Cenizas

Lo que queda del fuego o el fuego mismo

Lo que queda del fuego o el fuego mismo

No sé quien es Ana López. Nunca he visto su cara. No sé si es joven o vieja, fea o hermosa. Si le importa. Solo he leído un relato suyo encontrado al azar en una página web. Es como si  hubiera dejado olvidados los pliegos de papel donde escribió su historia sobre cualquier banco de un parque o la  mesa esquinada de un café. Yo los vi y con pena de que su palabra se perdiera los llevé conmigo para mi suerte, por pura necesidad, después de leerlo de un tirón.

Ana López, escribe. No sé si mucho o si poco. Si de día o de noche, con un cigarrillo entre los labios o con el sonido de una tormenta como banda sonora para su creación. Lo que sí sé es que no me quedé impasible después de leerla. Y que su escritura, tal vez ríspida, no me hizo ningún agujero visible, palpable; pero me dejó la sensación de tenerlo en el medio del cuerpo, abierto, permitiendo el escape de cosas importantes, que todavía se están yendo.

La única noticia que tengo es que Cenizas, el relato que hoy les dejo resultó finalista del  Premio Juan Rulfo Radio Francia 2011 y que ha sido incluido en una antología que se titula La ficción es puro cuento.

Ana López y su escritura me sirven de pretexto para hacer una de las cosas que más amo. Regalar historias. Hacer a los amigos cómplices del lugar donde nacen las extrañas criaturas, las más entrañables.

Esta es Ana, espero que les sea tan grato como a mí haberla conocido.

Cenizas

Yo digo: No frecuento cementerios.

Ella dice: Cremados entramos quince.

Yo digo: No hay un alma.

Él dice: Cuidado con el hilo.

Yo digo: La anestesia general. Y el cementerio de Chacarita temprano a la mañana.

Ella dice: Después de todo no fue un mal día.

Yo digo: ¿Señala hacia afuera?

2002

Mucho calor. Yo llegué a las cinco y Érica está demorada. Un clásico.  Cuando decido que va a tardar me siento en el San Remo, desde donde se ve la esquina.

Aparece a los diez minutos. Adivinó que ya no la esperaba y fue directo al bar donde tomo una tónica con limón y me hago la que leo.

Tiene puesta una musculosa negra y una bermuda con muchos bolsillos. Usa sandalias de plástico, con broche de velcro, como de chico. Colgada de los dos hombros, como siempre, una mochila con logo de deporte.

Yo pago y le pregunto si quiere tomar el 123 hasta mi casa o si prefiere caminar. Ella duda pero después dice que caminemos.

Bajamos por Guzmán, bordeando la vía. Son unas diez cuadras hasta Avenida del Campo.

Me gusta la tarde. Y me gusta que quede poco del verano.

Érica me dice que va a extrañar las caminatas. Es raro eso. Es raro porque no hay tanto que extrañar. ¿Cuánto hace que no caminamos como caminábamos antes Érica y yo?

A mí me altera su viaje a Montreal. Acompaño con efervescencia y aliento; pregunto, aconsejo. Cualquiera que me vea diría que estoy encantada con ese proyecto.

Pero yo no le creo ninguno de los motivos. Ninguno. Y a veces me parece que no se los cree ni ella.

Es errante, Érica, y yo lo sé. También sé que no se va por eso, y tampoco sé, ahora, por qué se va.

Caminamos. A nuestra derecha se ve el paredón del cementerio de Chacarita.

¿Viste que del lado de Chacarita los árboles son tan viejos que podrían caerse y del lado de las vías son árboles de no más de veinte años?, le digo.

Eso tenés que escribirlo, me responde.

Me freno apenas y la miro.

Para eso debería volver a entrar. Pero yo no frecuento cementerios.

Y no escribo.

1992

Llego de visita como muchas noches desde que me fui a vivir sola. Tengo las llaves y mi padre y Marisa, su mujer, se alegran cuando me sienten subir. Yo hago como que les hago el favor. No hace mucho que me fui, ni me fui tan lejos, apenas cuatro o cinco cuadras, las suficientes para que Belgrano R ya sea Coghlan. Pero me gusta, ahora, seguir teniendo las llaves, subir las escaleras de mármol de la casa de Mendoza y Washington, irme cuando se me antoja y caminar de noche, sola, por Mendoza hasta Superí y después hasta Blanco Encalada, donde está el departamento que alquilo.

