¿Recomendarías leer Cien años de soledad?

Esta es la pregunta que la revista Casa de las Américas formuló a una treintena de escritores de todo el continente como parte de un dossier, dedicado a esa novela y a su autor, que aparecerá próximamente. Hoy, cuando se cumplen exactamente cincuenta años de la aparición –en la Editorial Sudamericana, de Buenos Aires– de dicha novela, la más conocida e influyente de cuantas se hayan escrito en esta zona del mundo, ofrecemos como adelanto algunas de las respuestas recibidas a aquella interrogante:

Juan Cárdenas:

Como dijo una vez Juan Rulfo cuando le preguntaron por su etapa de vendedor de neumáticos: No, yo no vendía neumáticos, explicó el mexicano, se vendían solos. ¿Es necesario recomendar a los lectores Cien años de soledad, un libro que, además de formar parte de todas las lecturas obligatorias de las escuelas, viene avalado por una fama que ha resistido ya cinco décadas? Cien años de soledad no necesita que la recomienden: se recomienda sola. Y pese a ello, podemos decir que, nos guste o no, la novela de García Márquez sigue siendo una fuente inagotable de imágenes de lo latinoamericano, desde los estereotipos hasta las figuras identitarias más complejas, desde los mitos de la exuberancia y el barroquismo for export hasta las alegorías políticas. Y además, no nos digamos mentiras, la novela sigue siendo divertidísima y se lee de una sentada.

Alejandra Costamagna:

Hay libros que no envejecen: Cien años de soledad es uno de ellos. Recuerdo haberlo leído a mis quince años y haber tenido la sensación de que cada página escondía una revelación; que el libro entero era una caja de sorpresas y que nosotros, lectores, teníamos la particular misión de cavar hacia el fondo de aquel misterio que era, a fin de cuentas, el corazón de un mundo ficticio. Eso es lo que provoca este clásico contemporáneo que, a sus cincuenta años, sigue vivito y coleando.

Rafael Courtoisie:

Cien años de soledad no solamente es recomendable, es insoslayable para que el lector del siglo xxi comprenda una Latinoamérica múltiple, heterodoxa, intensa; para entender sus contradicciones y la resolución de sus contradicciones. Pero además es una novela destinada a significar en el tiempo, a desplegar su polisemia, a decir cosas nuevas a generaciones nuevas: hay enigmas de esa obra que solo serán revelados por lectores del futuro, por lectores de dos o tres centurias más adelante.

Claudio Ferrufino-Coqueugniot:

Pues cómo ha cambiado el mundo. Ahora, en mis cincuenta, ando perdido porque el suelo que pisaba en mis veinte no existe más. Parafraseando a Nicanor Parra, ¿o era Neruda?, diría que «no soy el mismo del año veinte». Por supuesto que no, porque esa fecha, que traía con dramas propios una vida que en su dureza conllevaba ideales, no existe más. Y no son, o no solo, los años.

Aclaremos. El libro icono de Gabriel García Márquez no era en propiedad uno sobre ideales, ni sobre política a pesar de la historia de cien años dentro de otra historia de mil días, y otra y otra acumuladas hasta desvanecer las líneas que dividían la realidad de la ilusión, o el drama del sueño. Pero era algo sólido, el recuerdo, siendo etéreo como es por lo general. Pero ya no.

Habitamos, dentro de nuestras tristes, atávicas y pobres prácticas, lo cibernético. La humedad de la sangre pesa menos que ayer, sin que el retrato del mundo que habitamos haya mejorado un ápice. Nos hacen creer que sí; nuestros intereses están en el espacio exterior simbólico, en una nube, no tanto aquí, como si lo dramático del universo convulso no contara lo suficiente, como si fuera un mal sueño en medio de la futura felicidad universal.

Digresiones confusas para alegar que Cien años de soledad es un libro que debe leerse como documento a la belleza de la vida plena, plagada de odios, muertes y desaires, donde al menos parece que las riendas están bajo nuestras manos y que pase lo que pase intentamos no perder la capacidad del asombro y el goce que nos depara. Páginas-rastros de un mundo que fue, afirmándolo no con la usual nostalgia que el presente debe al ayer, sino como manilla salvadora ante una muerte desesperada, acelerada en un mundo que se ha recreado casi como una paranoia vil, sin memoria.

Andrea Jeftanovic:

Una vez leí en una entrevista de García Márquez que incluía la siguiente afirmación: «Por fortuna, Macondo no es un lugar, sino un estado de ánimo que le permite a uno ver lo que quiere ver, y verlo como quiere». Y es verdad: Macondo propone una atmósfera, un estado emocional continental, un estado de ánimo que oscila entre la melancolía por el origen violento de la Conquista, la naturaleza exuberante y la soledad de esas multitudes que no saben comunicarse.

La novela de García Márquez es la biblia latinoamericana, que explica desde el mito la genealogía maldita de nuestros orígenes, el homicidio original, el tabú del incesto, la guerra inacabable. Aureliano Buendía es nuestro Adán y Eva, es nuestro patriarca, el que enciende la chispa de esta red de paternidades y filiaciones complejas. Nosotros somos parte de esa estirpe maldita, que carga tragedias y fatalidades.

