Navegar por las ventanas

Hoy regreso con las presentaciones de cuentos y sus autores después de tantos días sin encontrar nada atrayente. Esta vez la invitada es la escritora chilena Andrea Jeftanovic, y un texto suyo  Medio cuerpo afuera navegando por las ventanas que pertenece al libro No aceptes caramelos de extraños.  Al decir de Edgardo Scott este “es un libro de un lenguaje exuberante, barroco. Un barroco no tanto sudamericano (aunque esté muy presente Lispector) como inglés. El barroco de Virginia Woolf, el barroco de Las olas. Sin embargo, esa profusión de lenguaje encuentra su equilibrio en el vacío y la gran angustia que dominan cada cuento. O mejor: en el dolor. Porque en No aceptes caramelos de extrañosla mayoría de los argumentos son desmesurados. Exhiben esa crueldad de lo real, que a veces se cierne sobre la vida.”

En esta historias “Andrea Jeftanovic además ha encontrado un recurso formal que se ajusta muy bien a la vertiente trágica de sus argumentos. Sobre el final de cada texto aparece una especie de epitafio. Se trata de un párrafo, un par de frases que a su vez ya han formado parte del texto, y que vuelven a repetirse en el final; como grabados en piedra sobre la página última. Un bis, un dístico, en definitiva, que resuena sobre el final del relato “De este modo”, es como si cada cuento ofreciera su resumen, su epílogo y también su corazón poético.”

Espero no les espante el tamaño del texto, vale la pena leerlo desde el principio hasta el final. Demuéstrenme que pueden leer algo más que los estados de facebook y algún que otro tuit.  Es broma!!!!!

Buen Provecho.

Medio cuerpo afuera navegando por las ventanas 

A cierta edad el molde del corazón
ya está formado, con sus bultos redondos y
duros, sus cavidades y curvas confortables,
sus rincones secretos y sus desgarraduras.
Si algún cariño debe colmar ese corazón,
tendrá que encajar con las formas.

Manuel de Lope

Dime, ¿hace cuántas semanas que no tenemos sexo? Todo está tan previsto entre nosotros: el sabor de la saliva, los besos a medias, los cuerpos que se separan sin afecto. Extraño esos besos en que las lenguas están anudadas como ventosas. Sé de antemano cuántos orgasmos vas a alcanzar. ¿Cuánto ha sido nuestro récord? ¿Tres? ¿Cuatro? Tu cuerpo adquiriendo una espesa consistencia bajo las sábanas y el gesto brusco que haces de llevar la mano al cajón del velador y tomar a oscuras la pastilla anticonceptiva que has olvidado. Es una mueca tierna y ridícula porque, a tu edad, es tan improbable que seas fértil. Sólo pensar que podrías quedar embarazada después de que me he descargado en ti, te altera. Tienes razón, estamos viejos para criar bebés. ¿Te imaginas? Eso sería un desastre, dormir menos, discutir más, el aumento de gastos cuando apenas salimos a flote cada fin de mes.

