Alguien tiene que llorar

"Dèjá-vu", de la artista cubana Cirenaica Moreira

“Dèjá-vu”, de la artista cubana Cirenaica Moreira

No hay fechas para celebrar ser mujer. Desde el mismo día de nuestro nacimiento  cuando nos visten con ropas de color rosado en hospital, esa primer acuerdo  social, sobre los colores que deben distinguirnos del otro grupo de seres humanos que pueblan la tierra, ya nos va buscando un lugar en la sociedad, con sus reglas, “derechos” y obligaciones. Como escribió Simone de Beauvoir: “No se nace mujer, se llega a serlo“. Y por el camino de la vida las mujeres vamos definiendo qué mujeres somos y cómo nos gusta celebrarlo. El relato que les traigo a continuación habla un poco de ello, remite a esos acuerdos sociales que las mujeres a veces cumplimos con aquiescencia y a veces desechamos sin miramientos. Cuando lleguen al final no crean en eso de que las mujeres somos las eternas perdedoras, poder decidir sobre nuestro cuerpo y la duración de nuestra vida, también pueden ser una victoria. Y esta es una de las tantas lecturas que esta historia puede tener. Su autora es Marilyn Bobes, una escritora cubana de la que ya les he hablado en otra ocasión.

Alguien tiene que llorar   

Debe haber otro modo que no se llame Safo
ni Messalina ni María Egipcíaca
ni Magdalena ni Clemencia Isaura.

Rosario Castellanos

Daniel

Está casi en el centro, sonriente. Es en realidad la más bella, aunque no lo sabía. Ni siquiera se atrevió a imaginarlo. Le preocupa demasiado su nariz, acaso muy larga para una muchacha de quince años. Con el tiempo su rostro se irá recomponiendo y no habrá ya desproporciones, nada que lo empañe. Pero ahora sólo le interesa el presente.

A su derecha, Alina, que tiene ya unos senos enormes y es la criollita, la codiciada, la que desean y buscan sin descanso todos los varones de la Secundaria. Cary la envidia un poco, sin saber que, veinticuatro años después, de la imponente Alina no quedaría más que una flácida y triste gorda. Alina tampoco lo sabe y, quizá por eso, en este 1969 fijado por la foto, se empina sobre las otras, orgullosa de todo su volumen, de su esplendor, usurpando el espacio de las demás y relegándolas a un segundo plano.

En el extremo izquierdo, borrosa por el contraluz, apenas se distingue a Lázara: unos muslos delgados, una figura desgarbada, una carita de ratón. El vientre, plano todavía, todavía inocuo. Levanta los ojos a la cámara como pidiendo perdón por existir. Es Lázara unos meses antes de la tragedia.

Después dejaría los estudios. No pudo soportar las miraditas, las risas, las leyendas y todo lo que acompañaba, en la Secundaria de aquellos años, a un embarazo no santificado. Para colmo: la huida del Viejo, un cuarentón que la esperaba a la salida, en el parquecito, y con quien se perdía, confiadamente, en el Bosque. Junto a Cary, también a la izquierda, dos muchachas no identificadas. Son muy parecidas, casi diríase gemelas. Bajitas, redondas, con ojos de muñeca, sólo están ahí para que, desde atrás, alzándose sobre sus cabezas y sus cerquillos y sus destinos pequeños y felices, aparezca Maritza. Ella se levanta con su estructura poderosa y es, en el retrato del grupo, una presencia agresiva.

El tiempo, trabajando sobre la foto, ha vuelto transparentes los ojos de Maritza. Ya parece marcada para morir. No mira hacia la lente. No sonríe. Es la única que no tiene cara de cumpleaños. Sus hombros anchos revelan a la deportista, a la campeona en estilo libre durante cuatro juegos escolares consecutivos. Es también bella, aunque de otro modo. Su rostro era perfecto y misterioso, como no hay ningún otro en la foto, como quizá no vuelva a haberlo en La Habana.

Cary

La encontraron ahogada. Como un personaje de la telenovela de turno: el vaso volcado y una botella de añejo medio vacía en los azulejos del piso, a unos pocos centímetros de la mano que colgaba sobre el borde de la bañadera. Los restos de las pastillas en el mortero, que quedó encima del lavamanos, y los envoltorios arrugados en el cesto de papeles del baño.

