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Liza Josefina Porcelli: “El hábito lector se contagia”

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Liza Josefina Porcelli, escritora argentina autora de varios álbumes para pre-lectores, como Colash, Purapanza y Ni se te ocurra, así como otros libros ilustrados: Letra por letra, Lo que sé de mis monstruos, ATP (H)Arta para Todo Público, Peligro de extinción y otros cuentos incómodos y Más letras que no sé qué... Foto: La Jiribilla

Liza Josefina Porcelli, escritora argentina autora de varios álbumes para pre-lectores, como Colash, Purapanza y Ni se te ocurra, así como otros libros ilustrados: Letra por letra, Lo que sé de mis monstruos, ATP (H)Arta para Todo Público, Peligro de extinción y otros cuentos incómodos y Más letras que no sé qué… Foto: La Jiribilla

Por Enrique Pérez Díaz

Tomado de La Jiribilla

Liza Josefina Porcelli ya antes había publicado en Argentina varios álbumes para pre-lectores, como Colash, Purapanza y Ni se te ocurra, así como otros libros ilustrados: Letra por letra, Lo que sé de mis monstruos, ATP (H)Arta para Todo Público, Peligro de extinción y otros cuentos incómodos y Más letras que no sé qué, este último coescrito con una vieja conocida del lector cubano: Silvia Graciella Schujer, ganadora del Premio Casa de las Américas por Cuentos y Chinventos y ya divulgada por la Editorial Gente Nueva con sus obras: La cámara oculta (2009) y La abuela electrónica (2010).

En realidad, no debe ser nada fácil para un joven autor argentino como ella darse a conocer, porque se trata de un país con una fuerte tradición literario-editorial y, sobre todo, en la esfera del quehacer para niños y jóvenes destacan firmas ya muy competitivas y de alta calidad como Laura Devetach, Gustavo Roldán, Mempo Giardinelli, Graciela Beatriz Cabal, Ana María Ramb, José Murillo, Alma Maritano, Ricardo Mariño, Graciela Montes, Adela Bach y, más recientemente, Liliana Bodoc, Graciela Bialet, Sandra Comino, Ema Wolff, Alicia Barbieris, María Cristina Ramos (candidata de este año al Premio Andersen 2014), Carlos Marianidis (Premio Casa de las Américas 2002) y la premio Hans Christian Andersen 2012 María Teresa Andruetto, ya publicada en Cuba por la editorial Gente Nueva con sus libros El caballo de Chuang Tzu (2009) y Benjamino (2013). No se debe olvidar tampoco que, como mismo en Suecia generaciones de niños y autores crecieron leyendo o viendo filmes de Astrid Lindgren y en Cuba todos nos criamos con el títere Pelusín del Monte y otras criaturas de nuestra Dora Alonso, en Argentina cada autor ha bebido en su infancia de la savia de una María Elena Walsh, cuyos libros, poemas y canciones trascendieron las fronteras de su tierra y el continente.

En medio de los avatares del Premio Casa y durante la presentación de su libro, mientras me lo dedicaba con unas enfáticas palabras, Liza y yo hablamos de la posibilidad de esta entrevista y de darse a conocer con otros libros en Cuba. Estas son algunas de sus razones para dedicarse a oficio tan hermoso, como a veces incomprendido.

¿Existe para ti una literatura infantil? ¿Una LITERATURA?, o simplemente, ¿Literatura para personas?

Existe una literatura infantil y juvenil que comparte con la literatura “más amplia” el poder transformador del lenguaje que la constituye, el placer estético de quien se acerca a ella, la reproducción gratuita —no utilitaria— de mundos imaginarios y la presencia de un lector-receptor que completa la obra literaria otorgándole sentido, resignificándola desde su propia cosmovisión. Por ello es que, a veces, me tienta decir que una obra es literatura “infantil”, así con comillas, dejando entrever que todos, grandes y chicos pueden disfrutarla porque a ambos cuestiona y moviliza. Dado que la literatura infantil y juvenil es escrita en especial para que acceda a ella un sujeto en formación, que momentáneamente no posee la maduración afectiva y las competencias de vocabulario, sintaxis y cultura general del lector adulto, hay algo evidente que la distingue.

