Es como una flor

 

Hoy es el primer día de marzo. La primavera debe estar rondando por algún lugar, pero en La Habana un cuasi invierno dan ganas de recogerse, de administras los gestos, porque todo está gris y húmedo. Pero por suerte uno se sobrepone a los golpes del desaliento y atrae sobre sí la posible benevolencia de las constelaciones, de los albures instaurados, y tiene la suerte de merecer el abrazo de las personas buenas que desbaratan con su ternura toda desesperanza. Es lo que siempre me sucede cuando “Niñita”  y yo coincidimos en esta ciudad. Ella recompone mi paisaje interior y me hace preguntarme invariablemente: ¿cómo hace para ser tan clara y tener siempre las manos llenas de cariño? Es su don y la suerte de todos los que la conocemos.  Y cuando me voy hacia los lugares que habito no puedo evitar la alegría por haber encontrado a esta cronopio, esa criatura que todos creíamos extinta o inexistente, como si  Cortázar pudiera mentirnos.

Flor y cronopio

Un cronopio encuentra una flor solitaria en medio de los campos. Primero la va a arrancar, pero piensa que es una crueldad inútil y se pone de rodillas a su lado y juega alegremente con la flor, a saber: le acaricia los pétalos, la sopla para que baile, zumba como una abeja, huele su perfume, y finalmente se acuesta debajo de la flor y se duerme envuelto en una gran paz. La flor piensa: «Es como una flor».

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