XVI Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar

CONVOCATORIA

El Instituto Cubano del Libro, la Casa de las Américas, y la UNEAC, con el auspicio del Ministerio de Cultura de la Nación Argentina y la Fundación ALIA, convocan a la décimo sexta edición del Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar, creado por la prestigiosa escritora y traductora lituana Ugné Karvelis.

Este premio, que tiene una frecuencia anual, fue concebido como un homenaje al gran escritor argentino, uno de los mayores de nuestra lengua, y tiene el objetivo de estimular a los narradores de todo el mundo que escriben en lengua castellana.

Los interesados deben presentar un cuento inédito, de tema libre, que no esté comprometido con ningún otro concurso ni se encuentre en proceso editorial. Los autores enviarán tres copias del cuento, cuya extensión máxima no debe sobrepasar las 20 cuartillas mecanografiadas a dos espacios y foliadas. Los relatos estarán firmados por sus autores, quienes incluirán sus datos de localización. Es admisible el seudónimo literario, pero en tal caso será indispensable que lo acompañe, en sobre aparte, su identificación personal.

Las obras deberán ser enviadas, antes del 15 de julio de 2017 a:

Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar, Centro Cultural Dulce María Loynaz, 19 y E, Vedado, Plaza, La Habana, Cuba.

O a:

Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar, Casa de las Américas, 3ra, esquina a G, Vedado, Plaza, La Habana, Cuba.

El jurado estará integrado por destacados narradores y críticos. Se conocerá su decisión en agosto de 2017. Se otorgará un premio único e indivisible que consistirá en 1000 euros, la publicación del cuento premiado en la revista literaria La Letra del Escriba, tanto en su versión impresa como electrónica, así como su publicación en forma de libro junto con los relatos que obtengan menciones, volumen que realizará la Editorial Letras Cubanas y será presentado en la Feria Internacional del Libro de La Habana de 2018. La premiación se efectuará en La Habana el 26 de agosto de 2017, aniversario del natalicio de Julio Cortázar.

Su presidente de honor es Miguel Barnet y la coordinadora general, Basilia Papastamatíu.

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La luz es como el agua

Seguramente no se arrepintieron de ver el audiovisual de Imaginantes  sobre cómo nació el cuento La luz es como el agua de Gabriel García Márquez. Yo lo adoré. Por eso les dejo también el cuento original para que se deleiten con el chorro de imaginación de este colombiano querido. No dejen de leerlo. Estoy convencida que el momento escogido del sábado o el domingo, o cualquier otro día que prefieran, para leer lo que aquí les dejo, será hermoso.

La luz es como el agua

En Navidad los niños volvieron a pedir un bote de remos.

-De acuerdo -dijo el papá, lo compraremos cuando volvamos a Cartagena.

Totó, de nueve años, y Joel, de siete, estaban más decididos de lo que sus padres creían.

-No -dijeron a coro-. Nos hace falta ahora y aquí.

-Para empezar -dijo la madre-, aquí no hay más aguas navegables que la que sale de la ducha.

Tanto ella como el esposo tenían razón. En la casa de Cartagena de Indias había un patio con un muelle sobre la bahía, y un refugio para dos yates grandes. En cambio aquí en Madrid vivían apretados en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. Pero al final ni él ni ella pudieron negarse, porque les habían prometido un bote de remos con su sextante y su brújula si se ganaban el laurel del tercer año de primaria, y se lo habían ganado. Así que el papá compró todo sin decirle nada a su esposa, que era la más reacia a pagar deudas de juego. Era un precioso bote de aluminio con un hilo dorado en la línea de flotación.

-El bote está en el garaje -reveló el papá en el almuerzo-. El problema es que no hay cómo subirlo ni por el ascensor ni por la escalera, y en el garaje no hay más espacio disponible.

Sin embargo, la tarde del sábado siguiente los niños invitaron a sus condiscípulos para subir el bote por las escaleras, y lograron llevarlo hasta el cuarto de servicio.

-Felicitaciones -les dijo el papá ¿ahora qué?

-Ahora nada -dijeron los niños-. Lo único que queríamos era tener el bote en el cuarto, y ya está.

La noche del miércoles, como todos los miércoles, los padres se fueron al cine. Los niños, dueños y señores de la casa, cerraron puertas y ventanas, y rompieron la bombilla encendida de una lámpara de la sala. Un chorro de luz dorada y fresca como el agua empezó a salir de la bombilla rota, y lo dejaron correr hasta que el nivel llego a cuatro palmos. Entonces cortaron la corriente, sacaron el bote, y navegaron a placer por entre las islas de la casa.

Esta aventura fabulosa fue el resultado de una ligereza mía cuando participaba en un seminario sobre la poesía de los utensilios domésticos. Totó me preguntó cómo era que la luz se encendía con sólo apretar un botón, y yo no tuve el valor de pensarlo dos veces.

-La luz es como el agua -le contesté: uno abre el grifo, y sale.

De modo que siguieron navegando los miércoles en la noche, aprendiendo el manejo del sextante y la brújula, hasta que los padres regresaban del cine y los encontraban dormidos como ángeles de tierra firme. Meses después, ansiosos de ir más lejos, pidieron un equipo de pesca submarina. Con todo: máscaras, aletas, tanques y escopetas de aire comprimido.

-Está mal que tengan en el cuarto de servicio un bote de remos que no les sirve para nada -dijo el padre-. Pero está peor que quieran tener además equipos de buceo.

