From Becerra, Cuba

Yoel Pérez Cutiño, segundo delegado directo de Cuba al XVIII Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes.

Tunie hace muchos días que no alimenta su Nube, aunque somos muchos los que esperamos ansiosos cada letra suya, la manera que ella tiene de contar el mundo y sus entuertos, el mundo y sus colores.

Pero a falta de nuevos post, ella escribe para el periódico del lugar donde vive. Y yo me pregunto si los camagüeyanos tienen conciencia de su suerte, de tenerla con el corazón listo para dar la pelea por lo que sabe justo y necesario. Tunie escribe noticias de reuniones, de actos, de vaquerías -que en otros lugares más encumbrados suenan a cantinela o lugar de hastío-  con sus pulsaciones.

Por eso hoy me he traído este trabajo suyo como agradecimiento. Aunque extraño su blog me place leerla así.

De Becerra a Ecuador … ! sufre Arredondo!

Por María Antonieta Colunga

Tomado de Adelante

¿Qué van a saber en Ecuador dónde está Becerra? … creo que ni siquiera el camagüeyano promedio puede acertar con su dedo en un mapa local si le preguntan.

Yo me imagino en ese Festival a alguien mentando a Yoel, tan Pérez Cutiño y tan guajirito, “from Becerra, Cuba” y cuando más los de habla hispana figurándose un lugar que les suene a vacas.

Son las cosas increíbles de este país, las que ayudan a sostener la fe: un humilde operador de combinada cañera de modelo KTP2 M, vecino de un batey sureño perdido a 600 kilómetros de La Habana y con acaso algo más de 400 habitantes, es el segundo cubano elegido para representar a la islita en la cita mundial de los jóvenes y estudiantes.

Su suerte se decidió por voto directo de los trabajadores de la santacruceña Cooperativa de Producción Agropecuaria Horacio Cobiellas, gente que se conoce entre sí por lo importante: por el esfuerzo y la honra, y que en una mayoría numérica arrolladora apostó por el muchacho chiquitico que salió a recoger su diploma secándose las lágrimas.

Mientras dos grandotes lo cargaban en peso, yo me atreví a dudar en su rostro duro los menos de 35 años que dicen que hay que tener para ser joven; pero la vida del campo es así como su rostro, y Yoel ya lleva quince de sus 33 cortando caña para este país.

El anuncio y los festejos fueron en el círculo social de la comunidad, adornado con sui géneris serpentinas trenzadas de racimos de coco, plátano y yucas. Allí estaba Becerra en pleno dando brincos de alegría y coreándole y aplaudiendo y el revuelo fue mayúsculo también porque por primera vez en 20 años trajeron al caserío 30 tinas de helado industrial para la fiesta, y cerveza de la Tínima esa chiquitica que es la bomba, y “Arlequín” y “Florecita y Cebollita” y todo ese cuento.

El pueblo estaba de fiesta de verdad, no pa’ las fotos. Será porque de repente la gente de ese monte ve a uno de los suyos más nuevos bendecido con un viaje noble, que no es de ir a buscar los pulóveres y los vestidos del trapicheo y la necesidad, sino de conocer y disfrutar, como premio al sudor decoroso del trabajo honrado. Pasa poco, compadre, pero pasa…

En diciembre Yoel viajará fuera de Cuba por primera vez. Él, que nació en Macuto 2- otra comunidad tan borrosa como Becerra-, podrá volar a Quito y contar a otros de su edad cómo es la vida de un joven campesino cubano; cómo en los días de zafra se levanta a las cuatro de la madrugada y se pega a cortar y alzar cañas hasta a veces las nueve o diez de la noche, con la fe de que, si se esfuerza mucho, ese año pueda llegar a ser millonario.

Y le explicará a los amigos que conozca que ser millonario en los campos de Cuba no significa tener un millón de pesos en un banco. Significa, como ha sido tres veces su caso, haber cortado un millón de toneladas de caña en una zafra y haberlas entregado a la economía nacional. Como el areté de los griegos, algo así.

Esas historias contará Yoel, y las de sus campeonatos como pítcher en la liga intermunicipal de pelota donde está Becerra en el lugar segundo, y las de la cicatriz de patada de mula en la cabeza de Yoandry, el mayor de sus dos hijos, y las de cómo se las ingenian en su pueblo para seguir siendo, acaparando millones con máquinas que se inventaron en una extinta Unión Soviética  hace ya rato.

