Tierno Santiago

“La ternura es la solidaridad de los pueblos”

Ya presentíamos La Habana. Los puentes, el paisaje, las señalizaciones en la vía, el cuerpo; todo nos avisaba su cercanía. Era solo cuestión de avanzar un poco más, de no distraernos con los dibujos que el sol hacía en el cielo a esa hora en que decide si quedarse o irse.

Todo había salido bien, a pesar de que cuando uno viaja por carretera en una guagua Yutong cualquier imprevisto es posible, y esperado. Por eso cuando el ómnibus se detuvo sin motivos aparentes y  los choferes bajaron con cara de circunstancias, todos creímos que la buena suerte por ese día había terminado.

Algunos hombres bajaron, en ese afán por hacerle frente a las situaciones aunque no tengan ni idea de cómo resolverlas, y después de conferenciar por un rato con los choferes, alguno vino a informar que había problemas con el motor, con el combustible que se había acabado o que no se había acabado pero que no llegaba al motor. Algo así. Lo único cierto era que estábamos varados, a expensas de que algún buen samaritano quisiera donarnos un poco de combustible de sus propios vehículos.

Ahí empezó la aventura. Los choferes montaron guardia  dentrás del ómnibus a la espera de camiones, rastras, otras guaguas, pero en la autopista nacional los vehículos pasan casi a la velocidad de la luz, nadie se detiene, si acaso alguien aminora un poco la marcha, mira extrañado por la ventanilla con cara de quien está mirando un hipopótamo en el zoológico y sigue su camino.   Esos éramos en ese momento, el hipopótamo.

Y vimos las estrategias de escape más burdas. Aunque solo nos faltaba soltar bengalas, más de uno se hizo el desentendido, como si esa parte de la vía correspondiera a un mundo ficticio o a un espejismo del que había que dudar. Por más señas que hicieron los choferes y tripulantes juntos, por más explicaciones que dieran, nadie parecía poder desprenderse del petróleo que necesitábamos para llegar a La Habana. Y la noche hacía su entrada menos aplaudida.

Por fin apareció una rastra. Todos parecíamos Rodrigo de Triana gritando !tierra! desde la carabela La pinta, mirando el carro con la misma esperanza con la que el marinero miró por primera vez las tierras del “nuevo mundo”.  El chofer recién llegado no pidió muchas explicaciones, bastaron algunas palabras. No vi la totalidad de sus gestos, pero fueron pocos los minutos que mediaron hasta que el motor recién alimentado volvió a rugir gozoso. Nos poníamos en marcha nuevamente.

Nunca supe el nombre de nuestro benefactor -hay detalles que ante los imperativos del momento se ovbian- , tampoco recuerdo quién fue la persona que me dijo que ese hombre generoso era santiaguero.

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Verde

Según la psicología del color el verde provoca calma, apacigua los ánimos, da confianza. Es el color del equilibrio por excelencia, por eso pintan de verde las salas de los hospitales y la habitaciones donde deben esperar las personas que entrarán a un set de televisión.

Con tan buenas características parece de locos ir borrando el verde de los paisajes cotidianos, pero así lo hacemos.

Por suerte, quedan pedazos de verde diseminados por la ciudad, extendidos, sin cercas, ni señales restrictivas.  Y yo fui feliz.

 

La luz es como el agua

Seguramente no se arrepintieron de ver el audiovisual de Imaginantes  sobre cómo nació el cuento La luz es como el agua de Gabriel García Márquez. Yo lo adoré. Por eso les dejo también el cuento original para que se deleiten con el chorro de imaginación de este colombiano querido. No dejen de leerlo. Estoy convencida que el momento escogido del sábado o el domingo, o cualquier otro día que prefieran, para leer lo que aquí les dejo, será hermoso.

La luz es como el agua

En Navidad los niños volvieron a pedir un bote de remos.

-De acuerdo -dijo el papá, lo compraremos cuando volvamos a Cartagena.

Totó, de nueve años, y Joel, de siete, estaban más decididos de lo que sus padres creían.