-¿Y si nos ganamos la gardenia de oro del primer semestre? -dijo Joel.

-No -dijo la madre, asustada-. Ya no más.

El padre le reprochó su intransigencia.

-Es que estos niños no se ganan ni un clavo por cumplir con su deber -dijo ella-, pero por un capricho son capaces de ganarse hasta la silla del maestro.

Los padres no dijeron al fin ni que sí ni que no. Pero Totó y Joel, que habían sido los últimos en los dos años anteriores, se ganaron en julio las dos gardenias de oro y el reconocimiento público del rector. Esa misma tarde, sin que hubieran vuelto a pedirlos, encontraron en el dormitorio los equipos de buzos en su empaque original. De modo que el miércoles siguiente, mientras los padres veían El último tango en París, llenaron el apartamento hasta la altura de dos brazas, bucearon como tiburones mansos por debajo de los muebles y las camas, y rescataron del fondo de la luz las cosas que durante años se habían perdido en la oscuridad.

En la premiación final los hermanos fueron aclamados como ejemplo para la escuela, y les dieron diplomas de excelencia. Esta vez no tuvieron que pedir nada, porque los padres les preguntaron qué querían. Ellos fueron tan razonables, que sólo quisieron una fiesta en casa para agasajar a los compañeros de curso.

El papá, a solas con su mujer, estaba radiante.

-Es una prueba de madurez -dijo.

-Dios te oiga -dijo la madre.

El miércoles siguiente, mientras los padres veían La Batalla de Argel , la gente que pasó por la Castellana vio una cascada de luz que caía de un viejo edificio escondido entre los árboles. Salía por los balcones, se derramaba a raudales por la fachada, y se encauzó por la gran avenida en un torrente dorado que iluminó la ciudad hasta el Guadarrama.

Llamados de urgencia, los bomberos forzaron la puerta del quinto piso, y encontraron la casa rebosada de luz hasta el techo. El sofá y los sillones forrados en piel de leopardo flotaban en la sala a distintos niveles, entre las botellas del bar y el piano de cola y su mantón de Manila que aleteaba a media agua como una mantarraya de oro. Los utensilios domésticos, en la plenitud de su poesía, volaban con sus propias alas por el cielo de la cocina. Los instrumentos de la banda de guerra, que los niños usaban para bailar, flotaban al garete entre los peces de colores liberados de la pecera de mamá, que eran los únicos que flotaban vivos y felices en la vasta ciénaga iluminada. En el cuarto de baño flotaban los cepillos de dientes de todos, los preservativos de papá, los pomos de cremas y la dentadura de repuesto de mamá, y el televisor de la alcoba principal flotaba de costado, todavía encendido en el último episodio de la película de media noche prohibida para niños.

Al final del corredor, flotando entre dos aguas, Totó estaba sentado en la popa del bote, aferrado a los remos y con la máscara puesta, buscando el faro del puerto hasta donde le alcanzó el aire de los tanques, y Joel flotaba en la proa buscando todavía la altura de la estrella polar con el sextante, y flotaban por toda la casa sus treinta y siete compañeros de clase, eternizados en el instante de hacer pipí en la maceta de geranios, de cantar el himno de la escuela con la letra cambiada por versos de burla contra el rector, de beberse a escondidas un vaso de brandy de la botella de papá. Pues habían abierto tantas luces al mismo tiempo que la casa se había rebosado, y todo el cuarto año elemental de la escuela de San Julián el Hospitalario se había ahogado en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. En Madrid de España, una ciudad remota de veranos ardientes y vientos helados, sin mar ni río, y cuyos aborígenes de tierra firme nunca fueron maestros en la ciencia de navegar en la luz.

Nadar de noche

"el amor absoluto por un ser amado perdido, encontrado ahí, encontrado así..."

“el amor absoluto por un ser amado perdido, encontrado ahí, encontrado así…”

Dice el escritor Luis Chitarroni que el libro de relatos “Nadar de noche” es una muestra evidente de aquello que Juan Forn niega a menudo –no sin coquetería– tener: imaginación. Es un cuento, además, inspirado. Digo yo que es de los mejores relatos que me he leído este año en el que me he sumergido tanto en la literatura, en el que en lugar de poros creo me han aparecido por todo el cuerpo letras, en el que me he sorprendido pendiente de las palabras, de su sonido, de la cola de afectos y trasmutaciones que provocan. Por eso, precisamente por eso,  les he traído el relato que da título al libro de Forn, autor que no conozco, del que solo ahora vengo a saber algo.

Lo traigo a modo de celebración, porque hay veces en que alguien tiene que nombrar algo para que exista, para darnos cuenta de que está ahí, al alcance de la mano y que lo podemos poner a vivir con tan solo tocarlo o bañarlo con una mirada cuidadosa. Porque me pido un respiro, porque quiero -como escribió un amigo hoy- ” Que se renueve y nos renueve la esperanza”.

Quisiera abarcarlos a todos en un abrazo y poder conjurar para ustedes toda la luz, el amor y la solidaridad que el mundo está olvidando y desperdiciando, pero solo les dejo Nadar de noche y mi beso.

Nadar de noche

Era demasiado tarde para estar despierto, especialmente en una casa prestada y a oscuras. Afuera, en el jardín, los grillos convocaban empecinados y furiosos la lluvia, y él se preguntó cómo podían dormir en los cuartos de arriba su mujer y la beba con ese murmullo ensordecedor.

