Fabio Morábito no me decepciona

Andando y andando me tocó encontrarme con el escritor mexicano Fabio Morábito. Ya había escuchado hablar maravillas sobre su obra pero no me había tropezado con ningún texto suyo. Debo confesar que tantos parabienes me daban suspicacia, porque muchas veces las obras más elogiadas dentro del panorama editorial cubano, sobre todo las de poesía y algunos libros de cuentos,  no me han dicho nada, ni siquiera me han parado un pelo, ni un estornudo me han provocado. Y por eso me mantenía así, un poco distante, un poco incrédula, sospechando de la buena escritura de este señor.  Creo que también me estaba protegiendo, cuidándome de la decepción,  de la tristeza que da no poder entablar un diálogo con determinado autor, que lo veas esforzándose con estructuras audaces, con palabras quiméricas, desbordando “sabiduría” y una así, impasible, esperando que  en algún momento te diga algo realmente importante para ti, algo que de repente te provoque un ligero mareo y te de una alegría de esas que duran días,  que hacen que determinadas frases, paisajes, situaciones vayan caminando contigo por toda la ciudad.

Resulta que con Fabio la sospecha era infundada. Me ha ganado con un solo texto, y en ocasiones esto es suficiente. Su relato Las llaves ha sido la mejor apertura para el camino que voy a recorrer persiguiendo sus palabras. Después de leerlo me ha sucedido lo que muchas otras veces, que ya les he contado, me he sentido bien, feliz por el hallazgo, por poder leer de la vida, de la cotidiana, de la que nos toca a todos. Fabio logra con aparente facilidad la captura lúcida de un momento en la vida de alguien. Y desmiente una vez más que la literatura se trate solo de lo excepcional.

Acá les dejo Las llaves de Fabio,  que nació en Alejandría, con adolescencia en Milán y traspaso definitivo a México. Ha escrito los libros La lenta furia y Grieta de fatiga. El relato que les regalo hoy pertenece a La vida ordenada. Todos ellos ausente de mis predios pero que algún día no muy lejano espero hojear.

Por último he encontrado que ha ha dicho en una entrevista que desconfía de los escritores que tienen claro lo que van a decir. En consonancia con él soy de las que cree que la magia está en ir construyendo la madeja, en darle a las palabras el espacio para que se anuden según su libre albedrío. ¿ Entienden por qué este señor ya me cae tan bien?. Espero disfruten sus palabras.

Las llaves

Seguramente además de los hermanos de Lisa había venido la tribu de sus primos y mi casa debía de estar llena de niños. Cambié de idea y en lugar de meter el auto en la cochera lo estacioné en la calle, porque presentía que iba a tener un enésimo roce con Lisa después de nuestra pelea de la mañana.

Cuando entré, Rocío, la esposa de Javier, uno de los hermanos de Lisa, estaba saliendo de la cocina con un pastel que depositó, al lado de otro y de varias bandejas de galletas, en la mesa del comedor. Mi suegra estaba sentada en el sillón de terciopelo, rodeada por los primos y hermanos de mi mujer. Le di su abrazo de cumpleaños, que resultó ser un simple apretón de hombros porque le pedí que no se levantara, y después de saludar a mis cuñados me paré un momento junto al ventanal que daba al jardín para ver la turba de niños que jugaban alrededor del columpio y la resbaladilla. Entré en la cocina, donde se habían reunido las mujeres, y las saludé a todas de beso, sin exceptuar a Lisa, que apartó la cara para no besarme, algo que nunca había hecho frente a los demás. Me ruboricé y las voces bajaron por un momento de intensidad. Por suerte Graciela, su hermana menor, salió en mi ayuda, preguntándome por qué llegaba tan tarde. Le contesté que había estado arreglando los libros en mi nuevo estudio, que consistía en un cuarto con cocineta y baño donde apenas cabía. “A ver cuándo lo conocemos”, dijo ella, y el bullicio volvió a llenar la cocina y dejé de ser el centro de las miradas. Miré agradecido a Graciela, a quien había juzgado débil y subyugada por sus hermanos, y salí de la cocina para tomarme un whisky.

