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Un regalo para Ella

Google celebra hoy los 96 años que cumpliría la Ella Fitzgerald. La primera dama del Jazz.

Google celebra hoy los 96 años que cumpliría la Ella Fitzgerald. La primera dama del Jazz.

Iroko Alejo acaba de compartir en su página de FB: Ella, the First Lady of Jazz. A la que no puedo separar del gran Louis Armstrong. Tan grande la Ella, que se llevó un Grammy a casa tras olvidar, en Berlín, la letra de Mack the Knife e improvisar un mítico scat.
Mi tema preferido de la Ella: su versión de “I can’t give you anything but love”. Ese en el cual se trastoca de Ella en cantante chic y en el mismísimo Satchmo. Una gozancia musical completa.

Gracias a él me entero del cumpleaños de Ella, de que su voz cumple 96 años. Y me empieza a revolotear en la cabeza Blue Moon, esa canción que todavía no he podido escuchar en la azotea de cualquier edificio, cualquier madrugada de estas, pero cuyo influjo me persigue por los días. A Ella le he escrito un poema y un cuento pequeño. Todavía no es tiempo de ofrecer a la luz la poesía, pero el cuento se los regalo.

Ella y Louis

Soy Ella. Ese es mi nombre, y se pronuncia “Ela”, aunque nadie nunca sepa cómo hacerlo y yo tenga que estar rectificando a todos el santo día. No entiendo por qué puede ser tan complejo alargar un poquito una ele o encontrar que una niña tiene un nombre distinto a Yunaisi o Yenifer.

Muchos que se creen chistosos me dicen tercera persona del singular. En la anterior escuela donde estuve me llamaban así: Tercera persona del singular. Sin dudas era más fácil decir mi nombre, pero cuando se quiere ser cruel cualquier ahorro puede sonar a avaricia.

Yo hubiera preferido otro nombre pero mi madre no tuvo en cuenta mi opinión y me nombró como una  cantante norteamericana que se llama Ella Fitzgerald y canta jazz como si acariciara la piel de alguien muy querido. Yo heredé su nombre pero no su voz.

Esa era la música que mi mamá escuchaba siempre. La escuchó todo el tiempo mientras estuvo embarazada de mí. A todas horas, era su antojo. No salí de su barriga haciendo el famoso scat de Ella porque ese no era el don que habría de acompañarme. Aunque hubiera sido bueno poder poner de pie un escenario como ella lo hacía cada vez que cantaba.

Cuando mi mamá la escucha entra en un estado como de trance. Y no es exageración. Se pone los audífonos y se va a ese lugar que nombran las canciones. Se va de mi lado y yo que nunca he sido buena para seguir el rastro de nadie, ni como pionera exploradora, peor es si tengo que buscarla entre negritas y corcheas. Me pierdo llamándola, y la voz se me vuelve bajita y delgada. Es un desastre. Y odio mi nombre y a la mujer que lo llevó antes de mí, porque nunca he sido más poderosa que Ella, que me prestó el nombre y se roba a mi madre. Sigue leyendo

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Deseos y bienvenidas

Esta canción se la regalé hace algún tiempo a la Nube, cuando había tristezas rondando su alivio. No sé si logré disiparlas, pero era el más cercano conjuro que tenía para ofrecerle.  Hoy supe que Soy la Isla se recupera de una dolencia física, de esos malestares con los que el cuerpo nos sume obligatoriamente a un reposo no deseado, y que le ha nacido un nuevo retoño a la blogosfera cubana, Causas y azares, el nuevo hijo de Leticia Martínez. Con este parto el árbol de nuestros decires se vuelve más frondoso. Creo que son buenos motivos para regalar esta canción de un casi desconocido Augusto Blanca, compartida con Silvio Rodríguez.
El tercer deseo
Voy a irte a buscar allí,
al pedazo de noche en que
tropezaron de pronto,
tus ojos, mis ojos,
tan llenos de igual soledad… allí.

Voy a irte a buscar allí,
a tratar de retroceder,
transitar por el tiempo
y volverte a encontrar
en el mismo lugar que te vi… allí.

