Lunes

Los lunes a la ciudad la secuestran de sí misma. La cancelan como la puerta del cuarto del loco que cada familia intenta esconder en vano. Y obedientemente va aletargada a dormirse temprano, con todos los deseos febriles puestos en espera, titilando en intermitentes fogonazos de luz hasta que, quizás en la madrugada en la que hace entrada el lujurioso martes, echen a andar nuevamente. El ladrón que venía a marcar algún cuello con su cuchillo pospuso el ultraje, ni siquiera el mismo entendió el temblor de su mano, la opresión que sintió en el pecho, ni siquiera la posibilidad del grito expandido por el silencio prematuro de la noche lo sedujo lo suficiente.

Mucho menos armoniza con las calles vacías el camino previsible de una mujer que va desnuda a ofrecer los ropajes con los que ha salido a la vida este día. Los árboles que el ligero aire bambolea apenas, callan, nada hablan a la luz mortecina de la noche segunda de la semana. Dos mujeres y un hombre entre alcohol y el lenguaje duro de las once de la noche intentan ponerle un sabor prohibido a este lunes agreste, pero lo único que consiguen es que algo bien adentro se empoce denso, sin desviaciones. No hay risas que expulsen de su trono al domador de la ciudad vestida de lunes. Voy a morirme un día así, tantos como hay en los calendarios venideros, y quizás nadie me extrañe demasiado.

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Recuerdos

Del lugar donde viví solo es importante el silencio y el sol poniéndose sobre el cañaveral en las tardes de verano. Nunca he visto atardeceres mejores que esos. Ni los colores, ni la manera en que el sol se va yendo casi con desgana. También hay un viejo molino de viento, medio torcido y herrumbroso, casi sin aspas, que debajo tiene un pozo de agua, que tapan con unas planchas de zinc para que nadie cometa la estupidez de caerse dentro, los niños o los adultos. Cada vez que sopla un poco de viento el molino intenta moverse y lo que logra es soltar unos alaridos quejumbrosos que ponen los pelos de punta, más si es de noche y en medio de la quietud se dejan oír esos sonidos extraños. Cuando no tienes el oído entrenado pueden parecer cualquier cosa, hasta el alarido de una criatura maldita por algún encantamiento, que quiere vengar su destino espantando los sueños de los vecinos, asustando a los más cobardes como yo.  Las primeras noches de vivir bajo el acecho del molino quejumbroso, podían torcerse por un buen rato, después que pasaba el viento y el quejido se quedaba suspendido en el tiempo. Después cuando logré  identificarlo entre los distintos sonidos que tiene la noche en el campo,  ya no me asustaba tanto, como pasa con todo a lo que podemos darle alguna explicación por más disparatada que sea.

 

Salvar el tiempo ido

... De luces y soledades. Ernesto Rancaño. Acrílico sobre lienzo, 2003

… De luces y soledades

Yo tuve una amiga en el inicio de la adolescencia, de las que se cuidan como si fuera el sol entibiándonos las manos.  Estudiábamos juntas  en la beca, compartíamos el mismo closet; a veces el sueño nos sorprendía en la misma cama  porque el tiempo nunca  no nos alcanzaba para contarnos el día visto por la mirada de cada una.  Aunque vivíamos en el mismo pequeño pueblo no fue hasta esta edad luminosa y difícil  que “nos vimos” y nos escogimos para crecer juntas.

Las dos fuimos comprendiendo casi al unísono que los libros iban a ser esa puerta por la que íbamos a darle la bienvenida a muchos de los mejores momentos de nuestras vidas. Las dos éramos hijas únicas. Vivíamos solo a dos cuadras la una de la otra. Éramos parecidas aunque no iguales.  Su nombre comienza con la primera letra del abecedario y el mío con una de las casi últimas.  Si algo lograba distinguirnos -según los ojos que estaban fuera del mágico círculo en el que nos movíamos- es que ella era blanca y yo negra, pero a esa edad y en este país, esos no eran detalles importantes para dos niñas que estaban encantadas de la magia de haberse encontrado.

