De olvidos y otras enfermedades

es tan largo el olvido...

es tan largo el olvido…

Este es un post resucitado de otro lugar donde habité con palabras. Se lo debo a Leydi Torres Arias que hoy vino a salvar mi día y me habló de abrazos, de palabras queridas y de rescates. Aunque pueda ser un contrasentido de toda la maravilla que disfrutamos conversando largo sin atender a las leoninas tarifas de Etecsa, este escrito habla del olvido, del voluntario, del protector y del descorazonado que un día nos borra sin previo aviso de la vida de las personas para quienes creíamos que éramos importantes.

Después de una hecatombe, un diluvio, la muerte o la alegría, sobreviene inevitablemente el olvido. Es lo primero en asentarse sobre las cosas y las almas. Somos frágiles ante sus embates, no hemos aprendido fórmulas certeras para enfrentarlo. Y muchas veces sosegadamente nos entregamos a él, lo dejamos hacer. Con suerte un día le damos batalla, lo despedazamos, instauramos la terquedad y seguimos caminando con el fardo pesado de los recuerdos y las experiencias. No queremos olvidar o lo que es lo mismo ir dejando tirados pedazos de nosotros mismos, de las materias y sueños-no me olvides que fueron edificándonos.

Por eso traigo este olvido de la mano de Pablo Neruda -y perdónenme por andar siempre enredada entre poesías y palabras- a la luz mortecina de esta tarde de noviembre que se acaba. Para alertar pequeñamente sobre sus estragos.

Quiero que sepas

una cosa.

Tú sabes cómo es esto:

si miro

la luna de cristal, la rama roja

del lento otoño en mi ventana,

si toco

junto al fuego

la impalpable ceniza

o el arrugado cuerpo de la leña,

todo me lleva a ti,

como si todo lo que existe,

aromas, luz, metales,

fueran pequeños barcos que navegan

hacia las islas tuyas que me aguardan.

Ahora bien,

si poco a poco dejas de quererme

dejaré de quererte poco a poco.

Si de pronto

me olvidas

no me busques

que ya te habré olvidado.

 Pablo Neruda

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Navegar por las ventanas

Hoy regreso con las presentaciones de cuentos y sus autores después de tantos días sin encontrar nada atrayente. Esta vez la invitada es la escritora chilena Andrea Jeftanovic, y un texto suyo  Medio cuerpo afuera navegando por las ventanas que pertenece al libro No aceptes caramelos de extraños.  Al decir de Edgardo Scott este “es un libro de un lenguaje exuberante, barroco. Un barroco no tanto sudamericano (aunque esté muy presente Lispector) como inglés. El barroco de Virginia Woolf, el barroco de Las olas. Sin embargo, esa profusión de lenguaje encuentra su equilibrio en el vacío y la gran angustia que dominan cada cuento. O mejor: en el dolor. Porque en No aceptes caramelos de extrañosla mayoría de los argumentos son desmesurados. Exhiben esa crueldad de lo real, que a veces se cierne sobre la vida.”

En esta historias “Andrea Jeftanovic además ha encontrado un recurso formal que se ajusta muy bien a la vertiente trágica de sus argumentos. Sobre el final de cada texto aparece una especie de epitafio. Se trata de un párrafo, un par de frases que a su vez ya han formado parte del texto, y que vuelven a repetirse en el final; como grabados en piedra sobre la página última. Un bis, un dístico, en definitiva, que resuena sobre el final del relato “De este modo”, es como si cada cuento ofreciera su resumen, su epílogo y también su corazón poético.”

Espero no les espante el tamaño del texto, vale la pena leerlo desde el principio hasta el final. Demuéstrenme que pueden leer algo más que los estados de facebook y algún que otro tuit.  Es broma!!!!!

Buen Provecho.

Medio cuerpo afuera navegando por las ventanas 

A cierta edad el molde del corazón
ya está formado, con sus bultos redondos y
duros, sus cavidades y curvas confortables,
sus rincones secretos y sus desgarraduras.
Si algún cariño debe colmar ese corazón,
tendrá que encajar con las formas.

