Es como una flor

 

Hoy es el primer día de marzo. La primavera debe estar rondando por algún lugar, pero en La Habana un cuasi invierno dan ganas de recogerse, de administras los gestos, porque todo está gris y húmedo. Pero por suerte uno se sobrepone a los golpes del desaliento y atrae sobre sí la posible benevolencia de las constelaciones, de los albures instaurados, y tiene la suerte de merecer el abrazo de las personas buenas que desbaratan con su ternura toda desesperanza. Es lo que siempre me sucede cuando “Niñita”  y yo coincidimos en esta ciudad. Ella recompone mi paisaje interior y me hace preguntarme invariablemente: ¿cómo hace para ser tan clara y tener siempre las manos llenas de cariño? Es su don y la suerte de todos los que la conocemos.  Y cuando me voy hacia los lugares que habito no puedo evitar la alegría por haber encontrado a esta cronopio, esa criatura que todos creíamos extinta o inexistente, como si  Cortázar pudiera mentirnos.

Flor y cronopio

Un cronopio encuentra una flor solitaria en medio de los campos. Primero la va a arrancar, pero piensa que es una crueldad inútil y se pone de rodillas a su lado y juega alegremente con la flor, a saber: le acaricia los pétalos, la sopla para que baile, zumba como una abeja, huele su perfume, y finalmente se acuesta debajo de la flor y se duerme envuelto en una gran paz. La flor piensa: «Es como una flor».

Anuncios

Dar de comer a los gorriones

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Para los antiguos marineros era una verdadera alegría encontrar gorriones cuando navegaban de regreso a algún lugar, eso quería decir que la tierra estaba cerca. Avistar un gorrión era la señal indicada para respirar con alivio porque regresaban a casa sanos y salvos.

Me gustan esos pajaritos vocingleros y sin pedigrí.  Me gustan las secretas alianzas que hacen unos con otros. Me gustan que estén en las ciudades, en las esquinas de las cornisas, en cualquier agujero caliente donde puedan armar un nido y proteger a sus crías del frío y el viento.

Me gustan los sinónimos de su existencia: hogar, seguridad, confianza, cuidar unos de otros.

Me gustan las alarmas que provocan su desaparición en algunos lugares por la creciente contaminación electromagnética. Es como la alarma que me suena dentro cuando el excesivo trabajo, el excesivo mirarnos el ombligo, el excesivo aquilatar inutilidades  me deja sin la gente que es mi hogar, mi madero.

A veces no tenemos mucho tiempo para cuidar de nosotros mismos, muchas veces ni siquiera sospechamos cómo debemos hacerlo, entonces más arduo es encontrar el modo de cuidar de los demás. Pero ahí está la clave:  parir intentos, dejarse el alma, hacerlo constar.

Entonces, dar de comer a los gorriones  es la metáfora de este martes, el deseo que me impulsa la sangre, la apuesta contra el gris y el silencio de los teléfonos.