El tercer deseoVoy a irte a buscar allí,
al pedazo de noche en que
tropezaron de pronto,
tus ojos, mis ojos,
tan llenos de igual soledad… allí.Voy a irte a buscar allí,
a tratar de retroceder,
transitar por el tiempo
y volverte a encontrar
en el mismo lugar que te vi… allí.Voy a irte a buscar
al instante preciso
en que nuestros rumbos
se unieron en la multitud.Voy a irte a buscar
al tumulto de pasos,
de rostros, de voces y luces
donde te perdí;
voy a volver, regresaré,
ve tú también.Voy a irte a buscar allí,
a acampar para siempre en ti,
y esta vez no habrá fuerza posible
capaz de evitar este encuentro
que presentí.Voy a irte a buscar allí,
hace un siglo te conocí,
y esta vez no te vas a esfumar
la marea te trajo por fin
hasta mi país.Voy a irte a buscar
aunque en ello me juegue
mi tercer deseo,
mi última oportunidad.Voy a irte a buscar
a través de las miles de vidas
que distan de ti
desde ayer a las diez;
voy a volver,
regresaré,
ve tú también
y espérame…
ayer…
allí…(1985)
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Deseos y bienvenidas
Un arcoiris para el sol
Ahora mismo desde La Habana si miras al sol descubres que lo rodea, en un círculo perfecto, un arcoiris. Y no me interesa saber el nombre científico de la magia -halo solar-, ni de las causas que trajeron este milagro raro que nos hace mirar al cielo con una persistencia mayor que la habitual -refracción de la luz del sol provocada por cristales de hielo en suspensión en la Troposfera-, ni de que este es un lugar raro para que ocurra este tipo de hechos – no estamos en Alaska- como si esta ciudad y sus gentes no se merecieran la oportunidad, la algarabía, la risa cómplice por las cosas pequeñas, los presagios de cosas venturosas para todos.
Y no es el fin del mundo, ni es un ovni sobrevolando la ciudad con su estómago lleno de criaturas extrañas listas para colonizarnos. Son cristales de hielo, es el sol alumbrando una ciudad con una compañía inusual, es la magia, casi el milagro, el misterio. A veces sobran las explicaciones y las advertencias. A veces basta salir a mirar el arcoiris que rodea el sol, antes de sea algo que otros te cuenten, salir a mirar el sol y quedarte ciego, porque eso es lo que hace la belleza, cegarnos un poco, dejarnos con la duda de que si todo lo que vimos pudimos llevarlo en las pupilas, con nosotros, para cuando nos haga falta ponerlo de escudo contra lo horrible.
Fotos tomadas de Cubahora
Chávez
No voy a emborronar cuartillas para hablar de la ida de Chávez. El dolor se dice callando muchas veces. Les dejo palabras escritas, lloradas, sentidas en otras muertes, iguales de dolorosas e irrevocables.
Consternados, rabiosos
Así estamos, consternados, rabiosos, claro que con el tiempo la plomiza consternación se nos irá pasando, la rabia quedará, se hará más limpia. Estás muerto, estás vivo, estás cayendo, estás nube, estás lluvia, estás estrella… Donde estés … si es que estás … si estás llegando… aprovecha por fin a respirar tranquilo, a llenarte de cielo los pulmones. Donde estés … si es que estás … si estás llegando … será una pena que no exista Dios. Pero habrá otros, claro que habrá otros dignos de recibirte comandante (Mario Benedetti)
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El otro
Nosotros, los sobrevivientes,
¿A quiénes debemos la sobrevida?
¿Quién se murió por mí en la ergástula,
Quién recibió la bala mía,
La para mí, en su corazón?
¿Sobre qué muerto estoy yo vivo,
Sus huesos quedando en los míos,
Los ojos que le arrancaron, viendo
Por la mirada de mi cara,
Y la mano que no es su mano,
Que no es ya tampoco la mía,
Escribiendo palabras rotas
Donde él no está, en la sobrevida?( Roberto F. Retamar)**********
Los Heraldos Negros
Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… ¡Yo no sé!
Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.
Son las caídas hondas de los Cristos del alma
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.
Y el hombre… Pobre… ¡pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.
Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé! (César Vallejo)**********
CHÁVEZ POR GALEANO
Hugo Chávez es un demonio. ¿Por qué? Porque alfabetizó a 2 millones de venezolanos que no sabían leer ni escribir, aunque vivían en un país que tiene la riqueza natural más importante del mundo, que es el petróleo. Yo viví en ese país algunos años y conocí muy bien lo que era. La llaman la “Venezuela Saudita” por el petróleo. Tenían 2 millones de niños que no podían ir a las escuelas porque no tenían documentos. Ahí llegó un gobierno, ese gobierno diabólico, demoníaco, que hace cosas elementales, como decir “Los niños deben ser aceptados en las escuelas con o sin documentos”. Y ahí se cayó el mundo: eso es una prueba de que Chávez es un malvado malvadísimo. Ya que tiene esa riqueza, y gracias a que por la guerra de Iraq el petróleo se cotiza muy alto, él quiere aprovechar eso con fines solidarios. Quiere ayudar a los países suramericanos, principalmente Cuba. Cuba manda médicos, él paga con petróleo. Pero esos médicos también fueron fuente de escándalos. Están diciendo que los médicos venezolanos estaban furiosos por la presencia de esos intrusos trabajando en esos barrios pobres. En la época en que yo vivía allá como corresponsal de Prensa Latina, nunca vi un médico. Ahora sí hay médicos. La presencia de los médicos cubanos es otra evidencia de que Chávez está en la Tierra de visita, porque pertenece al infierno. Entonces, cuando se lee las noticias, se debe traducir todo. El demonismo tiene ese origen, para justificar la máquina diabólica de la muerte. (Eduardo Galeano)
Un hombre sin suerte
De la escritora argentina Samanta Schweblin he hablado en varias ocasiones en mi blog. Lo cual quiere decir que me gusta mucho su manera de escribir, de contarnos historias. Esta vez el pretexto es que Samanta acaba de recibir hace unos días el Premio Internacional de Cuento Juan Rulfo, en su edición 30 con el cuento Un hombre de suerte. Llama la atención que de ahora en adelante este concurso cambiará de nombre a pedido de los familiares del escritor mexicano. De todas formas se impone celebrar esta noticia de la mejor manera: leyendo la historia. Buen provecho!!!
Un hombre de suerte
El día que cumplí ocho años, mi hermana -que no soportaba que dejaran de mirarla un solo segundo-, se tomó de un saque una taza entera de lavandina. Abi tenía tres años. Primero sonrió, quizá por el mismo asco, después arrugó la cara en un asustado gesto de dolor. Cuando mamá vio la taza vacía colgando de la mano de Abi se puso más blanca todavía que Abi.
-Abi-mi-dios –eso fue todo lo que dijo mamá- Abi-mi-dios –y todavía tardó unos segundos más en ponerse en movimiento.
La sacudió por los hombros, pero Abi no respondió. Le gritó, pero Abi tampoco respondió. Corrió hasta el teléfono y llamó a papá, y cuando volvió corriendo Abi todavía seguía de pie, con la taza colgándole de la mano. Mamá le sacó la taza y la tiró en la pileta. Abrió la heladera, sacó la leche y la sirvió en un vaso. Se quedó mirando el vaso, luego a Abi, luego el vaso, y finalmente tiró también el vaso a la pileta. Papá, que trabajaba muy cerca de casa, llegó casi de inmediato, pero todavía le dio tiempo a mamá a hacer todo el show del vaso de leche una vez más, antes de que él empezara a tocar la bocina y a gritar.
Cuando me asomé al living vi que la puerta de entrada, la reja y las puertas del coche ya estaban abiertas. Papá volvió a tocar bocina y mamá pasó como un rayo cargando a Abi contra su pecho. Sonaron más bocinas y mamá, que ya estaba sentada en el auto, empezó a llorar. Papá tuvo que gritarme dos veces para que yo entendiera que era a mí a quien le tocaba cerrar.
Hicimos las diez primeras cuadras en menos tiempo de lo que me llevó cerrar la puerta del coche y ponerme el cinturón. Pero cuando llegamos a la avenida el tráfico estaba prácticamente parado. Papá tocaba bocina y gritaba ¡Voy al hospital! ¡Voy al hospital! Los coches que nos rodeaban maniobraban un rato y milagrosamente lograban dejarnos pasar, pero entonces, un par de autos más adelante, todo empezaba de nuevo. Papá frenó detrás de otro coche, dejó de tocar bocina y se golpeó la cabeza contra el volante. Nunca lo vi hacer una cosa así. Hubo un momento de silencio y entonces se incorporó y me miró por el espejo retrovisor. Se dio vuelta y me dijo:
-Sacate la bombacha.
