Nadar de noche

"el amor absoluto por un ser amado perdido, encontrado ahí, encontrado así..."

“el amor absoluto por un ser amado perdido, encontrado ahí, encontrado así…”

Dice el escritor Luis Chitarroni que el libro de relatos “Nadar de noche” es una muestra evidente de aquello que Juan Forn niega a menudo –no sin coquetería– tener: imaginación. Es un cuento, además, inspirado. Digo yo que es de los mejores relatos que me he leído este año en el que me he sumergido tanto en la literatura, en el que en lugar de poros creo me han aparecido por todo el cuerpo letras, en el que me he sorprendido pendiente de las palabras, de su sonido, de la cola de afectos y trasmutaciones que provocan. Por eso, precisamente por eso,  les he traído el relato que da título al libro de Forn, autor que no conozco, del que solo ahora vengo a saber algo.

Lo traigo a modo de celebración, porque hay veces en que alguien tiene que nombrar algo para que exista, para darnos cuenta de que está ahí, al alcance de la mano y que lo podemos poner a vivir con tan solo tocarlo o bañarlo con una mirada cuidadosa. Porque me pido un respiro, porque quiero -como escribió un amigo hoy- ” Que se renueve y nos renueve la esperanza”.

Quisiera abarcarlos a todos en un abrazo y poder conjurar para ustedes toda la luz, el amor y la solidaridad que el mundo está olvidando y desperdiciando, pero solo les dejo Nadar de noche y mi beso.

Nadar de noche

Era demasiado tarde para estar despierto, especialmente en una casa prestada y a oscuras. Afuera, en el jardín, los grillos convocaban empecinados y furiosos la lluvia, y él se preguntó cómo podían dormir en los cuartos de arriba su mujer y la beba con ese murmullo ensordecedor.

Tenía insomnio, estaba en pantalones cortos, sentado frente al ventanal abierto que daba a la terraza y al jardín. Las únicas luces prendidas eran los focos adentro de la pileta, pero la luz ondulada por el agua no conseguía matar del todo la sensación de estar en una casa ajena, el malestar indefinible con aquel simulacro de vacaciones.

Porque, en realidad, no estaba ahí descansando sino trabajando. Aunque el trabajo no implicase ningún esfuerzo en particular, aunque no tuviese que hacer nada, salvo vivir en esa casa con su mujer y su hija y disfrutar las posesiones de su amigo Félix, mientras éste y Ruth remontaban el Nilo y gastaban fortunas en rollos de fotos y guías egipcios sin dientes, a cuenta de una revista de viajes italiana.

Para calmarse, para atraer el sueño, pensó que no iba a pisar Buenos Aires en todo el mes. Viviría en pantalones cortos y sin afeitarse, cortaría el pasto, cuidaría la pileta, vería videos y escucharía música mientras su hija crecía delante de sus ojos y su mujer inventaba postres raros en la cocina. Y en todo ese tiempo quizá le dejaran algún mensaje mínimamente estimulante, o al menos catastrófico, en el contestador automático de su departamento.

Mientras tanto, a lo mejor Félix y Ruth decidían prolongar su viaje un mes más, o tenían un accidente, o se enamoraban los dos de un mismo efebo andrógino y analfabeto en Alejandría. Un mes podía ser mucho tiempo en algunos lugares; un mes podía ser casi una vida. Para su hijita, por ejemplo. Tenía que empezar a vivir al ritmo de ella, como le había dicho su mujer. Día por día, hora por hora, lentamente. Tenía que asumir la paternidad de una vez, como dirían Félix y Ruth, si es que no lo habían dicho.

Entonces oyó la puerta. No el timbre sino dos golpecitos suaves, corteses, casi conscientes de la hora que era. Cada casa tiene su lógica, y sus leyes son más elocuentes de noche, cuando las cosas ocurren sin paliativos sonoros. Él no miró el reloj, ni se sorprendió, ni pensó que los golpes eran imaginación suya. Simplemente se levantó, sin prender ninguna luz a su paso y cuando abrió la puerta se encontró con su padre parado delante de él. No lo veía desde que había muerto. Y, en ese momento, supo incongruentemente que ya se había hecho a la idea de no verlo nunca más.

Su padre tenía puesto un impermeable cerrado hasta arriba y el pelo tan abundante y bien peinado como siempre, pero totalmente blanco. Nunca habían sido muy expresivos entre ellos. Él dijo: “Papá, qué sorpresa”, pero no se movió hasta que su padre preguntó sonriendo:

—¿Se puede pasar?

—Sí, claro. Por supuesto. Sigue leyendo

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