

Por el camino iremos desbrozando certezas, incertidumbres y anhelos, muchos de ellos comunes y desde el convencimiento de que ser revolucionario, con todo lo que ello significa, no solo es hoy la única opción ética, también es la única postura cuerda y hasta pragmática ante el desastre ecológico y social que puede hundir a la civilización humana.

Terminando la primera década del siglo XXI ¿Cree que todavía es válido hablar de la utopía? ¿Qué sea atractiva su utilidad como impulsora de viajes impostergables y difíciles?

Debo primero aclarar un poco el concepto. La palabra utopía proviene del griego y significa no – lugar, es decir, “lugar que no existe”. Tomás Moro la emplea para nombrar su Isla e imaginar en ella una sociedad alternativa, superior a las existentes. Y aunque el pensamiento socialista utópico se convierte en una opción retardataria cuando Marx y Engels descubren las leyes que mueven los procesos sociales, no podemos obviar el simbolismo de ese término en la cultura latinoamericana, surgida de la yuxtaposición de sucesivas utopías humanas. No olvides que la obra de Moro fue escrita en 1516, unos años después del descubrimiento de América. Por los conocimientos geográficos de la época, la Isla así nombrada por Moro pudo haber sido caribeña. Y me gusta pensar que era la isla de Cuba. Fuera de los marcos estrictamente filosóficos, el concepto adquiere un sentido movilizador y no tiene necesariamente que interpretarse como una carencia o una dejación de los instrumentos científicos aportados por el marxismo. Una cosa es ser un “socialista utópico”, un fantaseador de realidades que se desentiende de, o desconoce, las leyes sociales, y otra, asumir el perenne anhelo humano (social) de superación y de perfección como el lugar al que nunca se llega. ¿Para qué sirve la utopía?, preguntaba Eduardo Galeano y respondía: “Ella está en el horizonte (…). Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré. ¿Para que sirve la utopía? Para eso sirve: para caminar”. A veces, desde un marxismo doctrinario, aparecen críticos del término que yerran el tiro; no se defiende al marxismo matando el espíritu metafórico de ciertos términos, aún cuando se usen en un sentido diferente al filosóficamente adoptado por Marx o Engels. No suelo responder a ese tipo de críticas, que nos empantanan en la escolástica seudo-revolucionaria.

Es significativo en cambio el uso que hacen del concepto declarados enemigos de la Revolución. El mexicano Jorge Castañeda, por ejemplo, escribe un libro que titula La utopía desarmada, en la corriente triunfalista de la Reacción de los años noventa, para referirse al fin de la lucha guerrillera –y de los sueños de redención social–, en el continente. Mi libro La utopía rearmada (2002) que describe la hazaña de las brigadas médicas cubanas en Centroamérica unos años después, es una respuesta indirecta a ese enunciado. Rafael Rojas, por su parte, traza dos líneas matrices para el pensamiento cubano, una supuestamente utilitaria y moderna, la otra, utópica y antimoderna. En este último caso, hay que anotar que Rojas identifica la modernidad con el capitalismo, y que el uso peyorativo del término utópico engloba los sucesivos proyectos revolucionarios que produjo Cuba en los siglos XIX y XX –por la independencia y la justicia social–, desde Caballero y Varela, pasando por José Martí, hasta Fidel Castro.

Mientras exista un horizonte, la Humanidad avanzará esperanzada hacia él. Como sabes, en los noventa el cielo se nubló de tal manera, que era imposible ver el horizonte. Sin horizonte no había viaje. Y se anunció el fin de la historia. Por eso en cuanto el tiempo empezó a mejorar (o a empeorar, porque en los procesos sociales mientras peor va la cosa, mejor se ve), la contrarrevolución trasnacional sustituyó la neblina original por humo de pirotecnia, para que nadie atisbase el horizonte. Ese efecto paralizante no podía mantenerse de forma indefinida, así que los pueblos volvieron muy pronto a vislumbrarlo y recuperaron la certeza de que un mundo mejor es posible. Hay un cuento largo de José Saramago que habla de una embarcación que a ratos parece una Isla, surcando los mares en busca de una Isla desconocida; una Isla buscando una Isla, buscándose, o si prefieres la Utopía buscándose a sí misma. Mi libro La utopía rearmada se inicia con una versión del cuento de Saramago, en el que la Isla que busca y se busca es por supuesto Cuba. Y mi blog en el ciberespacio se llama así, La isla desconocida. Pero hoy en América Latina se puede decir que hay muchas embarcaciones que navegan en pos de sí mismas.