-No -dijeron a coro-. Nos hace falta ahora y aquí.

-Para empezar -dijo la madre-, aquí no hay más aguas navegables que la que sale de la ducha.

Tanto ella como el esposo tenían razón. En la casa de Cartagena de Indias había un patio con un muelle sobre la bahía, y un refugio para dos yates grandes. En cambio aquí en Madrid vivían apretados en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. Pero al final ni él ni ella pudieron negarse, porque les habían prometido un bote de remos con su sextante y su brújula si se ganaban el laurel del tercer año de primaria, y se lo habían ganado. Así que el papá compró todo sin decirle nada a su esposa, que era la más reacia a pagar deudas de juego. Era un precioso bote de aluminio con un hilo dorado en la línea de flotación.

-El bote está en el garaje -reveló el papá en el almuerzo-. El problema es que no hay cómo subirlo ni por el ascensor ni por la escalera, y en el garaje no hay más espacio disponible.

Sin embargo, la tarde del sábado siguiente los niños invitaron a sus condiscípulos para subir el bote por las escaleras, y lograron llevarlo hasta el cuarto de servicio.

-Felicitaciones -les dijo el papá ¿ahora qué?

-Ahora nada -dijeron los niños-. Lo único que queríamos era tener el bote en el cuarto, y ya está.

La noche del miércoles, como todos los miércoles, los padres se fueron al cine. Los niños, dueños y señores de la casa, cerraron puertas y ventanas, y rompieron la bombilla encendida de una lámpara de la sala. Un chorro de luz dorada y fresca como el agua empezó a salir de la bombilla rota, y lo dejaron correr hasta que el nivel llego a cuatro palmos. Entonces cortaron la corriente, sacaron el bote, y navegaron a placer por entre las islas de la casa.

Esta aventura fabulosa fue el resultado de una ligereza mía cuando participaba en un seminario sobre la poesía de los utensilios domésticos. Totó me preguntó cómo era que la luz se encendía con sólo apretar un botón, y yo no tuve el valor de pensarlo dos veces.

-La luz es como el agua -le contesté: uno abre el grifo, y sale.

De modo que siguieron navegando los miércoles en la noche, aprendiendo el manejo del sextante y la brújula, hasta que los padres regresaban del cine y los encontraban dormidos como ángeles de tierra firme. Meses después, ansiosos de ir más lejos, pidieron un equipo de pesca submarina. Con todo: máscaras, aletas, tanques y escopetas de aire comprimido.

-Está mal que tengan en el cuarto de servicio un bote de remos que no les sirve para nada -dijo el padre-. Pero está peor que quieran tener además equipos de buceo.

-¿Y si nos ganamos la gardenia de oro del primer semestre? -dijo Joel.

-No -dijo la madre, asustada-. Ya no más.

El padre le reprochó su intransigencia.

-Es que estos niños no se ganan ni un clavo por cumplir con su deber -dijo ella-, pero por un capricho son capaces de ganarse hasta la silla del maestro.

Los padres no dijeron al fin ni que sí ni que no. Pero Totó y Joel, que habían sido los últimos en los dos años anteriores, se ganaron en julio las dos gardenias de oro y el reconocimiento público del rector. Esa misma tarde, sin que hubieran vuelto a pedirlos, encontraron en el dormitorio los equipos de buzos en su empaque original. De modo que el miércoles siguiente, mientras los padres veían El último tango en París, llenaron el apartamento hasta la altura de dos brazas, bucearon como tiburones mansos por debajo de los muebles y las camas, y rescataron del fondo de la luz las cosas que durante años se habían perdido en la oscuridad.

En la premiación final los hermanos fueron aclamados como ejemplo para la escuela, y les dieron diplomas de excelencia. Esta vez no tuvieron que pedir nada, porque los padres les preguntaron qué querían. Ellos fueron tan razonables, que sólo quisieron una fiesta en casa para agasajar a los compañeros de curso.

El papá, a solas con su mujer, estaba radiante.

-Es una prueba de madurez -dijo.

-Dios te oiga -dijo la madre.