Fundar una ciudad es un acto divino, heroico, de rebeldía. Macondo es una ciudad mito y archivo, una ciudad que contiene todas las ciudades y todos sus conflictos. Es la ciudad utopía que promete otro horizonte, una segunda oportunidad a las gentes condenadas a cien años de soledad.

De algún modo, alguna vez lo escuché, que esta novela es nuestra Las mil y una noches, con narraciones encadenadas de personajes distintos, que repiten hasta la extenuación los nombres propios de una familia –los Buendía– provocando la sensación de que uno tras otro son los mismos o con leves variantes. La impresión de que estamos encadenados a la herencia genética y a la confusión cíclica de un tiempo arcaico. Una combinatoria al infinito de genealogías y herencias anudadas en la cola de chancho en las familias.

Martín Kohan:

Son pocos los libros que han conseguido, por sí solos, fundar un imaginario entero, trazar toda una poética, definir una tradición de género, incluso una sensibilidad. Por supuesto que hay antecedentes que hicieron posible Cien años de soledad (nada existe sin antecedentes que lo hagan posible), por supuesto que no surgió de la nada (nada surge de la nada). Pero ese libro produjo evidentemente una inflexión mayúscula en la literatura latinoamericana. Por eso se lo puede celebrar o cuestionar; lo que no parece sensato, según creo, sería pasarlo por alto.

Eduardo Lalo:

Pienso que muchos escritores de mi edad tienen una asignatura pendiente: releer a García Márquez. Cuando se publicó Cien años de soledad tenía seis años. Diez años más tarde, al comenzar a escribir, el autor colombiano poseía la notoriedad de una estrella futbolera. En cualquier librería se encontraban sus libros: desde los relatos iniciales al más recientemente publicado, y en muchos medios de prensa se le entrevistaba o aparecían sus artículos. Pocos autores son capaces de sobrevivir indemnes a una exposición tan desmedida.

Según me desarrollé como lector y escritor, me acerqué a muchos autores de las más variadas tradiciones literarias. Pensaba que García Márquez repetía una fórmula –el realismo mágico– que a veces me parecía una imagen del Caribe concebida para la exportación, que tenía poco que ver con la desolación, la marginación y el colonialismo que me rodeaba. Por ello, el último García Márquez nunca llegó a mi biblioteca y mis libros fueron escritos dándole expresamente la espalda a su obra.

Sin embargo, el primer libro que leí fuera de los deberes escolares fue Relato de un náufrago y poco después leí la saga de los Buendía. Antes de cumplir los veinte años, la releí en al menos dos ocasiones. Resulta impropio olvidar los primeros amores. Me queda el deber del rencuentro, luego de tantos años.

Pedro Ángel Palou:

Cien años de soledad, la más leída de las novelas de García Márquez, juega con la hipérbole, y procede por acumulación –en lugar de por destilación, como ocurría en El coronel…– porque el relato requiere esa verborrea incontenida e incontenible. La crítica canónica se ha equivocado al pensarla como novela fundacional, y se ha utilizado la lectura de la historia latinoamericana y la forma de la Biblia para probarlo, por ejemplo. Pero todo lo ocurrido en la novela ha pasado ya, la tragedia, el final. Es una novela apocalíptica. Cuando el último de los Buendía lee –al tiempo en que el lector mismo está leyendo y finalizando el relato–, la estirpe condenada de la que él es el último, el único sobreviviente, ha perecido ya. No es una novela exuberante sobre la América ignota, es una novela selvática –aún más, rizomática– sobre la imposibilidad de contar el pasado, la epidemia del olvido es tan dañina como la epidemia de la memoria, arca de la futilidad y de la muerte. En Cien años de soledad, nos costó tanto trabajo entenderlo, Gabriel García Márquez declaraba el acta de defunción de la narrativa latinoamericana y lo hacía con una Vorágine o una Araucana con elefantiasis solo porque la forma, sí, la forma, se había convertido ya en un problema a resolver, no en un continente adecuado al contenido. La novela es una metástasis, un cáncer, un tejido enfermo que necrosa mientras avanza inevitablemente hacia la muerte. El crítico peruano Julio Ortega en su necrológica para El País, intuye lo mismo, y declara con toda la novedad que esa hipótesis de lectura plantea: «Nunca me ha convencido que sus libros se deban a la genealogía. No se explican como la derivación de un paradigma original arcaico. Más bien, sospecho que huyen del origen, que es inexplicable, y somete al lenguaje a una relación perversa de causas y efectos. Estoy por creer que sus novelas se apresuran por traspasar el horizonte que abren de futuro». Hace algún tiempo discutíamos con Daniel Sada cómo seguir escribiendo después de Rulfo. «Destruyéndolo», dijo primero. Pero luego él mismo lo pensó: «Subvirtiendo su lenguaje, la forma». Esa fue su empresa. Pienso que García Márquez es tan difícil de subvertir porque él mismo destruyó lo latinoamericano fingiendo que lo inventaba. Toda imitación es un pastiche del pastiche. La única solución es repensarlo y trabajar en los márgenes de los géneros y los estilos, aumentando la empresa de desmantelamiento de toda mitologización territorial de lo latinoamericano, de toda ilusión de identidad. Hoy es la novela del boom que menos ha envejecido.