O puede que no cuente tanto, porque Yoel es más bien un tipo de pocas palabras. Pero por mí está bien, que vaya y vea y regrese- que por suerte los guajiros tienen esa manía honesta de siempre regresar a su matica de tilo-, que se tire muchas fotos y le traiga algo bien lindo a su Yarisbel y a sus niños, y que por esta vez haga turismo político uno que de verdad se lo merece.

¡Ah!, y lo del título es por César Arredondo, el locutor de Radio Rebelde y de la Televisión Cubana, que era también de este caserío remoto de Haití y cuando triunfó en el éter capitalino terminó publicando un libro con las peripecias de cómo fue a dar “De Becerra a La Rampa”. Yoel parece que lo tumbó del podio.

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El salto definitivo

No hemos perdido la fe y las ganas. Esa frase me la repetí a lo largo de este fin de semana, cada vez que algún colega de la prensa cubana intervenía en la sesiones finales del 9no Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba. Allí estábamos afanados en devolverle al periodismo cubano la viveza, el color, la intrepidez de años más gloriosos o la justa correspondencia con los días que vivimos, de reubicar las relaciones entre todos los componentes de la cadena informativa, desde el escenario político hasta el comunicacional, de asumir cada cual  la parte de responsabilidad que nos toca si hoy nuestros relatos de la realidad son inexactos, grises o hablan de un país intangible y apenas creíble.

Nos reunimos los más experimentados artesanos de la palabra, que han asumido como un sacerdocio el compromiso de ofrecerle a sus conciudadanos las claves para decodificar su momento en el mundo y poder actuar en consonancia o disonancia; y  también los que apenas iniciamos el camino, los que a trompicones intentamos encontrar maneras propias y válidas para aportar a la historia alucinante y a contracorriente que todos los días fundamos los cubanos.

Todos compartimos una misma certeza: el periodismo cubano ha de responder con inteligencia, belleza, exactitud, inmediatez, oportunidad, ante los desafíos de la cotidianidad o no ser, al no poder responder con lealtad a sus públicos. Y no es cuestión de esperar por la formulación de leyes y decretos -necesarios pero no impresncidibles- que respalden la labor periodística, es cuestión de ser periodistas y no meros amanuenses.

En lo que vamos reconquistando el terreno, les dejo la intervención del profesor de la Universidad de Comunicación Social de La Habana, Raúl Garcés, con la que se inició el debate y que es la mejor de las provocaciones.

Siete tesis sobre la prensa cubana*

1. La prensa y el socialismo. ¿Alguien sabe cómo se construye el socialismo? Y por extensión, ¿sobre qué pilares debiera erigirse la prensa socialista? Lo mejor que tiene formularnos esas preguntas hoy es que, por lo menos, ya sabemos que no hay respuestas únicas y cerradas. El llamado socialismo real pretendió levantarse sobre “leyes objetivas”, normas aparentemente inviolables y manuales que presumían de preverlo todo.

Al socialismo en el siglo XXI, en cambio, no le ha quedado más remedio que establecerse sobre la falta de certezas y proponerse, en consecuencia, construirlas colectivamente. La prensa socialista tiene el desafío de arropar con ideas la nueva época, interpretar creativamente el discurso político, alimentarlo con argumentos, demostraciones, ejemplos concretos y un permanente debate público.

Si lo anterior es válido para la experiencia latinoamericana, lo es también –y especialmente ahora- para Cuba. La dirección de la Revolución nos ha subido la parada con el rumbo de un socialismo próspero y sostenible. A pesar de los bloqueos y las adversidades de las últimas décadas, Cuba apuesta a una práctica socialista que sea fuente de felicidad, de vida digna, de realización personal y tranquilidad económica, de articulación entre el proyecto personal y las metas generales de la sociedad. Pero, ¿creemos acaso que esos significados se comprenden, procesan y comparten por igual en la cabeza de todos los cubanos? ¿Cómo haremos para comunicarlos eficientemente? ¿Cómo les daremos sentido y los convertiremos en hechos que se toquen, historias que se vivan, caminos que se intuyan?

¿Cuánta importancia tiene para la batalla política del país no solo trabajar el ámbito de la realidad, sino también el de las percepciones? ¿Cómo complementaremos, en suma, la actualización del modelo con una percepción renovada en torno a todo lo que se está actualizando?