Pero la gente grande a veces se olvida de las cosas esenciales y se tuerce de una manera inexplicable. En su casa siempre me daba la sensación de que tenía que caminar de puntillas para no molestar. Luego  fueron apareciendo las prohibiciones, las trabas para que no nos encontráramos más.  Una escapada en bicicleta fuera del pueblo y sin permiso fue el pretexto que su madre esgrimió para convencerla con éxito de que mi compañía  no era buena. Y un día de los más tristes que recuerdo, dejó de hablarme.

Antes de que todo se volviera demasiado incomprensible  nos habíamos intercambiado dos libros. Yo le había prestado Cartas de Martí a María Mantilla y ella  me había dado el libro que recogía las cartas que  Ethel y Julius Rosenberg se enviaron antes de morir en la silla eléctrica en los Estados Unidos.  Y así cada una se quedó con el libro de la otra, con historias cuya fortaleza habría de poner cierta consistencia en las de nosotras.

Pasaron los años y nunca nuestros caminos han vuelto a coincidir.  Sin percatarme, con el tiempo, me fui acostumbrando a preguntar por ella cada vez que regreso al pueblo. Una necesidad inexplicable me hace querer saber de la vida que ha tejido. Todavía no sé si alguien da  noticias de mí también.  Pero gracias a esos informes imprecisos y esporádicos he sabido que ya tiene una hija. La noticia me alegró y también volvió a dolerme la distancia entre nosotras, la obediencia con la que aceptamos el final impuesto a nuestra amistad, la suma de las cosas que no hemos podido compartir, entre ellas, su embarazo y los poemas que le arrebato a la vida de vez en cuando, otro tipo de parto,  angustioso y feliz, si se quiere.

Si algo todavía me alienta es que un día cualquiera, sin previo aviso,  la tropiezo en las calles de mi pueblo o me lleno del valor que se necesita para llevar sujetos a los amigos en el corazón y la sorprendo en su puerta con un ¿cómo estás?.  Pero lo más importante de todo, si ese encuentro nunca llega a suceder,  es que tiene un libro hermoso que fue mío, un libro que todas las madres debieran leerles a sus hijas. Todavía no sé el nombre de su pequeña, pero me gusta imaginarlas en un momento cualquiera de la vida que tendrán juntas  leyendo esta frase que Martí le escribiera a María Mantilla poco días antes de partir a la guerra y entregarse por uno de los propósitos más altos de su vida, la libertad de Cuba: (…) Quien tiene mucho adentro, necesita poco afuera. Quien lleva mucho afuera, tiene poco adentro, y quiere disimular lo poco. Quien siente su belleza, la belleza interior, no busca afuera belleza prestada: se sabe hermosa, y la belleza echa luz.  Las imagino así, mirándose a los ojos y reconociendo su vida en estas palabras.

Y también quiero que un día de este siglo que se perfila azaroso nuestras hijas salven el tiempo ido y puedan ir de la mano como buenas amigas.

 

 

Viñetas en un día gris

 

Por los barrios de la ciudad se pasean gigantes. Vienen vestidos con ropas de colores, montados sobre zancos de madera, tocando la trompeta, cantando y recitando poesías. Nadie les teme, al contrario, los niños, sus padres, los vecinos de los lugares adonde llegan se van tras ellos al ritmo de sus cabriolas y sus bailes.

Ellos son el grupo de teatro callejero Gigantería, unos cuantos amigos, todos artistas autodidactas, que se han juntado para ayudar a alimentar el espíritu de las comunidades que visitan, para ayudar a preservar sus valores identitarios, haciendo teatro en plena calle o en cualquier otro espacio que requiera de su presencia.

Llevan 12 años juntando voluntades, forman parte de la labor que realiza la Oficina del Historiador de la Ciudad en la parte más antigua de la Habana, allí también ayudan a mantener vital el patrimonio intangible de esta zona, la riqueza espiritual de sus habitantes.

Te puedes encontrar con ellos en cualquier calle mientras paseas por la Habana Vieja. Aparecen de la nada, en algunas ocasiones vienen precedidos por la risa de los niños y el sonido de una trompeta china que anuncian que se acercan los gigantes. Después llegan ellos ataviados con sus ropas llamativas, con sus piernas de madera, dispuestos a hacerte feliz por el rato que te decidas acompañarlos.