En el libro Por la izquierda, del cual es el compilador, Tom Hayden, considerado por muchos como el líder social más carismático e influyente de los sesenta en Estados Unidos, argumentaba que “si todos decidiéramos regresar a los ideales de nuestra juventud, el mundo se estremecería”. ¿Cree que los ideales de la juventud actual no son capaces de estremecer al mundo e incluso coadyuvar en su transformación?

Es cierto que los hombres no se parecen a sus padres sino a su tiempo, como sentenció Marx, pero esa frase parte de un importante sobreentendido: en cada tiempo hay diferentes tipos de hombres. Cuando Fidel atacó el Moncada, la mayoría de sus contemporáneos bailaba en los carnavales santiagueros. ¿Cuáles eran los hombres de su tiempo? ¿Los que bailaban o los que combatían? Los hombres escogen a qué grupo generacional, es decir, a qué tiempo quieren pertenecer. Porque hay dos tiempos que no son cronológicos y que igualan a cierto tipo de hombres en todas las épocas: el de las minorías que combaten y el de las mayorías que se acomodan. Pero incluso esas mayorías aparentemente desentendidas suelen respetar el honor ajeno, y suelen seguirlo.

¿Qué une a Tupac Amaru con los tupamaros, a Bolívar con los bolivarianos, a Martí con los revolucionarios cubanos de su centenario, a Sandino con los sandinistas? He mencionado nombres propios, pero ninguno de ellos se movía solo, con ellos estaba una generación. Creo que hay épocas opacas y épocas luminosas, pero en unas y otras existe una vanguardia de hombres y mujeres que se parece a la vanguardia de cualquier otra época: porque los grandes héroes y acontecimientos no se emparentan en la letra de sus discursos o acciones, sino en su espíritu. En el sentido de sus palabras y no en su mero significado, es que Varela, Céspedes, Martí, Mella, el Che y Fidel establecen un hilo de continuidad histórica. Los arqueólogos de la historia y los contrarrevolucionarios tratan en vano de diferenciarlos, oponiendo significantes vacíos de sentido.

Ahora bien, la vanguardia de una generación puede marcar la conducta, heroica incluso, del resto de sus coetáneos, pero no deja de ser una vanguardia: los “Adelantados” producen la chispa, pero si la hierba no está seca, si no existe un sentimiento de inconformidad y una vocación de justicia en las masas, no hay incendio. En la sicología social de los pueblos existe una tendencia al cambio extremo de consensos. Si revisas la historia del siglo XX, apreciarás el predominio de los valores de la izquierda en las décadas del veinte y del treinta, los de derecha en los años cuarenta y cincuenta, los de izquierda, nuevamente, en los sesenta y setenta; y el regreso de la derecha en los ochenta y noventa. Los intelectuales son celebrados según el color político de cada época: en los sesenta, hasta Borges y Paz se mostraban “izquierdosos” y publicaban entusiastas poemas rojos de los que después renegaron. Los noventa fueron opacos por muchas razones, pero tuvieron, tienen, una vanguardia, y los jóvenes que entonces se formaron en Cuba, aún los más apolíticos, heredaron valores que son visibles incluso en aquellos que abandonaron el proyecto social.

Por eso, no hay que hacerle demasiado caso a los signos de una época: el conservadurismo de las masas, que por lo general refleja cierto cansancio social o el agotamiento de alguna vía redentora, siempre es un estado pasajero si los problemas sociales persisten. No acepto explicaciones tan superficiales como las que se refugian en un “así piensa o siente la gente”: el optimismo, como el pesimismo, se construyen. En los sesenta la mayoría de los escritores se declaraba públicamente de izquierdas, y eso no impidió que la Reacción trabajara en la creación de escritores de derechas. Las generaciones literarias se construyen, y no por ello dejan de ser hijas de una época. La juventud es rebelde por naturaleza, porque las sociedades necesitan de un factor iconoclasta que las renueve. El capitalismo encausa esa rebeldía hacia el libre albedrío por la vía del mercado, de forma que en unos años, la transforma en un nuevo conservadurismo; el socialismo necesita encausar la rebeldía hacia el conocimiento (que conlleva responsabilidad) y liberarla de las atractivas ofertas de un mercado que vende y compra conciencias. No siempre lo logra.