2. La prensa y la realidad. Parte de la opinión pública nos acusa de mirar el mundo con el mismo catalejo de la canción de Buena Fe: somos eficientes en fotografiar lo que está lejos: lo investigamos, lo desmenuzamos, lo descomponemos frente a los ojos de las audiencias e incluso lo criticamos severamente. Lo que está cerca, sin embargo, suele abordarse con timidez, o con una abstracción infinita, o con estilo timorato, o con simplonerías. Por las razones que sean, hemos ido conformando un modelo de construcción de la realidad que contrapone el supuesto “infierno foráneo” al presunto “paraíso doméstico”. Hemos suplido, frecuentemente, el juicio razonado por la propaganda, la interpretación por las cifras, la noticia por los eventos, el argumento por el adjetivo, la riqueza de los procesos por la síntesis caricaturesca de sus resultados.

El problema anterior no es nuevo, pero se agudiza dentro de una sociedad cada vez más polifónica y con una alta cultura política. Es muy evidente el contraste entre nuestro tono monocorde y lo que pasa allá afuera. La distancia infinita entre una cuenta bancaria de 250 mil CUC y un salario de 250 pesos no es solo objetiva, sino también subjetiva y, entre ambos extremos, sobrevive un espectro amplísimo de modos de pensar y relacionarse con el país. Si el actual proceso de transformaciones ha entrado en un periodo de mayor complejidad, deberíamos asegurarnos de crear las condiciones para que la prensa y los periodistas contemos las historias con mayor complejidad: no solo las certezas, sino también las dudas; no solo las soluciones, sino también las contradicciones.

Claro que sería injusto de mi parte atribuirle únicamente a los periodistas –atribuirnos- la responsabilidad por estos pesares. El propio Presidente Raúl Castro, al criticar el triunfalismo, la estridencia, el formalismo y la falta de debate público en nuestra prensa para abordar la realidad, durante el VI Congreso del Partido, decía: “a pesar de los acuerdos adoptados por el Partido sobre la política informativa, la mayoría de las veces los periodistas no cuentan con el acceso oportuno a la información ni el contacto frecuente con los cuadros y especialistas responsabilizados de las temáticas en cuestión”. Aquí hay dos caminos: o resolvemos el problema entre todos de una vez o colapsarán la credibilidad y el poder persuasivo de los medios.

3. La prensa y la ley. Comprendo la expectativa que ha generado en el gremio –e incluso más allá de sus fronteras- la posibilidad de una ley de prensa. Ella dotaría de respaldo jurídico el desempeño profesional de los periodistas, reivindicaría a la información como derecho público y articularía de modo más orgánico las relaciones con las fuentes, entre otras ventajas. Pero, alerto, no será la solución de todos nuestros problemas. Varias orientaciones del Partido y el Buró Político precedentes, que, aun sin fuerza legal, tienen la fuerza moral de las instituciones que las originaron, han sido sometidas por las fuentes a la vieja práctica de “se acata, pero no se cumple”.

La necesidad de comunicar no puede imponerse únicamente por decreto, tiene que ser una fuerza natural, un movimiento, una demanda que le nazca a la sociedad de sus entrañas.

En lo que llegan las normativas jurídicas, algunas acciones prácticas podrían ir allanando el camino: ¿se imaginan que los ministerios del país ofrecieran sistemáticamente conferencias de prensa? ¿se imaginan que todas las instituciones públicas dispusieran de directivos, cuadros intermedios o funcionarios accesibles, con información y sentido de responsabilidad para comunicar? ¿se imaginan que pudiéramos analizar frecuentemente, con nombres y apellidos, las fuentes aferradas al secretismo y educarlas –educarnos- en una cultura de la información y la transparencia? Si nos lo proponemos, lo que he dicho estará a la vuelta de la esquina.

La guerra contra el secretismo no pertenece solo a la prensa, sino a toda la sociedad. Hay que atajar lo mismo las consecuencias que las causas, porque un secretista no viene al mundo genéticamente mudo. Enmudece gradualmente, como resultado, a veces, de la desinformación, o la falta de preparación para enfrentar los medios, o la ignorancia, o los regaños, o la defensa enmascarada del beneficio personal, o lo que interpreta como su sentido de la responsabilidad.