Veo tu cuerpo en el espejo del ropero, te vistes con descuido. Vuelves y me tomas la mano, tu afecto no me conmueve, tus caricias no me excitan; me siento vacío. Sí, es verdad, me siento a la deriva, anciano, cuando recién rozo los cincuenta y tres años. Ni siquiera sé con quién conversar esta desazón. Pensándolo bien, mirándolo desde la distancia, mi tedio es igual; mi deseo de soledad, idéntico; mi ansia de silencio, la misma; quiero simultáneamente que me ames y no me ames. Acomodo la foto de nosotros cuatro en la mesa, tú, yo y los dos hijos que ahora viven en el extranjero. Te pregunto con un tono de conversación amistosa por qué no somos los mismos, por ejemplo, por qué ya no somos los mismos de esa foto tomada en algún veraneo en la costa, cuando la vida se nos iba planificando las vacaciones. Era nuestra pequeña ilusión en medio de un año fastidioso, porque ninguno trabajaba a gusto: jefes de mal talante, oficinas miserables con módulos de plumavit y techos bajos, compañeros mediocres a quienes sólo les brillaban los ojos para contar chistes de doble sentido. Entonces, por el mes de agosto, jugábamos a los destinos posibles e imposibles: playas en el trópico, capitales del viejo continente, lugares bíblicos en el Medio Oriente, parajes exóticos en el sureste asiático, las pirámides de Egipto. Desplegábamos mapas, cotizábamos pasajes, imaginábamos atuendos. Finalmente, siempre tomábamos algún paquete promocional en Sudamérica y éramos tan felices en los vuelos apretados, en los paseos grupales, disfrutando los desayunos continentales (qué tiene de continental un café, un mini jugo de naranja, tostadas con mantequilla y mermelada); sacándonos las infaltables fotos debajo del Cristo del Corcovado en Río de Janeiro, afirmando la puerta del casco antiguo en Cartagena de Indias, acostados en la piedra sacrificial de Machu Picchu, hundidos en la arena de Isla Margarita. Siete noches, seis días para renovar nuestra felicidad. Tania, ¿qué hacemos con lo nuestro? No respondes, no me miras, sigues ordenando tu ropa, no tienes respuesta, yo tampoco.

No, no es un problema de atracción física. Me gustan tus nalgas pequeñas, tus muslos gruesos, el escote marcado. Pese a los años compartidos todavía me gusta el modo como haces volutas de humo cuando fumas. Me gusta tu picardía distante, la forma de curvar los hombros, los huesos acentuados de la clavícula. Me encanta tu voz algo disfónica, reconozco que tengo una leve erección cada vez que tomas el auricular con ese reconocible aló anémico. Confieso que me atrae tu autonomía, las noches que lees un libro como si te aferraras a un amante; yo nunca he logrado esa pasión por la lectura, tomo una revista y después de cuatro páginas la dejo. He sentido celos de esos volúmenes que apilas en el velador, de ese mundo que fundas con ellos, tan lejos, cuando tus ojos se prenden y sonríes sin advertirlo o arqueas las cejas cuando cambias la página.

El problema es en la mañana, cuando te veo a través de la cortina de plástico y te depilas las piernas con la hoja de afeitar. No soporto ver tu silueta curvada, enjabonándote los genitales. Luego, el errado buenos días, porque siempre despiertas malhumorada. Sales del baño con la piel de los pómulos estirados tras la aplicación de la crema hidratante. Dime cuánto capital hay en ese baño entre cremas y geles. Creo que hay más promesas vertidas en esos productos que en nosotros mismos. ¿Entendemos nuestros cambios? ¿Han sido pocos o numerosos? ¿Quieres café con leche o té? ¿Desde cuándo tomas té? Ya sé, desde que sufres del colon. A la hora del desayuno yo te soñaba en bata, peinada, risueña, imaginaba que me besabas el cuello, comías las migajas de las tostadas en mi pecho, bajabas la palma hasta mis caderas, me sopesabas el pene y lo reanimabas como a un paciente agónico. Pero no. Nunca. Menos ahora. ¿Hace cuánto tiempo que tus labios no recorren el caminito de la felicidad, como llamábamos a esa hilera de vellos que nace en el ombligo? ¿Hace cuánto que mi cabeza no se hunde en tu pubis? ¿Hace cuánto que no entro en ti, de un solo golpe, y te encuentro húmeda, lista para montarme? Ahora tenemos que hacer una verdadera coreografía estudiada para lograr primero relajarnos, luego excitarnos. No me gusta sentir que ordeñas mi erección ni palpar tus pezones blandos en mi torso. Pruebo el agua de la ducha con el revés de la mano, vacilo, siento un estremecimiento. Nunca he entendido ese gusto por bañarse con el agua hirviendo. La que entra al baño y la que sale son dos mujeres distintas. En el curso del día tienes tantas edades. Naces opaca por la mañana, eres un misterio en la tarde, estás radiante por la noche, apareces y desapareces por la misma puerta interpretando diversos roles. Hemos crecido callando, cerrando los ojos de tanto en tanto.