Tenía insomnio, estaba en pantalones cortos, sentado frente al ventanal abierto que daba a la terraza y al jardín. Las únicas luces prendidas eran los focos adentro de la pileta, pero la luz ondulada por el agua no conseguía matar del todo la sensación de estar en una casa ajena, el malestar indefinible con aquel simulacro de vacaciones.

Porque, en realidad, no estaba ahí descansando sino trabajando. Aunque el trabajo no implicase ningún esfuerzo en particular, aunque no tuviese que hacer nada, salvo vivir en esa casa con su mujer y su hija y disfrutar las posesiones de su amigo Félix, mientras éste y Ruth remontaban el Nilo y gastaban fortunas en rollos de fotos y guías egipcios sin dientes, a cuenta de una revista de viajes italiana.

Para calmarse, para atraer el sueño, pensó que no iba a pisar Buenos Aires en todo el mes. Viviría en pantalones cortos y sin afeitarse, cortaría el pasto, cuidaría la pileta, vería videos y escucharía música mientras su hija crecía delante de sus ojos y su mujer inventaba postres raros en la cocina. Y en todo ese tiempo quizá le dejaran algún mensaje mínimamente estimulante, o al menos catastrófico, en el contestador automático de su departamento.

Mientras tanto, a lo mejor Félix y Ruth decidían prolongar su viaje un mes más, o tenían un accidente, o se enamoraban los dos de un mismo efebo andrógino y analfabeto en Alejandría. Un mes podía ser mucho tiempo en algunos lugares; un mes podía ser casi una vida. Para su hijita, por ejemplo. Tenía que empezar a vivir al ritmo de ella, como le había dicho su mujer. Día por día, hora por hora, lentamente. Tenía que asumir la paternidad de una vez, como dirían Félix y Ruth, si es que no lo habían dicho.

Entonces oyó la puerta. No el timbre sino dos golpecitos suaves, corteses, casi conscientes de la hora que era. Cada casa tiene su lógica, y sus leyes son más elocuentes de noche, cuando las cosas ocurren sin paliativos sonoros. Él no miró el reloj, ni se sorprendió, ni pensó que los golpes eran imaginación suya. Simplemente se levantó, sin prender ninguna luz a su paso y cuando abrió la puerta se encontró con su padre parado delante de él. No lo veía desde que había muerto. Y, en ese momento, supo incongruentemente que ya se había hecho a la idea de no verlo nunca más.

Su padre tenía puesto un impermeable cerrado hasta arriba y el pelo tan abundante y bien peinado como siempre, pero totalmente blanco. Nunca habían sido muy expresivos entre ellos. Él dijo: “Papá, qué sorpresa”, pero no se movió hasta que su padre preguntó sonriendo:

—¿Se puede pasar?

—Sí, claro. Por supuesto. Sigue leyendo

Un hombre sin suerte

Samanta Schweblin, escritora argentina

Samanta Schweblin, escritora argentina

De la escritora argentina Samanta Schweblin he hablado en varias ocasiones en mi blog. Lo cual quiere decir que me gusta mucho su manera de escribir, de contarnos historias. Esta vez el pretexto es que Samanta acaba de recibir hace unos días el  Premio Internacional de Cuento Juan Rulfo, en su edición 30 con el cuento Un hombre de suerte. Llama la atención que de ahora en adelante este concurso cambiará de nombre a pedido de los familiares del escritor mexicano. De todas formas se impone celebrar esta noticia de la mejor manera: leyendo la historia. Buen provecho!!!

Un hombre de suerte

El día que cumplí ocho años, mi hermana -que no soportaba que dejaran de mirarla un solo segundo-, se tomó de un saque una taza entera de lavandina. Abi tenía tres años. Primero sonrió, quizá por el mismo asco, después arrugó la cara en un asustado gesto de dolor. Cuando mamá vio la taza vacía colgando de la mano de Abi se puso más blanca todavía que Abi.

-Abi-mi-dios –eso fue todo lo que dijo mamá- Abi-mi-dios –y todavía tardó unos segundos más en ponerse en movimiento.

La sacudió por los hombros, pero Abi no respondió. Le gritó, pero Abi tampoco respondió. Corrió hasta el teléfono y llamó a papá, y cuando volvió corriendo Abi todavía seguía de pie, con la taza colgándole de la mano. Mamá le sacó la taza y la tiró en la pileta. Abrió la heladera, sacó la leche y la sirvió en un vaso. Se quedó mirando el vaso, luego a Abi, luego el vaso, y finalmente tiró también el vaso a la pileta. Papá, que trabajaba muy cerca de casa, llegó casi de inmediato, pero todavía le dio tiempo a mamá a hacer todo el show del vaso de leche una vez más, antes de que él empezara a tocar la bocina y a gritar.

Cuando me asomé al living vi que la puerta de entrada, la reja y las puertas del coche ya estaban abiertas. Papá volvió a tocar bocina y mamá pasó como un rayo cargando a Abi contra su pecho. Sonaron más bocinas y mamá, que ya estaba sentada en el auto, empezó a llorar. Papá tuvo que gritarme dos veces para que yo entendiera que era a mí a quien le tocaba cerrar.

