Criatura de Isla

un sitio para descubrir las palabras que construyen una isla.


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!Evohé! !Evohé!

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El glíglico es el lenguaje creado por Julio Cortázar en el capítulo 68 de  Rayuela, que evoca una escena erótica. Se trata de un lenguaje musical que se interpreta como un juego, además de ser un lenguaje exclusivo, compartido por los enamorados, que los aísla del resto del mundo. Cuando leo el glíglico de Cortázar me remito directamente a las imágenes de Ernesto García Peña, otro creador de lenguajes pictóricos que ya ha sido presentado en este blog. Creen sus propias variantes del glíglico, mientras les dejo la muestra de las invenciones deliciosas del cronopio mayor. Paladéenlo, gócenlo y creen sus propias palabras para amar.

Capítulo 68

   Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, las esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentía balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.

Si esto no fuera suficiente, escuchen este pasaje en las palabras de su creador.


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Una mujer como yo, por ejemplo.

Imagen

Una mujer como yo, por ejemplo.

Una mujer
no merece
su tiempo
para dedicarse
a las cosas que le interesan.

Porque…
¿Es que las cosas que le interesan a una mujer
no son interesantes?
O que…
¿Una mujer no demuestra el suficiente interés
en lo que le interesa como para que a los demás
le resulte interesante y le den su tiempo?
O es que…
¿Lo interesante que ella haga es lo que al otro no le resulta interesante hacer?

Todas estas preguntas
se las hace una mujer…
Una mujer como yo, por ejemplo
cuando tiene un tiempo breve
para hacer algo que le interesa.

Y mientras transcurre su tiempo
se pregunta
¿Era esto lo que quería hacer?
¿Preguntarme acerca de estos temas?
¿Desperdiciar esta hora que me han permitido tener
en pensar en esto que ni siquiera sé si es en lo que quiero pensar?
¿En realidad merece una mujer
ese tiempo para hacer lo que ella quiere hacer
si en realidad ella no sabe lo que quiere hacer?
¿Ella merece tiempo para creer
que quiere hacer algo?
¿Tiene sentido seguir pensando en esto?
No importa,
ese tiempo perdido es ser una mujer.
Una mujer como yo,
por ejemplo.

Así es y así debe y no debe ser.

Cuando una ser humano mujer se piensa
piensa
si realmente es un ser humano o no.
Una mujer cree que es tan lista
que por eso no sabe lo que quiere.
Una mujer cree que tiene que ser tan lista
que los demás se tienen que convencer de que es una estúpida
porque en el fondo cree que cuanto mas dejada de lado sea
mas libre y feliz será,
en el lado de la vida dejado de lado por la productividad.
El fabuloso lado donde se haya todo lo ingobernable,
todo lo inaprensible,
como la vida y la muerte,
el tiempo, el amor, lo misterioso,
la belleza, lo intuitivo,
el universo (con todo lo contenido en él),
lo simple, lo sin importancia…
entre otras “cosas”.

O algo así… Creo.
Bueno…es muy difícil terminar un poema
y darle un sentido determinado.
Pero venía bien ¿No?
Una mujer es alguien como yo, por ejemplo.

Este es un poema de Fernanda Laguna, a quien encontré mientras leí a otra poeta entrañable para mí, Nara Mansur, por su traducción de lo cotidiano, por su alquimia. Entonces me traje a Fernanda, un feliz hallazgo, la doble voz que todas las mujeres solemos tener cuando miramos sin mirar una nube o a la desconocida del espejo. 

Ernesto García Peña es otra criatura entrañable, por sus trazos, por los seres que crea en cada lienzo, por su magia traslúcida. 

Por eso los uno, los traigo, hago mi declaración en voz alta por mi mujer, por las mujeres que antes de mí han sido, las que son y las que vendrán fulgurando por los caminos.

 

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