Esta vez, cuando llego, está Carmen, la madre de Marisa, eufórica. Marisa tiene cara de oler pedos y la escucha con los ojos clavados en la taza de café que sostiene en la mano; mi padre tiene un cigarrillo colgando en los labios. Yo tardo en entender de qué hablan.

Cremados entramos quince, me dice Carmen.

Acaba de comprar una parcela, o como sea que se llame a esos terrenos, en Jardín de Paz. Y está feliz. Y además nos está invitando.

A mí ese regocijo con la muerte me revuelve el estómago.

Papá se la toma en chiste: Chacarita es más cerca, Carmen, le dice. A mí me creman, a un nicho en Chacarita y se acabó.

En la cocina, Marisa me cuenta que el problema de Carmen es que su marido quiere que lo entierren en la Tablada, donde está su primera mujer y no con ella, en Jardín de Paz.

 1996

Me doy cuenta de que falta poco por algo que hago yo y no él. Me toca quedarme a mí esta noche. Ya perdí la noción de cuánto hace que no duermo en mi departamento.

Hace ocho meses que empezó todo. Me acuerdo bien de todas las instancias de la enfermedad, como si fueran mojones en el camino. Pero casi de nada más. Ya no sé bien cuándo renuncié a mi trabajo, cuándo mi casa se convirtió en un lugar de paso, cuándo aprendí a sostener su peso para bajar la escalera, subir con él al taxi hasta Rodríguez Peña y Callao, afirmarle el bastón, sentarme al lado, tratar de no mirar a la gente, demasiado flaca, demasiado pálida, acompañarlo hasta el consultorio de los rayos, ayudarlo a subir ala camilla. Para mí es una especie de nube informe todo esto. Sé que no pasó de repente, pero también que es, ahora, una rutina de una familiaridad agobiante. Lo demás sí lo sé: el tumor en el cerebro, el cáncer de pulmón, la metástasis en el dedo meñique de la mano derecha y en la quinta cervical. Los corticoides. Y ahora las recetas certificadas. Y la morfina.

Huele raro. Levanto las sábanas de arriba. Él se mueve apenas. Todo movimiento implica dolor. Cuidado con el hilo, me dice. Él ve un hilo. No sé cómo es. Me parece que cree que atraviesa la habitación desde la puerta de madera hasta la ventana. Yo traigo el frasco grande y la jeringa. Cuento los centímetros cúbicos, le pido que abra la boca. Y entonces al rato él ve el hilo. Y yo traigo agua caliente y una toalla limpia. Y levanto las sábanas. Me impresiona el cuerpo desnudo de mi padre. Lo miro y me parece que entiendo a qué llama la gente consumirse. No puedo creer estar acá, la toalla húmeda y el jabón espadol, ladeando la cabeza para evitar el hilo invisible. Lo tapo de nuevo con la sábana y le miro el latido de las venas de la muñeca. Late.

Ahora la casa de mi padre se convirtió para mí en una especie de hotel. O de campamento. Él duerme. Balbucea. Se queja. Y yo bajo el colchón que está apoyado sobre la pared, al lado de la ventana, y le tiro encima el acolchado que Marisa me dejó prolijamente doblado sobre una silla. Está agotada, Marisa. Y está medio loca.

Y entonces yo abro la mochila blanca y negra, busco adentro una bombacha y un camisón limpios. Y me desnudo delante de mi padre.

El tiempo se acabó.

1991

Fue una sola noche y todo fue silencio. En ese momento, después, ahora. Yo estaba acostada en mi cama y Érica en la de carrito que se sacaba de abajo para las visitas. Llevábamos horas hablando. Me acuerdo del cielo de noche que se veía porla ventana. Me acuerdo de que era invierno y estaba bastante oscuro. Y me acuerdo de su mano buscando mi boca, y de mi boca entreabriéndose, y de mi lengua apenas rozando sus dedos y de sus dedos adivinándome los labios. Me acuerdo de mis pezones duros. Y otra vez de la ventana. Y de ponerme de costado de cara a ella y, de buscar su boca con mi mano izquierda. Y del movimiento idéntico de su lengua en mi dedo. Mínimo, pequeñísimo, repetido.