Voy a irte a buscar
al instante preciso
en que nuestros rumbos
se unieron en la multitud.

Voy a irte a buscar
al tumulto de pasos,
de rostros, de voces y luces
donde te perdí;
voy a volver, regresaré,
ve tú también.

Voy a irte a buscar allí,
a acampar para siempre en ti,
y esta vez no habrá fuerza posible
capaz de evitar este encuentro
que presentí.

Voy a irte a buscar allí,
hace un siglo te conocí,
y esta vez no te vas a esfumar
la marea te trajo por fin
hasta mi país.

Voy a irte a buscar
aunque en ello me juegue
mi tercer deseo,
mi última oportunidad.

Voy a irte a buscar
a través de las miles de vidas
que distan de ti
desde ayer a las diez;
voy a volver,
regresaré,
ve tú también
y espérame…
ayer…
allí…

(1985)

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Cómo

Cómo aceptar la falta
de savia
de perfume
de agua
de aire.
Cómo.

Preguntas, preguntas, preguntas. Necesidad de que haya algo más vibrando agazapado. Esperando listo para catapultearte a las estrellas. Haciendo que este sea un mediodía feliz oyendo a Chet Baker y Bill Evans, porque había que escucharlos después de que dos personas diferentes los nombraran, con un día de por medio. Y luego de eso saber que también I talk to the trees o salir a  a acariciar alguna hoja mustia, lanzada a la acera con la violencia del viento de invierno. Y no saber de dónde traer el consuelo porque no encontramos ni savia, ni perfume, ni agua, ni aire, allí donde prometieron que iba a haber tanto.   Lo dejamos pasar, permitimos la celebración de los rituales heredados, de la futilidad de ciertas poses y discursos. Vamos recogiendo disciplinadamente las migas de pan que alguien dejó antes de nosotros.

Idea Vilariño sabía hacerse estas preguntas inmensas. Las dejó escondidas entre sílabas de longitud precaria y sospechosa. Porque las cosas importantes se dicen brevemente, pero se dicen. No se quedan en la estacada, no se esconden debajo de las tablas del piso. Hay que tener valor para preguntarse y para responderse, si no

Felices los normales, esos seres extraños,
Los que no tuvieron una madre loca, un padre borracho, un hijo delincuente,
Una casa en ninguna parte, una enfermedad desconocida,
Los que no han sido calcinados por un amor devorante,
Los que vivieron los diecisiete rostros de la sonrisa y un poco más,
Los llenos de zapatos, los arcángeles con sombreros,
Los satisfechos, los gordos, los lindos,
Los rintintín y sus secuaces, los que cómo no, por aquí,
Los que ganan, los que son queridos hasta la empuñadura,
Los flautistas acompañados por ratones,
Los vendedores y sus compradores,
Los caballeros ligeramente sobrehumanos,
Los hombres vestidos de truenos y las mujeres de relámpagos,
Los delicados, los sensatos, los finos,
Los amables, los dulces, los comestibles y los bebestibles.
Felices las aves, el estiércol, las piedras.

Pero que den paso a los que hacen los mundos y los sueños,
Las ilusiones, las sinfonías, las palabras que nos desbaratan
Y nos construyen, los más locos que sus madres, los más borrachos
Que sus padres y más delincuentes que sus hijos
Y más devorados por amores calcinantes.
Que les dejen su sitio en el infierno, y basta.

Amén y gracias a Retamar por venir a auxiliarme en este día disperso y extraño.               

 

 

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Viñetas en un día gris

 

Por los barrios de la ciudad se pasean gigantes. Vienen vestidos con ropas de colores, montados sobre zancos de madera, tocando la trompeta, cantando y recitando poesías. Nadie les teme, al contrario, los niños, sus padres, los vecinos de los lugares adonde llegan se van tras ellos al ritmo de sus cabriolas y sus bailes.