Hicimos las diez primeras cuadras en menos tiempo de lo que me llevó cerrar la puerta del coche y ponerme el cinturón. Pero cuando llegamos a la avenida el tráfico estaba prácticamente parado. Papá tocaba bocina y gritaba ¡Voy al hospital! ¡Voy al hospital! Los coches que nos rodeaban maniobraban un rato y milagrosamente lograban dejarnos pasar, pero entonces, un par de autos más adelante, todo empezaba de nuevo. Papá frenó detrás de otro coche, dejó de tocar bocina y se golpeó la cabeza contra el volante. Nunca lo vi hacer una cosa así. Hubo un momento de silencio y entonces se incorporó y me miró por el espejo retrovisor. Se dio vuelta y me dijo:

-Sacate la bombacha.

Tenía puesto mi Jumper del colegio. Todas mis bombachas eran blancas pero eso era algo en lo que yo no estaba pensando en ese momento y no podía entender el pedido de papá. Apoyé las manos sobre el asiento para sostenerme mejor. Miré a mamá y entonces ella gritó:

-¡Sacate la puta bombacha!

Y yo me la saqué. Papá me la quitó de las manos. Bajó la ventanilla, volvió a tocar bocina y sacó afuera mi bombacha. La levantó bien alto mientras gritaba y tocaba bocina, y toda la avenida se dio vuelta para mirarla. La bombacha era chica, pero también era muy blanca. Una cuadra más atrás una ambulancia encendió las sirenas, nos alcanzó rápidamente y nos escoltó, pero papá siguió sacudiendo la bombacha hasta que llegamos al hospital.

Dejaron el coche junto a las ambulancias y se bajaron de inmediato. Sin mirar atrás mamá corrió con Abi y entró en el hospital. Yo dudaba si debía o no bajarme: estaba sin bombacha y quería ver dónde la había dejado papá, pero no la encontré ni en los asientos delanteros ni en su mano, que ya cerraba ahora de afuera su puerta.

-Vamos, vamos –dijo papá.

Abrió mi puerta y me ayudó a bajar. Cerró el coche. Me dio unas palmadas en el hombro cuando entramos al hall central. Mamá salió de una habitación del fondo y nos hizo una seña. Me alivió ver que volvía hablar, daba explicaciones a las enfermeras.

-Quedate acá –me dijo papá, y me señaló unas sillas naranjas al otro lado del pasillo.

Me senté. Papá entró al consultorio con mamá y yo esperé un buen rato. No sé cuanto, pero fue un buen rato. Junté las rodillas, bien pegadas, y pensé en todo lo que había pasado en tan pocos minutos, y en la posibilidad de que alguno de los chicos del colegio hubiera visto el espectáculo de mi bombacha. Cuando me puse derecha el jumper se estiró y mi cola tocó parte del plástico de la silla. A veces la enfermera entraba o salía del consultorio y se escuchaba a mis padres discutir y, una vez que me estiré un poquito, llegué a ver a Abi moverse inquieta en una de las camillas, y supe que al menos ese día no iba a morirse. Y todavía esperé un rato más. Entonces un hombre vino y se sentó al lado mío. No sé de dónde salió, no lo había visto antes.

-¿Qué tal? –preguntó.

Pensé en decir muy bien, que es lo que siempre contesta mamá si alguien le pregunta, aunque acabe de decir que la estamos volviendo loca.

-Bien –dije.

-¿Estás esperando a alguien? Sigue leyendo

Navegar por las ventanas

Hoy regreso con las presentaciones de cuentos y sus autores después de tantos días sin encontrar nada atrayente. Esta vez la invitada es la escritora chilena Andrea Jeftanovic, y un texto suyo  Medio cuerpo afuera navegando por las ventanas que pertenece al libro No aceptes caramelos de extraños.  Al decir de Edgardo Scott este “es un libro de un lenguaje exuberante, barroco. Un barroco no tanto sudamericano (aunque esté muy presente Lispector) como inglés. El barroco de Virginia Woolf, el barroco de Las olas. Sin embargo, esa profusión de lenguaje encuentra su equilibrio en el vacío y la gran angustia que dominan cada cuento. O mejor: en el dolor. Porque en No aceptes caramelos de extrañosla mayoría de los argumentos son desmesurados. Exhiben esa crueldad de lo real, que a veces se cierne sobre la vida.”

En esta historias “Andrea Jeftanovic además ha encontrado un recurso formal que se ajusta muy bien a la vertiente trágica de sus argumentos. Sobre el final de cada texto aparece una especie de epitafio. Se trata de un párrafo, un par de frases que a su vez ya han formado parte del texto, y que vuelven a repetirse en el final; como grabados en piedra sobre la página última. Un bis, un dístico, en definitiva, que resuena sobre el final del relato “De este modo”, es como si cada cuento ofreciera su resumen, su epílogo y también su corazón poético.”

Espero no les espante el tamaño del texto, vale la pena leerlo desde el principio hasta el final. Demuéstrenme que pueden leer algo más que los estados de facebook y algún que otro tuit.  Es broma!!!!!

Buen Provecho.

Medio cuerpo afuera navegando por las ventanas 

A cierta edad el molde del corazón
ya está formado, con sus bultos redondos y
duros, sus cavidades y curvas confortables,
sus rincones secretos y sus desgarraduras.
Si algún cariño debe colmar ese corazón,
tendrá que encajar con las formas.