 

Bajan al río con sus atados de ropa dos o tres veces a la semana. Es como si se pusieran de acuerdo. Van llegando de a poco y se acomodan en las orillas del río que quedan casi al lado del mar. Es tiempo de sequía y el río Turquino parece solo un charco de agua cristalina, muy fría. Cada una escoge el mejor lugar para lavar, a la sombra, debajo del puente, donde mejor llega la brisa que baja desde la montaña.

Yo las vi a mediados del mes de julio cuando el día iba llegando a su mitad, sentadas apaleando la ropa, con las latas de hervir acomodadas sobre fogatas que prenden sin trabajo alguno. Las sábanas blancas extendidas sobre las piedras.

Aunque muchas tienen lavadoras en sus casas prefieren bajar al río y sentarse sobre las chinas pelonas, y gritar de una orilla a la otra las noticias, los comadreos del barrio, y dejarse retratar por los forasteros que se hospedan en el campismo La Mula, que van a subir hasta lo más alto del Pico Turquino. Les da risa cómo se le quedan mirando la gente que viene de la ciudad. Sus caras de asombro.

Costumbres

Acostumbrarse es una palabra oscura  aseguraba Mirta Aguirre en un poema que siempre he tenido cercano. Y es que el sedimento de la costumbre se acumula con fuerza y con saña mientras creemos que todo cuanto edifica es “normal”. Entonces nos acostumbramos a caminar por la calle y esquivar con suerte el agua mezclada con arroz que lanzan a la calle desde una ventana, que nazca la basura como por ensalmo junto a los botes recolectores, como si mereciera un esfuerzo enorme echar el desperdicio en ellos; y que luego venga el camión  y  se lleven la basura de los tanques pero no la que crece en la acera; que alguien en la ternura de alimentar a una animal ( gato, perro o rata, todo ya es posible) vierta la sobras de su alimento en las aceras, a la vista de todos los que pasamos y que ninguno de nosotros le llame la atención por ese atentado contra nuestra salud,  la belleza y las “buenas costumbres”.

Ocurre que no se nos enciende ningún bombillo rojo y desesperado cuando vemos que a la ciudad le nacen muchas noches y que nada es como lo suponíamos cuando vemos jóvenes, casi niñas y niños, queriendo crecer demasiado de prisa, poniendo su cuerpo en subasta, ajenos a la magia del amor y sus sobresaltos,  preocupados por el valor monetario que puedan ponerle a la noche vivida junto a sus cuerpos y no por ir descubriendo otros caminos, quizás más pedregosos, menos fructíferos y más lentos, pero a la vez más dignos -le tengo miedo y cariño a esta palabra-, más seguros, porque al final la vida eso, esforzarse, cansarse, ser feliz, amanecer con ganas de enderezar el mundo, responsabilizarnos por nuestras decisiones, romper las trabas de los burócratas,  ir atando la fe a las razones más urgentes,  a las dudas y a los convencimientos,  enfrentar el pesimismo, todo lo que nos daña. Porque nunca se me olvida, ni aún en las peores noches -que las he tenido- que la pobreza pasa: lo que no pasa es la deshonra.

Y no me acostumbro. No quiero que ese tipo de oscuridad se tienda sobre la ciudad. Pero amontonar costumbres es fácil y cómodo, caminar sobre clavos ardientes es más difícil, pero al mismo tiempo, la única opción que nos va quedando.

2013

"¡Ay qué nadar de alma es este mar!" (DML), Foto: Sheyla Valladares

“¡Ay qué nadar de alma es este mar!” (DML), Foto: Sheyla Valladares

I

Nunca fui a pescar a los ríos que quedaban cerca de las distintas casas en las que viví antes de llegar a la ciudad. Después no he ido a pescar al mar, ni al muro del malecón, ni siquiera he tentado la suerte en algún charquito.  Lo cierto es que no sé nada de hilos, anzuelos, carnadas; menos de esperar los frutos de la suerte, el mal día del pez o la generosidad de las mareas.  Mi paciencia no se ha visto tentada de esta forma.