¿Qué piensas de la infancia?

La infancia es el tiempo en el que un ser humano menos miedo tiene a equivocarse. Por eso, los chicos son naturalmente creativos y originales. Pienso en la infancia como una esponja con un poder de absorción inmenso; pienso en una tierra muy pero muy fértil, tan fértil que lo que allí plantes va a crecer. Pienso que es un periodo esencial en el que los potenciales y virtudes que cada chico trae pueden tomar forma y hacerse visibles —para él mismo y para el resto—, dependiendo de lo estimulante y promotor que sea el contexto. Por eso, creo que en la infancia se ven los primeros indicios vocacionales de una persona. Pienso en mi infancia y allí encuentro mi esencia. Pienso en mi adolescencia y allí encuentro muchas de mis verdades que hoy reactualizo.

En tu concepto, ¿los niñ@s leen hoy más o menos que antes?

En principio, creo que hoy esa es una pregunta retórica. Ya haciendo este planteo, se insinúa que los chicos leen menos que antes. Pero yo prefiero no contribuir a la creencia de que “todo pasado fue mejor”. Porque, además de no llevarme a nada, si enarbolamos los cambios tecnológicos y socio-comunicacionales (Internet en general, redes sociales, videojuegos, etc.) como lo que ahora capta la atención de los chicos, nos vamos a terminar conformando y resignando a ese nuevo esquema de realidad. A mí me gustaría cambiar entonces la pregunta y que esta sea: “¿Vos creés que antes los chicos tenían más apertura hacia la lectura o eran más permeables a la literatura?”

Y mi respuesta sería: “No, no lo creo”. “¿Creés que si en la familia o en la escuela de un chico no se promueve el disfrute de la literatura, el chico encontrará a mano más opciones que antes con las que ‘suplir’ ese hueco?” Sí, por supuesto.

Hoy como ayer los chicos se “enganchan” de la misma manera cuando llegan a un buen libro. Claro que si nadie les alcanza ese libro, en el camino hacia él hallarán muchos más “entretenedores” que antes. Pero no es que hoy los chicos lean menos que antes; los que “cambiaron” sus intereses no son ellos, sino los adultos. Los adultos somos la base de información más directa que los chicos tienen para construir sus propios hábitos y encontrar placeres. ¿Y qué pasa si el chico ve que los adultos solo pasan su tiempo frente a la computadora, la tele, o jugando videojuegos o ausentes mirando el celular? La motivación por la que un chico o un adulto lee ficción no ha cambiado. Nos sentimos atrapados por la literatura porque muchas veces nos ayuda a comprender mejor el mundo, y a nosotros mismos, a través de lo que les pasa a los personajes, lo que los personajes sienten frente a sucesos que quizá nunca llegaremos a vivir. Este fenómeno no cambia aunque pasen los años. De los adultos depende que hoy los chicos —que luego serán adolescentes— lean más o menos que antes. Si los chicos ven que los adultos disfrutan de la lectura, es imposible que eso no les genere interés, curiosidad. ¿Acaso no es casi “instintivo” espiar qué es lo que hace el de al lado que se lo ve tan entretenido? El hábito lector se contagia, no hay vuelta que darle. Encima, hoy estamos en un momento glorioso para ese contagio, porque cuando yo era chica, no había ni un décimo de la oferta literaria infantil y juvenil que hay ahora.

Mi hermano llegó de otro planeta un día de mucho viento, libro ganador del Premio Casa de las Américas 2012 en el apartado de literatura para niños y jóvenes. Foto: La Jiribilla

Mi hermano llegó de otro planeta un día de mucho viento, libro ganador del Premio Casa de las Américas 2012 en el apartado de literatura para niños y jóvenes. Foto: La Jiribilla

¿Qué piensas del tono que deben tener las historias para niñ@s?

