La mirada de Vivian

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Vivian nació en Francia pero emigró a los Estados Unidos  en la década del 40. Se estableció en New York y luego en Chicago. Para vivir cuidaba niños, cuando los llevaba a pasear o tenía algún rato libre Vivian fotografiaba la ciudad y su gente. No hablaba mucho. Le gustaban el teatro y las películas europeas. Era feminista.

Con el tiempo fue acumulando negativos, su mirada sobre los seres humanos y las cosas. Sus fotos demuestran cuánto observaba, qué le preocupaba, cómo veía el eterno decursar de la vida, qué le interesaba resguardar del olvido y el polvo. Sus fotos desmienten  la supuesta oscuridad que se escondía detrás de su oficio de niñera.

Los que la rodeaban nunca supieron de esta necesidad suya de apretar el obturador y llevarse consigo para siempre un pedazo de existencia. Su secreta pasión por eternizar lo que estaba condenado a ser efímero. Nunca lo confesó.

Al final de su vida sus niños, sus “hijos”, le rentaron un apartamento. No podía valerse por sí misma.

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John Maloof fue a una subasta. Quería comprar muebles antiguos. Era fotógrafo y agente de bienes raíces. Un día cualquiera acomodando los muebles comprados encontró escondidos en su interior 40 mil negativos. No había señales de su dueño, solo un nombre quedaba medio borrado en los sobres amarillos: Vivian Maier.  Como un loco comenzó a hacer averiguaciones. Buscaba alguna persona que le indicara el paradero de la “artista”, de la “fotógrafa” cuyas imágenes le quemaban los dedos. Nadie podía darle una dirección fiel. Vivian no era de dejar rastros. Como último recurso recurrió a Google. El buscador le devolvió una nota: el obituario de Vivien Maier publicado en un periódico cualquiera. Había muerto el día anterior.

Ahora la verdad sobre Vivien Maier ha eclosionado.  Ya no es una desconocida. Ya su nombre no amarilleará en algún sobre escondido. Su mirada será vista por millones de personas todos los días. John Maloof ha publicado un libro sobre su vida y se han organizado exposiciones de sus fotos. También hay un blog. La podemos tropezar en las redes sociales. La vida discreta que Vivian vivía y la que le gustaba fotografiar ya no es del dominio del silencio. Su forma de mirar, su mirada se queda para siempre entre nosotros.

 

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Historias II

 

 para Leydis, por el rescate de este recuerdo

 Era un pueblo pequeño, pequeño y tranquilo. Lleno de polvo y de niños que se aburrían. Los niños querían vivir aventuras como las de los libros que leían en la biblioteca de la escuela, pero lo más excitante que un día pudieron hacer fue escaparse a unas cuevas fuera del pueblo de las que los mayores hablaban constantemente por esos días. Lo que encontraron fue una caverna pequeña, pedregosa, con un majá muerto colgando en la entrada. Nada más. Regresaron a sus casas sin que nadie los echara en falta, sin arañazos y con más vergüenza que ánimos de contar la audacia.

Los niños se aburrían. El correo del pueblo quedaba al lado de la escuela, de un pedazo de la escuela. Cuatro aulas desperdigadas en medio del pueblo, a medio camino del parque y la carretera que llevaba a otro pueblo tan tranquilo y polvoriento como aquel. El resto de las aulas estaban más adelante, al lado de una peletería, medio vacía y silenciosa.

En el correo casi nunca iba nadie. Las moscan zumbaban despacio encima del mostrador.  Había dos carteros para todo el pueblo. Demasiados, pensaban los niños.  Con sus bicicletas podían recorrerlo en una mañana. No habían muchas cartas ni paquetes para entregar. El correo solo se animaba los días en que los ancianos cobraban la pensión.

Por las noches los grillos cantaban bajo las ventanas. El viento pasaba deprisa por entre las ramas de los árboles. Los niños se acostaban temprano. En el cielo las estrellas más lejanas se veían cerquita. En las noches sin luz la abuela hacía cuentos de miedo.

El buzón se llenó un día de cartas. Y otro día. Por espacio de meses, quizás años. Ya no recuerdo bien. De pronto llegaban sobres a las casas con escrituras menudas y ladeadas. No pesaban mucho, pero despertaban un nuevo interés, la alegría de saberse recordado, necesario. Apenas contenían una hoja arrancada de cualquier libreta, una flor, un poquito de tierra.