II

Mis botes preferidos fueron la bañadera vieja que mi abuela sacó para el patio cuando reformó el baño de la casa de los bisabuelos -que conocí  solo por fotos y por historias contadas en el sopor de los mediodías-. En ella  navegábamos mis primos y yo como si nos persiguiera el diablo o una turba de filibusteros rabiosos con cuchillos en la boca. La balanceábamos de un lado para otro, con fuerza, entre risas, con un poquito de miedo. Navegábamos a nuestra forma y con nuestro propio ímpetu. El que se bajara de la bañadera quedaba para siempre estigmatizado como cobarde. Un juicio implacable al que nadie quería someterse. Por eso la bañadera subía y bajaba con nosotros dentro, gozosos, que rogábamos porque el paroxismo de la aventura llegara con toda la mole de hierro invirtiendo su equilibrio y sepultándonos bajo su boca ovalada.

El otro mueble bautizado con honores como bote preferido fue la cama a la que llegué con catorce años y de la que me bajé casi con veinte. Mi etapa de devoradora oficial de libros y de cuanto papel escrito cayera en mis manos.  Con tal oficio de leedora la cama no tuvo otro remedio que curvarse bajo mi espalda, llenarse de promontorios allí donde mi cuerpo dejaba huecos, ser el vehículo idóneo para llevarme por los más variados paisajes. La sobrecama preferida era azul, ya se imaginan, tenía el infinito en mi cama, lo mismo el cielo que el mar. Cuando no quería opciones escogía mi propio mundo, mi cielomar personal e intransferible y nadie era capaz de rescatarme, porque yo adoraba perderme en sus grietas.

III

Por eso este 2013 no lanzaré anzuelos. Me quedo con mis mejores recuerdos y sigo construyendo otros que me sirvan de ancla y al mismo tiempo de viento bajo mis alas. Todo viene por las caminos más inesperados, por aire, mar o tierra. Si duda en venir yo saldré a buscarlo, a seducirlo, a engatusarlo con azúcar y cuentos, a arrebatárselo a la vida si se precisa.  En este nuevo ciclo la danza de la suerte será los pasos que dé para atraer buenas noticias al pequeño círculo del mundo que es mi vida, en el 2012 llegaron a ella cosas hermosas traídas por personas muy especiales y eso es algo de lo que en estos siguientes 365 días que se avecinan pretendo mantener.

A cada quién su cine

 

El Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano llega cada diciembre a La Habana

El Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano llega cada diciembre a La Habana

Diciembre es sinónimo de cine en la Habana. La vida se vuelca al espacio íntimo de las salas oscuras de los cines. Y uno aprende a respirar, a emocionarse, a compartir quejidos, suspiros, risas y el hastío también, junto a decenas de personas que ensayan los mismos gestos en la oscuridad. Dentro del cine nace un animal colectivo, que siente al unísono muchas veces, que aprende a moverse en la misma dirección con sus cientos de piernas y brazos y su corazón agigantado. Tus ojos son cien ojos más, tu codo cobra nueva extensión de butaca en butaca, todo se multiplica bajo el influjo de ese espacio cerrado, que al mismo tiempo se abre en diversas constelaciones cuando cada quién sale a buscar su propia historia a partir de la trama que propone el filme de turno.

Y no se habla de otra cosa en la ciudad. Durante el tiempo que dura el Festival Internacional de Cine Latinoamericano de La Habana casi puedes adivinar, con certeza, hacia donde van esa mujer y ese hombre que corren tomados de la mano, sorteando a los transeúntes que caminan sin prisas. Van en busca de su historia. En cualquier cine, si tienen suerte, van a encontrar la emoción,  van a guardar una escena en la memoria y van a recurrir a ella siempre que quieran volver a sentirse como en ese instante en que quedaron expuestos y sangrantes en medio de la oscuridad una sala de cine.

En diciembre todos nos conocemos. Se aparta la timidez, el andar ensimismado, para preguntar qué tal las películas, cuál de ellas es la más recomendable. Todavía quedan aventureros que no quieren a ningún agorero, y se lanzan al cine, con el pecho descubierto y las manos temblonas. Van  en pos de su propio hallazgo, listos para decapitar a la serpiente o tan solo convencer a la princesa de que abandone la torre y los vestidos pasados de época para irse por las calles, tras los gorriones y una canción.