¿Existe una manera nueva de ser revolucionario, es un término que también se ha resemantizado o sigue teniendo las mismas significaciones?

En primer lugar, un revolucionario no se conforma con la descripción y transformación de lo visible, que suele ser lo aparente, la manifestación inmediata del problema; busca las razones últimas, descubre la raíz, e intenta soluciones auténticas. En ese sentido es un radical. Es exactamente lo contrario a un reformista. Este último acepta el estado de cosas existente, lo describe minuciosamente como si fuese la inamovible Realidad, y proyecta sobre él los cambios que considera posibles; es cientificista, no científico, porque se atiene a lo visible, a lo empíricamente demostrable. Los positivistas cubanos del siglo XIX fueron casi todos reformistas. Un revolucionario –-tenemos en Cuba dos ejemplos luminosos: José Martí y Fidel Castro–, sabe que tras lo visible o aparente, existen posibilidades ocultas. Hay una anécdota de Martí muy ilustrativa de lo que digo: después de un encendido discurso revolucionario en Tampa, cuentan que un emigrado recién llegado le dijo, pero señor, en la Isla no se respira la atmósfera que usted describe, a lo que el Apóstol respondió: es que yo no hablo de la atmósfera, yo hablo del subsuelo.

Un segundo aspecto, tan importante o más que el anterior, lo resume el Che en una frase: “Déjeme decirle, aún a costa de parecer ridículo –afirmaba sin titubear–, que el verdadero revolucionario está guiado por grandes sentimientos de amor”. Si no existen motivaciones éticas, no se es revolucionario. La definición más reciente y completa de Revolución que hace Fidel es esencialmente ética. No se lucha por los pobres porque así lo dice una teoría o un libro; se lucha contra las injusticias, ocurran donde ocurran, porque es una necesidad ética. Las teorías explican las razones de las injusticias y las posibles soluciones, y pueden equivocarse y mejorarse, pero un revolucionario no se equivoca a la hora de tomar partido por los explotados. Roque Dalton se burla de los seudorevolucionarios de salón en unos versos certeros: “Los que / en el mejor de los casos / quieren hacer la revolución / para la Historia para la lógica / para la ciencia y la naturaleza / para los libros del próximo año o el futuro / para ganar la discusión e incluso / para salir por fin en los diarios y no simplemente / para eliminar el hambre / para eliminar la explotación de los explotados”. Esos fueron los que no soportaron el derrumbe de lo que se llamó “el campo socialista”.

La derecha, en su momento de mayor auge, allá por los años noventa, trató de trazar las coordenadas de una izquierda “civilizada”, “democrática”, “políticamente correcta” –imagínate a la derecha estableciendo un canon de comportamiento para la izquierda–, que se opusiera a la que identifica muy claramente como “izquierda revolucionaria”. Todavía hoy intenta oponer ambos conceptos, con lo cual no hace sino ratificar la vigencia y la coherencia históricas de los revolucionarios. Sigue leyendo

Los desvelos de Chirú

Los desvelos de Chirú

Los desvelos de Chirú

Por: Alina Perera

Me han contado de Chirú, un sabio pescador conocido por muchos en Puerto Esperanza, en la provincia de Pinar del Río. Me dicen que no es alto y sí delgado, inquieto, que su piel blanca muestra las huellas de un sol muy largo; y que no se separa de una gorra roja, viejísima, su amuleto en el azaroso empeño de atrapar peces.

Aseguran que a sus pies, curtidos por el suelo caliente, no le entran ni las puntillas; y que conoce cada tramo de costa, cada cayo, canalizo, arrecife y fondo, cada sitio y momento donde pican los peces. De lo que me han dicho, me maravilla la expresión de Chirú según la cual la edad de su relación con el mar es la misma que él tiene —«desde que nací estoy metido en el agua», dice—; y su capacidad de orientarse sin necesidad de técnicas como el GPS.