En el velorio, un hombre cuyo rostro me resultó familiar comentó que no parecía el suicidio de una mujer. Excepto por las pastillas. Le resultaba demasiado racional aquello de prever el deslizamiento, con el sueño profundo de los barbitúricos, hasta que la espalda descansara sobre el fondo y los pulmones se llenaran irreversiblemente de agua. Sospecho que le molestó la idea del cadáver desnudo de Maritza, expuesto a la mirada de una decena de curiosos, en espera de los técnicos de Medicina Legal.

Pero Maritza nunca tuvo sentido del pudor. Era la primera en llegar al centro deportivo y, antes de abrir la taquilla, se sacaba la blusa de un tirón, se desprendía de la saya, y empezaba a hacer cuclillas y abdominales en una explosión de energía incontrolable. Su torso y sus piernas, de músculos entrelazados y fuertes, giraban compulsivos ante nuestros ojos. Recuerdo que, una vez terminados los ejercicios, colocaba un gorro elástico sobre su pelo corto y, ya completamente  desnuda, se perdía en las duchas con aquel paso tan suyo: largo, lento, seguro.

A diferencia de nosotras, ella le daba a su imagen muy poca importancia. Ahora el tiempo ha pasado y veo las cosas de otro modo, y se me ocurre que cultivó siempre su cuerpo como valor de uso. Todas las demás, aunque nos concentráramos en la gimnasia o en la natación, nos preparábamos al mismo tiempo para una futura subasta; de algún modo, estábamos siempre en exhibición.

Lázara, Alina y yo nos torturábamos a diario con cinturones apretados y pantalones estrechos. Maritza era más feliz: se disfrazaba con atuendos cómodos, un poco extravagantes, como queriendo deslucirse obstinadamente. Más de una vez la regañamos por su descuido y, a veces, por su falta de recato: se sentaba y nunca se estiraba los bordes de la minifalda ni se colocaba una cartera encima de los muslos, como hacíamos las demás. Ni siquiera la recuerdo usando una cartera. Salía de la casa con un monedero gastado, hecho por algún artesano anónimo, donde apenas cabía el carnet de identidad y algún dinero. Muchas veces, durante el paseo, le pedía a Alina que lo guardara en su comando repleta de crayones delineadores, perfume, servilletas y cuanto objeto de tocador era posible imaginarse.

Alina

Siempre lo llevó por dentro. Siempre. Más de una vez me pasó por la cabeza y estuve a punto de advertírselo a Cary: esa desfachatez para exhibirse desnuda, aquellas teorías indecentes, la manía de querer estar a toda hora controlándola… No sé cómo no lo descubrimos a tiempo. Nosotras éramos normales, nos vestíamos con gracia, pensábamos como siempre piensan las mujeres.

Lo de mi marido no lo hizo solamente por molestarme, sino sabe Dios por qué otras sucias razones. Sin embargo, lo pagó. Esas cosas se pagan.

Él no pudo hacer nada con ella. Me lo dijo esta mañana en la funeraria. Había algo raro en su manera de quitarse la ropa, algo como un desparpajo. Y, después, lo humilló: volvió a vestirse como si nada, no quiso explicaciones, lo despidió con una expresión maligna y hasta se tomó el atrevimiento de hacerle un chiste cínico: Y ahora, ¿qué vas a hacer si yo decido contárselo a Alina?

Me lo confesó en un arranque de sinceridad y de rabia, para que no me conmoviera, para que no me dejara arrastrar por la debilidad de Lazarita y pusiera mi nombre en la corona. No se lo voy a permitir. Si a Caridad y a Lázara no les importa que la gente hable, a nosotros sí. Bastante hicimos con estar en el velorio. Pero al entierro no vamos. La urbanidad tiene sus límites.

Es cierto que yo me descuidé. Los partos acabaron conmigo, me desgraciaron, es la verdad. Pero cómo iba a ponerme a pensar en mi figura. La mujer que no tiene hijos nunca logra sentirse realizada. Muchas, como Maritza, como Cary, se conservan mejor porque no paren. A mí me educaron de otro modo: para formar una familia. Y no me arrepiento. Quiero mucho a mis hijos y las alegrías que ellos me han dado no las hubiera podido sustituir con nada. Eso es lo que completa a la mujer: una familia.

Llegué a pensar que ellas sacrificaban todo eso porque les gustaba lucirse. Si hubieran tenido que cocinar, lavar, planchar y atender una casa, difícilmente les alcanzaría el tiempo para leer libritos y estar pensando en musarañas. Cary sacó la cuenta. Se ha pasado la vida divorciada. Pero Maritza… Ahora se comprende por qué no le interesaba el matrimonio ni la estabilidad. En su caso, la respuesta era mucho más sencilla.

