Trenes

A veces los recuerdos llegan así sin anunciarse o los trae alguna palabra, un sonido, un minuto de silencio. Siempre estamos rememorando, vivimos y recordamos, casi al unísono. El presente se muere un segundo después de haberlo vivido. Es materia de baúles, alimento de la memoria.  Entonces, he aquí un  recuerdo mío.

El tren pasa por el costado del puñado de casas. La longitud de cualquiera de las locomotoras que pasan arrastrando sus vagones nunca es menor que si alineáramos una junto a otras todas la casas de la vecindad.  Allí no sobran los vecinos ni las palabras. Al principio de llegar, porque ninguno de los tres, ni mi madre, ni mi padre, ni yo nacimos en aquel lugar, antes desconocido y mencionado en alguna conversación antigua y sin importancia;  el silbido nos paralizaba, suspendíamos lo que estuviéramos haciendo hasta que pasaba el estruendo, el tren se iba y volvíamos a la normalidad.

Por las noches mi madre gritaba entre sueños, cada vez que el tren se acercaba. Ya despierta nos contaba que le parecía que era un camión, un buldócer grande y sin color en sus sueños, que estaba envistiendo la casa, desmembrándola con nosotros dentro. Por eso gritaba, nos decía.

Poco a poco uno también se acostumbró al sonido de las ruedas de hierro sobre los raíles, pasaban esporádicamente y con el tiempo ya el estruendo no nos parecía tal. El oído se acostumbró a percibirlo sin dar señales de alarma, hasta que un día cualquiera el tres pasó y dejó de ser novedad.

Yo lo seguía con la vista, hasta que se recortaba su figura contra el cielo, ya lejos, y me daban ganas de viajar en él, de irme de aquel lugar, de dejarlo atrás mientras sacaba la cabeza por la ventanilla y el aire jugaba con mi pelo. Después, cuando por fin viajé de verdad,  pude saber que las historias de las películas son sólo eso, historias para soñar un rato, para que se nos llene la cabeza de imágenes imposibles. En un tren, como ese que pasaba a veces dos o a veces una vez a la semana, con sus vagones pintados de verde, abarrotados de gente en las vacaciones, sucios y rotos no ocurrían esas historias, o al menos a mí nunca me ocurrieron. La magia posible habría de encontrarla en otros lugares y con otros compañeros de viaje.

La línea del tren corre todavía sobre el riacho cercano. Allí íbamos los muchachos en los mediodías,  buscando sofocar el calor, vivir alguna aventura, lograr un beso esquivo quizá. En ese agujero debajo del puente crecía la hierba y el fango, el baño nunca fue interrumpido por el probable terremoto que habría de provocar el paso inexorable del ferrocarril. Lo deseábamos con ansias para después salir corriendo a contar el suceso, pero el deseo nunca se nos cumplió.