Luiz Ruffato:

Si no fuese por todo lo demás, ¿qué novela de la literatura universal tiene un principio y un fin dignos de figurar en cualquier antología? El lector sigue con pasión y deslumbramiento la historia de los Buendía, cuya decadencia se basa en «cuatro calamidades»: la guerra, los gallos de pelea, las mujeres de la vida y las empresas delirantes. La familia cofundadora del poblado de Macondo, lugar inhóspito situado en algún rincón de Colombia, entre la costa y las montañas, es una suerte de síntesis de la tragedia, individual y colectiva, que se abate sobre la América Latina, tierra donde el tiempo no pasa sino que gira en círculos. De penoso arrabal a centro progresista y de nuevo a villorrio decadente, Macondo se embelesa con gitanos charlatanes, se fascina con técnicas de cultivo de banano traídas por los estadunidenses, sufre con las interminables guerras entre liberales y conservadores, se intimida con la opresión, sea la causada por el gobierno o por la Iglesia. Y los Buendía se aíslan en su «casa de locos», entre incestos, pedofilia, parientes arruinados, otros enloquecidos, unos en busca de poder y gloria por medio de la guerra, otros que sueñan con descifrar el libro de la vida –en pocas palabras, la riqueza y la miseria de una crónica familiar común, que se torna singular por la forma en que es contada. Allí las personas vuelan, las lluvias duran años, los hombres y las mujeres se resisten a morir, los fantasmas conviven con los vivos, los trenes repletos de cadáveres corren por las líneas –pero nada es alegórico, todo es absurdamente real, cotidiano, banal. Todo es absolutamente contemporáneo, terriblemente contemporáneo.

Juan Villoro:

Cien años de soledad es un logro cervantino, no solo porque de manera insólita vinculó a la alta literatura con el gran público, sino porque su río de historias confirma la permanente novedad de un territorio y una lengua. El espacio imaginario de Macondo condensó los anhelos, las ilusiones y las penurias de la América Latina. Seguramente, lo más atractivo en esta saga que pasa de generación en generación es el tono narrativo, similar al de los cuentos legendarios. García Márquez buscó acercarse a la forma en que su abuela hablaba de sucesos remotos, como algo verdadero que había sido muchas veces contado, olvidado, corregido y vuelto a contar, una historia que llegaba con la fuerza del mito y dependía tanto de los sucesos originales como de las sucesivas voces que lo habían narrado, hasta llegar a la última, a ratos épica, a ratos irónica, que tenía la última palabra y apagaba la luz. No todas las anécdotas de la abuela se referían a sucesos trascendentes, pero todas eran contadas con ese estilo mitográfico. Cien años de soledad es el espacio de excepción donde la historia política y la historia íntima adquieren relevancia de leyenda. Muchas veces García Márquez aludió a su pasión por Sófocles. Los grandes temas de la tragedia están en Cien años de soledad, pero comparecen en la cotidianidad de un trópico ahogado por el calor, donde ningún invento puede ser más importante que el hielo. Los hechos mínimos secretamente definen el destino.

El hielo se ha inventado dos veces: en el mundo físico y en la imaginación, ya clásica, de Gabriel García Márquez.

 

Tomado de La Ventana

Leer es descubrir(nos)

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LA FUNCIÓN DEL ARTE

Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla.

Viajaron al sur.

Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando.

Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura.

Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre:

— ¡Ayúdame a mirar!

Eduardo Galeano 

Premio Literario Casa de las Américas: ganadores de su 58 edición

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Novela: Incendiamos las yeguas en la madrugada, de Ernesto Carrión (Ecuador)

El jurado integrado por Rey Andújar, de República Dominicana; Juan Cárdenas, de Colombia; Milton Fornaro, de Uruguay; Ana García Bergua, de México, y Ahmel Echevarría, de Cuba, consideró lo siguiente:

Incendiamos las yeguas en la madrugada, de Ernesto Carrión (Ecuador), “ofrece un crudo y vibrante retrato social cuya intención no es solo sondear un paisaje urbano estratificado y violento, donde el desencanto y la pesadilla son las constantes de una ecuación de vida, sino que consigue otorgarle al relato un peso literario específico que logra aunar una estructura dinámica, con zonas de suspenso bien administradas, personajes verosímiles y conflictos que, lejos de circunscribirse a un contexto específico, arrojan luces sobre una situación humana observable en todo el continente”.

Mención: La pérdida, de Karina Puentes (Argentina)

Poesía: Esto es un disco de vinilo donde hay canciones rusas para escuchar en inglés y viceversa, de Reynaldo García Blanco (Cuba)

El jurado integrado por Leonel Alvarado, de Honduras; Eduardo Langagne, de México; Selena Millares, de España; Freddy Ñáñez, de Venezuela, y Sigfredo Ariel, de Cuba, consideró lo siguiente:

Esto es un disco de vinilo donde hay canciones rusas para escuchar en inglés y viceversa
, de Reynaldo García Blanco (Cuba), posee una “expresiva claridad de exposición y […] presenta poemas de escritura depurada no desprovistos de un delineado humor y una serena ironía. Con mirada incisiva, el poemario refiere personajes y situaciones de la cultura contemporánea sin extraviarse del verso libre o del poema en prosa. Contiene un doble diálogo con la inmediatez y la tradición, donde lo literario no es una realidad libresca sino natural y cercana”.