Ellos son el grupo de teatro callejero Gigantería, unos cuantos amigos, todos artistas autodidactas, que se han juntado para ayudar a alimentar el espíritu de las comunidades que visitan, para ayudar a preservar sus valores identitarios, haciendo teatro en plena calle o en cualquier otro espacio que requiera de su presencia.

Llevan 12 años juntando voluntades, forman parte de la labor que realiza la Oficina del Historiador de la Ciudad en la parte más antigua de la Habana, allí también ayudan a mantener vital el patrimonio intangible de esta zona, la riqueza espiritual de sus habitantes.

Te puedes encontrar con ellos en cualquier calle mientras paseas por la Habana Vieja. Aparecen de la nada, en algunas ocasiones vienen precedidos por la risa de los niños y el sonido de una trompeta china que anuncian que se acercan los gigantes. Después llegan ellos ataviados con sus ropas llamativas, con sus piernas de madera, dispuestos a hacerte feliz por el rato que te decidas acompañarlos.

 

Bajan al río con sus atados de ropa dos o tres veces a la semana. Es como si se pusieran de acuerdo. Van llegando de a poco y se acomodan en las orillas del río que quedan casi al lado del mar. Es tiempo de sequía y el río Turquino parece solo un charco de agua cristalina, muy fría. Cada una escoge el mejor lugar para lavar, a la sombra, debajo del puente, donde mejor llega la brisa que baja desde la montaña.

Yo las vi a mediados del mes de julio cuando el día iba llegando a su mitad, sentadas apaleando la ropa, con las latas de hervir acomodadas sobre fogatas que prenden sin trabajo alguno. Las sábanas blancas extendidas sobre las piedras.

Aunque muchas tienen lavadoras en sus casas prefieren bajar al río y sentarse sobre las chinas pelonas, y gritar de una orilla a la otra las noticias, los comadreos del barrio, y dejarse retratar por los forasteros que se hospedan en el campismo La Mula, que van a subir hasta lo más alto del Pico Turquino. Les da risa cómo se le quedan mirando la gente que viene de la ciudad. Sus caras de asombro.

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Fito Páez: La Habana a tus pies (y viceversa)

Fito Páez en La Habana. Foto: Abel Ernesto/ AIN

Fito Páez en La Habana. Foto: Abel Ernesto/ AIN 

No pude ir al concierto. Me quedé con una ganas enormes, tan enormes que no me cabían en el cuerpo, no cabían en la casa. A la hora del concierto parecía perro con pulgas y solo atinaba a repetir como un  mantra: “ahora Fito debe estar cantando, debe estar cantando, cantandooo…”

Las notas de prensa que se publicaron al día siguiente ninguna me supo decir lo que había sucedido en el concierto. Yo no había estado, pero sí sabía que lo que decían esos escritos no fue lo que realmente pasó la noche del miércoles 5 de diciembre en el Karl Marx. Los redactores se quedaron dormidos o entregaron cuánto poseían en el teatro y se quedaron después sin recursos para contar la magia. Esa era la explicación que se me ocurría para tanta palabra descolorida, sin latido.

La paz me volvió al cuerpo cuando encontré las impresiones de El diablo ilustrado. Ese era el concierto real. El que yo desde la distancia presentía, casi adivinaba. Se los dejo para que ustedes también asistan.

por  El Diablo Ilustrado

Y hablo de países y de esperanzas/ Y hablo por la vida, hablo por La Habana/Y hablo de cambiar esta nuestra casa/De cambiarla por cambiar nomás

No tengo manera de apresar la dimensión de lo que acaba de ocurrir en el teatro Karl Marx con Fito Páez. Debería acostarme (1.00.am) ya, pero esta vez no quiero dejar reposar las ideas que se arremolinan, me parece pecado no comunicar en el acto, al menos a los amigos, el suceso que acaba de vivirse en La Habana.

(Publico estas notas con la fatiga de una fuerte carga emocional y con una foto de archivo, pues aun no me han llegado las imágenes. Cuando lleguen actualizaré.)