Fui una tonta. Si me sorprendían en un mal momento, me desahogaba con ellas, diciéndoles cosas que ni siquiera pensaba. Todavía era joven, inmadura. Yo no tenía que haberles contado lo que pasaba entre mi marido y yo. Maritza no tenía que haberme visto llorando. Para qué les habré dado ese gusto. Con el tiempo, comprendí que es normal. Pasa en todos los matrimonios: la pasión se transforma en compañerismo, en un afecto tranquilo y perdurable. Aun cuando ellos necesiten de vez en cuando una aventurita: una esposa es una esposa. La mujer que eligieron para casarse. Cuando uno madura, el problema del sexo pasa a ser secundario.

De todas maneras, me dolió. Maritza siempre quiso hacerme la competencia, llevarme alguna ventaja. En el 72, en un trabajo voluntario, consiguió llegar a finalista en el concurso para la Reina del Tabaco. Por supuesto que fui yo quien ganó. El jefe del Plan, tres campesinos y el director del Pre eran los miembros del jurado. El director y un campesino votaron por ella. Pero el resto del jurado y el público estuvieron, desde el principio, de mi parte. Ella nunca se pudo parar al lado mío. A pesar de su cara bonita y toda aquella fama de difícil que se buscó. Sabía que era el misterio lo que la volvía interesante. Y consiguió mantenerlo mucho tiempo. En el tercer año de la carrera todavía era virgen. O, al menos, se comentaba.

La tuve que sufrir día por día, también en la Universidad. Cuando supo que yo quería estudiar Arquitectura, allá fue ella y se matriculó. Por eso la conozco mejor que nadie. Le aguanté muchos paquetes. Sobre todo su envidia. Lo único que nunca le soporté fue que me dominara. No le gustó y ahí mismo se acabó la amistad: nos distanciamos.

Todavía me parece que la estoy viendo, haciéndose la modesta y, en el fondo, tan autosuficiente: aquella vocecita medio ronca, melosa, y su vocabulario rebuscado. Se desgastó en entrevistas, cartas, reuniones, pensando que alguien se iba a interesar en su tesis: edificios alternativos. Era una esnob. Tanta gente sin casa y ella preocupada por la diversidad, por la conciliación entre funcionalidad, recursos disponibles y estética. Nos desgració un 31 de diciembre completo con aquella letanía. No sé ni por qué la invitamos. Fue idea de Lazarita o de Cary.

Todo el mundo queriendo divertirse y ella sentada en la poltrona, como una lady inglesa, monopolizando la atención. Y Cary le daba y le daba cuerda para que siguiera hablando. Hasta Lázara se embobecía con sus idioteces. Le parecía el colmo de la genialidad algo que Maritza había dicho: levantarse todos los días a mirar edificios iguales vuelve a las personas intolerantes, las predispone contra la diferencia.

Lázara, tan estúpida, pobrecita, se impresionó con aquel disparate. Siempre tuvo complejos con las supuestas inteligencias de Maritza y de Cary. Ellas, Maritza en especial, le llenaron la cabeza de humo siendo todavía una niña. Y ahí la tienen: ningún hombre le dura. Y no sólo por fea. Sino por boba. Mucho más feas que ella las he visto yo casadas. Es que no aprende. Los persigue, enseguida les abre las piernas. Les confiesa que lo que quiere es casarse. Nada hay que espante más a un hombre que sentir que lo quieren atrapar. Por eso el Viejo la dejó plantada y hasta el sol de hoy está cargando con una hija sin padre. Mira que me cansé de repetírselo. A los hombres hay que demostrarles indiferencia, llevarlos hasta la tabla y hacerles creer que son los que toman las decisiones. No voy a gastar más saliva con ella. Que siga dejándose guiar por Cary para que vea. Al final, esa ya se casó tres veces y ha tenido cuantos maridos le ha dado la gana, mientras a la pobre Lazarita… nada se le da. Y a los cuarenta ni Marilyn Monroe consigue un tipo para casarse.

Daniel

Conocí a Lazarita en la empresa. Supe, por su mirada, que se me iba a entregar muy fácilmente y que, luego, tampoco me resultaría difícil desprenderme de ella. Tenía una opinión demasiado pobre de sí misma como para convertirse en una de esas mujeres tercas y pegadizas que se niegan a aceptar su condición volátil, efímera y sin raíces, cuando atraviesan por azar la vida de un hombre. En su triste coquetería sin encanto, sin orgullo, había una resignación a la esencia pasajera de cualquier vínculo que pudiera contraer. Eso me gustó en ella. Eso y la peregrina idea de que podía ser buena en la cama.

