Conexiones


La vida se compone de pequeños hechos, muchos de ellos aislados. Sin embargo,  existen circunstancias cotidianas, mínimas, entrelazadas aunque  no alcanzamos a descifrar o descubrir dichas  relaciones  hasta días  o meses después que acontecen. Siempre sucede así y por más tiempo que llevemos en el mundo no logramos escapar de la sorpresa de encontrar las concatenaciones, a veces mágicas,entre los distintos momentos sobre los que construimos nuestros días.

Acompañando a una amiga a organizar su habitación descubrimos entre papeles inservibles, un diploma que la acreditaba como conocedora del lenguaje de señas que utilizan las personas discapacitadas para comunicarse. Aquello a mí me pareció una cosa hermosísima. No el diploma, por supuesto, sino el querer y poder conocer ese lenguaje, poder hablar con las manos, dibujar las palabras, darles otra vida, verlas nacer fuera de la boca, y al mismo tiempo, ponerle sonido a un espacio condenado a estar en silencio. Y lo anoté como algo que quiero aprender. Yo que amo tanto la palabra, quisiera aprender esta otra forma de trasmitirla en un gesto que es al mismo tiempo solidaridad, compañía, reconocimiento de ese espacio donde ser tiene otras connotaciones.

Un día cualquiera compartí la parte trasera de un ómnibus con una pareja de chicos que se comunicaban con sus manos. En la calle me he tropezado mucho con personas así, que en la escuela han aprendido a hablar de esta manera, pero esos muchachos me sedujeron por un rato. A veces eran tan intensas sus miradas que las manos se quedaban como levitando, silenciosas. Después de un instante reanudaban su danza, y venían a acompañarlas risas, gestos, esos detalles que completan una conversación, que la enriquecen, que la hacen perdurable.

 

Andando el tiempo soñé una noche que era atrapada por una tribu  desconocida y que con prácticas de acupuntura intentaban hacerme dormir, para hacer conmigo quién sabe qué cosas. Para mi fortuna las tales prácticas fallaron, pero tuve que hacerme pasar por dormida para sobrevivir. Con esta misión estuve todo el rato del sueño, dormida soñando que debía fingir que dormía. Por lo tanto aunque me tiraran encima un cubo de agua fría o de arena, no podía hablar, exigir su término, gritar de fastidio o de dolor.

Ayer casi al filo de la tarde buceando como siempre en la red en busca de algún texto extraño, hermoso o conmovedor encontré un relato del escritor Jonh Berger sobre las maneras que tenemos de conversar, sobre todo, las personas que no pueden articular sonidos o escucharlos.  Y de pronto apareció frente a mí, la larga concatenación de hechos y sensaciones que me trajeron hasta este lugar. Nada es fortuito, ni siquiera las pequeñas emociones, los hallazgos de historias que nos traen paz, que disfrutamos. Y el entusiasmo de la lectura fue doble, y por supuesto siempre bienvenido.

 

Conversación 

Relato inédito de Berger para la Revista Ñ

Las ocho de un atardecer de verano en el metro rumbo a un suburbio de París. No hay asientos vacíos pero los pasajeros que están de pie no van apiñados. Hay un grupo de cuatro hombres de unos veinticinco años. Están de pie, a la derecha del vagón, junto a las puertas corredizas –esas puertas no se abren cuando el tren viaja en esta dirección.

Uno de los del grupo es negro, dos son blancos y el cuarto puede ser magrebí. Estoy de pie, bastante lejos de ellos. Lo primero que llamó mi atención fue su complicidad evidente y la intensidad de su conversación, de sus relatos.

Los cuatro están vestidos de manera informal pero cuidada. Su aspecto, su apariencia, debe importarles más que a la mayoría de los hombres de su edad. Todo en ellos está alerta, nada es inexpresivo. El magrebí usa pantalones cortos, azules y holgados, y Nikes impecables. El negro tiene mechones del color del sándalo en su pelo negro espeso. Los cuatro son viriles y masculinos.

El tren se detiene y descienden algunos pasajeros. Puedo acercarme un poco más al cuarteto.

Todos intervienen con frecuencia en el discurso de los otros. No hay monólogos pero tampoco nada se parece a una interrupción. Sus dedos, muy inquietos, se acercan una y otra vez a sus caras.

De pronto me doy cuenta de que son completamente sordos. Si no lo advertí antes fue por su fluidez.

Otra estación. Encuentran cuatro asientos juntos. Me paro justo detrás de ellos. Siguen comportándose como si estuvieran solos. Pero la manera en que deciden ignorar al resto es una forma de tacto y gentileza, no de indiferencia.

Miro el vagón de un extremo a otro. Al parecer soy la única persona que se fijó en ellos. Uno casi nunca escucha lo que dicen los pasajeros en el metro. Si el lenguaje que usan es, además, silencioso, no hay nada llamativo, que se haga notar. De vez en cuando, uno de los cuatro gruñe al reírse.

Siguen contándose historias, comentan hechos. Ahora los miro con la misma curiosidad con que se miran entre ellos.

Comparten un vocabulario de signos gestuales para reemplazar un vocabulario de palabras pronunciadas. Ese vocabulario tiene una sintaxis y gramática propias, establecidas, sobre todo, en base al ritmo. Sus señas gestuales están hechas con las manos, las caras y los cuerpos, que relevaron la función de la lengua y el oído: un órgano que articula y otro que recibe. Los dos son importantes en cualquier diálogo, en cualquier parte, pero en el vagón –y seguramente en todo el tren– no hay diálogo que pueda compararse al de ellos.

Los rasgos físicos con que el cuarteto gesticula al conversar -ojo, labio superior, labio inferior, dientes, mentón, frente, pulgar, dedo, muñeca, hombro-, esos rasgos tienen para ellos el registro de un instrumento musical o una voz con sus notas específicas, cuerdas, vibraciones, grados de insistencia y vacilación. Mirarlos con los ojos es como escuchar una sesión de jazz con los oídos.

Sin embargo, en mis oídos sólo está el sonido del tren que desacelera al llegar a la próxima parada. Algunos pasajeros se ponen de pie. Podría sentarme pero prefiero quedarme donde estoy. Los del cuarteto notan mi presencia, por supuesto. Uno de ellos me sonríe pero no es una sonrisa de bienvenida, sino de aceptación.

Intercepto su miríada de frases –a la que no puedo dar un nombre–, sigo el ir y venir de sus respuestas sin saber a qué se refieren, me dejo llevar por su ritmo, movido por sus expectativas, y siento que me rodea una canción, una canción nacida de sus soledades, una canción en un idioma extranjero. Una canción sin sonido.

© John Berger, 2012. Traduccion: Esther Cross.

 

 

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6 comentarios en “Conexiones

  1. Extrañaba tus escritos, anduve fuera, bueno ya sabes, el Nicho y luego La Habana, un abrazo, este me gustó mucho, un día también quiero aprender el lenguaje de señas, pero sabes qué es curioso? cuando era menor pensaba que había un lenguaje de este tipo universal, pero no, en español es uno, en italiano es otro, hay también una torre de babel construida con las manos.

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