4. La prensa y los cuadros. En las semanas precedentes hemos escuchado una y otra vez dos cifras inquietantes. Casi el 50% de nuestros cuadros de prensa no tienen formación periodística, y ese número supera el 60% en el caso de la radio cubana. Las cifras, más allá de que sean exactas o no, ilustran que el problema existe y nos ponen a las puertas de un dilema mayúsculo: ¿podríamos acometer los cambios sin el capital humano suficiente para conducirlos y encauzarlos? Y si un cuadro se equivoca, ¿vamos a corregir su error con más regulaciones excesivas y prácticas verticalistas en la dirección de la prensa? ¿No sería ese, acaso, un error mayor? ¿Cómo haremos para asegurarnos de que los cuadros de la prensa identifiquen, organicen y alinien una vanguardia periodística que marque el paso, abra la brecha, perfile el camino que debería seguir nuestro sistema de medios?

En esto, como en muchas otras cosas, Ernesto Che Guevara constituye un excelente punto de partida. Lo cito: “el denominador común es la claridad política. Esta no consiste en el apoyo incondicional a los postulados de la Revolución, sino en un apoyo razonado, en una gran capacidad de sacrifico y en una capacidad dialéctica de análisis que permita hacer continuos aportes, a todos los niveles, a la rica teoría y práctica de la Revolución. Estos compañeros deben seleccionarse de las masas, aplicando el principio único de que el mejor sobresalga y que al mejor se le den las mayores oportunidades de desarrollo”.

No voy a usurpar, en la discusión sobre este tema, el lugar que seguramente ocuparán valiosos colegas, incluso valiosos cuadros, de muchísima más autoridad que yo para abordarlo. Permítanme solo referirme a una verdad general, casi de perogrullo: un cuadro de la prensa requiere conocimientos de economía, política, ciencias sociales, pero necesita también de una fina intuición, de un sexto sentido, de una capacidad indefinible en palabras para ver el mundo, imaginarlo y proyectarlo a corto, mediano y largo plazo. Hablo de algo que nace de la vida y de la relación con la práctica, que se llama liderazgo.

Necesitamos aguzar el oído y afinar el olfato para dotar a la prensa de los mejores cuadros, comprometerlos con la tarea de dirigir, crearles las condiciones para que dirijan con valentía y soltura, fomentar que se conviertan en verdaderos agentes de cambio y no en poleas trasmisoras de las orientaciones de arriba.

5. La prensa y el consenso. A lo mejor han creído hasta aquí que estoy hablando de la prensa, pero en realidad estoy hablando del consenso revolucionario, que ha sostenido nuestra resistencia aún en las condiciones más adversas. ¿Cómo puede la prensa del siglo XXI contribuir a consolidar ese consenso? ¿De la misma manera que en el siglo XX? ¿Y si los jóvenes no leyeran los periódicos, o no escucharan la radio, serán la radio y los periódicos los mejores vehículos para articular en ellos el consenso? ¿Qué mecanismos tenemos a fin de inducir y fomentar el consenso a través de las redes sociales? ¿O de los celulares, los videojuegos, la música, el cine, las telenovelas, la producción simbólica de la sociedad?

Ya que somos marxistas, comprenderemos que los cambios económicos implican, al mismo tiempo, profundas transformaciones en la subjetividad social. No es posible que emerjan nuevas relaciones económicas, sin que emerja, en una cadena simultánea de acciones y reacciones, una nueva configuración de las relaciones sociales. Hablo de la tensión entre lo avanzado y lo retrógrado, lo rápido y lo lento, lo recto y lo zigzagueante, la vieja y la nueva mentalidad. O la prensa cubana se convierte en la plaza pública por excelencia para visibilizar, dar forma y alentar el consenso en torno al cambio de mentalidad, o asumiremos el costo de que parte de esos consensos se articulen progresivamente al margen de nuestros medios.

6. La prensa y la UPEC. Los periodistas nunca quedaremos bien con todo el mundo. Estamos a medio camino entre la opinión pública y las fuentes. Defender a una parte, casi siempre implica cuestionar la otra. Podríamos admitir incluso que nos califiquen como “profesionales incómodos” porque, en cierta medida, lo somos. De un lado, nuestro compromiso con la época y el proyecto político son irrenunciables. De otro, ese compromiso se realiza completamente si auscultamos la sociedad con sentido crítico, si le palpamos sus dolencias, si alertamos de los males más graves y ayudamos a sanarlos. Allí donde la sociedad enferme y no aparezca a tiempo el diagnóstico, será, entre otros factores, porque la prensa no ha jugado su papel.