Manuel de Lope

Dime, ¿hace cuántas semanas que no tenemos sexo? Todo está tan previsto entre nosotros: el sabor de la saliva, los besos a medias, los cuerpos que se separan sin afecto. Extraño esos besos en que las lenguas están anudadas como ventosas. Sé de antemano cuántos orgasmos vas a alcanzar. ¿Cuánto ha sido nuestro récord? ¿Tres? ¿Cuatro? Tu cuerpo adquiriendo una espesa consistencia bajo las sábanas y el gesto brusco que haces de llevar la mano al cajón del velador y tomar a oscuras la pastilla anticonceptiva que has olvidado. Es una mueca tierna y ridícula porque, a tu edad, es tan improbable que seas fértil. Sólo pensar que podrías quedar embarazada después de que me he descargado en ti, te altera. Tienes razón, estamos viejos para criar bebés. ¿Te imaginas? Eso sería un desastre, dormir menos, discutir más, el aumento de gastos cuando apenas salimos a flote cada fin de mes.

Veo tu cuerpo en el espejo del ropero, te vistes con descuido. Vuelves y me tomas la mano, tu afecto no me conmueve, tus caricias no me excitan; me siento vacío. Sí, es verdad, me siento a la deriva, anciano, cuando recién rozo los cincuenta y tres años. Ni siquiera sé con quién conversar esta desazón. Pensándolo bien, mirándolo desde la distancia, mi tedio es igual; mi deseo de soledad, idéntico; mi ansia de silencio, la misma; quiero simultáneamente que me ames y no me ames. Acomodo la foto de nosotros cuatro en la mesa, tú, yo y los dos hijos que ahora viven en el extranjero. Te pregunto con un tono de conversación amistosa por qué no somos los mismos, por ejemplo, por qué ya no somos los mismos de esa foto tomada en algún veraneo en la costa, cuando la vida se nos iba planificando las vacaciones. Era nuestra pequeña ilusión en medio de un año fastidioso, porque ninguno trabajaba a gusto: jefes de mal talante, oficinas miserables con módulos de plumavit y techos bajos, compañeros mediocres a quienes sólo les brillaban los ojos para contar chistes de doble sentido. Entonces, por el mes de agosto, jugábamos a los destinos posibles e imposibles: playas en el trópico, capitales del viejo continente, lugares bíblicos en el Medio Oriente, parajes exóticos en el sureste asiático, las pirámides de Egipto. Desplegábamos mapas, cotizábamos pasajes, imaginábamos atuendos. Finalmente, siempre tomábamos algún paquete promocional en Sudamérica y éramos tan felices en los vuelos apretados, en los paseos grupales, disfrutando los desayunos continentales (qué tiene de continental un café, un mini jugo de naranja, tostadas con mantequilla y mermelada); sacándonos las infaltables fotos debajo del Cristo del Corcovado en Río de Janeiro, afirmando la puerta del casco antiguo en Cartagena de Indias, acostados en la piedra sacrificial de Machu Picchu, hundidos en la arena de Isla Margarita. Siete noches, seis días para renovar nuestra felicidad. Tania, ¿qué hacemos con lo nuestro? No respondes, no me miras, sigues ordenando tu ropa, no tienes respuesta, yo tampoco.

No, no es un problema de atracción física. Me gustan tus nalgas pequeñas, tus muslos gruesos, el escote marcado. Pese a los años compartidos todavía me gusta el modo como haces volutas de humo cuando fumas. Me gusta tu picardía distante, la forma de curvar los hombros, los huesos acentuados de la clavícula. Me encanta tu voz algo disfónica, reconozco que tengo una leve erección cada vez que tomas el auricular con ese reconocible aló anémico. Confieso que me atrae tu autonomía, las noches que lees un libro como si te aferraras a un amante; yo nunca he logrado esa pasión por la lectura, tomo una revista y después de cuatro páginas la dejo. He sentido celos de esos volúmenes que apilas en el velador, de ese mundo que fundas con ellos, tan lejos, cuando tus ojos se prenden y sonríes sin advertirlo o arqueas las cejas cuando cambias la página.