Acudo a los apuntes, y amplío un poquitín en algunos momentos que marqué:

Para los que no han estado aquí, el Karl Marx es “monstruoso” (platea baja, platea alta y dos balcones) capacidad 5 mil personas. Creo que, además hubo puerta libre al empezar,  pues los pasillos se fueron llenando, por lo que el cálculo es cerca de 6 mil. Si bien hubo público variado, la gran mayoría eran jóvenes.

Previsto para las 8.30 pm., desde una hora antes ya estaba muy bueno el ambiente en las calles 1ra. y 10 de Miramar. Saludos y abrazos al entrar. Las expectativas son grandes, los muchachos me preguntan, hablo de aquel encuentro histórico allí mismo, año 86 u 87, aun caliente el disco “Giros”.  Luego otras visitas, entra ellas la que hizo por su concierto en la Plaza de la Revolución, donde estuvieron también Joaquín Sabina y otros grandes de la canción. Uno de los muchachos me dice que pensaba que el “Concierto por la paz” era el primero. ¡Sacrilegio! El de verdad, el duro, fue aquel. Dejando un margen al Benny Moré que fue el primero que cantó allí, del que solo he visto unas imágenes de segundos (alguien debería testimoniar o investigar tan importantes suceso ocurrido en 1959 o 60).

Segundos después de las 9.00 pm., sin apagar siquiera las luces, entra corriendo el mismísimo Fito al escenario, sin que nadie lo anuncie. La gente primero se sorprende. La algarabía es inmensa ¡Está loco! Ni el menor glamour, como si fuera el flaco que conversa con uno en la cocina, mientras se prepara el café. Desconcertamente natural nos dice cómo va la cosa: se pasa el DVD que será como un concierto y luego, si la gente tiene ganas, echa unos temas al piano. “El que quiera portarse mal y cantar o bailar, que lo haga”. Silbidos y aplausos. Se va y nos deja con su reciente concierto: Estreno mundial de “El amor después del amor 20 años después”.

Comienza el documental. Fito dice: el amor es lo más importante, te hace comprender al otro, no juzgarlo. El montaje cinematográfico es impresionante, la calidad del sonido ayuda a que la gente se crea que ya está en concierto “El amor después del amor” es cantado y hasta bailado por el público presente, agregándose al del concierto en Buenos Aires. “Un vestido y un amor” es ya el coro perfecto.

Aquella banda suena muy fuerte, comienza a preocuparme que luego salga Fito solo a piano (ya me había fijado, claro, en el montaje escenográfico) ¿Cómo se las puede arreglar el flaco para subir la parada tras este conciertazo roquero?

Pues acabó el video, con los créditos, la gente aplaude de pie. Sale nuestro

Fito y sin más se sienta al piano y comienza, como si nada el concierto:

1.  “11 y 6” —y todos cantando con él.

2. “Ambar violeta”.

3. “Giros”. Ya está estremecido, dice “estoy aquí en mi Habana”. Cuando en el tema dice “Suena un bandoneón…”, en lugar de “parece de otro tipo” dice: “parece de Piazolla pero soy yo…” y la ovación es cerrada.

4. Habla de sus recuerdos en Cuba, en el teatro Karl Marx donde cantó hace miles de años, pero que están vivos esos recuerdos. Llama a un gran cantautor italiano que dará el sábado próximo su concierto en La Habana, Zucchero, y cantan juntos “Desde que te vi”.

5. Habla de sus noches y trasnoches en La  Habana, intensas en estos pocos días que lleva aquí y llama a Robertico Carcasses, cantamos todos “El breve espacio en que no estás” de Pablo Milanés.

6. El público le pide canciones, Fito dice: Debo estar viejo y choto, porque me emociono mucho. Habla del gran Charly García y recibe ovaciones. Dice Paez que no le gusta hablar de cumbres pero que sin dudas “Arma y desangra” es una de esas canciones más allá de todo, y él, con su voz lo demuestra. Aquí apunto también su ejecución painística, de alto vuelo.

7. Menciona de nuevo las noches habaneras y su encuentro con otro gran cantautor, Santiago Feliú. Hacen jnuntos (con coro de público) “Cable a tierra”.