El miércoles siguiente, mientras los padres veían La Batalla de Argel , la gente que pasó por la Castellana vio una cascada de luz que caía de un viejo edificio escondido entre los árboles. Salía por los balcones, se derramaba a raudales por la fachada, y se encauzó por la gran avenida en un torrente dorado que iluminó la ciudad hasta el Guadarrama.

Llamados de urgencia, los bomberos forzaron la puerta del quinto piso, y encontraron la casa rebosada de luz hasta el techo. El sofá y los sillones forrados en piel de leopardo flotaban en la sala a distintos niveles, entre las botellas del bar y el piano de cola y su mantón de Manila que aleteaba a media agua como una mantarraya de oro. Los utensilios domésticos, en la plenitud de su poesía, volaban con sus propias alas por el cielo de la cocina. Los instrumentos de la banda de guerra, que los niños usaban para bailar, flotaban al garete entre los peces de colores liberados de la pecera de mamá, que eran los únicos que flotaban vivos y felices en la vasta ciénaga iluminada. En el cuarto de baño flotaban los cepillos de dientes de todos, los preservativos de papá, los pomos de cremas y la dentadura de repuesto de mamá, y el televisor de la alcoba principal flotaba de costado, todavía encendido en el último episodio de la película de media noche prohibida para niños.

Al final del corredor, flotando entre dos aguas, Totó estaba sentado en la popa del bote, aferrado a los remos y con la máscara puesta, buscando el faro del puerto hasta donde le alcanzó el aire de los tanques, y Joel flotaba en la proa buscando todavía la altura de la estrella polar con el sextante, y flotaban por toda la casa sus treinta y siete compañeros de clase, eternizados en el instante de hacer pipí en la maceta de geranios, de cantar el himno de la escuela con la letra cambiada por versos de burla contra el rector, de beberse a escondidas un vaso de brandy de la botella de papá. Pues habían abierto tantas luces al mismo tiempo que la casa se había rebosado, y todo el cuarto año elemental de la escuela de San Julián el Hospitalario se había ahogado en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. En Madrid de España, una ciudad remota de veranos ardientes y vientos helados, sin mar ni río, y cuyos aborígenes de tierra firme nunca fueron maestros en la ciencia de navegar en la luz.

El salto definitivo

No hemos perdido la fe y las ganas. Esa frase me la repetí a lo largo de este fin de semana, cada vez que algún colega de la prensa cubana intervenía en la sesiones finales del 9no Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba. Allí estábamos afanados en devolverle al periodismo cubano la viveza, el color, la intrepidez de años más gloriosos o la justa correspondencia con los días que vivimos, de reubicar las relaciones entre todos los componentes de la cadena informativa, desde el escenario político hasta el comunicacional, de asumir cada cual  la parte de responsabilidad que nos toca si hoy nuestros relatos de la realidad son inexactos, grises o hablan de un país intangible y apenas creíble.

Nos reunimos los más experimentados artesanos de la palabra, que han asumido como un sacerdocio el compromiso de ofrecerle a sus conciudadanos las claves para decodificar su momento en el mundo y poder actuar en consonancia o disonancia; y  también los que apenas iniciamos el camino, los que a trompicones intentamos encontrar maneras propias y válidas para aportar a la historia alucinante y a contracorriente que todos los días fundamos los cubanos.

Todos compartimos una misma certeza: el periodismo cubano ha de responder con inteligencia, belleza, exactitud, inmediatez, oportunidad, ante los desafíos de la cotidianidad o no ser, al no poder responder con lealtad a sus públicos. Y no es cuestión de esperar por la formulación de leyes y decretos -necesarios pero no impresncidibles- que respalden la labor periodística, es cuestión de ser periodistas y no meros amanuenses.

En lo que vamos reconquistando el terreno, les dejo la intervención del profesor de la Universidad de Comunicación Social de La Habana, Raúl Garcés, con la que se inició el debate y que es la mejor de las provocaciones.