En nuestra habitación hay una falta de épica, un horizonte acotado. Se respira una quietud provisional en el aire, una atmósfera de sala de espera. Nos fuimos resecando por dentro, arenas, piedras, añicos de emociones, nada entero moviéndose, ni una hoja viva de muestra y las personas no se fijan, sueño restos de sueños, fragmentos que me inquietan, alguien que no distingo. En casa siempre hay cosas que no funcionan. La ducha averiada inunda el piso, moja las toallas. Picaportes que no cierran bien, llaves que gotean, luces que no encienden. No me odies por ser torpe, no sé ni cambiar una ampolleta. Sales del dormitorio con la cartera en el hombro. ¿Adónde te diriges? No, no me animo a preguntar. Hoy es viernes, viene la empleada. Pasará un paño distraído por las capas de polvo, salpicará la loza, se marchará después de comer el último pan fresco. Hará la cama contando cuántas aureolas nuevas hay desde la última vez que cambió las sábanas. Confieso que eso me inhibe, a través del mapa de las sábanas descubrirá las huellas de nuestra pobre intimidad.

¿Cuántas aureolas hay? ¿Tres? ¿Cuatro? Una noche fueron dos veces. ¿La del sábado? Ya no me acuerdo, los días son iguales, las aureolas se expanden como remolinos.

¿Te cuento qué hago en mi trabajo? Saco cuentas, cotejo facturas, le pago al personal, a los proveedores, al propietario, hago balances, saco porcentajes. Pese al trabajo rutinario estoy completamente despierto por dentro, hay un ruido ensordecedor en mi cráneo, soy un animal viejo, con las órbitas llenas de neblina, los dientes rechinando, encaramados en el borde rojizo de las encías. Te quiero pedir que subas conmigo al precipicio. Puedes, Tania, aunque ya no tengas la misma medida, la misma soltura, la misma voluptuosidad. Hay una edad en la que una mujer se recluye, ya no vibra en la mitad de la calle, pero si te acercas, exuda una fuerza interior que te deja mudo. Así te veo, custodiando un fuego ancestral y yo persiguiendo las chispas.

Estoy lleno de pensamientos rotos, en ese pozo diario tú estás conmigo. Tenemos que entrar en el ocio de los días. Vivimos en la misma ciudad alucinada que contemplo por la ventana. Escucho el abatimiento entre mis manos, tu paso acompasado. Necesito que ames mis canas, mi mentón agudo, mi boca firme. Échame un vistazo de arriba a abajo. Mírame cómo estoy de cabo a rabo enamorado todavía de ti, pero ya ni me ves. Créeme, tu náusea me pertenece, tu hastío es mío. Barajo fantasías como un mazo de naipes para encontrar la carta que altere la baja temperatura de nuestra decisión.

Nos movemos en una dinámica pausada, sin entusiasmos excesivos. Cuando éramos más jóvenes, llegaba a casa con flores de regalo. Era heroico caminar con el ramo y recibir sonrisas enternecidas de las mujeres que me cruzaba por la calle. Ahora llego con vibradores y anillos rugosos, líquidos intensificadores de sensaciones en mi maletín. Un catálogo de dildos de variados tamaños y formas. Estoy seguro de que la pornografía nos salvará. Lástima que no te guste disfrazarte, en la tienda había una cofia de enfermera que me ilusionó.

Pero no me quejo, tu lencería es sugestiva: encajes, cintas, broches. En una ocasión llegué con una película triple X y a los diez minutos bostezabas, dijiste que odiabas ese sexo plástico, demasiado iluminado. Era verdad, un hombre con cada uno de sus músculos calculadamente aceitado pedía una mamada a una chica rubia siliconada y a otra chica asiática, alternadamente. Las mujeres no disimulaban sus caras aburridas, realizaban en forma disciplinada el trabajo mientras pensaban en otra cosa. La escena estaba saturada de luz, parecía la vitrina de un centro comercial. Cuando llegó el turno, porque eso era un turno, el atlético cuerpo penetró el ano de la rubia con movimientos mecánicos y sacudidas bruscas. Acabó muy pronto, y en una evidente maniobra de edición audiovisual, luego tenía sexo por delante con la fémina de ojos rasgados. Es difícil satisfacerte y lo digo en todo sentido. En el periódico leí un artículo científico que aseguraba que las mujeres después de los cuarenta años tienen un aumento de libido por la mayor dosis de testosterona. Lo he comprobado, te has vuelto más demandante. Pero también la testosterona alojó una nube de pelusas arriba de tus labios que no adviertes.