No sé cuánto tiempo duró eso. O no sé si duró mucho, pero no duró poco. No hubo nada más. En algún momento se acabó. Creo que yo me asusté, dije algo, nos recompusimos.

Nunca volvió a pasar y nunca hablamos de eso. Pero vuelve, cada tanto, en algunos desvelos. No sé por qué.

No creo que esa noche nos haya movido el deseo. Al menos no a mí. Pero aun así, recortado y trunco, me lastima pensar que ella no se lo acuerda.

1997

No sé a qué hora llegó Érica a la casa de mi padre. Tampoco sé quién la llamó. La miro. Tiene un jean viejo, medio desteñido y una remera blanca, lavada muchas veces con una reproducción de un cuadro de Delacroix y el logo del Bicentenario de la Toma de la Bastilla. Marisa la abraza. Mi hermano la abraza. Érica sabe bien cómo se hace todo esto. No sé por qué lo sabe. Nunca se le murió nadie. Pero Érica sabe gestionar para otros. Mirándola agarrar la lista con los teléfonos que le di me parece mayor. Y yo, esta tarde, necesito un mayor.

Érica conoce la casa, aunque hace más de cinco años que yo no vivo acá. Le sabe los trucos. Se mete en la cocina. Prepara café. La escucho murmurar y caminar. Me la imagino con el teléfono inalámbrico en la mano, al otro lado dela puerta. Pienso que lo único que quiero es que sea pasado mañana. Pero todavía no es pasado mañana. Todavía es esta tarde.

Yo digo: quería que lo cremaran.

Marisa dice: si te lo dijo a vos está bien. A mí no me lo dijo. Pero yo sé que quería el cajón cerrado.

¿Cuándo me dijo él que quería que lo cremaran?

No sé qué quería, le digo a Érica.

Érica se ríe. Nadie sabe, me dice.

La tarde, la noche, pasan. Rápido. De alguna manera. Alguien se ocupa de Marisa, que pasa de la apatía a las crisis de llanto como si nada. Mi hermano Andrés tiene tantos amigos alrededor que me parece absurdo que se pueda conocer a tanta gente. Yo los veo pasar. Por momentos entro a la sala, tomo café, los miro por la ventana desde el bar que está en diagonal. Vienen algunas amigas. Hace calor y todo parece irreal.

Cuando a las dos de la mañana cierran la puerta, Érica me dice que me lleva a mi casa. Me suena tan raro. Me parece que hace siglos que mi casa no es mi casa. Maneja despacio por la ciudad desierta. Baja por México hasta Boedo y da toda la vuelta por Independencia para dejarme en Colombres. Me ofrece quedarse a dormir. Le digo que no. Mira el reloj y me dice que me busca mañana a las siete para ir a Chacarita.

Después de todo no fue un mal día, dice Érica antes de irse.

Hay que poder decir lo que dice Érica. Y yo creo, esta noche, que siempre voy a quererla por eso.

2004

Me quedó de Érica la costumbre de señalar con los dedos en forma de cuerno las casas de sepelio. También me quedó de ella el movimiento hacia la cartera o el bolsillo para sacar las llaves por lo menos tres cuadras antes de la puerta de mi casa. Pero lo de las llaves es más automático, se da así, sin más; me quedó de ella pero no hace falta involucrarla en ese acto, ahora es solamente algo mío.

Sin embargo, las casas de sepelio son otro tema. Tengo aprendido prácticamente de memoria los sitios donde se agrupan y voy anotando en una lista mental las que se van agregando progresivamente. Vivo pendiente de ellas, preparada para curvar los dedos índice y mayor hacia atrás, del lado correspondiente al del edificio de Servicios Fúnebres.

A veces me pregunto cómo serán las casas de sepelio en Montreal. Y pienso que no hay ninguna rutina aprendida conmigo que pueda sobreimprimirse, sólo por capricho, en otro sitio.

2006

Entonces, diez años después, entramos a Chacarita. A las oficinas de administración de Chacarita. Marisa y Andrés están dibujados y soy yo la que hablo.

Tenemos que renovar el derecho a nicho, le digo a la empleada. Es obvio, nos pide el papel. Le digo que no lo tenemos, que se nos perdió, que no lo encontramos. Pero que está en un nicho, hace diez años. Y que le podemos decir exactamente cuándo se murió y que ellos lo busquen en un registro.