Siete tesis sobre la prensa cubana*

1. La prensa y el socialismo. ¿Alguien sabe cómo se construye el socialismo? Y por extensión, ¿sobre qué pilares debiera erigirse la prensa socialista? Lo mejor que tiene formularnos esas preguntas hoy es que, por lo menos, ya sabemos que no hay respuestas únicas y cerradas. El llamado socialismo real pretendió levantarse sobre “leyes objetivas”, normas aparentemente inviolables y manuales que presumían de preverlo todo.

Al socialismo en el siglo XXI, en cambio, no le ha quedado más remedio que establecerse sobre la falta de certezas y proponerse, en consecuencia, construirlas colectivamente. La prensa socialista tiene el desafío de arropar con ideas la nueva época, interpretar creativamente el discurso político, alimentarlo con argumentos, demostraciones, ejemplos concretos y un permanente debate público.

Si lo anterior es válido para la experiencia latinoamericana, lo es también –y especialmente ahora- para Cuba. La dirección de la Revolución nos ha subido la parada con el rumbo de un socialismo próspero y sostenible. A pesar de los bloqueos y las adversidades de las últimas décadas, Cuba apuesta a una práctica socialista que sea fuente de felicidad, de vida digna, de realización personal y tranquilidad económica, de articulación entre el proyecto personal y las metas generales de la sociedad. Pero, ¿creemos acaso que esos significados se comprenden, procesan y comparten por igual en la cabeza de todos los cubanos? ¿Cómo haremos para comunicarlos eficientemente? ¿Cómo les daremos sentido y los convertiremos en hechos que se toquen, historias que se vivan, caminos que se intuyan?

¿Cuánta importancia tiene para la batalla política del país no solo trabajar el ámbito de la realidad, sino también el de las percepciones? ¿Cómo complementaremos, en suma, la actualización del modelo con una percepción renovada en torno a todo lo que se está actualizando?

2. La prensa y la realidad. Parte de la opinión pública nos acusa de mirar el mundo con el mismo catalejo de la canción de Buena Fe: somos eficientes en fotografiar lo que está lejos: lo investigamos, lo desmenuzamos, lo descomponemos frente a los ojos de las audiencias e incluso lo criticamos severamente. Lo que está cerca, sin embargo, suele abordarse con timidez, o con una abstracción infinita, o con estilo timorato, o con simplonerías. Por las razones que sean, hemos ido conformando un modelo de construcción de la realidad que contrapone el supuesto “infierno foráneo” al presunto “paraíso doméstico”. Hemos suplido, frecuentemente, el juicio razonado por la propaganda, la interpretación por las cifras, la noticia por los eventos, el argumento por el adjetivo, la riqueza de los procesos por la síntesis caricaturesca de sus resultados.

El problema anterior no es nuevo, pero se agudiza dentro de una sociedad cada vez más polifónica y con una alta cultura política. Es muy evidente el contraste entre nuestro tono monocorde y lo que pasa allá afuera. La distancia infinita entre una cuenta bancaria de 250 mil CUC y un salario de 250 pesos no es solo objetiva, sino también subjetiva y, entre ambos extremos, sobrevive un espectro amplísimo de modos de pensar y relacionarse con el país. Si el actual proceso de transformaciones ha entrado en un periodo de mayor complejidad, deberíamos asegurarnos de crear las condiciones para que la prensa y los periodistas contemos las historias con mayor complejidad: no solo las certezas, sino también las dudas; no solo las soluciones, sino también las contradicciones.

Claro que sería injusto de mi parte atribuirle únicamente a los periodistas –atribuirnos- la responsabilidad por estos pesares. El propio Presidente Raúl Castro, al criticar el triunfalismo, la estridencia, el formalismo y la falta de debate público en nuestra prensa para abordar la realidad, durante el VI Congreso del Partido, decía: “a pesar de los acuerdos adoptados por el Partido sobre la política informativa, la mayoría de las veces los periodistas no cuentan con el acceso oportuno a la información ni el contacto frecuente con los cuadros y especialistas responsabilizados de las temáticas en cuestión”. Aquí hay dos caminos: o resolvemos el problema entre todos de una vez o colapsarán la credibilidad y el poder persuasivo de los medios.