Ayer nos acostamos. Me había olvidado completamente del pulgar en la raíz de tus caderas,  frotándote despacio hacia abajo y hacia arriba. Me había olvidado completamente de la rodilla abriéndose paso, de lo que me excita la succión de los dedos. Fui penetrándote suavemente, sentía la fricción de la piel de los testículos frotándose contra tu perineo, fui guiando mi punta a través de sucesivas membranas. Doblaste las rodillas sobre mis hombros y comencé, dulcemente, a suspirar. Sé perderme por completo en ti. Cambiamos de posiciones una y otra vez. Al final accediste y terminé en tu boca. Estuve a punto de decir gracias, pero me pareció patético, cuánto me gusta acabar así, sé que lo detestas, pero vamos, una vez de tanto en tanto. ¿Te lavarás los dientes para sacarte el gusto? ¿A qué sabe? ¿Es amargo? ¿Qué me dices?

Desde hace un tiempo mi tensión arterial constituye el centro de mis preocupaciones, de las atenciones de la familia, el punto hacia el cual todos convergemos asustados por la amenaza de un infarto al miocardio. En tu caso, giramos en torno a la mamografía semestral, atentos a esos nódulos que nunca se sabe cuán benignos o malignos son. Nuestros hijos llaman, preguntan, es casi el hilo principal de la conversación, porque nosotros no tenemos mucho qué contar. Ellos agobiados comentan una y otra vez lo ocupados que están en el trabajo, en el laboratorio. Ismael y Fernando, ambos científicos, ni intentan explicarnos lo que hacen, respetan nuestras limitaciones. Ismael hace algo con las enzimas, pero no entiendo mucho más. Fernando trabaja en robótica y neurología, y ya está. ¿Cómo está el colesterol, el índice prostático? ¿Qué tal las mamas fibrosas, las eco o las ecotomografías? Cuando realmente la verdadera razón de esta distracción médica (exámenes, chequeos, parámetros) es que ya no creemos el uno en el otro.