A menudo las mujeres poco atractivas dan verdaderas sorpresas en la intimidad. Como si quisieran suplir sus carencias con imaginación y audacia. También yo estaba solo y me aburría, y se acercaba el fin de año.

El 31 de diciembre Lazarita estaba invitada a una fiesta. Cuando acepté acompañarla se le iluminó el rostro con una alegría que me pareció excesiva. Estaba claro: había pasado sola muchos 31 y llegar conmigo a aquella casa (donde estarían «sus amigas de toda la vida») era un golpe de efecto, un alza para su auto-estima.

Ya habíamos salido antes, dos o tres veces. Su cuerpo desvaído y trémulo me había sido agradable, pero se veía que aquello no daba para mucho. A mediados de enero tenía que irme a un recorrido por provincias y pensaba aprovechar la circunstancia para alejarme definitivamente de Lázara. Así, sin lastimarla demasiado, añadiendo a la separación forzosa otros pretextos, postergaciones, mentiritas piadosas.

Pero el 31 de diciembre conocí a las que Lázara llamaba «sus amigas de toda la vida». Entre ellas estaba Alina, la dueña de la casa: una gorda casada, con tres hijos y sin ningún interés. Pero también estaba Maritza, que era una mujer impresionante: algo así como una Palas Atenea en el centro de aquella sala tonta, atiborrada de macramés. Daba la impresión de estar intacta y, sin embargo, parecía venir de regreso. Y estaba, sobre todo, Cary. Cary, en el extremo del sofá, siguiendo atentamente las explicaciones de Maritza sobre arquitectura, creo. Sostenía un vaso de ron en una de sus manos delgadas, aristocráticas, y entregaba la otra, con indolencia, a un hombre que detesté de inmediato. Cary: su rostro fino, anguloso, sus ojos siempre pestañeando a consecuencia de sus lentes, su boquita delgada, su cuerpo, su piel. Todo construido minuciosamente por un orfebre: para el amor, para ser besado, tocado, sorbido, pulgada por pulgada.

Cary

Íbamos juntas al cine, a la cafetería, a las fiestas, pero Maritza prefería la playa. En cualquier época del año, incluso en invierno. Yo era la única que estaba dispuesta a acompañarla en aquellos días fríos, grises, en los que disfrutábamos de una privacidad muy agradable, imposible de tener en agosto.

En los arrecifes desiertos, nos zafábamos la parte de arriba de los bikinis y nos untábamos una a la otra en la espalda aquella mezcla de aceite de cocina y yodo, con la que resolvíamos la falta de un bronceador industrial. En un tramo de la costa al que llamábamos La Playita, Maritza y yo hablábamos mucho. Le contaba, con una sinceridad que nunca tuve con las otras, todos los contratiempos de mi noviazgo con Alejandro, por el que derramé tantas lágrimas inútiles. Ella me oía con una atención cuidadosa que nunca en la vida he vuelto a encontrar en nadie.

Maritza me comprendía. Sin embargo, la irritaba que yo perdiera tanto tiempo y tantas energías en analizar con puntos y señales, obsesivamente, como decía ella, una cuestión tan insubstancial. Le costaba trabajo admitir que yo convirtiera mi relación con Alejandro en algo central, determinante, que fuera una ocupación tan absorbente como para borrar el interés y la satisfacción de otras: escribir, por ejemplo. Ella estaba segura de que yo sería escritora, sobre todo después que le hablé de mis diarios. Desde que era una niña, todas las noches, antes de dormirme, anoto en un cuaderno las impresiones del día. Y todavía me sorprende que una de aquellas tardes yo misma le permitiera leer a Maritza algunas páginas, las que creía más intensas y mejor redactadas.

Tal vez, sin saberlo, ya buscaba un lector. Y Maritza se mostraba tan interesada, me daba tanto ánimo, que no pude resistir la tentación de enseñarle aquellas anotaciones, a pesar de que, hasta ese momento, yo había considerado mi diario algo sagrado. Lo mantenía escondido debajo de mi almohada.

Recuerdo que elogió mi facilidad para las descripciones y mi supuesta agudeza para relacionar detalles. Lo único que no le gustó fue que (allí también) el personaje principal fuera Alejandro. Como me dolieron sus críticas, me defendí tratando de neutralizarla con mi experiencia: tal vez lo comprendería cuando se enamorara. Y entonces me confesó que ella también había creído estarlo. Pero el amor, me dijo, es un sentimiento demasiado incierto, demasiado cambiante: no deberíamos darle ese lugar protagónico que solamente merece lo esencial.