8. Le siguen pidiendo canciones, él dice, pícaro, que vio como todos cantaron “Un vestido y un amor” mientras veían el DVD, y ¿por qué no repetirla ahora en vivo?: Delirio general. Deja que sea el público quien la cante y exclama: “¡Qué lindo suena, me lo voy a llevar la banda! Nos vamos todos… no sé, para Malasia” y la grabamos allí. Risas.

9. Fue amor.

10. Hace un comentario sobre las palabras, que suelen ser una maquinaria diabólica, que prefiere un beso, un abrazo, pero que bueno hay palabras que intentan expresar lo que somos, y dice que le gusta estar “Al lado del camino”. Casi la está diciendo y las más de 5 mil personas quedan roncas cantando con él.

11. “Ciudad de pobres corazones”.  Preciosa noche, es una noche inolvidable, confiesa conmovido.

12. “Dar y dar”

13. Mariposa tecnicolor”

Todas esas en un coro común con el público.

Se levanta como para irse, el público grita, dice que hará un par de ellas más, y bromea con que lo hemos disfrutado doble (aludiendo al concierto primero en el DVD).

Se sienta al piano y empieza a tararear jugando con la palabra “Habáname” de  la canción de Carlos Varela, viaja su teclado y de pronto sorprende cantando la primera estrofa de “Sueño con serpientes” de Silvio Rodríguez y entra de lleno en “Habana a tus pies” como quien da por entero su amor a nuestra ciudad.

El público de pie, se encienden las luces, muchos se abalanzan hasta los límites del escenario y ocurre lo que rebasa todo límite espiritual posible, se acerca a la gente y dice que quiere despedirse cantando a capela. No solo sin el piano, sino también sin micrófono. Muchos subimos al escenario y lo rodeamos, dejándole apenas un círculo de un par de metros. No me explico cómo pero aquellas casi 6 mil personas hicieron un silencio absoluto y todo el teatro le escuchó ese himno de Nuestra América, o de la humanidad Nuestra que es “Yo vengo a ofrecer mi corazón”. Por instantes un coro susurrante le hacía como un eco; la voz desgarrada de Fito, sacó lágrimas, o era acaso una eterna lágrima de amor. En medio del clamor desapareció.

Muchos se resistían a salir del teatro, todos repetían la grandeza de esas horas vividas. Y nos quedamos repitiéndonos las últimas frases de su canto:

Y hablo de países y de esperanzas

Y hablo por la vida, hablo por La Habana

Y hablo de cambiar esta nuestra casa

De cambiarla por cambiar nomás

Quién dijo que todo está perdido

Yo vengo a ofrecer mi corazón

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Concierto para trompeta

 

"Mi vida entera, mi alma entera, mi alcohol entero es soplar ese instrumento", Louis Armstrong

“Mi vida entera, mi alma entera, mi alcohol entero es soplar ese instrumento”, Louis Armstrong Foto: Sheyla Valladares

La Habana tiene su propia música, sus zonas de silencio y de exceso de ruidos. Pasos, bocinas, trinos, gritos, sirenas de barcos, cañonazo en la noche, golpes sobre la madera, pregones, voces, el mar arremetiendo contra un muro viejo, conversaciones, música estentórea saliendo por cualquier agujero de cualquier casa, automóvil,  teléfono celular, bocas. Portazos, martillos neumáticos agujereando avenidas y calles discretas, sierras mecánicas,  el sonido del aserrín cayendo inevitablemente sobre el suelo, los panes horneándose, la hierba creciendo en un solar yermo, el silbido del tren, su traqueteo indeciso y lento sobre los rieles cuando se aleja o regresa a la ciudad. Una lengua de fuego saliendo de una torre, incendiando el cielo.

Día tras día, minuto tras minuto, esta es la sinfonía urbana.  Unos sonidos superponiéndose a otros, doblegándolos. Y así hasta que termina el día y la rueda del tiempo sigue girando sin detenerse nunca, sin pensar que no puede detenerse nunca.