He comenzado a prestar atención a mujeres en la calle. Cuidadosamente perfumadas,  cuidadosamente bien vestidas, de caderas sinuosas, escotes delicados. Te he observado en la calle, coqueta con el mundo. Caminas y te alisas la falda, compones la blusa, retocas tu cabellera ondulada. No lo pactamos explícitamente, pero comenzamos a salir solos de lunes a jueves, imponiendo un extraño orden a nuestra rutina. Sé que has pasado por casa cuando se afina la capa de polvo de los muebles, cuando veo en la lavadora las camisas dando vueltas entre codazos y echando burbujas en el ojo de buey, cuando encuentro los restos de caspa en el cepillo de pelo, cuando una mano invisible recogió los trozos de papel higiénico que yo hago añicos para curar mis cortes de afeitar y también cuando han desaparecido las gotas de orina de la taza. A mí me espantan tus cabellos castaños en el lavamanos, la espuma de tu orina cuando has olvidado la descarga, la pasta de dientes salpicada en el espejo, la toalla de manos mal colgada. No vale la pena que te aflijas, creo que todas las etapas de una pareja tienen su particular felicidad: el encanto del primer tiempo, el compañerismo cuando los hijos son pequeños, el orgullo cuando se hacen buenos ciudadanos, buenos profesionales. ¿Cuál será la clave de este momento? Todavía no la descubrimos. ¿Y ahora qué? El ademán de tu mano apartándome, las responsabilidades que nos atan a los días. Pagamos el dividendo, educamos a nuestros hijos, los mandamos al ortodoncista asumiendo el tratamiento en miles de cuotas para que al final tuvieran igual los dientes chuecos. Hicimos todas las tareas y para qué. ¿Tú crees que les importamos a los políticos, que nos hablan a nosotros? ¿Cuáles son las consonancias que nos buscan? Somos un matrimonio de tres décadas, dos hijos, un aborto espontáneo avanzado el embarazo, un hijo con parche en el ojo por tres años. Sustituyes los lentes de lejos por los de cerca para leer la novela de turno. Te faltan horquillas en el pelo, los botones del pijama están confundidos. Mírame, las cosas se despiden de nosotros, los marcos descuadrados de las puertas, los platos gastados de la cena, un rombo de baldosas trizado. Te digo todo esto entre un relámpago de armarios, uno de ellos con la puerta siempre abierta por la falta de bisagra. Esbozo una sonrisa con miedo a desagradarte. Me fastidia la familia extendida, los amigos que frecuentamos. ¿En qué momento nos empezamos a rodear de personas cuyo pasatiempo preferido es dormir, que hablan de modelos de autos o de la vida de los famosos como si fueran sus amigos? Los hombres son peores que las mujeres, ustedes tienen la coquetería de la vida doméstica. Me ponen de mal genio cuando me hablan de fortunas ajenas, yo me distraigo, pienso en el gel tibio que facilita el sexo anal, en el vibrador de tres velocidades que compramos hace un mes, en las bolas chinas que se deslizan por nuestras cavidades. ¿Quiero preguntarles si tienen juguetes eróticos? ¿Dónde los esconden? ¿Hace cuánto experimentan la sodomía, antes o después que fuera prohibido por la ley? Diré sodomía para que más de algún ignorante pregunte qué significa, y seguramente cuando se lo diga, expresarán tonterías, harán una broma homofóbica. Para cambiar de tema, preguntaré si alguno ha experimentado alguna vez un triángulo para luego tomar el abrigo y marcharnos.

Si nos quedábamos en casa también teníamos medio cuerpo afuera navegando por las ventanas de internet, messenger, facebook, skype; toda esa ridícula red social de amigos ilusorios y falsos amantes. Fuimos trazando nuestro propio laberinto cuando yo sólo quería atraparte. Debí oponerme a la idea, pero fui torpe, miedoso, no puse límites a tiempo. Miraba mi cuenta de correo atiborrada de mensajes que me vendían Viagra a bajo precio o técnicas de enlarge your penis o mujeres que se ofrecían en páginas web. Abría esos mensajes, los leía con dedicación, a ver si algo daba respuesta a este desasosiego. Dejé que te perdieras de vista y me fui al carajo. Cuando quise detener el plan, solamente me salió un hilito de voz que sirve para gemir o suspirar, no para decir «basta, hasta aquí el juego, paramos o me largo». Uno entiende las cosas cuando se le vienen encima. Tú eras más adecuada para estar dentro de una fortaleza y rechazar asedios.

Echaba un vistazo a qué hacías en ese cuarto que antes era de nuestros hijos, y del que ahora te habías apropiado. Estabas con el computador encendido, me asomé y bajaste bruscamente la falda y las piernas apoyadas en la mesa, pero en la webcam quedó rezagada la imagen de tu vulva expuesta al océano virtual. Separabas y juntabas las piernas. Varias tomas flotaban: una zona depilada, otra con vellos enroscados. En algún enfoque, se apreciaba nítido el botón del clítoris y luego se insinuaba el surco del recto. Escondías una mano debajo de la mesa. De espaldas noté el sostén desabrochado, el broche suelto y los tirantes enredados. Tú dejándote desnudar, tú desnuda, inerte, no exactamente inerte, pero es difícil de explicar. Tú con otro hombre en otro lugar y en otro tiempo. Las manos que llamaban desde la pantalla, un pedazo de carne rosada y turgente saliendo entre unos pantalones, una mano que se deslizaba despacio hacia adelante y atrás. Sucesivas alarmas que rogaban a «laguerrillera» que regresara a lo que estaban haciendo. Tú, impertérrita, te masajeabas el cuello, adelantabas la quijada, con cierto relajo enunciabas la demanda implícita: «Sal, no invadas mi espacio».