A los diecisiete años, Maritza ya pensaba que mientras más realizada se siente una persona, menos necesita de otra para ser feliz. El amor —insistía ella— es un arreglo entre perdedores. Por eso, casi siempre somos las mujeres las más enamoradas. Porque las mujeres somos, por naturaleza, perdedoras.

Hemos sido educadas, me dijo una vez, para facilitar el triunfo de los machos: fíjate, tú misma, con todo tu talento, nada más que hablas de ellos.

Maritza tocaba siempre aquellos temas con una gran naturalidad, ajena a todo dramatismo, evitando ser solemne.

De pronto, como si la conversación dejara de interesarle, se levantaba de un salto y, después de abrocharse las tiras del bikini, me daba un toquecito cómplice en el hombro y se tiraba al mar. Desde allí, empezaba a hacer chistes a costa de Alejandro y se burlaba de mis sufrimientos con tanta gracia que, en muchas ocasiones, a mí misma llegaron a parecerme ridículos, y hasta falsos.

Alina

Maritza era envolvente. Tenía ese aire leguleyo que le faltó siempre a Cary. No la oirían los de arriba, pero otra gente, inteligente incluso, como mi propio marido, la miraban como si fuera una extraterrestre. Es verdad que esa noche vino muy bien vestida. Comenzó a arreglarse con gusto cuando empezó a trabajar. Se maquillaba como una reina y tenía aquella piel bronceada, de esas que sólo se ven en las revistas. Siempre lograba parecer más bonita de lo que realmente era.

Estoy segura de que aquel 31 de diciembre vino con el propósito de quitarme el marido. Y luego había que ver cómo se quejaba de que los hombres no la oían. La invitaban a almorzar, supuestamente para interesarse por su proyecto, y acababan invitándola a dormir con ellos. No digo yo. Si era ella misma la que los provocaba. A lo mejor si hubiera aceptado a alguno, La Habana estaría llena de edificios alternativos. Total, si fue capaz de hacerlo con mi marido, por qué no con alguno de aquellos dirigentes.

En eso andaba por el 83 o el 84. Creo que fueron sus mejores años. Porque hay que ser sinceros: no parecía lo que era. Había que ser muy suspicaz para darse cuenta de algunos detallitos. Por ejemplo, a mí nunca me gustó su manera de pronunciar las eses: las arrastraba silbando. Así, como las pronuncian ellas.

Todo indica que, algún tiempo después de que nos dejamos de ver, empezó a emborracharse. No en público sino en privado. Su vecina contó en el velorio que la veían entrar todos los días al apartamento con una botella de vino o de Havana Club en la bolsa de los mandados.

Por las tardes, después de darse un baño, se sentaba en la terraza con un short y un topecito blanco a escuchar música brasileña y a beber. Sola. Completamente sola.

Hombres jamás le conocieron. Cuando la otra se mudó con ella, todos pensaron que se trataba de una parienta o de una amiga muy cercana. La mujer tenía un niño. Seguramente ese niño fue la causa por la que se decidió a volver con el marido. Pobre criaturita. No puedo concebir que la gente sacrifique a sus hijos para irse a disfrutar de sus aberraciones.

Maritza cayó en un estado depresivo muy fuerte. Dejó de saludar a los vecinos y renunció al trabajo.

No la vi más hasta hoy: vieja y amoratada a través del cristal de un ataúd. Fue un espectáculo muy desagradable. Caridad parecía una zombi, estaba completamente transfigurada. Ni siquiera por cuestiones de hombres, que son las que más la desestabilizan, la había visto nunca así. Cuando se llevaban el cadáver palideció y si mi marido no la sujeta fuerte creo que allí mismo se hubiera caído desmayada. Delante de todo el mundo, dando pie a pensar mal de ella. Y con ella, de nosotras. Tuve que hablarle muy duro para que reaccionara. Al final, le dije: Una mujer como Maritza, sin hijos, sin marido y con su patología, ¿para qué quiere vivir? Es como cuando te nace un niño anormal, aunque sea tu hijo, es mejor que se muera, ¿no? Ella tomó una decisión y tenía motivos para suicidarse, ¿no te das cuenta, Cary?