Manuel de Lope

Dime, ¿hace cuántas semanas que no tenemos sexo? Todo está tan previsto entre nosotros: el sabor de la saliva, los besos a medias, los cuerpos que se separan sin afecto. Extraño esos besos en que las lenguas están anudadas como ventosas. Sé de antemano cuántos orgasmos vas a alcanzar. ¿Cuánto ha sido nuestro récord? ¿Tres? ¿Cuatro? Tu cuerpo adquiriendo una espesa consistencia bajo las sábanas y el gesto brusco que haces de llevar la mano al cajón del velador y tomar a oscuras la pastilla anticonceptiva que has olvidado. Es una mueca tierna y ridícula porque, a tu edad, es tan improbable que seas fértil. Sólo pensar que podrías quedar embarazada después de que me he descargado en ti, te altera. Tienes razón, estamos viejos para criar bebés. ¿Te imaginas? Eso sería un desastre, dormir menos, discutir más, el aumento de gastos cuando apenas salimos a flote cada fin de mes.

Veo tu cuerpo en el espejo del ropero, te vistes con descuido. Vuelves y me tomas la mano, tu afecto no me conmueve, tus caricias no me excitan; me siento vacío. Sí, es verdad, me siento a la deriva, anciano, cuando recién rozo los cincuenta y tres años. Ni siquiera sé con quién conversar esta desazón. Pensándolo bien, mirándolo desde la distancia, mi tedio es igual; mi deseo de soledad, idéntico; mi ansia de silencio, la misma; quiero simultáneamente que me ames y no me ames. Acomodo la foto de nosotros cuatro en la mesa, tú, yo y los dos hijos que ahora viven en el extranjero. Te pregunto con un tono de conversación amistosa por qué no somos los mismos, por ejemplo, por qué ya no somos los mismos de esa foto tomada en algún veraneo en la costa, cuando la vida se nos iba planificando las vacaciones. Era nuestra pequeña ilusión en medio de un año fastidioso, porque ninguno trabajaba a gusto: jefes de mal talante, oficinas miserables con módulos de plumavit y techos bajos, compañeros mediocres a quienes sólo les brillaban los ojos para contar chistes de doble sentido. Entonces, por el mes de agosto, jugábamos a los destinos posibles e imposibles: playas en el trópico, capitales del viejo continente, lugares bíblicos en el Medio Oriente, parajes exóticos en el sureste asiático, las pirámides de Egipto. Desplegábamos mapas, cotizábamos pasajes, imaginábamos atuendos. Finalmente, siempre tomábamos algún paquete promocional en Sudamérica y éramos tan felices en los vuelos apretados, en los paseos grupales, disfrutando los desayunos continentales (qué tiene de continental un café, un mini jugo de naranja, tostadas con mantequilla y mermelada); sacándonos las infaltables fotos debajo del Cristo del Corcovado en Río de Janeiro, afirmando la puerta del casco antiguo en Cartagena de Indias, acostados en la piedra sacrificial de Machu Picchu, hundidos en la arena de Isla Margarita. Siete noches, seis días para renovar nuestra felicidad. Tania, ¿qué hacemos con lo nuestro? No respondes, no me miras, sigues ordenando tu ropa, no tienes respuesta, yo tampoco.

No, no es un problema de atracción física. Me gustan tus nalgas pequeñas, tus muslos gruesos, el escote marcado. Pese a los años compartidos todavía me gusta el modo como haces volutas de humo cuando fumas. Me gusta tu picardía distante, la forma de curvar los hombros, los huesos acentuados de la clavícula. Me encanta tu voz algo disfónica, reconozco que tengo una leve erección cada vez que tomas el auricular con ese reconocible aló anémico. Confieso que me atrae tu autonomía, las noches que lees un libro como si te aferraras a un amante; yo nunca he logrado esa pasión por la lectura, tomo una revista y después de cuatro páginas la dejo. He sentido celos de esos volúmenes que apilas en el velador, de ese mundo que fundas con ellos, tan lejos, cuando tus ojos se prenden y sonríes sin advertirlo o arqueas las cejas cuando cambias la página.

El problema es en la mañana, cuando te veo a través de la cortina de plástico y te depilas las piernas con la hoja de afeitar. No soporto ver tu silueta curvada, enjabonándote los genitales. Luego, el errado buenos días, porque siempre despiertas malhumorada. Sales del baño con la piel de los pómulos estirados tras la aplicación de la crema hidratante. Dime cuánto capital hay en ese baño entre cremas y geles. Creo que hay más promesas vertidas en esos productos que en nosotros mismos. ¿Entendemos nuestros cambios? ¿Han sido pocos o numerosos? ¿Quieres café con leche o té? ¿Desde cuándo tomas té? Ya sé, desde que sufres del colon. A la hora del desayuno yo te soñaba en bata, peinada, risueña, imaginaba que me besabas el cuello, comías las migajas de las tostadas en mi pecho, bajabas la palma hasta mis caderas, me sopesabas el pene y lo reanimabas como a un paciente agónico. Pero no. Nunca. Menos ahora. ¿Hace cuánto tiempo que tus labios no recorren el caminito de la felicidad, como llamábamos a esa hilera de vellos que nace en el ombligo? ¿Hace cuánto que mi cabeza no se hunde en tu pubis? ¿Hace cuánto que no entro en ti, de un solo golpe, y te encuentro húmeda, lista para montarme? Ahora tenemos que hacer una verdadera coreografía estudiada para lograr primero relajarnos, luego excitarnos. No me gusta sentir que ordeñas mi erección ni palpar tus pezones blandos en mi torso. Pruebo el agua de la ducha con el revés de la mano, vacilo, siento un estremecimiento. Nunca he entendido ese gusto por bañarse con el agua hirviendo. La que entra al baño y la que sale son dos mujeres distintas. En el curso del día tienes tantas edades. Naces opaca por la mañana, eres un misterio en la tarde, estás radiante por la noche, apareces y desapareces por la misma puerta interpretando diversos roles. Hemos crecido callando, cerrando los ojos de tanto en tanto.