Tenía puesto mi Jumper del colegio. Todas mis bombachas eran blancas pero eso era algo en lo que yo no estaba pensando en ese momento y no podía entender el pedido de papá. Apoyé las manos sobre el asiento para sostenerme mejor. Miré a mamá y entonces ella gritó:
-¡Sacate la puta bombacha!
Y yo me la saqué. Papá me la quitó de las manos. Bajó la ventanilla, volvió a tocar bocina y sacó afuera mi bombacha. La levantó bien alto mientras gritaba y tocaba bocina, y toda la avenida se dio vuelta para mirarla. La bombacha era chica, pero también era muy blanca. Una cuadra más atrás una ambulancia encendió las sirenas, nos alcanzó rápidamente y nos escoltó, pero papá siguió sacudiendo la bombacha hasta que llegamos al hospital.
Dejaron el coche junto a las ambulancias y se bajaron de inmediato. Sin mirar atrás mamá corrió con Abi y entró en el hospital. Yo dudaba si debía o no bajarme: estaba sin bombacha y quería ver dónde la había dejado papá, pero no la encontré ni en los asientos delanteros ni en su mano, que ya cerraba ahora de afuera su puerta.
-Vamos, vamos –dijo papá.
Abrió mi puerta y me ayudó a bajar. Cerró el coche. Me dio unas palmadas en el hombro cuando entramos al hall central. Mamá salió de una habitación del fondo y nos hizo una seña. Me alivió ver que volvía hablar, daba explicaciones a las enfermeras.
-Quedate acá –me dijo papá, y me señaló unas sillas naranjas al otro lado del pasillo.
Me senté. Papá entró al consultorio con mamá y yo esperé un buen rato. No sé cuanto, pero fue un buen rato. Junté las rodillas, bien pegadas, y pensé en todo lo que había pasado en tan pocos minutos, y en la posibilidad de que alguno de los chicos del colegio hubiera visto el espectáculo de mi bombacha. Cuando me puse derecha el jumper se estiró y mi cola tocó parte del plástico de la silla. A veces la enfermera entraba o salía del consultorio y se escuchaba a mis padres discutir y, una vez que me estiré un poquito, llegué a ver a Abi moverse inquieta en una de las camillas, y supe que al menos ese día no iba a morirse. Y todavía esperé un rato más. Entonces un hombre vino y se sentó al lado mío. No sé de dónde salió, no lo había visto antes.
-¿Qué tal? –preguntó.
Pensé en decir muy bien, que es lo que siempre contesta mamá si alguien le pregunta, aunque acabe de decir que la estamos volviendo loca.
-Bien –dije.
-¿Estás esperando a alguien? Sigue leyendo
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Ciclones
Somos gente de tierra de ciclones. Crecemos aprendiendo a lidiar con el vendaval, con la furia que se desata en cuestión de horas. Cualquiera que sea el nombre del ciclón, tierno o masculino, siempre deja la tierra devastada, anegada en agua, los troncos de los árboles vencidos, las casas soportando apuntalmientos, la esperanza de los hombres intacta.
Un ciclón nunca se pasa en soledad, al menos por los lares en los que crecí. Se unen dos, tres familias, el barrio entero si se precisa y cualquier abrazo es propicio para pasar el susto del viento vociferando entre las hendijas de las puertas y ventanas, desbaratando los jardines, poniendo a prueba las tejas de la techumbre diversa del barrio.
Ahora nos viene encima Isaac, que no llega a ser ciclón todavía, no ha tenido tiempo de crecer y fortalecerse en las aguas calientes que rodean a Cuba. Viene con un rango menor, tormenta tropical, pero aún así con la fuerza y las lluvias necesarias para preocuparnos por las posibles inundaciones, los estragos, los alimentos que puedan perderse, las vidas imprudentes que puedan ponerse en juego.
Otra vez estaremos juntando los miedos, el sobresalto. Otra vez preparáremos el alimento en compañía de las más diversas sangres. En esta hora todos somos familia.