Mención: Carta de las mujeres de este país, de Fredy Yezzed López (Colombia)

Ensayo de tema histórico-social: 
América pintoresca y otros relatos ecfrásticos de América Latina, de Pedro Agudelo Rondón (Colombia)

El jurado integrado por Pablo Mella, de República Dominicana; Berenice Ramírez López, de México, y Aurelio Alonso, de Cuba, consideró lo siguiente:

América pintoresca y otros relatos ecfrásticos de América Latina, de Pedro Agudelo Rondón (Colombia), “reinterpreta el concepto de imaginario, con el propósito de pensar creativamente a la América Latina en diálogo con la tradición cultural en sus múltiples expresiones. Con interlocutores teóricos como Castoriadis y Gilbert Durand, a quienes recrea a partir del análisis crítico del discurso, de la hermenéutica filosófica y de la pragmática lingüística, Agudelo Rondón navega por diversas expresiones culturales latinoamericanas sugiriendo pistas de construcción de la identidad nuestroamericana para el siglo XXI. En una prosa clara y elegante teje expresiones de la literatura latinoamericana con iniciativas de la denominada comunicación para el cambio social y con relatos de viajeros europeos del siglo XIX; así como convoca la fotografía periodística, expresiones de las artes plásticas contemporáneas que se intersecan con lo precolombino, y con la creatividad popular vehiculada en el lenguaje ordinario”.

Mención: Los movimientos sociales y la izquierda en México. 150 años de lucha, de Baloy Mayo (México),

Literatura testimonial: Lloverá siempre, de Liliana Villanueva (Argentina)

El jurado integrado por Stella Calloni, de Argentina; Alberto Salcedo Ramos, de Colombia, y Arístides Vega Chapú, de Cuba, consideró lo siguiente:

Lloverá siempre, de Liliana Villanueva (Argentina) es “una larga entrevista con la periodista y escritora uruguaya María Esther Giglio, quien coincidentemente obtuvo el Premio Casa de las Américas en testimonio en 1970, la primera vez que fue convocado el género. Manejada con originalidad, sin preguntas, posee un atrapante lenguaje coloquial, abierto, sincero, y una voz única, cálida, con momentos conmovedores y otros que surgen del humor inteligente que caracterizaba a esta ‘leyenda histórica’ de su país, cuya obra dio una nueva dimensión a los géneros periodísticos y literarios. Su vida, contada sin prejuicios, nos revela a una mujer que fue abogada de los primeros presos políticos del movimiento Tupamaros, y ella misma perseguida y luego exiliada. Las huellas magistralmente registradas nos llevan a revivir momentos inolvidables, como si no se tratara de una lectura sino de una escena teatral o cinematográfica.”

Mención: Charlas en el mosaico, de Yoe Suárez (Cuba)

Literatura brasileña: Outros cantos (novela), de Maria Valéria Rezende

El jurado integrado por Lúcia Bettencourt, Adriana Lisboa y Guiomar de Grammont consideró lo siguiente:

Outros cantos, de Maria Valéria Rezende, está “construida a partir de memorias de viajes, la narradora rememora sus elecciones y sacrificios personales cuando trabajó en la alfabetización de adultos en el nordeste de Brasil. Una narrativa lírica y de gran riqueza metafórica permite componer un mosaico de tipos. La obra reflexiona sobre la sustitución de valores éticos y humanos por el simulacro de una sociedad consumista que sofoca manifestaciones populares y tradicionales. En los meandros de sus recuerdos, recorremos regiones en las que impera la pobreza pero donde hay un impulso vital y una sabiduría tradicional que muchas veces hacen de la profesora, una aprendiz. Nociones arraigadas de un poder patriarcal, incorporadas por la comunidad, la desafían y la hacen cuestionar su papel de educadora. Sin embargo, las dificultades reafirman el sentido de su lucha, a pesar del rumbo sombrío tomado por la política en Brasil.”

Mención: Rol (poesía), de Armando Freitas Filho

Premio de estudios sobre la presencia negra en la América y el Caribe contemporáneos: Una suave, tierna línea de montañas azules, de Emilio Jorge Rodríguez (Cuba)

El jurado, integrado por João José Reis, de Brasil; Silvio Torres-Saillant, de República Dominicana, y Gloria Rolando, de Cuba, consideró lo siguiente:

Una suave, tierna línea de montañas azules, de Emilio Jorge Rodríguez (Cuba), “rastrea capítulos importantes de la historia de intercambios entre Cuba y Haití a través del estudio de las relaciones de Nicolás Guillén con escritores, artistas e intelectuales de la sociedad haitiana. Además de esbozar la presencia de Haití en las letras cubanas y la de Cuba en la literatura haitiana, el autor documenta la visita de Guillén de ese país, con una rigurosa investigación, riqueza bibliográfica y un uso minucioso de recursos de archivos nunca antes considerados. La obra muestra un camino para futuros estudios “trans-caribeños” poniendo énfasis en la necesidad de profundizar en la historia de conflictos, colaboración, interdependencia y solidaridad intra-regional, área que hasta ahora ha privilegiado la relación transnacional del Caribe con Europa y los Estados Unidos. Una suave, tierna línea de montañas azules se inserta en la crónica de esa historia en la que cubanos y haitianos, asediados por amenazas comunes, se han reconocido en la visión de un destino común.”
Premio de poesía José Lezama LimaMística del tabernario, de Raúl Vallejo (Ecuador)

Explora en sus versos una materia proteica que transita cómodamente de la gravedad al humor, atenta lo mismo a los grandes acontecimientos que a los pequeños sucesos de la vida cotidiana.

