Pagar para ver

Yo sé de querencias profundas. Sé lo que se siente, por ejemplo, cuando miras tu librero, cuando los libros hacen más acogedora una habitación, tu vida. La sensación en los dedos cuando acaricias el lomo de un volumen querido y rememoras el aluvión de sentimientos que provocó su lectura. Supongo que algo parecido sucede cuando miras un cuadro.  Es lo que me ocurre cuando estoy delante de Homenaje a la soledad de Servando Cabrera Moreno.

Pero los cuadros, los originales, las versiones, las copias, las reproducciones, no cuestan lo mismo que un libro, a menos que sea un incunable o lo vendan en la Plaza de Armas en la Habana Vieja

En estos días la belleza de una pintura, el instante capturado, la locura traducida, el rapto de fe; cotizan cada vez más y su secreto esplendor lo compartimos menos. Ya no basta con asistir a las salas del Museo Nacional de Bellas Artes, del Louvre, el Prado, el MOMA o el Pushkin y conmoverse en comunión; ahora se trasiegan millones para hacer una pinacoteca privada, exclusiva, donde los ojos extraños o la avidez por el arte no tengan cabida.

Y es que se acaba de subastar una de las versiones de El grito que Edvard Munch realizó entre 1893 y 1910, nada menos que en 120 millones de dólares por la famosa casa de subastas Sotheby´s .  Esta cifra ha dejado pequeña al record anterior, el Picasso Desnudo, hojas verdes y busto, que fuera vendido en 2010 por aproximadamente 107 millones de dólares.

La gente sigue lucrando con el placer, con el arte, con los mejores sentimiento que tenemos los humanos. Y sigue habiendo tantos dolores en el mundo, tanto indignado durmiendo en la calle, tanto Haití derruido, tanto pobre mundo dando sus últimos estertores. Y que alguien pague para ver en soledad, para reírse solo, cuando la belleza no sabe de exclusividades y olvido.

 

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Georgia O´Keeffe plantó un jardín en la soledad del desierto.

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Eduardo Galeano, en su libro Los hijos de los días, recuerda a muchas mujeres, por los silencios a los que la vida y los hombres las sometieron, por sus guerras, sus dolores y sus victorias. La pintora norteamericana Georgia O´Keeffe es una de estas mujeres. Ella pintó nuestros cuerpos-flores, cuando quisieron borrar su significado y su poder.

LA FLORISTA

Georgia O’Keeffe vivió pintando, durante casi un siglo, y pintando murió.

Sus cuadros alzaron un jardín en la soledad del desierto. Las flores de Georgia, clítoris, vulvas, vaginas, pezones, ombligos, eran los cálices de una misa de acción de gracias por la alegría de haber nacido mujer.