A ese concierto llegas con tu trompeta. Nadie te ha invitado pero tú asumes que tienes un puesto asignado junto a esa puerta. Te calas bien las gafas. Todo sale mejor si resguardas una parte de ti, un pedazo que no vas a entregar, que no es moneda de cambio. Desenfundas la trompeta, la miras con odio y a la vez con cierta ternura, la acaricias por algunos segundos, los necesarios para que sepa que están allí trabajando, ganándose el pan y no en un acto de mera autocomplacencia. Esos tiempos han pasado. Los recuerdas, tal vez,  con nostalgia. Dejas el estuche abierto sobre la calle como una mano de cuero demandante. Ensayas un sonido. Te detienes, miras sin ver los pistones, recuerdas la melodía. Te vas a meter de lleno en este concierto. Vas a quitarle un pedazo de sonido a la ciudad y vas a imponer el tuyo. La mañana avanza hacia el mediodía, un grupo de extranjeros tiran fotos al convento, te van a sorprender en tu faena, quizás dejen caer algunas monedas. Yo solo estoy detenida tras la cámara esperando que me hagas escuchar tu versión de la historia, de este momento en que la vida nos puso frente a frente.

 

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La belleza

 

Enemigo de la guerra 
y su reverso, la medalla 
no propuse otra batalla 
que librar al corazón 
de ponerse cuerpo a tierra 
bajo el paso de una historia 
que iba a alzar hasta la gloria 
el poder de la razón 
y ahora que ya no hay trincheras 
el combate es la escalera 
y el que trepe a lo mas alto 
pondrá a salvo su cabeza 
Aunque se hunda en el asfalto 
la belleza… 

Míralos, como reptiles, 
al acecho de la presa, 
negociando en cada mesa 
ideologías de ocasión; 
siguen todos los raíles 
que conduzcan a la cumbre, 
locos por que nos deslumbre 
su parásita ambición. 
Antes iban de profetas 
y ahora el éxito es su meta; 
mercaderes, traficantes, 
más que náusea dan tristeza, 
no rozaron ni un instante 
la belleza… 

Y me hablaron de futuros 
fraternales, solidarios, 
donde todo lo falsario 
acabaría en el pilón. 
Y ahora que no quedan muros 
ya no somos tan iguales, 
tanto vendes, tanto vales, 
¡Viva la Revolución! 
Reivindico el espejismo 
de intentar ser uno mismo, 
ese viaje hacia la nada 
que consiste en la certeza 
de encontrar en tu mirada 
la belleza…

Luis Eduardo Aute

Nota: Esta canción me rondó todo el día, la tarareé a intervalos sospechosos por su frecuencia, con los ojos abiertos, con los ojos cerrados, con una opresión extraña dentro, con la fe infinita de que canciones como estás no pueden venir al mundo por gusto. Aquí se las dejo, un pedacito de belleza, de la necesaria, de la inatrapable, de la inextinguible.

 

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El mundo Feliú

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Feliú no hace televisión, apenas ofrece conciertos (uno o dos al año, en un año pródigo), tiene relativamente pocos discos y menos videos. No arrastra legiones de admiradores y, como él mismo dice, los muchachos que descargan por ahí en parques y fiestas casi nunca interpretan un tema suyo, porque no es fácil lidiar con sus acordes y metáforas.

Su concierto del viernes 1ro. de junio, en la sala Che Guevara de la Casa de las Américas, vino precedido por serios escollos: publicidad escasa y abrupta, y una lluvia pertinaz que parecía diseñada para desleír La Habana. Como es tradición, empezó tarde. Y duró 36 canciones. Dicho de otro modo, el público que llenó el recinto no se limita a admirar a Santiago: es que vive en un mundo Feliú.

En la trova hay tendencias, grupos, y Santiago Feliú. No solo no se parece a nadie, sino que nadie intenta siquiera parecerse a él. Su manera de rasguear y puntear la guitarra, su voz y su lírica tienen una personalidad tan identificable como la de Louis Armstrong o Freddy Mercury.

