Criatura de Isla

un sitio para descubrir las palabras que construyen una isla.

Trenes

2 comentarios

A veces los recuerdos llegan así sin anunciarse o los trae alguna palabra, un sonido, un minuto de silencio. Siempre estamos rememorando, vivimos y recordamos, casi al unísono. El presente se muere un segundo después de haberlo vivido. Es materia de baúles, alimento de la memoria.  Entonces, he aquí un  recuerdo mío.

El tren pasa por el costado del puñado de casas. La longitud de cualquiera de las locomotoras que pasan arrastrando sus vagones nunca es menor que si alineáramos una junto a otras todas la casas de la vecindad.  Allí no sobran los vecinos ni las palabras. Al principio de llegar, porque ninguno de los tres, ni mi madre, ni mi padre, ni yo nacimos en aquel lugar, antes desconocido y mencionado en alguna conversación antigua y sin importancia;  el silbido nos paralizaba, suspendíamos lo que estuviéramos haciendo hasta que pasaba el estruendo, el tren se iba y volvíamos a la normalidad.

Por las noches mi madre gritaba entre sueños, cada vez que el tren se acercaba. Ya despierta nos contaba que le parecía que era un camión, un buldócer grande y sin color en sus sueños, que estaba envistiendo la casa, desmembrándola con nosotros dentro. Por eso gritaba, nos decía.

Poco a poco uno también se acostumbró al sonido de las ruedas de hierro sobre los raíles, pasaban esporádicamente y con el tiempo ya el estruendo no nos parecía tal. El oído se acostumbró a percibirlo sin dar señales de alarma, hasta que un día cualquiera el tres pasó y dejó de ser novedad.

Yo lo seguía con la vista, hasta que se recortaba su figura contra el cielo, ya lejos, y me daban ganas de viajar en él, de irme de aquel lugar, de dejarlo atrás mientras sacaba la cabeza por la ventanilla y el aire jugaba con mi pelo. Después, cuando por fin viajé de verdad,  pude saber que las historias de las películas son sólo eso, historias para soñar un rato, para que se nos llene la cabeza de imágenes imposibles. En un tren, como ese que pasaba a veces dos o a veces una vez a la semana, con sus vagones pintados de verde, abarrotados de gente en las vacaciones, sucios y rotos no ocurrían esas historias, o al menos a mí nunca me ocurrieron. La magia posible habría de encontrarla en otros lugares y con otros compañeros de viaje.

La línea del tren corre todavía sobre el riacho cercano. Allí íbamos los muchachos en los mediodías,  buscando sofocar el calor, vivir alguna aventura, lograr un beso esquivo quizá. En ese agujero debajo del puente crecía la hierba y el fango, el baño nunca fue interrumpido por el probable terremoto que habría de provocar el paso inexorable del ferrocarril. Lo deseábamos con ansias para después salir corriendo a contar el suceso, pero el deseo nunca se nos cumplió.

 

Autor: Criatura de isla

Mujer, cubana, escribidora (a saber: periodista, narradora, poetisa).

2 pensamientos en “Trenes

  1. A pesar del churre, los malos olores y el hierro despintado, los trenes siempre suscitan un sueño, un recuerdo, una historia, no sé por qué, será porque son máquinas obsoletas, centenarias y cuando los vemos pasar, es como si viéramos por una rendija un trocito del pasado, algo que ya no nos toca, pero que aún tenemos el privilegio de ver. (aunque para historias de trenes, con montarme en uno, una vez, tengo, no crees?)

    • dentro de poco viajaré nuevamente en tren. He sacado cuentas y hace más de tres o cuatro años que no viajo en un animal cansado de estos. espero tropezar con buenas historias para que quede un buen recuerdo. Abrazos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s