Lázara

Ahora que ya se la llevan, ahora que Alina se fue con todo ese odio que le sale de las entrañas y que la vuelve una persona mala como Odette, o como Fátima o como Justina, la criada de la otra novela, voy a llorar todo lo que me dé la gana. Porque yo sí no creo que a Maritza le gustaran las mujeres. Y si le gustaban, era asunto de ella. Con eso no le hacía mal a nadie. Pero no. Yo sé bien que a ella no le gustaban. Lo que pasa es que era muy buena. Lo prestaba todo. No tenía nada de ella. Me acuerdo que cuando su papá le trajo de Hungría aquellos zapatos anaranjados de charol, me los regaló a mí. Yo no tenía ningún zapato bueno. Pero tampoco quería que se los quitara para dármelos. Me daba mucha pena. Entonces Maritza me dijo: Tú los vas a disfrutar más que yo. Y creo que era verdad. A ella no le interesaban las cosas sino la felicidad de las personas. Se ponía tan contenta cuando la niña le decía: Tía Maritza, llévame al acuario. Ella se la llevaba, le explicaba las costumbres de los peces, le hacía aquel cuento de la foca solitaria inventado por Maritza misma. Hasta a mí me gustaba ese cuento. A Cary también le duele mucho que se haya matado. Así, de un día para otro, como si fuera una persona mala, que no merece vivir. Todo el mundo sabe que Maritza no se metía con nadie. Y si quería fabricar aquellas casas, no era para ella sino para la gente. También para mí. ¿No te gustaría vivir en una así?, me dijo un día enseñándome una de las pinturas que hacía para su trabajo. Ella no necesitaba esas casas. Vivía muy bien. En un apartamentico muy bonito, muy elegante, lleno de matas y de cuadros y hasta con adornos de afuera. Jamás la vi que nos estuviera mirando con ninguna mala intención ni nada de eso. Todo lo contrario.

Hasta Daniel, aquel hombre tan raro que estuvo saliendo como dos meses conmigo, le tenía mucho afecto. Se ha portado muy bien. Se quedó todo el día en la funeraria. Siempre fue muy educado. Se pasaba la vida llevándome a los museos. Era un poco aburrido y tenía muy mal carácter, pero me hubiera casado con él si me lo pide. Él nunca se casó. Es un solitario. Días y días encerrado en la casa y no se le podía ni llamar. Y no porque estuviera con otras mujeres. Lo que hacía era escribir en unas libretas grandes y preguntarme por mi vida y por la de mis amigas. Sobre todo por las de Maritza y Cary. Fuimos juntos un 31 a casa de Alina y él miraba mucho a Cary. Ahora me acuerdo que se quedó con mi fotografía de sus quince. (Cary le dio una copia a Alina, otra a Maritza y otra a mí.) Pero no le dijo ni ojos bellos, bailó conmigo toda la noche y hasta me pasó el brazo por encima cuando Maritza nos hablaba de los palomares aquellos. Es verdad. Cada vez que los veo me acuerdo. Grises, feos, iguales. Yo prefiero estar en mi cuartico de La Habana Vieja y ver edificios diferentes, para poder darme cuenta de que todas las personas son muy distintas. No como los ratones, las palomas, los gatos. De diferentes colores, sí, pero en el fondo igualitos. Si no tuvieran manchas o esos colores, quién los diferenciaba. En La Habana todas las casas son distintas, aunque se estén cayendo, mientras que Alamar parece una película rusa, no sé. Allí no hacen barbacoas. Fue Maritza quien me ayudó a construir la mía. Consiguió el camión y hasta claveteó las maderas. Es verdad que hacía muchas cosas de hombre, pero de ahí a decir que le gustaban las mujeres, va un gran trecho. No lo creo. De veras que no lo creo. Sólo porque una amiga haya ido a vivir con ella. ¿Y si no tenía casa o el marido le pegaba? A Maritza no le gustaba que maltrataran a sus amigas. Era muy avanzada. Muy liberada. Por eso Alina se ponía verde de envidia. No soportaba que Maritza pudiera estar alegre sin ningún hombre. Nada más que quedándose en su casa, leyendo, oyendo una música bonita, de esas clásicas. Ojalá yo hubiera podido ser como ella. Habría terminado una carrera en el curso nocturno en vez de haber perdido tantas noches en los cabarets con tipos que no supieron respetarme ni ser mis compañeros.

Cary también ha perdido el tiempo con mucha gente. Se ha tropezado con muchos miserables que no la consideran. Pero es distinto, ella es famosa y escribe novelas. Verdad que no hay quien se las lea, pero no importa, de vez en cuando le hacen una entrevista y ha salido por la televisión.