Él mira los accidentes de la geografía terrestre, los une por líneas imaginarias, y siempre llega a su destino, ya sea de día o de noche. Se sabe las fases de la Luna. Prefiere esos ciclos a un almanaque. Y con solo mirar al fondo afirma: «¡Aquí hay 16 brazas de agua!». Después esa certeza se comprueba con tecnología moderna, y se concluye que Chirú, capaz de estar una noche entera despierto y a la caza de un gran pez, que se alfabetizó en los años 80 del siglo XX, tenía razón.

El lobo marino es el comienzo de estas líneas por la angustia que lo desvela: sus hijos son todos profesionales formados por la Revolución. Nadie siguió su camino de pescador. Había un sobrino a quien estaba enseñando algunas cosas, pero «se fue para el Norte». ¿Y a quién mostrará él cuál es la mejor carnada, o cómo quitársela al mar? ¿Adónde irán sus secretos? ¿Quién será su heredero?

Las preguntas adquieren gran valor en la Cuba de hoy, llamada a reavivar tradiciones, habilidades de múltiples oficios, costumbres de familias cuya brújula existencial fue la de pervivir honradamente, servirse a sí mismas al tiempo de servir a los demás.

En los Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución —que pueden ser más o menos numéricamente hablando, en dependencia de lo que la vida va pidiendo—, se dibuja y prefigura un país donde dos conceptos adquieren gran preponderancia: la necesidad de reivindicar el esfuerzo individual o familiar, los saltos a pequeña escala (sin los cuales resultan inconcebibles cambios en lo general), y lustrar una filosofía que anda maltrecha y en la cual descansa uno de los sentidos del socialismo anhelado: actuar para servir al otro, a los demás, a todos.

Esas directrices obligan a remover la espesura social, tan endurecida en alguna de sus partes, y a dinamitar un pensamiento que concibió todo uniformemente, con límites rasos, donde supuestamente cualidades como el rigor, la eficiencia, la eficacia o la calidad se darían como las lluvias de las estaciones de modo natural, sin tener que enseñarlas, legarlas, desmenuzarlas en un taller vital, del detalle, de las costumbres y el ejemplo.

Ahora nos hacen falta obreros, artesanos, cultivadores y amantes de la tierra, pescadores, carpinteros como esos que decían había que lijar la madera hasta que oliese a cebolla. Nos hacen falta conocedores de un sinfín de misterios. Es evidente que no basta un libro de recetas para aprender a cocinar: hay que mirar al cocinero en su escenario, verlo soltar su gota de sudor, contemplar cómo revuelve y salpica la materia.

Si es anchurosa la brecha entre quienes saben mucho de la vida y quienes la están estrenando, Cuba pide a gritos estrecharla. En todas sus dimensiones. De lo contrario habría que redescubrir las mañas y el saber, empezar de cero, casi volver a nombrar las cosas. Sospecho que eso llevaría demasiado tiempo, y no disponemos de tanto.

Los maestros deben enseñar urgentemente a pescar. Y los discípulos deben buscar con agilidad en los bolsones de experiencia. Debe, además, darse una puja dialéctica donde el respeto y la confianza sean camino de doble vía.

Es tarea para ayer, de la cual depende el cambio verdadero de la sociedad. Es asunto que solemos identificar como «relevo generacional», términos que sobrecogen e impiden pensar a veces, con soltura y hondura, en la herencia que necesitamos rescatar, en los engranajes que andan sueltos. Es lo que desvela a Chirú, y a tanto cubano honesto de cualquier edad.

 Tomado de www.juventudrebelde.cu

 

Consecuencias de la ficción

Belén Gopegui

Belén Gopegui

Madrid 15-M

La escritura es tiempo y es máscara, una voz que se construye con distancia y se distingue del cuerpo que actúa. En el espacio que media entre lo vivido y lo narrado la materia se hace transparente, los cuerpos no son ásperos, la inteligencia no desfallece y, aunque sea sólo durante unos momentos, la vida parece reversible, nada se cierra en falso, todo puede volver a empezar.