En nuestra habitación hay una falta de épica, un horizonte acotado. Se respira una quietud provisional en el aire, una atmósfera de sala de espera. Nos fuimos resecando por dentro, arenas, piedras, añicos de emociones, nada entero moviéndose, ni una hoja viva de muestra y las personas no se fijan, sueño restos de sueños, fragmentos que me inquietan, alguien que no distingo. En casa siempre hay cosas que no funcionan. La ducha averiada inunda el piso, moja las toallas. Picaportes que no cierran bien, llaves que gotean, luces que no encienden. No me odies por ser torpe, no sé ni cambiar una ampolleta. Sales del dormitorio con la cartera en el hombro. ¿Adónde te diriges? No, no me animo a preguntar. Hoy es viernes, viene la empleada. Pasará un paño distraído por las capas de polvo, salpicará la loza, se marchará después de comer el último pan fresco. Hará la cama contando cuántas aureolas nuevas hay desde la última vez que cambió las sábanas. Confieso que eso me inhibe, a través del mapa de las sábanas descubrirá las huellas de nuestra pobre intimidad. Sigue leyendo

Fabio Morábito no me decepciona

Andando y andando me tocó encontrarme con el escritor mexicano Fabio Morábito. Ya había escuchado hablar maravillas sobre su obra pero no me había tropezado con ningún texto suyo. Debo confesar que tantos parabienes me daban suspicacia, porque muchas veces las obras más elogiadas dentro del panorama editorial cubano, sobre todo las de poesía y algunos libros de cuentos,  no me han dicho nada, ni siquiera me han parado un pelo, ni un estornudo me han provocado. Y por eso me mantenía así, un poco distante, un poco incrédula, sospechando de la buena escritura de este señor.  Creo que también me estaba protegiendo, cuidándome de la decepción,  de la tristeza que da no poder entablar un diálogo con determinado autor, que lo veas esforzándose con estructuras audaces, con palabras quiméricas, desbordando “sabiduría” y una así, impasible, esperando que  en algún momento te diga algo realmente importante para ti, algo que de repente te provoque un ligero mareo y te de una alegría de esas que duran días,  que hacen que determinadas frases, paisajes, situaciones vayan caminando contigo por toda la ciudad.

Resulta que con Fabio la sospecha era infundada. Me ha ganado con un solo texto, y en ocasiones esto es suficiente. Su relato Las llaves ha sido la mejor apertura para el camino que voy a recorrer persiguiendo sus palabras. Después de leerlo me ha sucedido lo que muchas otras veces, que ya les he contado, me he sentido bien, feliz por el hallazgo, por poder leer de la vida, de la cotidiana, de la que nos toca a todos. Fabio logra con aparente facilidad la captura lúcida de un momento en la vida de alguien. Y desmiente una vez más que la literatura se trate solo de lo excepcional.

Acá les dejo Las llaves de Fabio,  que nació en Alejandría, con adolescencia en Milán y traspaso definitivo a México. Ha escrito los libros La lenta furia y Grieta de fatiga. El relato que les regalo hoy pertenece a La vida ordenada. Todos ellos ausente de mis predios pero que algún día no muy lejano espero hojear.

Por último he encontrado que ha ha dicho en una entrevista que desconfía de los escritores que tienen claro lo que van a decir. En consonancia con él soy de las que cree que la magia está en ir construyendo la madeja, en darle a las palabras el espacio para que se anuden según su libre albedrío. ¿ Entienden por qué este señor ya me cae tan bien?. Espero disfruten sus palabras.

Las llaves

Seguramente además de los hermanos de Lisa había venido la tribu de sus primos y mi casa debía de estar llena de niños. Cambié de idea y en lugar de meter el auto en la cochera lo estacioné en la calle, porque presentía que iba a tener un enésimo roce con Lisa después de nuestra pelea de la mañana.

Cuando entré, Rocío, la esposa de Javier, uno de los hermanos de Lisa, estaba saliendo de la cocina con un pastel que depositó, al lado de otro y de varias bandejas de galletas, en la mesa del comedor. Mi suegra estaba sentada en el sillón de terciopelo, rodeada por los primos y hermanos de mi mujer. Le di su abrazo de cumpleaños, que resultó ser un simple apretón de hombros porque le pedí que no se levantara, y después de saludar a mis cuñados me paré un momento junto al ventanal que daba al jardín para ver la turba de niños que jugaban alrededor del columpio y la resbaladilla. Entré en la cocina, donde se habían reunido las mujeres, y las saludé a todas de beso, sin exceptuar a Lisa, que apartó la cara para no besarme, algo que nunca había hecho frente a los demás. Me ruboricé y las voces bajaron por un momento de intensidad. Por suerte Graciela, su hermana menor, salió en mi ayuda, preguntándome por qué llegaba tan tarde. Le contesté que había estado arreglando los libros en mi nuevo estudio, que consistía en un cuarto con cocineta y baño donde apenas cabía. “A ver cuándo lo conocemos”, dijo ella, y el bullicio volvió a llenar la cocina y dejé de ser el centro de las miradas. Miré agradecido a Graciela, a quien había juzgado débil y subyugada por sus hermanos, y salí de la cocina para tomarme un whisky.

