El mundo Feliú

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Feliú no hace televisión, apenas ofrece conciertos (uno o dos al año, en un año pródigo), tiene relativamente pocos discos y menos videos. No arrastra legiones de admiradores y, como él mismo dice, los muchachos que descargan por ahí en parques y fiestas casi nunca interpretan un tema suyo, porque no es fácil lidiar con sus acordes y metáforas.

Su concierto del viernes 1ro. de junio, en la sala Che Guevara de la Casa de las Américas, vino precedido por serios escollos: publicidad escasa y abrupta, y una lluvia pertinaz que parecía diseñada para desleír La Habana. Como es tradición, empezó tarde. Y duró 36 canciones. Dicho de otro modo, el público que llenó el recinto no se limita a admirar a Santiago: es que vive en un mundo Feliú.

En la trova hay tendencias, grupos, y Santiago Feliú. No solo no se parece a nadie, sino que nadie intenta siquiera parecerse a él. Su manera de rasguear y puntear la guitarra, su voz y su lírica tienen una personalidad tan identificable como la de Louis Armstrong o Freddy Mercury.

Conozco al Santi hace un montón de años y siempre ha sido un bicho raro, gracias a Dios. Un ermitaño de la trova. No es que no le interese el público, es que no se desvive por la fama. La canción es su discurso y su argumento, su cosmovisión, su link a la realidad. Lo tomas o lo dejas. En días como ese, uno comprueba que un montón de gente lo toma.

Santiago no mueve multitudes, pero sacude el alma. La gente que se congregó en la Casa de las Américas, gourmets, especialistas en la obra de este tipo zurdo con eterno talante de hippie raído, sabía perfectamente lo que podía esperar, y no salió decepcionada: comentarios breves y entrecortados entre canciones, el olvido ocasional de una entrada —no digo yo, el milagro es que recuerde el resto— alguna broma feroz sobre sí mismo… y un arte puro y lleno de sinceridad, como exige en un viejo tema que no cantó esa noche.

Hay artistas populares que llenan plazas y reparten autógrafos, pero luego no duran un par de años. Hay náufragos como Santiago, atrapados por su isla personal —la de su generación, la de los enamorados, los inconformes, la nuestra— que te acompañan siempre.

Texto de Eduardo del Llano, tomado de La Jiribilla

Fotos: R. A. Hdez.

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