Me fui vencido y me sumergí en la red. Me paseé por varias páginas con fotografías de sexo colectivo, una masa de cuerpos, hombres y mujeres abrazados, garras clavadas en la carne, bocas llenas de dedos, sexos, pelos. Se movían sin gracia, balanceando piernas y brazos, agitando sus carnes flácidas en las sacudidas, dejando al descubierto pieles manchadas, senos gigantes, arrugas, cicatrices. En otro sitio emulaban un jardín infantil, cada integrante jugaba en el piso con una curiosidad impostada con penes de goma, muñecas inflables. Sentía tantos deseos de una buena mamada, unos dedos en el culo, pero me debía conformar con esta dimensión irreal. Me concentré en la página de los anuncios de citas y encuentros casuales  punto com, tras chateos, conversaciones e intercambio de fotos, descubrí a tres mujeres ansiosas por tener sexo, pero vivían en Ucrania, en Sydney, en Argentina. ¿Qué hago? ¿Tomo un avión para un polvo de venganza? La verdad, no me excitan tanto las conchas talladas con pixeles, las frases socarronas.

El fin de semana me propusiste que saliéramos a bailar. Te arreglaste como hace tiempo no lo hacías. Tú, dentro de un sugerente vestido, y tus piernas sosteniendo la tela entre el taconeo que se precipita en la avenida. Yo espiaba la sombra de tus caderas que más tarde se abriría paso en las paredes de la discoteca. En la pista del local había tres o cuatro parejas, advertí que observabas a una, más bien al hombre de esa pareja. En uno de los giros te cruzaste con su complaciente mirada.

Me propusiste salir a bailar. Danzamos con calma, cercanos, en silencio. En un compás mayor le ofreciste tu espalda descubierta, luego te distanciaste levemente de mí para enseñarle tu escote. Él, con su sonrisa remota, aceptó la invitación. Con las manos en mi espalda sé que giraste las muñecas dibujando caricias en el aire. Él seguramente imaginaba cómo enredaría sus dedos en tu cabellera morena; tú mojaste los labios. No lo veo, pero adivino el leve movimiento de tu boca. Me perdía en el ritmo de la música, en las luces de neón, en los brillos de la lámpara de bola. Él había perdido todo interés en el cuerpo adyacente de su pareja y no había nada más excitante que esa mujer que giraba en paralelo envolviendo a otro hombre que era yo. Soy el testigo privilegiado de la fuerza despiadada que me va a hundir. El tema musical cesó. Ya de regreso a la mesa bebimos los tragos dejados a medias. Él hizo como que le susurraba algo al oído a su mujer, pero en realidad deletreaba un mensaje que tú leías en sus labios. Mientras encendía un cigarro, advertí el brindis secreto que hicieron levantando las copas y haciéndolas chocar en el vacío. Él y tú se excusaron de sus respectivos acompañantes para dirigirse al baño. Me paré prudentemente un tiempo después siguiendo la ruta, y, tras recorrer un largo pasillo, encontré el cartel del baño de mujeres balanceándose sobre la puerta. Se me doblaron las rodillas, se me empañó la vista. Caminé rápido hacia la salida, pero antes tomé la chaqueta hundida en el sofá.

Tania, regresaste al alba. Me encontraste colocando camisas, calcetines y pantalones en una maleta abierta sobre la cama. Todo mal doblado, una punta del cobertor atrapada en el cierre, la etiqueta de la línea aérea del último viaje colgando. Furioso, te hice el amor como nunca. Besé tus labios de tormenta, mis dedos acariciaron tu nuca húmeda. Entré en una acometida; mientras me  acostumbraba a la quietud allí adentro, calmaba mi ira en tus vísceras, percibía el manantial de semen, me sentía una marioneta sin hilos. Me asustaba el latido de la sangre en las orejas, unas gotas de sudor en la parte baja de la espalda. Mi lengua dura y firme entraba y salía tropezando con tus dientes. Mal, todo mal, temiendo el infarto, las arritmias y la puntada en las sienes.