Cary

Una tarde en la playa, cuando caía el crepúsculo, vi a Maritza muy triste. Sólo ese día comprendí que también ella podía ser frágil, que dentro de aquel cuerpo fuerte, quizás hubiera una muchacha débil como cualquier otra. Fue la primera vez, y la única, si lo recuerdo bien, que me habló de algo suyo.

La persona que le gustaba, me confesó, estaba enamorada de otra. Maritza no creía posible que se concretara una relación, porque, suponiendo que se fijara en ella, estaba dispuesta a sacrificarse: no iba a convertirse en un problema para alguien a quien estimaba tanto. Ella, me aseguró, sólo creía en el placer, pues el amor, como lo entiende la mayoría de la gente, es una cosa compleja, responsable y, en cierto sentido, representativa: un compromiso social.

Fue una conversación extraña. Yo no me atreví a preguntarle quién era aquella persona. Sus sentimientos me parecían nobles pero aquellas ideas me resultaban demasiado enrevesadas. Sentí también un poco de miedo. El sol ya empezaba a retirarse y, a esa hora del día, los diálogos se transfiguran, siempre se tiñen, para mí, de significaciones trágicas.

Me acuerdo: Me quedé callada y, un poco nerviosa, recogí algunos de nuestros objetos, tirados sobre las rocas, y comencé a guardarlos en mi bolsa. Así me entretuve un rato. Cuando volví a mirarla sus ojos tenían una expresión desoladora. Reflejaban una amargura tan grande, que sentí pena por ella. Pensé en ayudarla, pero yo no sabía lo que sucedía ni entendía muy bien de qué estábamos hablando. Terminé preguntándole si el placer que dábamos, el que nos daban los otros, no era también una cosa importante.

Me contestó que mucho. Pero el placer está cargado de culpa. Muchas personas se casan —opinaba ella— creyendo estar enamoradas y en realidad están buscando aprobación.

El amor no existe, es un invento, me repetía con la terquedad de quien está convencido de tener toda la verdad. Le aseguré que se equivocaba: yo sí creía en el amor. Sabía muy bien la diferencia que existía entre desear a una persona y enamorarse, y admitía hasta la posibilidad de una confusión de sentimientos, pero absolutizar esa confusión me parecía un disparate, una simplificación.

Entonces Maritza, levantando una ceja, dijo que si yo pensaba así, ya estaba perdida, acabarás convertida en un juguete o algo mucho peor: una esclava.

Yo trataba de seguir a Maritza, la lógica de Maritza. Pero en aquel momento me sentía incapaz de recibir su mensaje. Ella insistía en que yo debía escribir, eso me libraría de la necesidad de aferrarme a algún hombre para que me representara. No puedes permitirles que te hagan sufrir, me decía. Si alguien tiene que llorar, que sean ellos.

Me acuerdo que, después de esa frase, se levantó de un salto y se burló, apretando las manos contra el pecho y repitiendo, en un tono afectado de locutora de radio: Alguien tiene que llorar, novela original de Caridad Serrano, interpretada por Maritza Fernández.

Aquella tarde nos despedimos muertas de la risa, sin saber todavía que, durante muchos años, íbamos a continuar divirtiéndonos con su ocurrencia. Alguien tiene que llorar, me decía Maritza cuando llegaba a mi casa y adivinaba mi tristeza por el fracaso de alguna relación ocasional. Pues si alguien tiene que llorar, que sea él, le contestaba yo, ironizando mis sufrimientos y dando así por terminada la causa de mi disgusto.

