2013

"¡Ay qué nadar de alma es este mar!" (DML), Foto: Sheyla Valladares

“¡Ay qué nadar de alma es este mar!” (DML), Foto: Sheyla Valladares

I

Nunca fui a pescar a los ríos que quedaban cerca de las distintas casas en las que viví antes de llegar a la ciudad. Después no he ido a pescar al mar, ni al muro del malecón, ni siquiera he tentado la suerte en algún charquito.  Lo cierto es que no sé nada de hilos, anzuelos, carnadas; menos de esperar los frutos de la suerte, el mal día del pez o la generosidad de las mareas.  Mi paciencia no se ha visto tentada de esta forma.

II

Mis botes preferidos fueron la bañadera vieja que mi abuela sacó para el patio cuando reformó el baño de la casa de los bisabuelos -que conocí  solo por fotos y por historias contadas en el sopor de los mediodías-. En ella  navegábamos mis primos y yo como si nos persiguiera el diablo o una turba de filibusteros rabiosos con cuchillos en la boca. La balanceábamos de un lado para otro, con fuerza, entre risas, con un poquito de miedo. Navegábamos a nuestra forma y con nuestro propio ímpetu. El que se bajara de la bañadera quedaba para siempre estigmatizado como cobarde. Un juicio implacable al que nadie quería someterse. Por eso la bañadera subía y bajaba con nosotros dentro, gozosos, que rogábamos porque el paroxismo de la aventura llegara con toda la mole de hierro invirtiendo su equilibrio y sepultándonos bajo su boca ovalada.

El otro mueble bautizado con honores como bote preferido fue la cama a la que llegué con catorce años y de la que me bajé casi con veinte. Mi etapa de devoradora oficial de libros y de cuanto papel escrito cayera en mis manos.  Con tal oficio de leedora la cama no tuvo otro remedio que curvarse bajo mi espalda, llenarse de promontorios allí donde mi cuerpo dejaba huecos, ser el vehículo idóneo para llevarme por los más variados paisajes. La sobrecama preferida era azul, ya se imaginan, tenía el infinito en mi cama, lo mismo el cielo que el mar. Cuando no quería opciones escogía mi propio mundo, mi cielomar personal e intransferible y nadie era capaz de rescatarme, porque yo adoraba perderme en sus grietas.

III

Por eso este 2013 no lanzaré anzuelos. Me quedo con mis mejores recuerdos y sigo construyendo otros que me sirvan de ancla y al mismo tiempo de viento bajo mis alas. Todo viene por las caminos más inesperados, por aire, mar o tierra. Si duda en venir yo saldré a buscarlo, a seducirlo, a engatusarlo con azúcar y cuentos, a arrebatárselo a la vida si se precisa.  En este nuevo ciclo la danza de la suerte será los pasos que dé para atraer buenas noticias al pequeño círculo del mundo que es mi vida, en el 2012 llegaron a ella cosas hermosas traídas por personas muy especiales y eso es algo de lo que en estos siguientes 365 días que se avecinan pretendo mantener.

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7 comentarios en “2013

  1. Entre mis recuerdos, con no más de 5 años, se cuentan aquellas madrugadas en las que mi padre nos llevaba a pescar. La emoción había comenzado la tarde anterior preparando la carnada, y encontraba su punto álgido en la ritual coincidencia del amanecer con la instalación de los bártulos en el puesto de pesca. Siempre pensé, y supongo que otros muchos, que la pesca era el arte de cazar peces, y el sedal el instrumento para robárselos al mar. Pues no; bueno, quiero decir que sí, pero que no solo. Allá descubrí que el sedal sirve cual cable telefónico para conectarnos al mar y permitir que nuestra alma hable con el alma del mundo. Una pobre aproximación, creo, al nirvana de los budistas, aunque parece que ellos, aventajados, disfrutan del wi-fi.

    Desde entonces, cada vez que veo alguien pescando, imagino su conversación.

    Perdona el robo de un trozo de tu blogespacio. Tal solo deseaba contarte que lo que escribes también ilumina otros recuerdos.

    • Y yo encantada de que me robes un trozo de mi blogespacio, de alguna manera somos parte de esa comunicación con el alma del mundo. Si mis recuerdos hallan eco en los tuyos, pues yo feliz de que así sea. Abrazos.

  2. No fui muy navegadora. O tal vez si, pero yo lo hice en tiempos en que lo fascinante era atravesar el cielo -como en los cuentos de Peter Pan-, pero montados sobre una escalera que se disfrazaba de nave espacial.
    Debo confesar que nunca fui la capitana de mi nave, a no ser que nos enfrentáramos a la peor tripulación del barrio: mis primos y sus secuaces que pretendían apoderarse de nuestra flota. A mí, lo que realmente me gustaba era el oficio de co-piloto. Disfrutaba imaginar que descifraba mapas y advertía peligros. Éramos felices y despreocupados en ese entonces.
    Luego crecimos y no cupimos todos en la escalera. Luego nos mudamos y cambiaron aquella fantástica nave de hierro y tubos, por una moderna y aburrida escalera de cemento.
    Gracias Shey, es bueno recordar que todos hemos sido tripulantes de alguna nave.

    • Me encanta ir anudando recuerdos. Primero fueron los de Javier y ahora se suman los tuyos. De recuerdo en recuerdo podemos ir armando la memoria del mundo, para comprender otra vez, que no somos tan distintos y que tenemos formas muy similares de sentir y de soñar. Y lo importante es lo que dices, sabernos tripulantes de alguna nave, que el viaje no termina, y que por eso no podemos correr el riesgo de no ser consecuentes con tamaña aventura. Abrazos.

  3. Shey, genial la crónica, y me he quedado boba con la foto, que obturador tan sensible y preciso!!! hay tanta poesía allí como en el texto, por cierto, me hicieron recordar tú y tus amigos con sus comentarios, las jornadas en la casita-nave que mi hermano y yo nos inventábamos con los balances de hierro al revés en medio de la sala, eso era cuando éramos tiquiticos, ahora los que arman los balances en la sala son nuestros hijos, mi peque y mi sobri, uff qué vieja me sentí de repente, cosas del nuevo año, beso grande.

    • Chely querida, qué bueno que te sumas a nuestra cadena de recuerdos queridos, yo sé bien de esas naves con los balances de la sala al revés, esa también fue una estrategia socorrida para viajar que utilizamos mis amigos y yo, y nada de sentirte vieja, si estás florecida!!!! dichosa la Gio de tenerte llena de luz y ternura. Beso grande para ti, gracias por la alegría.

      • Precioso post, Sheyla, tampoco yo tengo paciencia para estar el día-o la noche- esperando que un pez pique la carnada… algún día escribiré de cómo convertí la sala de mi casa en un barco de proporciones descomunales.
        No creo mucho en los inicios de año, la verdad, para mí no son más que una continuidad del día anterior… ya lo dije en la Isla nuestra, prefiero despertar y, como tú, aferrarme con fuerza a lo que he conseguido hasta el momento y a la vez, mirar hacia arriba, para intentar escalar más alto. Un beso.

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