Más que hablar del que deben tener, hablaría del que no deben tener. El tono moralizante me parece una trampa para el chico o el joven. Un engaño del tipo “me aprovecho de que estás leyendo para, de paso, bajarte línea de cómo deben ser las cosas y cómo deberías comportarte y pensar”. Ahí no hay lugar para que un receptor libre interactúe con una obra. Eso subestima al lector niño que normalmente abandonará ese libro salvo que —como suele ocurrir— sea de “lectura obligatoria” en el colegio. Por otra parte, la voz y el tono de una obra van de la mano para moldear “la promesa” que como escritora le hago al lector sobre lo que va a leer. Si esa “pintura literaria” que utiliza el autor se esfuerza por ser atractiva para el público juvenil (cayendo en jergas coloquiales que emulen la comunicación de los jóvenes, incluyendo email, mensaje de texto, etc.) entonces, el tono general de la obra me resulta demagógico y poco enriquecedor en cuanto a la creación de mundos literarios.

¿Te pareces a alguno de los personajes de tu obra?

Es llamativo que la mayoría de mis personajes son nenes u hombres. A mí misma me sorprende, más que nada porque elegir un personaje masculino me surge de manera espontánea, y luego disfruto mucho su creación, me siento cómoda allí. Debe tener que ver con que los personajes masculinos por un lado me desafían —es otro mundo del que aprendo a diario— y, además, porque a pesar de que siempre hay algo de una puesto en ese hombre o ese nene, elegirlos me permite alejarme de mí. Todavía hay mucho de mi “biografía sicológica” que no se ha trasmutado ni sublimado a través de la escritura. Por eso, cada vez que escribo desde un personaje mujer, aún se pone en juego demasiada carga íntima, al punto de agotarme o perturbarme.

¿Cómo concibes idealmente a un autor para niñ@s?

Para responder, imagino el autor para niños que me gustaría leer a mí —por las obras que intuyo podría escribir—. Sería alguien con mucho sentido del humor y mucha sensibilidad —al humor y a la sensibilidad le sumaría, por supuesto, la habilidad narrativa—. Sería alguien de espíritu libre, un tanto rebelde quizá. Y, por sobre todo, alguien que en su vida cotidiana no le hable a los chicos con diminutivos. Por el contrario, que respete ideológicamente a los chicos, a su discernimiento y a sus capacidades como lectores.

¿Reconoces alguna influencia de autores clásicos o contemporáneos?

No, la verdad que no. Sí reconozco autores contemporáneos a los que sería un honor parecerme (Ema Wolf y Liliana Bodoc, por ejemplo, dos escritoras argentinas). Igualmente, creo que siempre tendré problemas con este tipo de preguntas que implican que yo misma analice mi trabajo. Por fortuna logré que mi relación con el hacer en literatura se mantuviera libre de mi espíritu analítico —todo un logro que me permite mucho placer—. Eso no significa escribir “a los ponchazos” como diríamos acá. Pero mi relación con la literatura no fue —ni es— académica. Un día me dije: “Tengo que escribir”, busqué a alguien que me diera una mano, alguien que me dijera “Esto sirve”, “Seguí por acá” o “Ahí la erraste”, “Empezá de nuevo”, y haciendo fui y voy aprendiendo, sin compararme y sin mirar al costado. Pasé demasiado tiempo de mi vida estudiando —me recibí de sicóloga con promedio improductivamente alto—. Hoy, estudio desde el placer de leer literatura. Esas lecturas quedan plantadas en mí por atracción o por rechazo y, seguramente, pulsan sobre mi hacer sin que yo, por suerte, me dé cuenta.

¿Cuáles fueron tus lecturas de niña?

Leía lo que había en mi casa: los clásicos de Hans Christian Andersen, la colección de Biblioteca Billiken (Mujercitas, Papaíto Piernas Largas, etc.), los libros de María Elena Walsh y Elsa Borneman. Y leía poesía. Luego, alrededor de los 12 años, empecé a ir sola a la biblioteca de mi ciudad y eso era toda una aventura: elegir qué llevar, buscar en esos ficheros inmensos… De esa época recuerdo a Michael Ende y todos los libros de Stephen King.