Premio de ensayo Ezequiel Martínez Estrada
Cuestiones y horizontes: De la dependencia histórico-estructural a la colonialidad/descolonialidad del poder, de Aníbal Quijano (Perú). (Selección y prólogo de Danilo Assis Clímaco)

“Antología esencial” de uno de los grandes pensadores latinoamericanos de las últimas décadas, que ha contribuido como pocos a la comprensión de los desafíos más apremiantes de nuestras sociedades.

Premio de narrativa José María ArguedasTríptico de la infamia, de Pablo Montoya (Colombia)

“Construye una fascinante, peculiar y polifónica historia de los tiempos de la conquista de América, y a algunos de los singulares personajes que tomaron parte en ella, con una prosa cuidada y subyugante”.

Tomado de La Ventana. Portal Informativo de Casa de las Américas

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Casa de las Américas en La Habana

 

Intensidades poéticas

Poemario publicado por la Editorial Sed de Belleza, Villa Clara, Cuba, 2014.

Poemario publicado por la Editorial Sed de Belleza, Villa Clara, Cuba, 2014.

Reseña escrita por Laidi Fernández de Juan:

Sheyla Valladares Quevedo (1982), periodista y egresada del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, promete como una de las voces más auténticas que emergen (y permanecerán) en nuestro panorama literario. Ganadora del Premio Pinos Nuevos con el poemario Lo que se me olvida (lanzado en la Feria Internacional del Libro de La Habana, 2015), adelanta su estreno como miembro del corpus poético de la Isla con La intensidad de las cosas cotidianas (Sed de belleza, 2014), presentado en el salón de mayo del Pabellón Cuba.

Aunque ya conocíamos algunos de sus poemas, publicados en el suplemento El Tintero, este libro, cuidado con el esmero de la editorial santaclareña, sobresale, como su título anuncia, por la intensidad, en términos del estremecimiento que provoca, la valentía de su argumento, y la mirada fresca, desprejuiciada y veraz, con particular énfasis hacia la mujer.

Fragmentado en dos grandes secciones: “La intensidad de las cosas cotidianas” y “La extensión de la desgarradura”, el poemario fluye, sin embargo, como una larga confesión, un reclamo ininterrumpido y una denuncia velada, como si fuera un ángel quien susurra, esta vez bien definido en cuanto a su condición sexual. Ya se sabe que la poesía, a diferencia de la narrativa y de la ensayística, es el género literario que más juventud exige, el reino autónomo por excelencia, y que tiene un fuerte arraigo en nuestro país. De ahí que complazca tanto la existencia del ramillete de versos de Sheyla sin pretensiones de vanguardismo, de impactos, o de recursos efectistas.

Se trata de una hechura poética nacida de la autenticidad, que no oculta (ni sobrevalora) su condición de mujer utilizada, vejada, víctima de manipulaciones tradicionales («…quieres lanzarte a peregrinar por los caminos, simulando sed para pedir agua en cada fuente a la samaritana de turno», nos dice enLa última cena”, y «El hombre viejo aguzó la mirada y trató de vislumbrar mi sexo bajo la falda» en “El viejo, mi sonido y yo”, y enRituales” sube la parada con «Venimos a abrirnos de piernas, a abrirnos de alma, venimos a danzar, a mover las caderas, a volvernos líquidas, a provocar espasmos» ), y al mismo tiempo, también con sutileza, sin posicionarse en una tribuna abiertamente batalladora, deja plasmada la postura de la mujer en cuanto al sitio que ha ido alcanzando, pese al régimen falocéntrico que nos domina (todavía).

El poema “Revelaciones de las hijas de Eva”, quizá el que mejor explicita la liberación de ataduras tabúes, bien merecería ser incluido en una antología de textos feministas: «Las mujeres [….] ya no le tememos a los castigos, a los insultos, a que amemos a otra mujer u otro hombre, a ser felices, aunque nos hayan dicho toda la vida que la felicidad no existe».

Son varios los tópicos que aborda el libro, inteligentemente ordenado para no concentrarse en el asunto de la mujer como órbita esencial, y entre sus páginas también está la ruptura de la familia; la muerte, presencia dolorosa e inevitable; el amor real y el fingido; pasajes del campo como telón de fondo, y una tristeza casi visceral, orgánicamente estructurada.

La intensidad de las cosas cotidianas, desgarrador poemario, anuncia la fuerte voz de una joven, cuyos futuros cuadernos, para decirlo con palabra de bardo, a partir de ahora, estoy segura, veremos arder.

Publicado originalmente en la revista cubana La Jiribilla 

Datos de la autora de la reseña:

Laidi Fernández de Juan (La Habana 1961, Cuba) Médico y narradora cubana. Miembro de la UNEAC. Entre sus publicaciones se encuentran: Dolly y otros cuentos africanos (1994); Clemencia bajo el sol (Gran Premio Cecilia Valdés, 1996), Oh vida (Premio UNEAC, cuento, 1998), La Hija de Darío (Premio Alejo Carpentier 2005), Nadie es profeta, Ediciones Unión (2006), La vida tomada de María E, Ediciones UNIÓN, (2008), Jugada en G, Ediciones Unión, (2014). En 2004 recibió la Distinción por la Cultura Nacional.