En la sala, para no participar en la plática de mis cuñados, me dediqué a preparar unos tragos a los que tenían su vaso vacío. Me gusta servir las bebidas, tanto que mi suegro decía que debería haber sido barman. Hasta cuando sirve, Lisa no puede dejar de dar órdenes. Le gusta estar en el centro de una pequeña multitud y decirle a cada cual lo que tiene que hacer, y siempre he sospechado que sus cuñadas no la soportan.

Llegó el momento de encender las velitas del pastel y los niños entraron ruidosamente para cantar Las mañanitas. Grandes y pequeños, todos de pie, hicimos una rueda en torno a la mesa del comedor, en cuya cabecera, frente al pastel, se sentó mi suegra. Alguien apagó las luces y cuando empezamos a cantar, mi suegra, que tenía menos de un año de viuda, no aguantó las lágrimas y Lisa le prestó un pañuelo para que se secara los ojos. Luego los niños la ayudaron a soplar sobre las velas y todos aplaudimos. Mientras comía mi rebanada de pastel, vi que Graciela estaba sentada un poco aparte. Iba a acercarme para hacerle compañía cuando Fernando me preguntó si había terminado de arreglar el estudio. –Casi terminé de acomodar los libros –dije.

–¡Su mundito! –subrayó Lisa con tono acre y todos me miraron, tal vez temiendo que fuera a contestarle. Pero me quedé callado y Raúl, uno de los primos de mi mujer, que en las reuniones nunca soltaba la mano de su novia, me preguntó si el alquiler era caro. Le dije cuánto iba a pagar y a todos les pareció una ganga. “Es una cosa de nada, apenas quepo yo y mis libros”, dije. “¿Y tú para qué quieres un estudio?”, le preguntó a Raúl su novia. “No he dicho que quiero uno, solo preguntaba”, replicó él un poco molesto. La esposa de Luis, Adela, que traía uno de esos formidables escotes que tenían el poder de sacar de quicio a mi mujer, dijo que ella se opondría a que su esposo alquilara un cuarto o un estudio, porque era como ofrecerle una oportunidad en bandeja de plata para que tuviera aventuras con otras, a lo que Raimundo, otro primo de Lisa, replicó: “¡Ustedes las mujeres siempre piensan que las van a engañar a la primera ocasión!”.

Graciela me miró, yo la miré y nos sonreímos. Fernando se dio cuenta, volteó extrañado hacia Graciela y después me miró a mí, lo que me obligó, para aparentar naturalidad, a decir lo primero que me vino a la mente:

–A veces un nuevo espacio es saludable, nos renueva por dentro y nos da energía.

Lisa no dejó pasar la oportunidad para hundir mi destemplado comentario:

–¿Cuál energía? Hablas como si fueras Picasso. ¡Cómo si no supiera que vas a tu estudio a mirar revistas pornográficas!

Casi todos bajaron la vista y durante unos segundos solo se oyeron las voces de los niños que jugaban en el jardín. Me levanté, dejé mi plato sobre la mesa y después de limpiarme los labios con la servilleta y dejarla en el plato, murmuré un tenue “Con permiso” y me dirigí a la puerta. La abrí, salí a la calle sin preocuparme por cerrarla y caminé hasta el coche. Agradecí no haberme quitado el saco, porque traía las llaves del coche en uno de los bolsillos. Cuando cerré la puerta y prendí el motor, me sentía todavía transportado por el impulso que me había hecho levantarme de la silla, como si se hubiera tratado de un único movimiento armonioso desde la silla de mi casa hasta el asiento del coche y después, mientras manejaba en la blanda circulación del domingo por la tarde, tuve la sensación de que todo había sido demasiado fácil y que una pequeña falla minaba la sólida coherencia de mi gesto. Llegué frente a un cine, donde unos coches buscaban estacionarse en los lugares dejados por los que iban saliendo. No había pensado en ver una película, pero frente a mí se desocupó un lugar y casi por instinto aproveché el golpe de suerte y me estacioné. Sigue leyendo

Historia salida de mi mano

 

Esta vez soy la autora que les propongo. Espero que esta historia les guste. Gracias por pasarse por acá.

LA PEQUEÑA HISTORIA DE CUCA VALERO

 Para Ela Calvo, por la idea y la emoción; aunque sin saberlo.