Ella me mira con cara de “difícil”. Y después dice: tiene que ir a buscar ese dato a “Archivo”. Andrés, al lado mío, está mudo; Marisa, un paso más atrás, sospechosamente calma. Me parece que se tomó algo antes de venir. La miro y la veo envejecida. O no. La veo vulnerable. ¿Cuándo fue que yo empecé a hacerme cargo de ella?

Va por la calle central, bordea la entrada a las galerías, sigue por la calle central y llega al edificio de Archivo, me dice la empleada. Yo tengo presente que voy a tener que volver a ver a esta persona. Entonces sonrío. Y agradezco.

Es lunes, son las ocho y media de la mañana. Es mayo. Y hay sol. Caminamos los tres por la calle central y bordeamos la galería. Yo digo: no hay un alma. Sin ironía. Lo digo en serio. Y me escucho decirlo y me río de mí. Me parece que somos literarios, o cinematográficos los tres: Andrés desgarbado y altísimo, después yo tan intermedia y al final Marisa, mínima con su 1,51. Por alguna razón se me antoja que puedo mirarnos de afuera, como si yo no fuera tan una de ellos en un lugar donde, ya lo dije, no hay un alma.

Si fue hace diez años, nosotros no tenemos acá el registro, me dice el empleado de Archivo, después de que perdimos al menos dos veces la calle principal que parecía tan simple de seguir. Tomo aire. Marisa está como resignada y sé que Andrés me va a dejar hacer, sin saltar nunca. A veces quisiera ser hombre para partir dientes. No sé si lo haría, pero esa es una de las pocas cosas en las que el género me parece una verdadera limitación. Me gustaría que estuviera Érica. Érica sólo sería firme. Y eso sería suficiente.

Pregunte en Admisión, me sugiere el empleado. No puedo creer que el cementerio tenga una sección de admisiones. No puedo creer la naturalidad con la que me lo dice. Tiene que salir del cementerio e ir por la entrada principal. Es una ventanita chiquita, a su derecha, antes de las columnas, explica. Me trata bien, pero yo lo trompearía. Lo trompearía, creo, porque me trata bien.

Hay sol. Salimos. No termino de entender por qué esta resignación en los tres, esta cosa ridícula de juego de la oca: avance uno, retroceda dos, se distrae en la tumba de Evaristo Carriego, pierde un turno. Nos dejamos guiar. Y en Admisión no hay nadie que pueda ayudarnos. O el que está no puede, que es casi lo mismo, así que volvemos al punto de partida. Y la empleada insiste en que no puede hacer nada si no tenemos el papel, que no puede ubicar entonces el nicho. Que lo busquemos. Y que si no irá a foso común.

Hay algo ridículo en lo que está diciendo, pero no me doy cuenta hasta varios días después. Hay algo en todo lo que está diciendo que se despega de lo racional. ¿Cómo saben ellos, si no tienen registro, quiénes son los que no renovaron y a los que, por tanto, hay que mandar al foso común?

Entonces nos vamos los tres. Y yo decido que no voy a ir a trabajar. Tomamos café. Marisa dice que de todos modos va a volver a buscar el papel. ¿No sabrá Érica dónde lo puse?, me pregunta. Me causa gracia. Érica está en Montreal, le digo. Marisa me dice que lo sabe. Pero que se acuerda que estaba cuando hicimos el trámite, hace diez años. Me pregunta por Érica. Le digo que le va bien. Yo no quiero hablar de Érica, ni pensar en Érica. Yo no quiero extrañar a Érica ni que Érica sea, ahora, también para Marisa, la memoria de ese martes de hace diez años.

2007

Es casi un juego. Empieza con uno de mis compañeros de trabajo contando por qué lo aterran los aviones. Es gracioso el relato. Sobre todo considerando que quien lo narra mide casi dos metros y debe pesar 130 kilos.

Es uno de esos almuerzos de los viernes que se prolongan bastante más allá de la hora reglamentariamente establecida y que muchas veces terminan en una especie de confesión doméstica en ronda.

Alguien dice: les tengo pánico a las piletas en las que no hago pie.

Y después algún otro: si me sacan sangre puedo llegar a desmayarme.

Me parece que todos esos miedos no son más que situaciones en las que el control está en poder de otros. Y de golpe estoy segura de que, en un punto, hay cierta comodidad en ese tipo de miedos. Son inapelables. No hay nada que hacer con ellos.