3. La prensa y la ley. Comprendo la expectativa que ha generado en el gremio –e incluso más allá de sus fronteras- la posibilidad de una ley de prensa. Ella dotaría de respaldo jurídico el desempeño profesional de los periodistas, reivindicaría a la información como derecho público y articularía de modo más orgánico las relaciones con las fuentes, entre otras ventajas. Pero, alerto, no será la solución de todos nuestros problemas. Varias orientaciones del Partido y el Buró Político precedentes, que, aun sin fuerza legal, tienen la fuerza moral de las instituciones que las originaron, han sido sometidas por las fuentes a la vieja práctica de “se acata, pero no se cumple”.

La necesidad de comunicar no puede imponerse únicamente por decreto, tiene que ser una fuerza natural, un movimiento, una demanda que le nazca a la sociedad de sus entrañas.

En lo que llegan las normativas jurídicas, algunas acciones prácticas podrían ir allanando el camino: ¿se imaginan que los ministerios del país ofrecieran sistemáticamente conferencias de prensa? ¿se imaginan que todas las instituciones públicas dispusieran de directivos, cuadros intermedios o funcionarios accesibles, con información y sentido de responsabilidad para comunicar? ¿se imaginan que pudiéramos analizar frecuentemente, con nombres y apellidos, las fuentes aferradas al secretismo y educarlas –educarnos- en una cultura de la información y la transparencia? Si nos lo proponemos, lo que he dicho estará a la vuelta de la esquina.

La guerra contra el secretismo no pertenece solo a la prensa, sino a toda la sociedad. Hay que atajar lo mismo las consecuencias que las causas, porque un secretista no viene al mundo genéticamente mudo. Enmudece gradualmente, como resultado, a veces, de la desinformación, o la falta de preparación para enfrentar los medios, o la ignorancia, o los regaños, o la defensa enmascarada del beneficio personal, o lo que interpreta como su sentido de la responsabilidad.

4. La prensa y los cuadros. En las semanas precedentes hemos escuchado una y otra vez dos cifras inquietantes. Casi el 50% de nuestros cuadros de prensa no tienen formación periodística, y ese número supera el 60% en el caso de la radio cubana. Las cifras, más allá de que sean exactas o no, ilustran que el problema existe y nos ponen a las puertas de un dilema mayúsculo: ¿podríamos acometer los cambios sin el capital humano suficiente para conducirlos y encauzarlos? Y si un cuadro se equivoca, ¿vamos a corregir su error con más regulaciones excesivas y prácticas verticalistas en la dirección de la prensa? ¿No sería ese, acaso, un error mayor? ¿Cómo haremos para asegurarnos de que los cuadros de la prensa identifiquen, organicen y alinien una vanguardia periodística que marque el paso, abra la brecha, perfile el camino que debería seguir nuestro sistema de medios?

En esto, como en muchas otras cosas, Ernesto Che Guevara constituye un excelente punto de partida. Lo cito: “el denominador común es la claridad política. Esta no consiste en el apoyo incondicional a los postulados de la Revolución, sino en un apoyo razonado, en una gran capacidad de sacrifico y en una capacidad dialéctica de análisis que permita hacer continuos aportes, a todos los niveles, a la rica teoría y práctica de la Revolución. Estos compañeros deben seleccionarse de las masas, aplicando el principio único de que el mejor sobresalga y que al mejor se le den las mayores oportunidades de desarrollo”.

No voy a usurpar, en la discusión sobre este tema, el lugar que seguramente ocuparán valiosos colegas, incluso valiosos cuadros, de muchísima más autoridad que yo para abordarlo. Permítanme solo referirme a una verdad general, casi de perogrullo: un cuadro de la prensa requiere conocimientos de economía, política, ciencias sociales, pero necesita también de una fina intuición, de un sexto sentido, de una capacidad indefinible en palabras para ver el mundo, imaginarlo y proyectarlo a corto, mediano y largo plazo. Hablo de algo que nace de la vida y de la relación con la práctica, que se llama liderazgo.

