Historias II

 

 para Leydis, por el rescate de este recuerdo

 Era un pueblo pequeño, pequeño y tranquilo. Lleno de polvo y de niños que se aburrían. Los niños querían vivir aventuras como las de los libros que leían en la biblioteca de la escuela, pero lo más excitante que un día pudieron hacer fue escaparse a unas cuevas fuera del pueblo de las que los mayores hablaban constantemente por esos días. Lo que encontraron fue una caverna pequeña, pedregosa, con un majá muerto colgando en la entrada. Nada más. Regresaron a sus casas sin que nadie los echara en falta, sin arañazos y con más vergüenza que ánimos de contar la audacia.

Los niños se aburrían. El correo del pueblo quedaba al lado de la escuela, de un pedazo de la escuela. Cuatro aulas desperdigadas en medio del pueblo, a medio camino del parque y la carretera que llevaba a otro pueblo tan tranquilo y polvoriento como aquel. El resto de las aulas estaban más adelante, al lado de una peletería, medio vacía y silenciosa.

En el correo casi nunca iba nadie. Las moscan zumbaban despacio encima del mostrador.  Había dos carteros para todo el pueblo. Demasiados, pensaban los niños.  Con sus bicicletas podían recorrerlo en una mañana. No habían muchas cartas ni paquetes para entregar. El correo solo se animaba los días en que los ancianos cobraban la pensión.

Por las noches los grillos cantaban bajo las ventanas. El viento pasaba deprisa por entre las ramas de los árboles. Los niños se acostaban temprano. En el cielo las estrellas más lejanas se veían cerquita. En las noches sin luz la abuela hacía cuentos de miedo.

El buzón se llenó un día de cartas. Y otro día. Por espacio de meses, quizás años. Ya no recuerdo bien. De pronto llegaban sobres a las casas con escrituras menudas y ladeadas. No pesaban mucho, pero despertaban un nuevo interés, la alegría de saberse recordado, necesario. Apenas contenían una hoja arrancada de cualquier libreta, una flor, un poquito de tierra.

Los niños se escribían. De las conversaciones diarias guardaban un pedacito para contar en sus cartas al compañero de mesa, a la niña del final del aula.  Se contaban cómo eran las noches en cada una de las esquinas del pueblo. Se enviaban besos de papel que luego tomaban cuerpo en la mañana, entre los pupitres que estaban pegados a la pared, donde se sentaban los niños que escribían con la mano izquierda. Se enviaban un poquito de la tierra de sus patios,  alguna flor silvestres robada al azar. Ensayaban un gesto antiguo, acompañar. Y la vida fue sorprendida. Y el pueblo fue un poco menos tranquilo.

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