José Martí definió nuestro encargo social en muy pocas palabras: Permítanme recordarlas: “la prensa debe ser coqueta para seducir, catedrática para explicar, filósofa para mejorar, pilluelo para penetrar, guerrero para combatir. Debe ser útil, sana, elegante, oportuna, valiente en cada artículo. Debe verse la mano enguantada que lo escribe y los labios sin manchas que lo dictan. No hay cetro mejor que un buen periódico”.

¿Nos hemos detenido suficientemente en esa frase de Martí”. Reitero solo los adjetivos: coqueta, catedrática, filósofa, pilluelo, guerrero, útil, sana, elegante, oportuna, valiente”. A mi juicio, el mayor desafío que tendrá la UPEC, en medio de la complejidad de los próximos años, será pelear con uñas y dientes para consagrar en el periodismo cubano estas virtudes, que nadie nos va a regalar. Tenemos la ventaja de 8 congresos precedentes y decenas de documentos escritos con orientaciones claras en torno a lo que, entre todos, insisto, debiéramos hacer.

7. La prensa y la profesionalidad. No hablé de profesionalidad hasta ahora, pero ojalá nos hayamos dado cuenta de que, en realidad, lo estoy haciendo desde el principio. La profesionalidad, ciertamente, depende de nosotros mismos, pero depende también de un ambiente de libertad editorial y creativa que desate la posibilidad de ser profesionales. El periodismo no es un décalogo de reglas instrumentales para hablar o escribir bien frente a los ojos de la opinión pública. Al menos, no en el siglo XXI. Ser profesionales pasa por disponer de las claves políticas, económicas y culturales para ver el mundo complejamente y luego representarlo con belleza, con una hondura que fluya de forma natural, como si la complejidad fuera invisible.

Es un camino que toma toda la vida, cuyo motor de arranque podría estar en las universidades y luego se va puliendo con el estilo, con la fuerza de la opinión, con la osadía personal, la experimentación, la voluntad de riesgo, y también, por supuesto, con un contexto que permita equivocarse y sacar lecciones, porque el error, entre nosotros, no puede ser motivo de vergüenza.

Colegas:
Estamos llamados a dar un salto definitivo y eso, a mi juicio, es posible hoy como nunca antes: nuestro socialismo se actualiza con paso firme, hay conciencia de que la comunicación y el Periodismo también deben actualizarse; cientos de profesionales han salido de las aulas universitarias listos para dar la pelea, la UPEC cumple 50 años y este tiempo le ha servido no solo para mapear los problemas, sino para consolidar su autoridad moral en función de discutir las soluciones; y hemos llegado a un punto de madurez en la sociedad que nos permite ver las cosas como son -sin eufemismos ni medias tintas.

Lo que haya que hacer, de conjunto con el Partido, las fuentes, los investigadores, los medios, las universidades, los estudiantes de Periodismo y los periodistas, hagámoslo. Cualquier piedra en el camino será infinitamente menor que el precio a pagar por esperar otro medio siglo para tener una prensa que se parezca a nosotros mismos.

*Ponencia introductoria al debate del Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) el 13 de julio de 2013.

 

Joaquín Cuartas: entre el mito y la realidad

 

“Escribir radio no es un oficio difícil pero si arduo porque tienes que escribir todos los días. Estás atrapado dentro de un mundo que puede ser una novela, un cuento, una aventura. Cada obra en sí misma encierra un universo que tú creas. Si es una versión, es un universo que crea otro pero tú lo estás realizando y haciéndole cambios porque muchas veces lo que se escribe para un libro no es exactamente lo que sale en radio donde lo que prima es el diálogo y una buena narración, un buen estilo de narrador.”

Estas fueron las primeras palabras que Joaquín Cuartas me dijo, grabadora en mano, cuando logré que se apartara de la máquina de escribir y se instalara en un butacón de su sala para que conversáramos. Con el desenfado que le caracteriza concedió diversas pistas para comprenderlo como autor y como hombre, para de ser posible desbaratar el mito que sobre él se cierne, después de entregar a cientos de oídos cubanos radionovelas como La canción del Shannon, Viento Sur, Crónica social, Cuando baja la marea, Historias de amor y olvido, Cuando la vida vuelve, entre otros cuentos y teatros.