La ciencia ficción imaginó los videoteléfonos pero apenas supo, como tampoco la industria, predecir la expansión del SMS, esas primeras imprentas portátiles. ¿Por qué, pudiendo hablar, tantas personas preferían enviar mensajes? No sólo por el precio: el SMS era tiempo para frenar lo obvio, lo incompleto, “la manera de estar presente siendo invisible”, la máscara para inventarse, protegerse y danzar como si los días no se jugaran en el instante fugitivo.

Con Gutenberg se imprimían libros y ahora se imprimen imprentas, móviles y ordenadores que pueden publicar y difundir mensajes desde cualquier sitio. No olvido la brecha digital, ni la precaria y amenazada neutralidad de la red, ni la desigualdad, pero aun con ellas aquel título de Umbral, la escritura perpetua, se parece mucho a la red donde vamos viéndonos vivir. De la escritura perpetua se sigue la lectura perpetua y de este modo vamos, también, viendo cómo nos vemos vivir.

¿Escribir y leer son sólo acciones recurrentes, pensamientos circulares que retroalimentan un circuito paralelo de palabras mientras el mundo sigue en manos de quienes tienen la violencia y el poder? ¿O pueden ser acciones transitivas, por así decir, acciones que pasan de un sujeto a otro sujeto o a un objeto, tal como decía Fogwill hablando de los textos que le importaban: “cuando los lees pasa algo, pero no en el sentido de que suceda sino de que algo del libro pasa a ti”?

Admitámoslo: la ficción siempre tuvo consecuencias. Una imagen mental mueve la sangre y excita un cuerpo, otra imagen produce lágrimas, y una idea, valor en forma de adrenalina. La ficción literaria viaja por las células convertida en impulso eléctrico y si es cierto que la pared real ofrece resistencia mientras que la pared imaginaria la atraviesas como un fantasma, no lo es menos que la máscara ofrece, a su manera, resistencia, y que cuando la realidad nos golpea la evocación de determinadas palabras puede crear una armadura con su dureza particular.

Hoy que la literatura ya no es un recinto separado de la escritura perpetua, sino que ocupa un sitio en ella, sin solución de continuidad, la pregunta vale para cada texto como sirvió para la filosofía: ¿justifica el mundo o lo transforma? Dicen que entre justificar y transformar hay un término medio, dicen que ese término medio es explicar. Pero ya es tarde para que nadie crea que, en un mundo dividido como el nuestro, se puede ser neutral cuando se trata de contar una historia.

Apenas un ejemplo: Estados Unidos en la década de 1930, un suburbio de clase media de Kansas; Mrs Brige, Mr. Bridge , novela de Evan Connell donde, se diría, sólo ocurre lo cotidiano, un peine en una papelera, un beso en el jardín. Sin hacer ruido, al volver la página, dos gestos cuentan de pronto la tragedia de una mujer que ha sido educada para no pensar, frente a la libertad despreocupada, en apariencia gratuita, en apariencia innata, de un niño quien, desde otro género, nunca conoció esa presión: “Pero entonces, en lugar de contestar, su hijo se quedó pensativo y Mrs. Bridge se sintió desfallecer por dentro. Durante toda su vida ella había respondido inmediatamente cuando alguien le hablaba. Si le hacían un cumplido, en seguida daba las gracias, muy modosa, o si por casualidad le pedían opinión sobre algo, ya fuera el precio de la mantequilla o la situación de Italia, ella contestaba rápidamente. Ahora, al ver a su hijo con la boca cerrada como la tortuga que ha pillado una semilla y la cara contraída con gesto pensativo, no sabía qué hacer”. La integración de los distintos componentes de la novela hace que un enlace se active acaso de este modo: nunca más dejaremos que esa indefensión aprendida y el temor de miles de mujeres educadas para evitar la deliberación vuelvan a suceder.

Frente a la supuesta descripción neutral, objetiva, surge lo que Tolstoi llamaba arte: expresar algo con la voluntad de unir a otra u otras personas en un sentimiento común. Aunque esa palabra, común, esté todavía por hacer; esa palabra hoy requiere, como la vida, capacidad de establecer enlaces y formar estructuras en un ambiente hostil. Pero si no es para construir un nuevo sentido común, entonces sólo escribiríamos para justificar el -falso- sentido común existente.