Muere una lengua y morimos todos un poco más
El 12 de octubre de 1492, Cristóbal Colón escribió en su diario que él quería llevarse algunos indios a España para que aprendan a hablar (“que deprendan fablar”). Cinco siglos después, el 12 de octubre de 1989, en una corte de justicia de los Estados Unidos, un indio mixteco fue considerado retardado mental (“mentally retarded”) porque no hablaba correctamente la lengua castellana. Ladislao Pastrana, mexicano de Oaxaca, bracero ilegal en los campos de California, iba a ser encerrado de por vida en un asilo público. Pastrana no se entendía con la intérprete española y el psicólogo diagnosticó un claro déficit intelectual. Finalmente, los antropólogos aclararon la situación: Pastrana se expresaba perfectamente en su lengua, la lengua mixteca, que hablan los indios herederos de una alta cultura que tiene más de dos mil años de antigüedad. (Eduardo Galeano)
A veces pasamos los ojos por encima de los titulares de la prensa sin siquiera reconocer lo que estamos leyendo. A veces nos tropezamos con una noticia como esta y no podemos permanecer impasibles: “Cada dos semanas muere una lengua. Es probable que a finales de siglo hayan desaparecido casi la mitad de las cerca de 7.000 lenguas que se hablan hoy en el mundo”.
Cuando muere un lengua, cuando es intervenida por los actores de otra lengua más fuerte y con más recursos desaparece todo un universo de significados, toda una manera de entender la existencia, de relacionarse con los semejantes y con la naturaleza, una manera de mirar al mundo, de dialogar con él. Al morir una lengua originaria, las palabras con que nombran el mundo, los sentimientos y acciones de los hombres, sus cánticos y sus ritos, el ser humano se va quedando un poco más huérfano y va perdiendo la oportunidad de salvaguardar una diversidad que funciona como fuente de vida. En esas culturas ancestrales, cuyas prácticas vitales son un ejemplo extraordinario de respeto al ser humano y al entorno en el que habitan muchas veces están las claves para saber más del mundo en el que vivimos y al mismo tiempo de rescatarlo antes de que la tierra cansada se niegue a renacer de ella misma.
Muere una lengua y morimos todos un poco más.
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Besos obligados al clandestinaje
Lo mejor de viajar en tren y de las despedidas al pie del andén es precisamente besarse, apretarse contra el otro, querer llevárnoslo prendido en la piel, en los labios, en la mirada. Para después en el momento de lo solo, de la ausencia, llenar esos espacios con los recuerdos del que estuvo que conservan nuestras manos, nuestros labios, nuestra piel.
Pero después que nos han escatimado tanto, que nos maniatan las emociones y que coartan nuestra fe, nuestra esperanza de que mañana todo puede ser mejor; también quieren transformar nuestras despedidas en un simple apretón de manos rápido, insulso, falto de color y calor. Les explico:
En algunas estaciones de trenes londinenses y francesas desde el 2009 los viajeros tienen prohibido besarse en el andén porque según las autoridades ferroviarias afectan en flujo vial al retrasar los horarios y obstaculizar el paso de los demás viajantes. Por eso estas mismas autoridades –habría que revisar si son humanos o androides – han ubicado en las estaciones un lugar específico donde estacionar el auto o pararte con tu pareja para besar y poder ser besado. Además, todo ello después de pagar una cuota.
Cuando creímos que el mundo era la suficientemente gris aparecen absurdos como este, o cuando pensábamos que ya la estupidez humana había llegado a su cúspide, vienen a recordarnos que por mucho tiempo más tendremos que seguir lidiando con ella.
Cómo un beso puede ser perjudicial para nadie, cómo negarnos a ver besar, a regalarnos esa pequeña convicción de que el mundo no está tan jodido cuando quedan ganas de besar, nostalgia del amor, certidumbre del amor.
Buena Fe y Andrés Suárez en concierto
Ayer en conferencia de prensa Israel Rojas, director de Buena Fe, dijo algo que me gustó mucho. Para él un concierto no es algo que pueda premeditarse mucho, ni hacer como un plan de vuelo sin tener en cuenta las tormentas que puedan aparecer, por el contrario los conciertos son organismos vivos, que tienen su ritmo, su respiración, y a medida que van sucediendo deciden el rumbo que deben tomar.
Algo así es lo que tienen planeado hacer el sábado 2 y domingo 3 de junio en el Teatro Astral. El concierto se llamará “Buena Fe presenta a Andrés Suárez“, porque la cita no es sino para eso, para presentarnos a los cubanos este músico español, con el que comparten filiación estética y que no es muy conocido por estos lares.