Necesitamos aguzar el oído y afinar el olfato para dotar a la prensa de los mejores cuadros, comprometerlos con la tarea de dirigir, crearles las condiciones para que dirijan con valentía y soltura, fomentar que se conviertan en verdaderos agentes de cambio y no en poleas trasmisoras de las orientaciones de arriba.

5. La prensa y el consenso. A lo mejor han creído hasta aquí que estoy hablando de la prensa, pero en realidad estoy hablando del consenso revolucionario, que ha sostenido nuestra resistencia aún en las condiciones más adversas. ¿Cómo puede la prensa del siglo XXI contribuir a consolidar ese consenso? ¿De la misma manera que en el siglo XX? ¿Y si los jóvenes no leyeran los periódicos, o no escucharan la radio, serán la radio y los periódicos los mejores vehículos para articular en ellos el consenso? ¿Qué mecanismos tenemos a fin de inducir y fomentar el consenso a través de las redes sociales? ¿O de los celulares, los videojuegos, la música, el cine, las telenovelas, la producción simbólica de la sociedad?

Ya que somos marxistas, comprenderemos que los cambios económicos implican, al mismo tiempo, profundas transformaciones en la subjetividad social. No es posible que emerjan nuevas relaciones económicas, sin que emerja, en una cadena simultánea de acciones y reacciones, una nueva configuración de las relaciones sociales. Hablo de la tensión entre lo avanzado y lo retrógrado, lo rápido y lo lento, lo recto y lo zigzagueante, la vieja y la nueva mentalidad. O la prensa cubana se convierte en la plaza pública por excelencia para visibilizar, dar forma y alentar el consenso en torno al cambio de mentalidad, o asumiremos el costo de que parte de esos consensos se articulen progresivamente al margen de nuestros medios.

6. La prensa y la UPEC. Los periodistas nunca quedaremos bien con todo el mundo. Estamos a medio camino entre la opinión pública y las fuentes. Defender a una parte, casi siempre implica cuestionar la otra. Podríamos admitir incluso que nos califiquen como “profesionales incómodos” porque, en cierta medida, lo somos. De un lado, nuestro compromiso con la época y el proyecto político son irrenunciables. De otro, ese compromiso se realiza completamente si auscultamos la sociedad con sentido crítico, si le palpamos sus dolencias, si alertamos de los males más graves y ayudamos a sanarlos. Allí donde la sociedad enferme y no aparezca a tiempo el diagnóstico, será, entre otros factores, porque la prensa no ha jugado su papel.

José Martí definió nuestro encargo social en muy pocas palabras: Permítanme recordarlas: “la prensa debe ser coqueta para seducir, catedrática para explicar, filósofa para mejorar, pilluelo para penetrar, guerrero para combatir. Debe ser útil, sana, elegante, oportuna, valiente en cada artículo. Debe verse la mano enguantada que lo escribe y los labios sin manchas que lo dictan. No hay cetro mejor que un buen periódico”.

¿Nos hemos detenido suficientemente en esa frase de Martí”. Reitero solo los adjetivos: coqueta, catedrática, filósofa, pilluelo, guerrero, útil, sana, elegante, oportuna, valiente”. A mi juicio, el mayor desafío que tendrá la UPEC, en medio de la complejidad de los próximos años, será pelear con uñas y dientes para consagrar en el periodismo cubano estas virtudes, que nadie nos va a regalar. Tenemos la ventaja de 8 congresos precedentes y decenas de documentos escritos con orientaciones claras en torno a lo que, entre todos, insisto, debiéramos hacer.

7. La prensa y la profesionalidad. No hablé de profesionalidad hasta ahora, pero ojalá nos hayamos dado cuenta de que, en realidad, lo estoy haciendo desde el principio. La profesionalidad, ciertamente, depende de nosotros mismos, pero depende también de un ambiente de libertad editorial y creativa que desate la posibilidad de ser profesionales. El periodismo no es un décalogo de reglas instrumentales para hablar o escribir bien frente a los ojos de la opinión pública. Al menos, no en el siglo XXI. Ser profesionales pasa por disponer de las claves políticas, económicas y culturales para ver el mundo complejamente y luego representarlo con belleza, con una hondura que fluya de forma natural, como si la complejidad fuera invisible.