El problema es en la mañana, cuando te veo a través de la cortina de plástico y te depilas las piernas con la hoja de afeitar. No soporto ver tu silueta curvada, enjabonándote los genitales. Luego, el errado buenos días, porque siempre despiertas malhumorada. Sales del baño con la piel de los pómulos estirados tras la aplicación de la crema hidratante. Dime cuánto capital hay en ese baño entre cremas y geles. Creo que hay más promesas vertidas en esos productos que en nosotros mismos. ¿Entendemos nuestros cambios? ¿Han sido pocos o numerosos? ¿Quieres café con leche o té? ¿Desde cuándo tomas té? Ya sé, desde que sufres del colon. A la hora del desayuno yo te soñaba en bata, peinada, risueña, imaginaba que me besabas el cuello, comías las migajas de las tostadas en mi pecho, bajabas la palma hasta mis caderas, me sopesabas el pene y lo reanimabas como a un paciente agónico. Pero no. Nunca. Menos ahora. ¿Hace cuánto tiempo que tus labios no recorren el caminito de la felicidad, como llamábamos a esa hilera de vellos que nace en el ombligo? ¿Hace cuánto que mi cabeza no se hunde en tu pubis? ¿Hace cuánto que no entro en ti, de un solo golpe, y te encuentro húmeda, lista para montarme? Ahora tenemos que hacer una verdadera coreografía estudiada para lograr primero relajarnos, luego excitarnos. No me gusta sentir que ordeñas mi erección ni palpar tus pezones blandos en mi torso. Pruebo el agua de la ducha con el revés de la mano, vacilo, siento un estremecimiento. Nunca he entendido ese gusto por bañarse con el agua hirviendo. La que entra al baño y la que sale son dos mujeres distintas. En el curso del día tienes tantas edades. Naces opaca por la mañana, eres un misterio en la tarde, estás radiante por la noche, apareces y desapareces por la misma puerta interpretando diversos roles. Hemos crecido callando, cerrando los ojos de tanto en tanto.

En nuestra habitación hay una falta de épica, un horizonte acotado. Se respira una quietud provisional en el aire, una atmósfera de sala de espera. Nos fuimos resecando por dentro, arenas, piedras, añicos de emociones, nada entero moviéndose, ni una hoja viva de muestra y las personas no se fijan, sueño restos de sueños, fragmentos que me inquietan, alguien que no distingo. En casa siempre hay cosas que no funcionan. La ducha averiada inunda el piso, moja las toallas. Picaportes que no cierran bien, llaves que gotean, luces que no encienden. No me odies por ser torpe, no sé ni cambiar una ampolleta. Sales del dormitorio con la cartera en el hombro. ¿Adónde te diriges? No, no me animo a preguntar. Hoy es viernes, viene la empleada. Pasará un paño distraído por las capas de polvo, salpicará la loza, se marchará después de comer el último pan fresco. Hará la cama contando cuántas aureolas nuevas hay desde la última vez que cambió las sábanas. Confieso que eso me inhibe, a través del mapa de las sábanas descubrirá las huellas de nuestra pobre intimidad. Sigue leyendo

Cumpleaños

 

El 3 de noviembre fue el día que escogí para venir al mundo.  Ya va haciendo un rato que estoy por estos lares, pero aún no me canso de la maravilla. Aunque no me gusta festejar cumpleaños, sí me alegra continuar viva, poder poner mis manos en nuevas obras, regalar alegría, abrazar.  Así que por esta y otras causas me tomaré toda una semana de vacaciones. La llegada de los 30 años, merece todo tipo de rituales y celebraciones. Prometo no pasar balance, ni llorar por lo que no hice hasta hoy. Ya no tiene remedio. Lo que sí puedo arreglar es lo que voy a hacer a partir del segundo siguiente.

No voy a hacer el recuento de las bondades de llegar a los 30 años con el que muchas mujeres con temor de vivir se engañan. Estar viva, tener salud, amigos, sueños por cumplir, personas a las que amar y ayudar, “entuertos que  desfacer” son motivos más que suficientes para seguir de empecinadas en este mundo loco en el que nos tocó nacer.

 

Pero lo primero que haré, nada más abrir los ojos este nuevo 3 de noviembre que tendré la suerte de vivir, será agradecerle otra vez  a mi madre por dejarme acompañarla todo este tiempo.  Ha sido y es una aventura insuperable.   Gracias a ella ustedes tienen la suerte de conocer a esta persona. Como ven los créditos son todos suyos.