Alumbrar

 

Por estos días una amiga duerme con poemas de Carilda Oliver Labra bajo la almohada. El ímpetu de las palabras de esta mujer le sirven para inflar sus propias velas y seguir caminando en días que quizás se trastabille más de lo necesario. Por suerte existen poemas que nos sirven de espejo, de aliento, de conversación, de compañía. Y una se arropa con esas palabras y sale a pelear sus batallas, a vencer o a rendirse.

También yo soy deudora de esas palabras que sirven de sostén cuando te lanzas de un edificio en llamas demasiado alto. Siempre busco a la Loynaz, su melancolía, su tristeza tranquila, pone en mis días bálsamo; y de alguna manera este es un regalo para ella, que quizás llegue a necesitar esta fórmula que le he preparado, Dulce María con Mirta Aguirre, dándonos las esperanzas que a veces se extravían. Y porque la poesía no es broma, no es algo fútil, no es algo sobre lo que podemos pasar con displicencia.

Poema LXVIII

Todos los días, al obscurecer, ella sale a encender su lámpara para alumbrar el camino solitario.

Es aquel un camino que nadie cruza nunca, perdido entre las sombras de la noche y a pleno sol perdido, el camino que no viene de ningún lado y a ningún lado va.

Briznas de hierba le brotaron entre las hendiduras de la piedra, y el bosque vecino le fue royendo las orillas, lo fue atenazando con sus raíces…

Sin embargo, ella sale siempre con la primera estrella a encender su lámpara, a alumbrar el camino solitario.

Nadie ha de venir por este camino, que es duro y es inútil; otros caminos hay que tienen sombra, otros se hicieron luego que acortan las distancias, otros lograron unir de un solo trazo las rutas más revueltas… Otros caminos hay por esos mundos, y nadie vendrá nunca por el suyo.

¿Por qué entonces la insistencia de ella en alumbrar a un caminante que no existe?¿Por qué la obstinación puntual de cada anochecer?

Y, sobre todo, ¿por qué se sonríe cuando enciende la lámpara?

del libro Poemas sin nombre de Dulce María Loynaz 

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Todo puede venir

Todo puede venir por los caminos
que apenas sospechamos.
Todo puede venir de dentro, sin palabras
o desde fuera, ardiendo
y romperse en nosotros, inesperadamente,
o crecer, como crecen ciertas dichas,
sin que nadie lo escuche.
Y todo puede un día abrirse en nuestras manos
con risueña sorpresa
o con sorpresa amarga, desarmada, desnuda,
con lo triste de quien se ve de pronto
cara a cara a un espejo y no se reconoce
y se mira los ojos y los dedos
y busca su risa inútilmente.
Y es así. Todo puede llegar de la manera
más increíblemente avizorada,
más raramente lejos
y no llegar llegando y no marcharse
cuando ha quedado atrás y se ha perdido.
Y hay, para ese encuentro que guardar amapolas,
un poco de piel dulce, de durazno o de niño,
limpia para el saludo.

Mirta Aguirre

 

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