Los niños se escribían. De las conversaciones diarias guardaban un pedacito para contar en sus cartas al compañero de mesa, a la niña del final del aula.  Se contaban cómo eran las noches en cada una de las esquinas del pueblo. Se enviaban besos de papel que luego tomaban cuerpo en la mañana, entre los pupitres que estaban pegados a la pared, donde se sentaban los niños que escribían con la mano izquierda. Se enviaban un poquito de la tierra de sus patios,  alguna flor silvestres robada al azar. Ensayaban un gesto antiguo, acompañar. Y la vida fue sorprendida. Y el pueblo fue un poco menos tranquilo.

Historias

Soy una contadora de historias de otros. Presto oídos a esos sonidos rutilantes que pasan cerca de mí y me seducen. A veces me sobresaltan en las noches, me sorprenden al doblar las esquinas o me asaltan tras una mirada.     

Y las historias me instan, tal como los sueños a  Galeano, que le piden que los sueñe. Mis historias o sea aquellos relatos de los que me apropio porque son bellos y merecen decirse, me zarandean las ropas pidiendo, casi exigiendo: ¡Cuénteme,  cuénteme, que no se va a arrepentir! Entonces, obedientemente las traduzco, las paso en blanco y negro, las hecho a volar para que aniden en los mejores rincones de nuestras vidas.  

Esta es la historia de Leticia, sin apellidos ni otros aditamentos. Ella la escribió en otro lugar, para otros ojos, pero son palabras para regalar, para poner de ventana ante nuestros rostros.

Yo soy una emigrante de Argentina y una inmigrante en España. Mis abuelos lo fueron al revés. Se fueron sin poder volver nunca más.
Mi abuela se murió a los noventa y tantos planeando su viaje de regreso: “cuando yo vuelva iré a la plaza de mi pueblo y gritaré: ¡Ya llegó la Piedad! y todos mis amigos vendrán a verme”…
Fui yo por ella a su pueblo de Baza, escribí en un papel: “Ya llegó la Piedad” y lo enterré en el árbol más hermoso de la plaza que inmediatamente se llenó de pájaros. Quiero creer que los amigos de mi abuela fueron a su encuentro.

Esta es otra historia para atesorar: Un amigo recorriendo España llegó hasta Sevilla y supo que allí estaban aplicando el método cubano Yo sí puedo para enseñar a leer y a escribir a las personas de los alrededores, muchos de ellos ya ancianos, que se habían pasado casi toda la vida sin poder leer una letra impresa, o lo que es lo mismo, viviendo a medias. Entre todas las historias que escuchó se quedó fascinado con esta que ahora les regalo. Cuando me la contó no recordaba los nombres de sus protagonistas, por lo que yo los nombraré para ustedes a fin de que su historia no se pierda. Ellos serán María y Antonio.

María  y Antonio se quisieron desde siempre. En cuento pudieron se casaron, pero la guerra  los separó al poco tiempo -la guerra Civil española o la II Guerra Mundial, cualquiera de ellas cruenta, implacable y necesaria. En ese tiempo Antonio no dejó de escribir cartas a María,  todos los días. Ellas las fue guardando, una a una,  sin abrirlas porque no sabía leer. Nunca dejó que nadie las leyera por ella. Las palabras de Antonio solo eran para sus ojos y su corazón. Antonio fue de los afortunados que regresó del frente. Entonces María y él vivieron el amor que habían postergado. Antonio había muerto hacía muchos años  y María, ya anciana,  seguía guardando amorosamente sus cartas. En ese tiempo comienza a aplicarse en Sevilla el método cubano  Yo sí puedo para erradicar el analfabetismo. María fue de las beneficiadas. En cuanto pudo reconocer los sonidos, pronunciarlos, escribirlos se fue corriendo al arcón donde guardaba su tesoro más preciado: las cartas que le confirmaron todos los días que Antonio seguía vivo y las leyó de un tirón. Lloró mucho, lloró como hacía años no lo hacía, vivió todo de nuevo, y volvió a enamorarse de Antonio, a escogerlo entre todos los hombres posibles para compartir su vida.