¿Silencios?

 

Obras de la artista Ilse Antón reunidas en la muestra “Un segundo antes de despertar”

Pensamientos:

  1. ¿Las casas sin ventanas cómo respiran, cuál es su conversación con el mundo?
  2. ¿Las personas-personajes  de lo que escribimos descubren en nuestros ojos las ganas que tenemos de reiventarles la vida?
  3. El mar sigue enviándome mensajes que no logro traducir, solo despierto sobrecogida por la intensidad de su caricia.
  4. Un año después, diciembre, finales de ciclos, y el laberinto continúa infranqueable.

¡Olé!, Paco

Paco de Lucía en su última presentación el Cuba, octubre, teatro Karl Marx, La Habana, 2013

Seguramente la tierra algecireña amaneció con la certeza de que algo le falta, de que algún pedazo suyo ha quedado desunido, ausente.  Seguramente supo, antes que nadie, que hoy, de todos los hijos que soltó al mundo con el mismo nombre: Francisco; el que se nombraba Paco de Lucía, por su madre, por su barrio, y por su lugar de entre mares ya no estará más. 

En un rincón la guitarra, la suya, la que siempre le escuchó las palabras que a nadie más decía, ni se dejaba sacar de la boca por periodistas o admiradores; probará un rasgueo en solitario, como si la mano de uñas duras, pulidas con cuidado, todavía la provocara con su apremio flamenco.

Y en los tablaos el taconeo sonará más rencoroso. La madera volverá a recoger el sudor hijo de un flamenco bien tocado y mejor bailado, cuando de invocar al hermano ausente se trata. Porque Paco estuvo desde niño encaramado en esas tarimas, se las sabía de memoria y en ellas aprendió  a  sacarle a la guitarra su voz profunda, a sacudirle todo el tiempo sus ardores de gitana indomable, los mismos suyos.

Por Cuba anduvo en el 2013. Hacía casi 26 años que había estado. Pero regresó. Nadie intuyó que esa noche de octubre en el Karl Marx, invitado especialísimo de Leo Brouwer, sería su despedida cubana. Allí también estuvo apasionado y silencioso, su manera de ser; soltando al aire su vehemencia en cada ¡Olé! Esa y no otra era el santo y seña de su invitación. Y no había otra cosa que hacer más que seguirlo.

Tomado de La Jiribilla

El feminismo solo puede continuar y crecer si practica la autocrítica

Anabelle Contreras, profesora e investigadora costarricense, que formó parte del jurado del Premio Literario Casa de las Américas 2014 en el apartado Estudios sobre la Mujer.

La historia, como nos la han contado y la hemos vivido, ha situado mayormente a las mujeres y otros grupos sociales desfavorecidos por el discurso patriarcal en el área del despojo, de nuestras “voces y monumentos propios, de figuras heroicas y artefactos memorables”[1]. En muchas geografías, tanto físicas como espirituales, también desde los estamentos del poder han intentado suprimir nuestro derecho de construir parámetros culturales propios como expresión de nuestras identidades y demandas vitales, de ahí que esa historia merezca y sea desde hace algunas décadas releída, reescrita, atomizada.

Con este y otros cometidos la Casa de las Américas inició su Programa de Estudios sobre la Mujer que por estas fechas celebra sus 20 años y que se muestra como una guía a partir de la cual seguir las distintas actualizaciones del signo mujer y lo femenino, instituido esencialmente desde el androcentrismo.

Para formar parte del jurado que este año premiará otra investigación que aporte a esta corriente es que ha llegado a Cuba Anabelle Contreras Castro, profesora e investigadora costarricense preocupada por estos temas y por subsanar también las equivocaciones en las que puede incurrir el feminismo en su afán reivindicador.

La investigadora cubana Susana Montero utilizaba la metáfora de los cuerpos cósmicos que al ser atraídos por los huecos negros sufren el efecto del no-lugar, para explicar la ausencia del sujeto otro en la dinámica del discurso patriarcal, ¿cuáles recursos son efectivos para aminorar este efecto?, ¿es la denuncia la mejor de las herramientas para lograr establecer un lugar para las figuras sociales invisibilizadas históricamente en un contexto adrocéntrico?

Bueno, primeramente yo diría que para aminorar ese efecto quizá no deberíamos partir de que ha habido un no-lugar, esa es una categoría que a mí, personalmente, nunca me ha servido para nada, sino partir precisamente del lugar que han ocupado las personas y grupos invisibilizados, porque existe una especificidad en eso, por ejemplo hay ya escritoras negras que han señalado que la división entre espacio público como tradicionalmente ocupado por hombres y espacio privado por mujeres no funciona para pensar en la historia de mujeres indígenas y negras, porque ellas siempre han ocupado el espacio público como esclavas y “animales de trabajo”. Con respecto a la segunda pregunta, creo que cualquier forma de visibilización que haga un grupo o personas que han sido invisibilizadas es ya de suyo una denuncia, porque va a irrumpir en el espacio desde un lugar diferente y de una manera diferente para cuestionar a quienes se han arrogado el derecho a poseerlo, sin embargo, no diría que la denuncia es la mejor de las herramientas o, entonces, que hay muchas formas de denuncia y de resistencia que se alejan de las típicas y que se pueden explorar, rastrear o inventar.