¿Quién es tu héroe de ficción?

No tuve. Pero hay un personaje, Momo, de la novela homónima de Michael Ende con quien me sentía muy identificada.

¿Quién, tu villano?

Ahí sí que no tuve.

¿Cómo crees insertarte en la literatura infantil argentina?

Me cuesta responder esa pregunta. Siempre que tuve que “insertarme” en alguna categoría me costó. Así que quizá esa sea la respuesta.

¿Qué es lo que te enciende emocionalmente-creativamente?

Depende del día. Cuando escribo para los más chiquitos, me despiertan las conexiones del lenguaje (palabras que esconden significados graciosos), frases increíbles que escucho decir a algún chico y que me dejan maravillada. Y a pesar de lo que dije antes —que le esquivo al análisis—, me veo casi obligada a reconocer una correlación en lo que hago: y es que me seducen los mundos mentales. Las acciones, las inmensas aventuras que solo transcurren en la mente de un personaje, pero que se viven con tanta intensidad que es como si ocurrieran en el afuera. Y de hecho esas acciones mentales modifican el afuera; así, al salir de una aventura mental, el próximo paso que damos “en la realidad” es totalmente distinto al paso que hubiéramos dado sin esa aventura interior previa. Y ver eso, ver esa conexión, ese paso entre la realidad interior y la exterior, me lleva a escribir. También me despiertan mucho las imágenes de la calle. El otro día desde el colectivo veía a un hombre caminado con zancos en medio de un barrio comercial atiborrado de gente. Los zancos tenían en la base unas zapatillitas de niño que daban mucha impresión. El hombre, maquillado de manera muy tosca, vendía para los chicos formas hechas con globos. Caminaba, y cada vez que pasaba por el cartel de un negocio, tenía que agacharse para sortearlo porque si no se lo llevaba puesto. Era una imagen tristísima. Y desde el colectivo supe que tenía que ponerme a escribir sobre ese hombre.

¿Qué es lo que te desanima?

Todavía estoy en mi proceso más profundo de expansión, de darme a conocer, y ese proceso implica salir a mostrarse, presentar tu material aquí o allá y, a veces, recibir un “no” como respuesta, un no “extra-literario”, que a veces tiene que ver con cuestiones que uno como autor no maneja. Esos “no” desaniman. Me hace pensar en cuestiones de parejas… De repente un encuentro amoroso no funciona a pesar de que una, deseosa de compartirse, puso lo mejor de sí. Y entonces, te despedís, cerrás la puerta y desde la razón entendés que seguramente no tenía que ser, que tenés que seguir igual de amorosa y deseosa con la próxima persona que llegue. Pero aunque lo entiendas en algún lugar del corazón, algo se desgasta, un pedacito de pintura se descascara. Con las obras pasa algo parecido —cuando aún sos alguien que no se publica automáticamente por el sello de su nombre—: vos querés “compartirte” −porque es el lector quien te hace ser escritora−, pero para que eso suceda, hay una entidad que pone el otro 50 porciento. Es así en las parejas, amorosas y editoriales. Hay que llegar con lo justo y en el momento justo.

¿Qué ha significado para ti ganar el Premio Casa de las Américas?

Un gran reconocimiento internacional que va a acompañarme siempre —como te acompaña un primer editor que te descubrió y quiso publicarte—. El Premio Casa ha sido un estímulo para seguir haciendo y seguir creyendo en aquello que amo hacer. Me sentí halagada porque mi obra haya sido leída y elegida por jurados con la trayectoria de los que me tocaron.

¿Existe en tu tierra apertura hacia los temas duros como el que tratas en tu libro ganador de este concurso internacional?

No tanta como yo querría. La mayoría de las editoriales de literatura infantil y juvenil quieren llegar a las escuelas. Ahí están las ventas más grandes. Y hay lecturas que le hacen “fácil” el trabajo al docente y lecturas que piden un poquito más de creatividad y deseo literario de su parte. El docente es el primer lector de una obra destinada a los alumnos. Por lo que si un libro lo moviliza o desafía, quizá no lo elija para disfrutarlo con sus alumnos. Entonces, las editoriales que no tengan una espalda grande para soportar libros que se vendan menos que otros, posiblemente irán a lo seguro. Y “lo seguro” no está en los “temas duros”.

