Felicidad clandestina

Leer un libro determinado, el escogido por el corazón, puede llegar a ser toda la felicidad que se necesita sentir un día, una semana, un mes. Pero a veces el encuentro tarda. Miles de pequeños obstáculos se interponen entre el libro ansiado y tú:  su ausencia de las librerías del país porque a ningún editor se le ha ocurrido que sería bueno editarlo, luchar por los derechos de autor, darle esa alegría a los lectores. También podría suceder  la tirada exigua, apenas unos cientos de ejemplares que se desvanecieron como polvo de estrella. Y en última instancia, rara pero posible, un precio elevado que no compite con el final del mes cuando tienes que poner comida a la mesa todas las noches. Una lista que puede volverse infinita mientras uno espera detenido, con el alma en vilo, por el día feliz.  Sin embargo, pueden haber otros caminos que lleven a la dicha: las bibliotecas, un amigo, un regalo, alguna magia.  Algo así sucede en el relato de la escritora brasileña  Clarice Lispector que les regalo hoy y pertenece a un libro titulado de la misma forma. Buen provecho!!!

 Felicidad clandestina 

Ella era gorda, baja, pecosa y de cabello excesivamente crespo, medio pelirrojo. Tenía un busto  enorme, mientras que todas nosotras todavía éramos chatas. Por si eso fuera poco, llenaba los  os  bolsillos de la blusa, por encima del busto, con caramelos. Pero tenía lo que a cualquier niño devorador de historias le gustaría tener: un padre librero.

Lo aprovechaba poco. Y nosotras, menos todavía: hasta para los cumpleaños, en vez de aunque  más no sea un  librito barato, nos entregaba en mano una tarjeta postal de la tienda del padre. Y encima era de un paisaje de Recife, donde residíamos, con sus puentes vistos hasta el cansancio. Atrás, escribía con letra redondísima palabras como “fecha del natalicio” y “saudade”.

Pero qué talento tenía para la crueldad. Toda ella era pura venganza, chupando ruidosamente los caramelos. Cómo debía odiarnos esa chica, a nosotras, que éramos imperdonablemente bonitas, esbeltas, altas, de cabellos sueltos. Conmigo ejerció su sadismo con serena ferocidad. En mi ansia de leer, yo ni siquiera notaba las humillaciones a las que me sometía: seguía implorándole que me prestara los libros que ella no leía. Sigue leyendo