Conozco al Santi hace un montón de años y siempre ha sido un bicho raro, gracias a Dios. Un ermitaño de la trova. No es que no le interese el público, es que no se desvive por la fama. La canción es su discurso y su argumento, su cosmovisión, su link a la realidad. Lo tomas o lo dejas. En días como ese, uno comprueba que un montón de gente lo toma.

Santiago no mueve multitudes, pero sacude el alma. La gente que se congregó en la Casa de las Américas, gourmets, especialistas en la obra de este tipo zurdo con eterno talante de hippie raído, sabía perfectamente lo que podía esperar, y no salió decepcionada: comentarios breves y entrecortados entre canciones, el olvido ocasional de una entrada —no digo yo, el milagro es que recuerde el resto— alguna broma feroz sobre sí mismo… y un arte puro y lleno de sinceridad, como exige en un viejo tema que no cantó esa noche.

Hay artistas populares que llenan plazas y reparten autógrafos, pero luego no duran un par de años. Hay náufragos como Santiago, atrapados por su isla personal —la de su generación, la de los enamorados, los inconformes, la nuestra— que te acompañan siempre.

Texto de Eduardo del Llano, tomado de La Jiribilla

Fotos: R. A. Hdez.

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Cantar lo sentimental

Si alguien sabía cómo adueñarse de un escenario esa era Elena Burke. Desde siempre lo supo, incluso, antes de cantar en solitario. Cuando Elena salía a escena eran ella y la música o la música y ella, o una sola cosa, porque al final creo que eran indivisibles.
Si alguien podía en este mundo tan lleno de impostaciones y mediocridades, ser la voz del FEELING, así con mayúsculas, esa era la suya. Tan rotunda, tan cierta, tan sincera.
La señora sentimiento la llamaban. Lo cierto es que fue una mujer que cogió a la vida por el cuello, se la bebió de un trago y luego cantaba sin tapujos sus victorias y derrotas. O más bien dialogaba, como si se tratara de una vieja amiga a la que íbamos a ver cuando queríamos poner la vida en orden -crasso error-. El orden nunca fue motivo de canciones, ni fue un inquilino a gusto en el corazón. Elena siempre lo supo por eso cantaba con desfachatez inmensa “Pido permiso”, cuando en realidad estaba declarando que iba a vivir su vida como le diera la gana.
Creo que el 9 de junio de 2002 cuando se quedó en silencio para siempre pensó que la vida le pasaba factura por la cantidad de veces que le faltó el respeto sin miramientos. Quiero pensar que se fue en paz con la vida vivida, los amores amados, las canciones cantadas.

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junio 8, 2012 · 7:19 pm

Buena Fe y Andrés Suárez en concierto

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Ayer en conferencia de prensa Israel Rojas, director de Buena Fe, dijo algo que me gustó mucho. Para él un concierto no es algo que pueda premeditarse mucho, ni hacer como un plan de vuelo sin tener en cuenta las tormentas que puedan aparecer, por el contrario los conciertos son organismos vivos, que tienen su ritmo, su respiración, y a medida que van sucediendo deciden el rumbo que deben tomar.   

Algo así es lo que tienen planeado hacer el sábado 2 y domingo 3 de junio en el Teatro Astral. El concierto se llamará “Buena Fe presenta a Andrés Suárez“, porque la cita no es sino para eso, para presentarnos a los cubanos este músico español, con el que comparten filiación estética y que no es muy conocido por estos lares.

Andrés y Buena Fe intercambiarán canciones. Ellos le prestarán sus voces para entonar los temas del más reciente disco del invitado  ”Cuando vuelva la marea”, y el  español hará suyas canciones tan conocidas de los cubanos como No juegues con mi soledad, Tras tus pies, Cada país, Despedida, entre otras. Aseguraron sorprendernos en el cierre del encuentro.

Por lo tanto este sábado me iré al Astral para dejarme sorprender por la propuesta de los muchachos de Buena Fe y de Andrés Suárez.

No hay nada mejor como ese viaje de reconocimiento entre la música y el alma.

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