Fuente: http://madrid15m.org/quiosco.html

Huellas de Belén Gopegui:

Madrid 1963. Licenciada en Derecho por la Universidad Autónoma de Madrid. Alumna de filosofía de Juan Blanco.
Ha publicado las novelas La escala de los mapas (1993), Tocarnos la cara (1995) La conquista del aire (1998) Lo real ( 2001) El lado frío de la almohada (2004), El Padre de Blancanieves (2007) y Deseo de ser punk (2009), todas ellas en la editorial Anagrama. En SM ha publicado El balonazo y El día que mamá perdió la paciencia. En Foro Complutense, el pequeño ensayo Un pistoletazo en un concierto y en la editorial Mondadori la novela Acceso no autorizado (2011)
Ha colaborado en el guión de La suerte dormida, dirigida por Ángeles González-Sinde. Es autora del guión de El principio de Arquímedes, dirigida por Gerardo Herrero, quien también dirigió Las razones de mis amigos, basada en la novela La conquista del aire. Ha escrito la pieza teatral El coloquio en colaboración con Unidad de Producción Alcores.
De tanto en tanto, escribe artículos en diversos medios.

 

La rabia gratuita no nos sirve (+Video)

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Karol Cariola y Camila Vallejo estuvieron ayer en la Universidad de La Habana para conversar con los universitarios cubanos, con los que en estos tiempos son el cuerpo joven de la nación. Las muchachas venían a compartir con sus coetáneos las heridas de su Chile querido, la lucha que libran por dinamitar una realidad que le duele a gran parte de su país y al mismo tiempo intercambiar sobre las inquietudes y luchas de los isleños.

Hubo quién sólo asistió para ver de cerca a la belleza austral que tantos titulares de prensa -de todo tipo- ha provocado, muchas veces en detrimento del movimiento social que defiende. Otros, por suerte, fueron más allá y se conectaron con la realidad que los visitantes chilenos intentaron trasmitir en palabras, a pesar de que ciertas experiencias deben vivirse en la propia piel para entender la real dimensión que tienen.

Algunos jóvenes cubanos se quedaron inconformes, les pareció que le habían limitado la posibilidad de trasmitirles a su vez a Camila y sus acompañantes sus criterios. No dudo que ello hubiera sucedido realmente, sabemos que en muchos espacios  una mano levantada, un joven listo para dar batalla o decir que lo que parece verde realmente no lo es, despierta un desconcierto inusitado y por lo tanto la mejor opción es el silencio, a pesar de sus trampas y sus daños.

Pero de lo que realmente quiero hablar es de la rabia gratuita de la que muchas veces somos víctimas o cómplices.

Muchos de los jóvenes con los que tropezamos todos los días, nuestros amigos, nosotros mismos, creemos que tenemos la vida regalada, lo que anteriormente a nosotros estuvo no interesa, lo que importa es el hoy, lo que se puede disfrutar, todas la fiestas, los licores, la juventud eterna, porque lo demás está garantizado y son otros los responsables de proveérnoslo, de romperse el alma por el presente y el futuro.

También están los que sí nos preocupa hacia dónde va la nave, los aciertos o desaciertos del capitán y el resto de la tripulación, que no queremos bajarnos y abandonar en la primera orilla propicia. Queremos seguir navegando, contar las mareas, llevar la bitácora de la navegación, empuñar los remos. Pero no nos robamos el show, no dinamitamos las maniobras que se hacen en el  barco, no nos hacemos oír cuando alguien nos quiere tapar la boca o cuando erróneamente pensamos que nuestra voz es muy delgada como para distraer a las sirenas con eficacia y evitar el peligroso atasco.

Y pasa la vida, los días pasan, y nos exaltamos donde nuestra actitud no puede marcar la diferencia, donde a nadie le explotan los oídos, ni se les va el piso debajo de los pies porque las cosas nos son cómo las pensaron, porque estuvieron solos dentro de la campana y no nos invitaron a ensordecernos juntos con el tañido imprescindible.

La rabia gratuita no nos sirve, no nos lleva a ninguna parte. La vida está ahí afuera y tenemos que ser los propios actores de esa vida, enderezarla, mejorarla, reconstruirla. Nosotros, los jóvenes cubanos, los que queremos un país mejor, que siga siendo nuestro.