Es un camino que toma toda la vida, cuyo motor de arranque podría estar en las universidades y luego se va puliendo con el estilo, con la fuerza de la opinión, con la osadía personal, la experimentación, la voluntad de riesgo, y también, por supuesto, con un contexto que permita equivocarse y sacar lecciones, porque el error, entre nosotros, no puede ser motivo de vergüenza.

Colegas:
Estamos llamados a dar un salto definitivo y eso, a mi juicio, es posible hoy como nunca antes: nuestro socialismo se actualiza con paso firme, hay conciencia de que la comunicación y el Periodismo también deben actualizarse; cientos de profesionales han salido de las aulas universitarias listos para dar la pelea, la UPEC cumple 50 años y este tiempo le ha servido no solo para mapear los problemas, sino para consolidar su autoridad moral en función de discutir las soluciones; y hemos llegado a un punto de madurez en la sociedad que nos permite ver las cosas como son -sin eufemismos ni medias tintas.

Lo que haya que hacer, de conjunto con el Partido, las fuentes, los investigadores, los medios, las universidades, los estudiantes de Periodismo y los periodistas, hagámoslo. Cualquier piedra en el camino será infinitamente menor que el precio a pagar por esperar otro medio siglo para tener una prensa que se parezca a nosotros mismos.

*Ponencia introductoria al debate del Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) el 13 de julio de 2013.

 

Perspectiva

Los remos de Kcho, sostenidos por el Malecón…

Cualquiera puede buscar el oleaje que precisa

o quedarse en la orilla, pulir los remos,

imaginar la huella líquida en la madera virgen y sedienta,

los límites del agua

la posible profundidad, el cálculo erróneo.

Las redes se tejen en tierra

pero van al mar para probar su consistencia

su validez de trampa y de arrepentimiento,

el pretexto de su urdimbre.

La quietud  y la zozobra desde lo firme

tienen distinta corporeidad.

Vuelos

A volar se ha dicho!!!!!!!!!

Estrenen alas, alisen las que ya tienen, pongánselas de papel o de recortes de tela, láncense contra el cielo en parapente, globo aerostático, sobre el lomo de cualquier criatura mística pero siempre vuelen.

A falta de cualquier artefacto volador, encuentren un libro, pronto, no hay que perder tiempo en presentaciones formales, si sienten mariposas livianas en la panza al verlo y buscan el mejor lugar de la ciudad para abrir sus páginas, entonces ese es el indicado y no hay nada más que hacer.