¿Qué impresión te provocó Cuba, su movimiento cultural, el integrar la enorme familia de Casa de las América?

Cuba me llenó de preguntas y de deseos de entender. Desafortunadamente, fue demasiado corto el tiempo que pude pasar en el país. Desearía vivirlo y sentirlo con mayor profundidad —no como turista, aunque siempre seré extranjera, me siento muy incómoda en el rol de turista—. Las personas que hacen a Casa de las Américas me dejaron con la boca abierta de principio a fin. Percibí amor por su labor cultural. Me sentí muy honrada de estar allí en la Casa; agradecida y en deuda —pero de la deuda que nos hace sentir enriquecidos.

¿Qué atributos morales piensas que debe portar consigo un buen libro infantil?

Sinceramente, no pienso en atributos morales cuando concibo un buen libro infantil. Hay un libro que me gusta muchísimo que es El día que cambié a mi padre por dos peces de colores, de Neil Gaiman. El padre del chico se la pasa leyendo el diario. El chico se lo canjea a un amigo por dos peces de colores. Y el amigo canjea a ese padre por otra cosa que él quiere y los cambios siguen. Uno llega a conocer los canjes porque el protagonista —obligado por su madre— debe ir deshaciéndolos para recuperar a su padre. Finalmente, llega a la última casa para devolver un conejo y llevarse a su padre que sigue leyendo el diario adentro de un corral para conejos. Es fantástico.

Aparte de tu profesión actual, ¿qué otra profesión te hubiera gustado ejercer?

Veterinaria. Yo hubiera sido una feliz veterinaria.

¿Y cuál nunca ejercerías?

Básicamente, yo no estudiaría ni ejercería ninguna profesión que, llegado el caso de un naufragio, no me sirva para nada. Me refiero a que si soy parte de un grupo de personas que llega a una isla desierta donde hay que volver a empezar, haber estudiado marketing o publicidad no me va a servir de mucho —quizá por eso son profesiones que detesto y considero que hacen más mal que bien a la vida—. En una isla se va a necesitar alguien que sepa de plantas y de tierra para organizar los cultivos. Alguien que cure a los enfermos. Alguien que tenga idea de construcción. Y alguien que cuente historias a la noche alrededor del fuego y levante el espíritu de las personas. No ejercería profesiones donde en el hacer haya demasiados intermediarios, incluyendo la mediación de la burocracia; donde el proceso sea más palpable que el producto final. Y con producto final me refiero a una persona o animal curado, una casa construida, un campo sembrado, un vestido cosido, una foto tomada o un cuento escrito. Necesito que el contacto con aquello donde pongo mi Ser a trabajar sea lo más directo y vital posible. De lo contrario, y esto es muy íntimo, mi vida empieza a perder sentido.

 

Liza Josefina Porcelli Piusi: (Buenos Aires, 24 de septiembre de 1977). Escritora y sicóloga. Obra publicada (Premios): Ha publicado varios libros álbum para los más chiquitos; dos novelas para jóvenes (Peralta y yo y ATP (H) Arta para Todo Público, esta última premiada en el Concurso Jóvenes del Mercosur 2010); dos novelas para chicos (Lo que sé de mis monstruos y Mi hermano llegó de otro planeta un día de mucho viento, esta última ganadora del Premio Casa de las Américas en el 2012). Y pronto podrá ver hechas libro las obras que escribió junto con Silvia Schujer, escritora argentina con quien empezó su camino en la literatura infantil.

 

Autor: Criatura de isla

Mujer, cubana, escribidora (a saber: periodista, narradora, poetisa).

2 pensamientos en “Liza Josefina Porcelli: “El hábito lector se contagia”

  1. como hay libros en sa foto!!!! yo los quiero para mí, solo para mí…bueno, está bien, y los comparto con los amigos…😉

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