Naufragios del San Andrés

El río San Andrés, se desliza bajo el Puente Tres Ojos

El río San Andrés, se desliza bajo el Puente Tres Ojos

El río San Andrés cruza por el costado del pueblo donde nací: Unión de Reyes. Supe el nombre del riacho  muchos años después de la niñez. En aquel tiempo el río siempre estuvo en el anonimato, quizás porque era chiquito y escurridizo y  no tenía grandes corrientes la mayor parte del año.   Nombrarlo era algo como: “vamos al río”. Así a secas, sin respeto ni solemnidades. Cuando venían las lluvias el río se hacía temible,  igual si los ciclones se paseaban por la isla con pasmosa desfachatez. Crecía, crecía hasta llegar casi a los cimientos de las primeras casas del pueblo, se desbordaba en algunas calles. Nada más. Todo lo demás que recuerdo es solo eso, el río corriendo por el campo, con calma, pasando feliz por debajo del puente de los Tres Ojos,  bordeando el cementerio, acumulando basura en sus bordes, extendiéndose por allá, quién sabe donde. No sé todavía hasta donde llega, desde dónde le conocen, quiénes son los niños que hoy se remojan en él.

Al final supe su nombre por un libro.  La escritora Maylán Álvarez, vivió toda  su vida en el mismo pueblo y  el río le quedaba más cerca que a mí.  Ella escribió Naufragios del San Andrés y el río nunca más fue un acertijo. Con el nombre del riachuelo llegaron también los cadáveres que flotaron una vez en él, las historias de los hombres y mujeres del pueblo, sus mezquindades y victorias. La tristeza de los que se van sin despedirse, a cualquier lugar, impelidos por las más extrañas circunstancias y deseos del corazón.  El palpitar de los pequeños cuerpos tras las paredes y cuyo territorio es la noche. La vida pueril y la vida mansa. Maylán los fue hilvanando uno tras otro. Los trajo del silencio, del olvido, de los susurros entre comadres, de lo que los hombres decían a media voz cuando los niños no estaban presentes.  Las torpes ataduras con que laceramos el cuerpo, la negación, la vergüenza por no ser  valientes ni dignos. Y Unión de Reyes quedó abierto, sangrante, delante de todos, desnudo, con las aguas del San Andrés anegando cada uno de sus rincones.

Y se desató la Inquisición. Los golpes de pecho. El repudio abierto a Maylán y los suyos. Nunca  imaginé la potencia de la rabia por los secretos expuestos. La clara desatención a los espacios de la poesía. Su posible fragilidad ante los acechantes endriagos de Goya, el grosor de la sombra que se extiende por la calles de mi pueblo.

Por estos días otro cuerpo fue a dar al San Andrés. Yo lo conocía. Me sé de memoria cada una de las letras que  nombraban a ese hombre cansado de mirada azulísima. Crecí viéndolo llevar en la planta de los pies  toda la tierra del mismo trillo que los dos andábamos. Hablar con el aire, encontrarle ojos y bocas.  Se iba al campo, a buscar tomeguines, a rastrear el camino en busca de un hermano que vivía lejos y cuyo rostro lograba encontrar, aún entre la maraña de su memoria nebulosa.

Yo quisiera que Maylán lo recogiera. Que cargara con su vida y la pusiera entre las páginas de sus Naufragios. Yo quiero que ahí quede, hecho poesía, para que su humanidad no sea solo blandos huesos que la tierra se trague.

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5 comentarios en “Naufragios del San Andrés

  1. Cuando nos vimos en el viaje al Turquino y por primera vez escuché que eras de Unión de Reyes, quise preguntarte por Maylan, si la conocías, si habías leído alguna vez su poesía o sus cuentos. No sé por qué no lo hice. Entonces, leí este post con doble alegría: la de tus palabras siempre hermosas, siempre conmovedoras y la de saber que has leído las palabras de Maylan, una persona a quien aprendí a querer pronto porque tiene una dulzura infinita y una sensibilidad a flor de piel. Tengo la suerte de haber leído estos Naufragios y de haberme estremecido con ellos. Quizá no tanto como tú, que eres del pueblo, pero la poesía de Maylan logra trasmitirnos tantas sensaciones que inquieta, duele. Solo espero que la fuerza que también guarda dentro de sí la Maylan que conozco, haya logrado sobrevivir a esa inquisición de la que hablas.

    • En el viaje al Turquino faltó conversar sobre muchas cosas, conocernos mejor, pero seguramente saldaremos la deuda en octubre. Por increíble que parezca a Maylán no la conozco personalmente, sólo sus libros, o mejor, sólo sus Naufragios. Leerlo me ayudó a redescubrir mi pueblo y sus dolores, por eso nunca he entendido por qué molestó a tantos su poesía. Conocerla es un deseo bueno y viejo que tengo, veremos si en uno de mis viajes a Matanzas logro cumplirlo. Gracias por pasar por acá. De algún modo me sorprendió tu visita, pero no por eso la agradezco menos.

  2. Pingback: Naufragios del San Andrés « Blogalidad Camagüey

  3. Ahora que he leído tan estupendo escrito, me ha entrado la curiosidad de saber qué, son los naufragios del San Andrés, lo adivino apenas, pero no me gusta quedar en la ambigüedad de mis presunciones, ¿podría teber respuesta?

    • José: estos son algunos poemas de Naufragios del San Andrés, cuando los leas verás por qué la rabia del pueblo contra la supuesta afrenta de la poesía. Quisiera poder regalarte todo el libro pero ni yo siquiera poseo un ejemplar. Gracias por leerle. Saludos.

      La Doctora Mireya
      Nadie advirtió
      la tristeza
      en sus ojos.

      Nadie sabe.

      Mientras corta la soga hiriendo el cuello
      la hija susurra:
      no la perdono, ni siquiera pensó en mi soledad.

      Nadie imagina cuánto pesa en la viga,
      quizás por los dulces que comió
      en la noche de San Lázaro.

      La viejita Cuyo
      Pero no elogies mi sacrificio
      Ni censures su desprecio
      Edgar Lee Masters

      Alimentó doce bocas,
      limpió veinticuatro zapatos,
      cortó ciento veinte uñas
      antes de morir
      sobre un colchón
      en el piso,
      sola,
      cebando a las hormigas
      con las cuencas de sus ojos.

      El hijo de Cheo Torres
      Tenía seis años
      cuando le faltó el aire
      en medio del San Andrés,
      a dos kilómetros apenas
      del sitio donde su padre dijo
      ya es un hombre
      y dio la espalda.

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