Ismael Serrano: Todo empieza y todo acaba en La Habana

Tomado de El Diablo Ilustrado

Yo sabía que mi gente no fallaba. Un abarrotado teatro de Bellas Artes emprendió un intenso vuelo espiritual de más de dos horas y media en el primer concierto en Cuba de Ismael Serrano. Muchos quedaron sin poder entrar, no bastante a que llenaron hasta los pasillos (yo me “acomodé” en un pedazo de peldaño de escalerita gracias a la gestión de Frank Delgado y Mildrey, quienes obtuvieron para mí una invitación —argumentando la promoción que había hecho).
La movida hacia Bellas Artes demostró que crece la conexión con la canción de autor auténtica underground, lo cual me llena de regocijo. Creo firmemente en los jóvenes nuestros (inmensa mayoría del público que asistió) y su capacidad para buscar una poética que rompa con la pobreza que impera en el contaminado medioambiente sonoro.
Ayer nos confabulamos los soñadores (con el alborozo de saber que no somos pocos) a pesar la hiperdeficiente promoción, ya instaurada como toda una tradición en Cuba. Sabemos que la canción de autor no está de moda en los grandes circuitos del mercado, sin embargo vivimos tiempos de un movimiento de la canción pensante, especialmente en América, muy fuerte, que lógicamente es “clandestino”, como todo arte auténtico que se respeta. Harto sabido es que los dueños de los grandes circuitos de la información y la divulgación en el mundo son enemigos, por naturaleza de la cultura de los pueblos. Lo increíble e inaceptable es que en nuestro país, impere ese entreguismo mimético a los cánones que establecen los enemigos del espíritu humano: seguimos arrastrando la maldición de Malinche.  Cualquier mequetrefe de la seudocultura banal es seguido por nuestros medios con ignorante entusiasmo. A ver, aflojemos un poco, cualquier cantante comercial, desde que desembarca en el país, dígase, por ejemplo el Juanes aquel de la bobería de la camisa negra, protagonista del tristemente célebre (según mi visión —confieso que extremista) “Concierto por la paz”, o la Beyonce (¿se escribirá así? Soy un ignorante mediático) la que seguramente tiene grandes méritos gran-mysticos y supongo que buena voz… En fin, ya desde los legendarios Festivales de Varadero padecemos de esa promoción de pasarela que siempre se va por los fuegos fatuos, de tal manera que podían estar (y esto es un suponiendo, basado en hechos reales) un Djavan, un Milton Nacimento, o el mismísimo Chico Buarque en Cuba, y las cámaras perseguir (se podría decir que hasta con saña) a un Dyango o un Peret.
Pero bien, nada de eso impide que Chico sea Chico, o que Luis Eduardo Aute (uno de los autores más importantes de la lengua hispana —quien pasó inadvertido en el concierto de la Plaza del millón de personas—) sigan su paso por el tiempo, y hasta creciendo en él, mientras los cantorzuelos de atrezzo pasan al olvido.

Pero ¡Suéltenme penas añejadas, que la cosa está buena!: Llega Ismael Serrano y casi a base de correitos se riega la bola, por el boca a boca, y la juventud toma el Teatro de Bellas Artes. Ismael habrá comenzado sobre las 7 y 15 minutos, y yo miré el reloj al salir, y eran las 9:52 pm. Quitando el tiempo que quedamos como flotando tras el final, debe haber cantando al menos 2 horas y media.
Ocho cálidas lámparas como única escenografía le daban un toque de sala hogareña al escenario, lo que se ajusta exactamente a la idea de presentación del cantautor español. Desde que salió a escena, Ismael Serrano fue el viejo amigo que llega a casa y con acumulada ternura y toques de humor te cuenta cómo le ha ido, cómo va el mundo, los romances y decepciones que ha vivido, los sueños que quiere abrazar ante un sistema en crisis que no deja vivir, ni abrazar, ni amar. Canciones y charla hicieron pasar el tiempo en complicidad absoluta; uno sentía lágrimas ante un verso, sonrisas ante otros, cantos susurrados en muchas de las canciones, palmas cuando el momento lo pedía, un silencio religioso ante cada expresión del cantor. Me asombró que en el público fueran tan conocidas no solo las canciones del disco Atrapados en azul, sino también las de su disco más reciente Todo empieza y todo acaba en ti. Si tenemos en cuenta que en los medios masivos nuestros es bien baja la cuota de cantautores que se difunden (increíble, pero especialmente Latinoamérica, se vive un momento de revolución musical en la canción poética al que vivimos casi de espaldas), no puedo menos que aplaudir con toda la admiración y optimismo del alma, lo que ocurrió anoche entre Ismael Serrano y el público tan joven que desbordó la sala. Uno se pregunta: ¿qué habría sido, cuántos jóvenes más, habrían aprovechado esa presentación, si se promoviera la cultura como se debe —y más en un país como el nuestro, en el que los medios no obedecen (o no deben obedecer) a operaciones mercantiles, sino al crecimiento cultural de la población? ¡Suéltame ya, criticón!
Ismael Serrano: íntimo, sin artificios, acompañado de su guitarra y un tecladista que con su maquina de sonido, es una sutil orquesta, hurgando en el acontecer social, en los días que vivimos desde pasajes cotidianos, desde un momento de soledad, desde una duda o desaliento, desde esa mujer que soñamos o que perdemos en la angustia cotidiana de un paro laboral. Sigue leyendo