Le comento esto porque de alguna manera esa denuncia siempre parte de los espacios académicos e investigativos y muchas veces las propias víctimas no tienen la posibilidad, ellas mismas, de poner un límite a esa invisibilización.

Creo que no siempre parte de los espacios académicos. Un ejemplo es el arte, y no hablo del oficial, del que participa en los circuitos establecidos en los que median relaciones capitalistas, sino a otras acciones artísticas. Hay muchos grupos que a través de acciones artísticas, por llamarles de alguna forma, se hacen presentes en el espacio público y en América Latina eso es muy fuerte. Estas borran las fronteras entre lo que sería, por ejemplo, el teatro y la protesta, o cualquier tipo de arte escénico y las movilizaciones callejeras. De hecho hay una palabra que se utiliza para esto que es artivismo, que es esta fusión entre el activismo y el arte. Eso está haciéndose no solo en América Latina sino en todo el mundo, al interior de los movimientos sociales, pero América Latina es un continente donde hay bastante fuerza en esto. El arte se ha puesto en función del activismo y han surgido nuevas formas de protesta, con otra estética y otros usos del cuerpo, con recursos simples, sin necesidad de producción, y se logra presencia en el espacio público y se denuncia.

A mí por lo menos como investigadora, como activista y como profesora de estudiantes que tienen a menudo demandas específicas o se unen a las generales me parece una herramienta muy interesante. La otra cosa es que no quisiera hacer una apología a la visibilización, hay que pensar en cada caso si conviene y qué consecuencias puede traer, porque las comunidades tradicionalmente reprimidas tienen muchas formas de resistencia que no necesariamente pasan por la presencia en el espacio público y que son muy efectivas, y muchas veces la visibilización puede traer gestiones de conflicto peligrosas o intervenciones totalmente inadecuadas.

En el caso de la investigación que hizo en Chiapas y de la que Casa de las Américas ofreció un fragmento, ¿cuáles espacios de defensa de la mujer encontró en esta comunidad?   

Esa es una comunidad muy particular porque Chiapas es uno de los lugares más emblemáticos que tiene América Latina en estos momentos de resistencia al Estado, aunque los medios nos hagan creer que ahí no pasa nada porque el tema está ausente, pero hay ahí comunidades con propuestas de vidas alternativas a la vida capitalista, a nuestras prácticas que vienen de herencia colonial, etc. Entonces cuando estuve en Chiapas estaba muy impresionada de ver cómo estas mujeres del proyecto Fortaleza de la Mujer Maya, que vienen de dos etnias que hay en esta zona, hicieron un grupo de teatro, se consolidaron como colectivo de reflexión y creación en la ciudad y como esto las llevó a fortalecerse, a reinventarse y a mantenerse en el tiempo haciendo un trabajo en muchas comunidades, incluso sufriendo muchísimas vejaciones, humillaciones, etc. Ahora ya tienen un centro cultural, ya han viajado algunas por varios países, y han recorrido ya muchísimo. Son mujeres que empezaron sin recursos económicos pero con una fuerza enorme y que pueden, desde adentro, hablarle a sus comunidades y realizar prácticas para despatriarcalizar las relaciones entre géneros.

Para las feministas de los 70 el cuerpo era el punto de referencia de la mujer en cuanto a su aproximación al mundo. A través de él la mujer podía entender su entorno, apropiárselo, explicarse también. A propósito de ello creo que la función del cuerpo como instrumento para entender al otro y al mismo tiempo entendernos sigue cobrando sentido, sobre todo en un espacio como el performance, donde la gestualidad del cuerpo adquiere significados de una fuerza inusitada.     

Claro, en nuestros cuerpos hay muchos saberes, discursos inscritos, formas de resistencia, memorias, es por ello que el performance es una herramienta a la que echan mano muchísimos colectivos y personas, no por casualidad, por ejemplo, quienes quieren exponer asuntos de género o diversidad sexual. El cuerpo es la materia prima en la que convergen y de la que surgen muchísimas elaboraciones discursivas. Creo que eso es lo importante, el cuerpo como materialidad, pero también como materialidad discursiva, como lugar de inscripciones sociales desde el cual se puede interpelar, hablar con muchos lenguajes no necesariamente verbales. De hecho como docente esta es de las prácticas que más utilizo para hacer circular por el cuerpo conceptos y ponerlos a prueba por medio de él en el espacio público.

El Programa de Estudios sobre la Mujer de Casa de las Américas está celebrando sus 20 años de fundado. Un programa como este forma parte de esa tradición investigativa que ha ayudado a conceptualizar, estructurar,  a actualizar las visiones sobre la mujer, lo femenino, temas preteridos por otros estudios y los estatutos del poder patriarcal, ¿qué opinión le merece estar integrando el jurado que precisamente premia los textos que abordan estas perspectivas y que vienen a sumarse a esa corriente?     