Andrés y Buena Fe intercambiarán canciones. Ellos le prestarán sus voces para entonar los temas del más reciente disco del invitado ”Cuando vuelva la marea”, y el español hará suyas canciones tan conocidas de los cubanos como No juegues con mi soledad, Tras tus pies, Cada país, Despedida, entre otras. Aseguraron sorprendernos en el cierre del encuentro.
Por lo tanto este sábado me iré al Astral para dejarme sorprender por la propuesta de los muchachos de Buena Fe y de Andrés Suárez.
No hay nada mejor como ese viaje de reconocimiento entre la música y el alma.
Caminando por la “Tierra oscura” de Mario García Portela
“El paisaje es la casa grande del hombre, de todos los hombres. Allí anidan sus sueños y también sus vidas, las alegrías y las tristezas, los recuerdos y el tiempo, visto desde una dimensión mayor. Pintarlo es pintarnos a nosotros mismos, porque lo que hacemos es reconstruir parte de la historia personal y colectiva.”
Con estas palabras abrió el catálogo de la exposición del pintor cubano Mario García Portela “Retratos del bosque” de 2007, escritas por Toni Piñera y que sirven para definir sin estereotipos el trabajo de este maestro del movimiento paisajístico cubano. Al mismo tiempo son el pretexto ideal para invitarlo a conversar sobre sus proyectos inmediatos y sobre algunas peculiaridades de su obra pictórica, que es lo mismo, que su relación con la naturaleza.
Cinco años después de su última presentación, el artista prepara una nueva muestra de su pintura, en la que viene trabajando hace algún tiempo. “Tierra oscura” es el nombre que llevará el conjunto que podrá ser apreciado en la segunda mitad del año en la galería El reino de este mundo de la Biblioteca Nacional José Martí. En ella García Portela vuelve sobre sus temas de siempre, el entorno natural, el bosque, y fundamentalmente, los árboles, para con su habitual manera de utilizar los colores hacernos “mirar mirándonos” a través de los fragmentos del paisaje que nos propone.
“Tierra oscura es otra muestra de las formas de mi trabajo. En ella está presente nuevamente la tierra, desde una perspectiva muy barroca, pues utilizo mucho el contraste de luz y sombra. De igual modo es una visión de la tierra como planeta para llamar de algún modo la atención sobre la «oscuridad» que se cierne sobre ella.” Sigue leyendo
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Aquí se construye una ciudad generosa
Una ciudad generosa siempre está abierta. Una ciudad generosa tiene la capacidad de expandir sus lindes y cobijar en ella a todos los recién llegados de ayer, de ahora y de mañana. Una ciudad generosa da la bienvenida en las más múltiples lenguas y late acompasadamente al ritmo de las criaturas que la habitan. Una ciudad generosa presta su espacio para la concreción de los sueños, el mayor anhelo de los hombres. No se levanta sola sobre sí misma. Emplea manos de todo tipo para alzarse sobre la tierra, para ser visible y existir.
Y dentro de la ciudad habitan otras, reconocibles u ocultas, efímeras y perdurables. Todas legítimas. De este misterio se nutre el proyecto “Ciudad generosa” que lidera el artista René Francisco Rodríguez junto a la 4ta Pragmática Pedagógica, un grupo de estudiantes de tercer año del Instituto Superior de Arte (ISA).
René Francisco, Premio Nacional de Artes Plásticas 2010, y sus estudiantes son invitados de la Oncena Bienal de la Habana. Para participar en el evento escogieron levantar entre todos una ciudad dentro de los límites de un parque en la esquina de 3ra y D, en el barrio del Vedado. Diversas son las casas edificadas en ella, desde una campana de fibrocemento, una casa en un árbol, una casa molino de viento; según las necesidades expresivas de sus ejecutores, pero sobre todo pensadas para los visitantes, para que en ellas encuentren cobijo.
Más allá del resultado final, la construcción de la obra responde a la concepción con la que el profesor René Francisco acomete estos proyectos, a partir de una labor de integración entre sus participantes. La creación colectiva, la imbricación de las más disímiles subjetividades y necesidades artísticas muchas veces importa más que la autoría de las piezas. Es más gratificante el trabajo cohesionador y el debate colectivo, que en este caso ha hecho posible el surgimiento de una ciudad sui géneris dentro de la Habana.
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