El estribillo de la guagua: “Córrase ahí caballero, echen un paso pa´trás”

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No se por qué alguna gente/ no se puede soportar/ cuando la guagua que espera /no acaba de llegar
Hasta hace poco tiempo todas las guaguas que me llevaban hacia mi casa y me traían de vuelta al otro día, al centro de la ciudad y la vorágine laboral, eran azules. Mis queridos P12 o P16. Sus nombres más que a rutas de ómnibus me sonaban a algún complemento vitamínico.
Algunos preguntan ¿último? / otros no hacen la cola / y hay quien a veces le falta / el respeto a una señora
Debido a los reajustes que se han hecho con el transporte por deficit de guaguas, de piezas de repuesto, de combustible y otros tantos dolores, las P12 y P16 ahora son de los más variados colores, marcas y hacen recorridos diversos, limitados, en variantes A o B.
A fijarse que la guagua / ya viene por la rotonda / sale arrollando la gente / como si fuera en la conga
Se rescataron las antiguas Girón, aquellas guagüitas rusas, de las escuelas al campo, donde tan bien sonaban las maletas de palo y los jarros de aluminio, que ahora van directamente hasta G y 25 en el Vedado, aunque a veces si es muy temprano llegan nada más hasta 100 y Boyeros, según el chofer.
Para subir a la puerta / se empujan unos a otros / y a veces sufre la guagua / desfiguración de rostro
Otras rutas de la urbe habanera prestaron sus esqueletos anaranjados, verdes, rojos, para transportarnos a los que vivimos más allá del puente de 100 y Boyeros. Por eso ahora, los que se montaban sin siquiera pensarlo demasiado cuando se acercaba la mole azul, ahora suspicaces preguntan con pelos y señales el camino. Nadie quiere hacer un viaje que no es el suyo y perder más tiempo del necesario tratando de enderezar el rumbo en otro carro. A estos se añaden los que están de visita en la capital, quienes miran desorientados a la gente en su maratón diario tras las guaguas, para tras un instante de indecisión emularlos en la carrera.
Y en la próxima parada / nadie se quiere correr / y muchos miran las caras / cuando se irrita el chofer
Y dentro de los dromedarios actuales, primos hermanos de aquellos singulares “camellos” que se adueñaron de la Habana en lo más cruento de nuestro período especial de los años noventa, es donde ocurren las verdaderas historias de amor y de guerra, de horror y misterio, de risa contagiosa y lágrima fácil; que joroban el día o le ponen la pizca de pimienta necesaria para que la jornada valga la pena. Sigue leyendo

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