Estoy muy feliz y agradecida, es lo que más quiero subrayar y siento que es un grandísimo honor que no me hubiera esperado nunca. Y pienso que es muy importante que Casa de las Américas le haya dedicado un premio a esta área en especial, eso me parece un paso importante y estimulante para la producción nacional y latinoamericana. Y esos que decís se refleja en las obras analizadas. Si algo ha ocupado a quienes estudian asuntos de género, es el cometido, que se ha cumplido y que se va a seguir cumpliendo, de la relectura de la historia. Revisar como han sido leídos los acontecimientos, qué voces los narran, cómo han sido –vamos a ponerlo así- mal representadas las mujer a través de la historia y cómo ha habido un secuestro de los acontecimientos históricos por parte de los hombres borrándolas de la historia. Entonces esta relectura ha sido la que ha posibilitado ver que las mujeres siempre han sido actores sociales fundamentales y no ese segundo violín. Este es el ejemplo de la obra ganadora. Con ese cometido se relaciona, y es otro tipo de visibilización y de relectura necesaria en el continente, lo que algunas personas llaman feminismo decolonial, que es lo que están haciendo grupos indígenas, mujeres negras, grupos históricamente oprimidos que están diciendo que tenemos que revisar hasta las categorías que el mismo feminismo hegemónico ha secuestrado en la historia, porque la que muchas veces se cuenta es la historia blanca y tenemos que hablar desde otros lugares, desde otras corpopolíticas, y escuchar otras voces. Creo que es un momento muy interesante que ha venido surgiendo hace ya un tiempo, de voces indígenas, de personas y grupos racializados, que están diciendo: también estamos colonizadas por el feminismo hegemónico, que es blanco y burgués, etc. Estar colonizadas por los feminismos del norte significa estar repitiendo conceptos y agendas políticas de iniciativas del norte, estar respondiendo a necesidades que no toman en cuenta nuestros problemas y la diversidad de mujeres que existen en cada contexto. Ese feminismo hegemónico excluye de sus análisis la historia de la colonización y de la respectiva colonialidad que vivimos hasta el día de hoy. Pienso que esto es lo más interesante que está surgiendo en el continente como relectura, que es crítica al feminismo dentro del mismo feminismo en América Latina.

¿Qué correlato encuentra esta postura en su país?

En mi país no creo que ocurra algo diferente a todos los demás países. Hay un feminismo que es el que históricamente ha luchado por las reivindicaciones. Hablar de feminismo en singular es un error, hay muchos feminismos y hay muchas personas, colectivos, que llevan direcciones diferentes y creo que mi país no es la excepción. Hay logros enormes a muchos niveles: legislativo, educativo, etc. Y también hay personas que estamos pensando el feminismo sin desligarlo de la historia colonial, de la colonialidad actual, del eurocentrismo, y de los racismos de los cuales los feminismos, muchos de ellos, no están exentos. Un movimiento y una corriente tan fundamental solo pueden continuar y crecer si practica la autocrítica. En tanto tengamos autocrítica, vamos a crecer. En mi país hay gente que está en esto y hay otra que no, como en todos lados.

La contribución del feminismo latinoamericano apunta Lucía Guerra en su libro La mujer fragmentada. Historia de un signo, ganador del premio Casa en este apartado del que es jurado – ha contribuido a poner énfasis en una heterogeneidad nunca ajena a los procesos históricos. Al mismo tiempo ella indica que la mujer se ha convertido en contadora de historias que se contraponen a la historia oficial.  En este sentido, ¿cómo cree que la “escritura” se ha metamorfoseado en manos de la mujer?

Pienso que esto de la escritura ha sido en América Latina un arma de doble filo, por un lado es un espacio que las mujeres han conquistado, porque tuvo que pasar mucho tiempo para que se les respetara como escritoras y pensantes, pero, a la vez, la escritura también es resultado de la violencia del logocentrismo, de la imposición de lenguajes y formas que obedecen a reglas impuestas por hombres con lógicas masculinas. Pero hay muchas formas de escritura de las que, aquella con la que se hacen libros es solo una, y digo esto porque no existe “la mujer”, hay muchas formas de construcción de eso que se llama mujer y no todas han tenido acceso a la escritura tradicional, miles siguen sin tenerlo. La metamorfosis por la que me preguntás creo que se ha dado más en los temas que se abordan. Ahora que hacías tu pregunta estaba pensando, por ejemplo, en los colectivos de lesbianas, de indígenas, de jóvenes que, regresando a un tema que ya tocamos, echan mano a la toma del espacio público para escribir de otra forma el presente. Por eso no podemos seguir hablando de “la mujer latinoamericana”. Yo empezaría por ahí. Hay muchas personas que dicen, ya lo sabemos, no hay una mujer latinoamericana, no todas somos iguales, venimos de particularidades, de clases sociales, de problemas raciales, de sexualidades muy diferentes. De acuerdo a esas diferencias y porque no existe la mujer latinoamericana en singular es que las escrituras también son muy diferentes.  Por ejemplo, un feminismo indígena, un feminismo negro, un feminismo de lesbianas no va a escribir igual, ni en los mismos espacios, ni va a usar los mismos recursos. Por eso es que hablar de la mujer latinoamericana tiene el mismo problema que decir el feminismo latinoamericano, no estamos diciendo nada. Por eso hay que tener cuidado para no cometer los mismos errores de usar esas categorías que invisibilizan las cosas más interesantes.


[1] La mujer fragmentada: historias de un signo, libro ganador del Premio de Estudios sobre la Mujer, Casa de las Américas, 1994, el mismo año que se incluyó esta categoría en el Premio Literario.

Publicado originalmente en La Jiribilla