   La cantante abre la puerta de su camerino y mira alrededor como cada noche durante los últimos treinta y siete años. Respira hondo y se sienta en el butacón que heredara de la Carlota, la antigua vedette, para sacar el maquillaje de la bolsa de mano. Después de disponerlo todo frente a sí, piensa que sería bueno fumarse un cigarro mientras escoge el vestuario de esa noche. Mira con lástima los vestidos, tan ajados como ella misma, pero que aún sirven para recordar las pasadas glorias; sobre todo si Charlie mueve las luces sobre el escenario como ella le ha indicado. Repite el nombre del luminotécnico nuevo, nombre de gángster y de chulo, se dice. Recuerda sus jeans ajustados y las camisas donde no caben los bíceps. Lindo pero bruto, se burla, pues tiene que repetirle todo cada día y encima soportar que la mire como si ella fuera una vieja decrépita. Eso mismo pensarán los que van a verla todavía al cabaret o la ven por el televisor, cargando con el cuerpo como si fuera una maleta pesada y la voz ni se diga, como una bufanda que se deshilacha. Nadie imagina que ella misma se hace esos reproches, que se promete dejarlo todo. Con lo que tiene ahorrado y la jubilación le alcanza para vivir un tiempo. También puede dar clases de piano o enseñar a cantar con cierta afinación a las niñas del barrio, si no están más interesadas en mover las cinturas con cualquier ritmo en el contén de la acera.

   De golpe recuerda las paredes cascadas de la casa y la soledad tras la puerta y no tiene valor para enfrentarse a tanto estropicio. La verdad le duele como un puñetazo en medio del estómago, pero le gusta pronunciar esa palabra, estropicio. Se enamoró de ella después de leer el libro de una chilena pariente del presidente que mataron; que hablaba de espíritus y amores desencontrados. Como no quiere encontrarse con toda esa tristeza prefiere mantenerse cantando mientras pueda y la gente la soporte, y hasta de vez en cuando se lo agradezcan. Esa es la única forma de vivir que conoce.

   Salta del butacón y se habla desde el espejo. Tienes el ánimo hecho una mierda, vieja lacrimosa. Luego suelta la risa, se alborota el pelo y va hacia el perchero donde cuelgan las ropas. Hoy se pondrá el vestido más nuevecito, el que le disimula mejor la barriga. Satisfecha con su elección se le antoja hacer volutas de humo. Prende un nuevo cigarro y parece una locomotora esparciendo el humo por la habitación. No aguanta la risa y no se permite dudar un instante de su cordura. Después, mirando mejor el vestido cuyo modelo no es muy actual, se alienta con un pensamiento positivo. Ya no tienes años para la liposucción ni ganas de embutirte en fajas que oculten lo inocultable. Recuerda cómo le gustaba pararse desnuda frente al espejo y en cada arruga, doblez o cicatriz, descubrir las huellas de las batallas que perdió o ganó en la vida. Lo dejó de hacer cuando su cuerpo desnudo escandalizaba al vecindario, nunca habituado a sus ventanas abiertas en cualquier momento del día o de la noche.

   Tocan a la puerta. Es Pedro, el director del conjunto, viene a preguntar por el repertorio que cantará esta noche. Como si de pronto hubiera olvidado que los jueves no canta más que las canciones de Tania Castellanos. Lo despide con un chiste sobre los calvos, sin dolerle la calvicie de quien fuera uno de sus mejores amantes. Esos eran otros tiempos, rememora, y ante sí desfilan todos los hombres cuyos requiebros de amor atendió sin mezquindades.

   Hoy sí tiene ganas de cantar a la Castellanos. Hoy tiene ganas de dejar la vida en el escenario, de cantar, de chillar, da lo mismo. Hoy quiere vivir. Probó todos los remedios para mantener limpia la voz, pero no se abstuvo de tomarse dos tragos de ron para calentar el alma. Total que una tiene sus días, piensa mientras se pone polvo en las mejillas y mira de reojo la cuchilla que se ha deslizado fuera del bolso del maquillaje. La odia y a todas las escenas de películas con muñecas colgando fuera de las bañaderas, chorreando sangre, ensuciando el piso. Las aborrece, como también la desnudez de los cuerpos mojados, el riesgo inútil, la profanación. También intentó no estar más, despedirse sin campanas, allí mismo, en el camerino, pero después le dio miedo que a su alma le negaran el reposo eterno.

   De la última gira internacional del cabaret Tropicana la nieta le trajo pestañas postizas y creyones. Siempre que piensa en la muchacha le sucede lo mismo, reclina la cabeza en el sillón y se alegra del destino de la niña que crió entre los bastidores de casi todos los cabarets de la Habana. Ahora que lo piensa, la niña no tenía otro camino sino ser lo que su abuela y su madre: cabaretera. Torció el rumbo justo a tiempo, en lugar de los cabaretuchos habaneros, escogió el paraíso bajo las estrellas. Na´, hijo de gato nace pintico, se consuela.

   Al lápiz delineador de ojos casi no le queda punta, por eso no abusa alargándose la pintura más allá de lo imprescindible. Para vieja y tuerta basta la que cuida el baño. No aguanta la risa y le sale una carcajada sonora y larga.

   Cuando termina de maquillarse se pone los zapatos a los que ha tenido que recortar el tacón. A su edad no puede darse el lujo de una fractura de tobillo. Mucho menos regalarles un resbalón a las brujas que vienen a verla con la esperanza de presenciar algún día su derrumbe. Por último, se pone el vestido y toda la bisutería complementaria, mucha fantasía, mucho brillo para encandilar y distraer de otras zonas de su geografía no tan esplendorosas.

   Mira una última vez hacia el espejo y se hace un guiño. Como cada una de las noches en la piel de Cuca Valero, la gran vedette, le envía un beso con la mano a la imagen que le devuelve una mirada burlona. Y sale del camerino cuando escucha la voz de Alfredito, el animador, anunciándola.