Si usted recuerda los altoparlantes situados frente a Radio Progreso en la calle Infanta, para que la gente escuchara el último capítulo de Cuando la vida vuelve en el año 1997; entonces tiene que saber que ese acontecimiento marcó, para quienes tuvieran dudas, el regreso indiscutible de la radionovela cubana. Este fue el mejor homenaje que Joaquín creyó podía hacerle a Félix B. Caignet, demostrar que todos aquellos recursos que el santiaguero utilizó en El derecho de nacer, continuaban siendo efectivos a finales del siglo XX.

A sus más de setenta años Joaquín Cuartas es sin discusión uno de los autores radiales más queridos por los radioyentes cubanos. Dueño de una imaginación sin límites, maestro de la ironía y poseedor de un fino sentido del humor cada día se debate entre las criaturas y los mundos  que crea, esperando secretamente que la realidad en que vive no sea más que otra de sus ensoñaciones.

¿Cómo le llegan las historias?

Mis historias no son de la realidad aunque la vida real a veces sorprende. Tomo las cosas de películas, de otros escritores, no hay nada nuevo bajo el sol. Todo es una recreación constante. Es tomar lo que existió y volverlo a recrear.

¿Cómo crea a sus personajes, de qué moldes los extrae?

Los personajes parten de un ente imaginativo casi siempre. Yo no me baso en hechos de la vida real. Mis personajes son todos muy imaginativos porque en la vida real sí hay historias muy buenas, pero nunca tienen el vuelo que le puedas dar imaginativamente. Puedes coger una historia real y cambiarla, reconstruirla y darle todo el vuelo que quieras, pero necesariamente con una historia real estás constreñido al hecho y a la personalidad de cada una de las personas que intervienen y de ahí no puedes escapar. Soy creativo en cuanto a los personajes, unos son de farsa, otros de comedia, otros de tragicomedia, de pieza, o sea, de los diferentes géneros teatrales. En la radionovela funcionan todos. Claro que cuando escribo teatro ya soy más regimentado, más formal en cuanto al género. Mis personajes lo que tienen que tener es humanidad, bondad, sacrificio. No me gusta la vulgaridad.

¿Qué sucede cuando versiona?

Lo cambio todo, desde los personajes. La única novela que no cambié y me quedó horrible fue El rojo y el negro. No quise cambiarla porque era de Stendhal, pero fue insoportable yo mismo lo reconozco. Todo lo demás lo cambio sin problemas.

¿No respeta nada, más o menos?

Bueno sí, menos que más.

¿Con que sensación se enfrenta a la primera cuartilla? 

Peligro.

¿Por usted o por ella?

Por los dos.

¿Sigue algún ritual para sentarse a trabajar? 

No tengo ningún ritual, sentarme en la máquina, producir ideas y ya.
¿Con qué dificultades tiene que lidiar? 

El problema es que una vez que empiezo a escribir una novela me quedo preso en ella y a las tres de la mañana estoy  pensando en la novela, por la mañana estoy pensando en ella y los personajes. Llega el momento que me arrepiento de haber nacido porque la novela me tiene atrapado y no me da espacio para nada más. Es una compulsión. La creación de este tipo, como la creación de todo, me imagino, es un estado febril.

¿No teme se le agote la imaginación?

No, porque yo me divierto  mucho imaginando cosas. Toda mi vida he vivido más en un mundo imaginario que en la realidad. Por eso siempre choco con ella. La realidad no me interesa. Siempre soy muy imaginativo. Soñar no me cuesta nada.

Después de tantos años escribiendo, ¿ha perdido el placer de la creación? 

No, para nada. Sigue siendo un acto casi religioso, me hace sentir muy bien. Además, es lo único que sé hacer bien. Yo no sé poner un chucho de luz.

¿Le quedan muchas novelas en el tintero?

Depende de mi estado de salud. A ver si un día no me toca decir adiós. A todos nos toca decir adiós.

¿Cambiaría su vida por la de algunos de sus personajes?

(Se queda pensando antes de responder, al final sonríe y responde) No, porque yo soy todos los personajes.

Con tantas historias de amor escritas, ¿cómo lo ha tratado el amor a usted?

Ya a los 74 años el amor se convierte en una cosa poco relevante, pero el amor sí ha sido importante para mí.

¿Qué siente cuando dicen que usted es el escritor de radionovelas más importante del país?