En la sala, para no participar en la plática de mis cuñados, me dediqué a preparar unos tragos a los que tenían su vaso vacío. Me gusta servir las bebidas, tanto que mi suegro decía que debería haber sido barman. Hasta cuando sirve, Lisa no puede dejar de dar órdenes. Le gusta estar en el centro de una pequeña multitud y decirle a cada cual lo que tiene que hacer, y siempre he sospechado que sus cuñadas no la soportan.

Llegó el momento de encender las velitas del pastel y los niños entraron ruidosamente para cantar Las mañanitas. Grandes y pequeños, todos de pie, hicimos una rueda en torno a la mesa del comedor, en cuya cabecera, frente al pastel, se sentó mi suegra. Alguien apagó las luces y cuando empezamos a cantar, mi suegra, que tenía menos de un año de viuda, no aguantó las lágrimas y Lisa le prestó un pañuelo para que se secara los ojos. Luego los niños la ayudaron a soplar sobre las velas y todos aplaudimos. Mientras comía mi rebanada de pastel, vi que Graciela estaba sentada un poco aparte. Iba a acercarme para hacerle compañía cuando Fernando me preguntó si había terminado de arreglar el estudio. –Casi terminé de acomodar los libros –dije.

–¡Su mundito! –subrayó Lisa con tono acre y todos me miraron, tal vez temiendo que fuera a contestarle. Pero me quedé callado y Raúl, uno de los primos de mi mujer, que en las reuniones nunca soltaba la mano de su novia, me preguntó si el alquiler era caro. Le dije cuánto iba a pagar y a todos les pareció una ganga. “Es una cosa de nada, apenas quepo yo y mis libros”, dije. “¿Y tú para qué quieres un estudio?”, le preguntó a Raúl su novia. “No he dicho que quiero uno, solo preguntaba”, replicó él un poco molesto. La esposa de Luis, Adela, que traía uno de esos formidables escotes que tenían el poder de sacar de quicio a mi mujer, dijo que ella se opondría a que su esposo alquilara un cuarto o un estudio, porque era como ofrecerle una oportunidad en bandeja de plata para que tuviera aventuras con otras, a lo que Raimundo, otro primo de Lisa, replicó: “¡Ustedes las mujeres siempre piensan que las van a engañar a la primera ocasión!”.

Graciela me miró, yo la miré y nos sonreímos. Fernando se dio cuenta, volteó extrañado hacia Graciela y después me miró a mí, lo que me obligó, para aparentar naturalidad, a decir lo primero que me vino a la mente:

–A veces un nuevo espacio es saludable, nos renueva por dentro y nos da energía.

Lisa no dejó pasar la oportunidad para hundir mi destemplado comentario:

–¿Cuál energía? Hablas como si fueras Picasso. ¡Cómo si no supiera que vas a tu estudio a mirar revistas pornográficas!

Casi todos bajaron la vista y durante unos segundos solo se oyeron las voces de los niños que jugaban en el jardín. Me levanté, dejé mi plato sobre la mesa y después de limpiarme los labios con la servilleta y dejarla en el plato, murmuré un tenue “Con permiso” y me dirigí a la puerta. La abrí, salí a la calle sin preocuparme por cerrarla y caminé hasta el coche. Agradecí no haberme quitado el saco, porque traía las llaves del coche en uno de los bolsillos. Cuando cerré la puerta y prendí el motor, me sentía todavía transportado por el impulso que me había hecho levantarme de la silla, como si se hubiera tratado de un único movimiento armonioso desde la silla de mi casa hasta el asiento del coche y después, mientras manejaba en la blanda circulación del domingo por la tarde, tuve la sensación de que todo había sido demasiado fácil y que una pequeña falla minaba la sólida coherencia de mi gesto. Llegué frente a un cine, donde unos coches buscaban estacionarse en los lugares dejados por los que iban saliendo. No había pensado en ver una película, pero frente a mí se desocupó un lugar y casi por instinto aproveché el golpe de suerte y me estacioné. Sigue leyendo

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