Yo cohibido, la entonación de costumbre para enunciar las preguntas que acechaban: «¿Cómo fue? ¿Qué te hizo? ¿Qué le hiciste?». Tú, dándome la espalda en un gesto de desdén. Girándote con apatía. Mis hombros derrotados. Mis puntos suspensivos, un hilo de voz y yo: «¿Te la metió por atrás? ¿Te dolió más o menos que conmigo?» Mientras me observabas con altanería. «¿Tomaste precauciones? ¿Cuántos orgasmos tuviste?» Categórica en un silencio de puntos aparte. Así, sin entonaciones, sin signos acríticos, yo insistiendo: «¿Para la próxima vez, me van a invitar?» Seamos honestos, tiene más sentido un triángulo con dos hombres y una mujer. Bajaste los ojos sin ánimo de explicaciones. El labio inferior temblando, hace años que no me demostrabas ternura. En lugar de un ándate, esto se acabó: «Estoy aquí». Los murmullos cesaron, oí el roce nervioso de los dedos teñidos de tabaco, tu cara intacta en el marco de las fotos colgadas en la pared. Me tomaste el mentón, me miraste fijamente y te fuiste al estudio, cerraste la puerta y sentí el rumor del  computador encendiéndose. Caminé hacia la sala con cautela debido al corazón, a la diabetes,

a una vena en el cerebro. Exactamente de esa manera, yo de nuevo cohibido, pero frente a la pantalla, sin tiempo para inventar apodos. Sumergido en el chat e invitando al contacto

«laguerrillera», que me aceptó de inmediato. Enfoqué la cámara, llevabas tiempo sin sonreírme con tanta frescura. Te recogiste el pelo conociendo el efecto de ese gesto en mí.

Te desnudaste lento, se asomaba una teta, luego, la otra. Diriges el lente hacia el triángulo oscuro del pubis. Tu mano izquierda ya no llevaba el anillo de matrimonio. Una palpitación repentina, estamos a cinco metros de distancia, pero me descubro examinando a una extraña pese a que conozco cada centímetro de tu cuerpo. Tu piel luce más saludable de lejos, tu concha más gruesa. Miré absurdamente hacia atrás por si alguien me espiaba. Estoy atento a los movimientos circulares, aceptando el protagonismo que me proponías. Por unos segundos me pregunté qué ocurriría si no lo hacía, no estaba para rendirme antes de la batalla. Una postura, otra, un juego de mímica. Nada de ademanes demasiado bruscos, sino morosidad, así toman forma las ganas. A medida que desplegabas esa vida de pantalla, fuertes ráfagas de aire fresco cruzaban por un lugar en el que llevabas mucho tiempo asfixiándote. En alguna parte se montaba con alguna continuidad tu escena con la mía, se fundían los close upssimultáneos, se escribía el guión de esta historia de sensaciones en escalada. Pero yo solo habitaba este aquí y este ahora en el que eras anónimamente mía, e insistía con obscenidad en este juego de luz, cámara y acción.

 

Mirándolo desde la distancia, mi tedio es igual; mi deseo de soledad, idéntico; mi ansia de silencio, la misma; quiero simultáneamente que  me ames y no me ames. En nuestra habitación hay una falta de épica, un horizonte acotado. Se respira una quietud provisional en el aire, una atmósfera de sala de espera.

 

 

 

 

 

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4 comentarios en “Navegar por las ventanas

  1. qué buen cuento. deberían enseñarnos que el amor es eso, así tal vez perderíamos esa percepción de estar atrapados en una “atmósfera de sala de espera”.

    • Coincido contigo, es una historia muy buena. Más que enseñarnos lo que es el amor, yo creo que debemos construirlo cada día a partir de nuestros propias urgencias y no verlo como algo asentado que se puede descubrir con un manual de instrucciones. Saludos y gracias por pasar por aquí.

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