Por eso, cuando me llega el turno digo: la anestesia general.

Pero pienso: la anestesia general y el cementerio de Chacarita temprano a la mañana.

2009

Pedimos pizza con rúcula y cerveza Patagonia. Yo quiero emborracharme esta noche. No quiero escucharla más desentenderse de todo. No quiero escuchar más cómo le resbala esto y aquello.

Hablamos de libros. Me cuenta que volvió a leer. Que lee en inglés. A veces en francés. Yo corto la pizza, sirvo más cerveza, miro para afuera.

Siempre que viene a Buenos Aires me parece que está esperando para irse apenas pone un pie en Ezeiza. Yo también estoy esperando que se vaya apenas llega.

Pero cuando está por irse ya no sé qué prefiero.

Nos vimos muchas veces desde que llegó: fui a la bienvenida en lo de su madre, comí asado un mediodía con su familia ampliada, fui a bailar a la terraza de sus ex compañeros de facultad, desayuné con ella en Selked, en una suerte de anacronía urbana, y la llevé una tarde a tomar café al puerto de Olivos. Todas y cada una de las veces hicimos la pantomima. Ella no preguntó nada de lo importante y yo festejé las delicias de la vida segura en Montreal.

Pero esta noche no tengo ganas. O ya no tengo resto, o quién sabe.

Ahora Érica dice lo de siempre: que me ve bien.

Pero esta vez yo le contesto: ves bastante mal.

Me mira, se sirve más cerveza, sacude la botella vacía. Yo la miro también. No parece sorprendida.

Entonces le cuento. Y ella escucha.

Las dos porciones de pizza restantes se enfrían en la tabla de madera. Ella no me pregunta nada, y yo hablo sin parar. Después nos levantamos, damos una vuelta manzana: Malabia, El Salvador, Armenia, Costa Rica. Me dice que quiere comer una torta de chocolate y entramos a otro bar. Compartimos un brownie con helado de crema americana y salsa de algún fruto rojo, que no se ve del todo porque hay poca luz. Ella pide un café irlandés; yo, una limonada eléctrica.

No me gusta venir a Buenos Aires, me dice Érica.

Yo la miro. No estoy sorprendida. Esta noche tengo ganas de tocarla. Tan borracha y tan lúcida.

Ya no intuyo. Esta vez se va a ir.

2010

Voy.

Es temprano, es sábado, es primavera.

La gente baja de los colectivos y del subte. Busca la estación de tren o las florerías. Las florerías desbordan y yo pienso que nunca compro flores en Chacarita porque tengo la fantasía de que los floristas revenden las que sacan del cementerio.

Me paro a unos metros del pórtico, enfrente de las columnas dóricas de la entrada, que desde hace uno o dos años están pintadas de un rosa piel bastante extraño. Miro para arriba. Sobre el triángulo que corona las columnas hay una suerte de friso que reproduce en relieve una escena del Juicio Final. Y en la punta hay una escultura de algún tipo de ángel, con la mano derecha apenas levantada y el índice extendido.

Lo miro y pienso: ¿señala hacia afuera? Y un segundo después: señala hacia arriba. Me parece que las dos cosas son tan irreconciliables como incomprensibles.

Camino por el cementerio y trato de reconstruir el recorrido de la última vez. Me pregunto dónde queda el foso común y si está señalizado. Como siempre que sopla viento del oeste, siento el olor a muerto que sale del crematorio y ubico el humo gris y parejo.

Hay mucha gente en el cementerio. Hay muchos hombres, mayores, con flores. Se agachan al lado de las tumbas y hablan.

Habla la gente en el cementerio. Los miro, los escucho y hay algo que hace que no me parezca que están hablando solos.

Ya no me creo que no haya nadie. Y por razones distintas a las de siempre sé que no hay ningún motivo para que yo esté ahí.

Juego a perderme entre los pasillos, mirar los símbolos, registrar los nombres. Pero estoy orientada. Y sé cuál es la calle principal.

Entonces avanzo hacia la salida.

Atravieso el pórtico y veo las paradas de colectivo, las florerías, los árboles de los dos lados de Guzmán y el bar San Remo.

Vuelvo a mirar la estatua, allá arriba.

Arqueo el índice y el mayor hacia atrás.

Camino hacia afuera.

Y escribo.

 

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