Que no es verdad. Aquí hay muchos escritores radiales muy buenos. Lo que sí siento es gran admiración por Félix B. Caignet. Para mí ese es el escritor radial más importante que ha habido en Cuba. Además, como tuve el gusto de conocerlo puedo decir que era una persona maravillosa, buen músico, de todo. Félix B. Caignet, es para mí el paradigma de todas las cosas.

¿Cuáles incentivos encontró en la radio para serle fiel durante tantos años? 

 Cuando empecé a escribir me divirtió mucho. Y es que yo me divierto escribiendo, me río de las cosas que hago y también lloro. Me tengo que divertir, eso sí, si no me divierto no lo hago. Hay que divertirse, aprender a reírse.

 

 

 

“No soy yo, es mi cuerpo el que recuerda”

"No soy yo, es mi cuerpo el que recuerda". Foto: Cirenaica Moreira

“No soy yo, es mi cuerpo el que recuerda”. Foto: Cirenaica Moreira

 

Del silencio al show mediático*

por: Isabel Moya, tomado de La Jiribilla 

¿Estar o no estar en los medios? Ese pudiera ser, tal vez, el dilema existencial de nuestros días. Los medios ostentan  la capacidad de contar la vida, y hacen creer que esas narraciones, son la vida misma.  El espejismo de constituirse en el reflejo de la realidad los ha situado en una de las esferas  principales del núcleo del poder.

La presencia, entonces, en los medios de personas y temas, confiere estatus de legitimidad a la cuestión que se trate. Teóricos/as en los estudios de comunicación han centrado sus análisis en la  construcción de la agenda de los medios, al considerar que ese es el nodo, a partir del cual, se estructuran los sistemas y procesos de la comunicación masiva.

La teoría de la Agenda Setting1, enmarcada en las llamadas teorías de los efectos, postula cómo los medios a partir de seleccionar temas y conferirles jerarquía dictan a la audiencia qué pensar y cómo hacerlo. Esta agenda se constituye en un marco referencial para interpretar la realidad.

Aunque esta teoría tiene como una seria limitante, que concibe a las audiencias como entes pasivos, homogéneos, aislados de un contexto y subestima las experiencias individuales, por otra parte, pone de manifiesto la importancia de atender a la visibilización de ciertos temas y al silencio sobre otros.

Algunas de las cuestiones relacionados con la situación, condición y posición de las mujeres, o promovidos desde el feminismo o los estudios de género han pasado del silencio al show mediático. Pasaron de ser de “lo que no se habla”, a estar iluminados por los reflectores. Acaparan portadas y horas de radio.

Las luces iluminan solo algunos asuntos: la violencia hacia la mujer, el aborto, el matrimonio entre personas homosexuales o lesbianas… Pero más que verdadera luz, lo que prima, con sus honrosas excepciones, es el enfoque banal, el morbo, el sensacionalismo que llega a ser amarillista en algunos casos2. Se repiten hasta la saciedad los lugares comunes que sustentan mitos y estereotipos.

Hay quienes suscriben que la presencia, en sí misma, de estos tópicos es ya un logro, pues es preferible que se muestren, aunque se reproducen los mismos presupuestos sexistas a que permanezcan ocultados y ocultos. La aparición pública del tema y la polémica que muchas veces genera lo valoran como un indicador de visibilidad.

No suscribo totalmente este punto de vista. Sería necesario realizar estudios de audiencia para valorar los niveles de  aceptación, de recepción crítica, apropiación, rechazo, posible problematización con las representaciones sociales del grupo expuesto al producto comunicativo de que se trate.

Por otra parte, incluso discursos que se presentan como discontinuidades de la representación tradicional de lo femenino no lo son realmente, no significan una ruptura pues remiten de otra forma a las esencias tradicionales. Helena Neves ha escrito al respecto: “es la continuidad debidamente adaptada al paso del tiempo, de modo que garantice la eficacia del control.”3

Pero lo que sí afirmo es que el sexismo signa los productos comunicativos en los llamados medios tradicionales y también en los nuevos soportes. La fibra óptica y el microchip han sido aliados en la amplificación, en tiempo real, de viejos estereotipos de lo femenino y lo masculino.

Resulta una manifestación de la violencia de género, agrede a las mujeres y las niñas a nivel individual y  colectivo. Imprime al imaginario social otra marca de género. Es la violencia simbólica hacia la mujer desde los medios y las industrias culturales. Sigue leyendo