Lázara

Yo no cambio la vida de Cary, qué digo la de Cary, ni siquiera la mía, tan triste, tan insignificante, por la de Alina y ese bonitillo presumido con el que se casó. No la respeta. Ya ni siquiera se esconde cuando uno se lo tropieza por ahí, con las mujerzuelas, en las paradas, en los restaurantes, en los lugares más inesperados, y nunca va con Alina sino con otras. Parece como si se avergonzara. Ahora. Porque antes, cuando Alina era joven y bonita, se llenaba la boca para presentarla: Mi mujer, decía, te presento a mi mujer. Un día, para ridiculizarlo, Maritza le dijo: Tu mujer que, por casualidad, se llama Alina. Él la miró como si se la quisiera tragar y Maritza le sacó la lengua, allí, delante de todo el mundo. No le quedó otro remedio que reírse con los demás. Pero yo noté algo raro, algo morboso. Para mí que ese hombre quería algo con ella. Se le iban los ojos cuando Maritza se levantaba o cruzaba las piernas. Me acuerdo que todavía en los primeros años de casados, Alina nos invitó a aquella casa en la playa, y yo llegué a la cocina donde estaba Maritza con él preparando los mojitos. Vi, de refilón, cuando ella lo empujaba. Se reían, pero lo dijo bien clarito: Deja de hacerte el gracioso. La pobre Alina en la sala, lidiando con los muchachos, y ese hombre sacándole fiesta a sus amigas. Porque a Cary también se le insinuó, vino a contármelo. Me pidió que ni se me ocurriera decírselo a Alina y mucho menos a Maritza, porque esa sí que lo llamaba y le cantaba las cuarenta. Tan descarado. Después no quiso ni que pusiéramos el nombre de Alina en la corona. Maritza lo dijo siempre: Para estar casada con un tipo así, es mejor suicidarse. Y, ya tú ves, la que se suicidó fue ella, pobrecita, que era la mejor, la más inteligente. Por eso inventan cosas para desprestigiarla. Eso le pasa siempre a la gente que se destaca. Fíjate que ni siquiera la amiga esa, la del problema, ha tenido la decencia de aparecerse por aquí. A Maritza siempre le pagaban así sus atenciones. Pero yo creo que ella no era desgraciada, todo lo contrario. No me explico por qué lo hizo. Cary me dijo una cosa que no entendí sobre la necesidad de realizarse. ¿Realizar qué?, le pregunté. Pero estaba muy mal. No lloraba. Era como si no pudiera hacerlo y se lo dije: Es malo que no llores, tienes que desahogarte, soltar eso. A ti no te importa si Alina no llora. Ella es muy dura. Pero tú no, tú necesitas llorar. Ahora lo que deberíamos hacer es encargar otra corona para que la pobre Maritza tenga más flores en la tumba. Las flores son buenas. Podíamos pedirle al papá, ese hombre tan huraño que se sentó en una silla y ni siquiera nos oyó cuando le dimos el pésame, que nos diga su nombre para encargársela… Cary no quiere que llore, dice que me pongo histérica. Pero yo no sé llorar de otro modo. Desde chiquitica me daban esos ataques con hipidos y todo. Delante de Alina y el marido hice un esfuerzo para controlarme. Pero ahora no puedo. Para qué voy a controlarme. Maritza decía que hay que actuar con el corazón, y el corazón me pide que llore. Y yo voy a llorar lo que me dé la gana y voy a gritar también. Alguien tiene que llorar a Maritza, alguien tiene que demostrar que ella no fue esa pervertida que ahora dicen que era, y yo sí voy a llorar y voy a gritar y voy a decirle a todo el mundo que era mi amiga. Porque alguien tiene que llorarla.

Daniel

La enterramos bajo un aguacero despiadado y la gente corrió a guarecerse bajo los techos de los mausoleos. Cuando los sepultureros bajaron el ataúd, quedábamos tres personas: Lazarita, Caridad y yo. Los ojos secos de Cary reflejaban incertidumbre y horror. Mirándola tan de cerca, me pregunté qué había quedado de aquel cutis lozano, de aquel cuerpo luminoso que mantuvo tantos años al acecho, impotente pero esperanzado.

Seguí viendo a Lazarita de tarde en tarde, solamente para estar un poco cerca de ella. Y también de Maritza. Aunque nunca me miraron. Para Cary siempre había otro, alguno de esos que la ayudaban a sentirse como las demás. Para Maritza… quién sabe. Ambas vivían en mundos muy diferentes a éste, aun cuando parecían habitarlo. Llegar a conocer esos mundos de una manera verdadera hubiera exigido mucha audacia, tal vez otro sentido de la libertad.

Sé que a Cary le molestaron mis comentarios de la funeraria. Hablé así del suicidio de Maritza para llamar su atención. Pero ella no me recordaba. Se limitó a clavarme los ojos con dureza. Entonces descubrí que habían perdido el brillo, que la piel de los alrededores comenzaba a arrugarse sin remedio.

Ella volvió la vista hacia la caja: gris, absurda como la muerte que escondía, como el llanto de Lazarita, como todo el ritual. Supe que Cary volaba con el pensamiento a otra parte, tal vez a un tiempo impreciso, reservado, donde junto a Maritza, junto a ella, yo también hubiera querido estar.

Hasta ayer todavía fue posible soñarlo. Ahora ya no.

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