“Abajo estoy despierta”, obra de Cirenaica Moreira
La madrugada no vuelve a ser igual después de que has escuchado a un hombre golpear a una mujer. No vuelve a ser igual cuando comprendes que ella no tiene las fuerzas precisas para abandonarlo, denunciarlo, romper el lazo. No vuelve a ser igual cuando sabes que las marcas del cuerpo se borrarán para que en ese mismo lugar, vuelvan a crecer nuevas y más profundas formas de la violencia contra ella, que en el peor de los casos confundirá con amor o creerá que la tiene merecida, porque una mujer le pertenece a su hombre y por lo tanto está bien el castigo. Luego de este dolor que sentía mío, solo pude escribir esto.
Cómo será el sonido de lo que dentro queda roto para siempre, desacido de su centro,
huérfano de los lazos que antes lo mantuvieron sujeto a algún lugar, que tuvo su nombre y su alegría.
Cómo será el color de esas zonas donde el espanto es mascullado entre pezados de piel,
buches de sangre, algún diente colgante, la nariz rota,
el estómago adolorido.
Cómo de grande es la distancia para llegar a la protección,
para sacarte de encima un cuerpo conocido hasta un segundo antes,
para empuñar el cuchillo, la rabia,
para dar el portazo definitivo, para que la madrugada sea el tajo por el que se escapa al fin
a la vida.
Cómo se sobrevive a la humillación, al desfiguramiento del rostro
y de los pedazos danzantes que el alma tuvo en algún momento de paz, de lucidez.
Cómo se pide ayuda, cómo uno se eleva por encima de dolor y puede permanecer intacta,
mirar de frente, ofrecer al otro día una mujer completamente nueva, que cerró el círculo,
que no se dejó vencer, que encadenó para siempre el puño que la mancilló.
Primero le agradecí -chat mediante- su libro de poesías Jaulas, después le pedí me contestara una preguntas locas que tomé de varios lugares. Lo que sigue es resultado de ese día de encuentro en facebook.
¿Qué título de otro autor te hubiera gustado para un libro tuyo?
“Caída y decadencia de casi todo el mundo”
¿Qué música escuchas cuando escribes?
La atropellada música de las palabras generándose, descascarándose de mi cabeza, chocando y compitiendo unas con otras.
¿Dónde escribes, a qué hora, cuánto tiempo?
Donde puedo, a la hora que puedo, todo el tiempo que puedo. Lo que al final, nunca es mucho y jamás suficiente.
¿Qué escribes en estos momentos?
Poesía y teatro poético.
¿Qué lees en estos momentos?
Mamotretos para mi tesis.
¿Qué libro es ideal para leer en el baño?
Ninguno. El baño es un lugar muy incómodo para leer: frío, húmedo, encuevado. Mejor transitar rápidamente por él, acabar pronto y leer en mejores condiciones.
¿Cuál es el lugar de tu casa que más te gusta?
La computadora.
¿Cuál es tu palabra favorita?
No tengo palabra favorita.
¿Cuál es la palabra que más odias?
No odio ninguna palabra. Quizás alguna que se utilice demasiado en un comentario o ámbito, me puede resultar algo impertinente, pero es culpa del abuso del dialogante, o de la influencia del contexto, no de la palabra misma y tampoco de su significado.
¿Qué libro recomiendas leer y por qué?
La guerra del fin del mundo. Porque es el mejor libro del mundo.
¿Qué película recomiendas ver y por qué?
“El lector”. Porque ayuda a comprender que nada -ni nadie- es malo. Y que leer es una terapia.
¿Qué música recomiendas escuchar y por qué?
Toda música es recomendable, hasta -y bien mirado- el reguetón.
¿Qué hace a un día un buen día?
El logro absoluto y favorable de los objetivos propuestos para el día.
¿Si pudieras compartir un buen recuerdo?
Es más bien una anécdota. Desde pequeña, incluso antes de la edad escolar, me obsesionaban los significados de las palabras escritas. me la pasaba pregutándole a mi bisabuela -la persona mayor que más tenía a mi alcance entonces- qué decía en aquel y aquel y aquel otro cartel. Debí agobiarla bastante con mi letrada curiosidad. Mi bisabuela solía decir que había visto a pocas personas más necesitadas de aprender a leer.
La poesía de Gleyvis es de esas que martilla sin pudor sobre las cosas torcidas y sobre la manera torcida que a veces los seres humanos nos empeñamos en ver las cosas. Acá les dejo dos de los poemas que prefiero de su libro Jaulas.
No eras tan malo
Eras nocivo como el líquido
del veneno en el frasco ámbar,
claramente nocivo como el rótulo: veneno,
en letra capital de imprenta antigua.
Eras agudo como la punta
de la espada de mango decimonónico.
Quemante como la letra encendida
que se hundía en la piel de la bestia rolliza
de un colono bondadoso.
Tenías la gravedad del canto de la uña
que nos hiere, de soslayo,
cuando persigue otra cosa.
Eras letal a la usanza difunta,
a la manera noble que quizás anunciaba
que me ibas a morder en una zona un segundo.
Pero no eras ninguna de estas bocas modernas
que desgarran y se van.
Nunca una estridencia, jamás un insulto.
Eras dañino de un modo
sosegado y romántico.
Y no eras peor que eso.
************
Poema político
Este es el poema donde
combato
la incapacidad de mi jefe
para comprender la poesía,
más el rechazo de mis
jefes anteriores
hacia la poesía de cualquier tipo.
Este es el poema de una
política
hacia la poesía que
sintetizo
en la figura de mi jefe
actual y combato
desde poses muy calmadas
como terminar pronto el
poema
porque a la larga son los
jefes
y no por humillarlos en
público
van a comprender la
poesía.
**************
Nunca le pidas que se quede
Nunca le pidas que se
quede
Pedirlo así: no me
abandones,
suena tan mal.
A estas alturas
de la historia del mundo,
a esta edad: no me
abandones.
Pedirlo con la voz rajada
o altiva, con el énfasis
y el brillo en los ojos,
con frases como quédate o
regresa,
o con gestos sinónimos,
luce tan mal sobre el
tapiz estrujado de ese
día en que te dejan,
(donde además está
negro porque te dejan).
Luce tan feo que mejor
no lo dices, o todo se
pondrá ridículo, y triste,
y más negro de lo que
estaba y él se irá de
todas formas.
************
El amor propio
Pobre de quien perdió la
cuenta de las veces que
lo abandonaron y ahora
sólo le pesa lo vago –la
huella inexacta– de
aquel error sin número
que no dejó de doler u
ocurrir porque lo dejara
de contar. Dichoso el
que conservó su
elegancia, manejó sin
titubeos la nave de la
vida y ahora nada le
pesa, sino que lo cuenta,
con impetuoso
entusiasmo, al círculo de
sus parientes. Yo no fui
como ellos. Me
abandonaron y
abandoné en
proporciones idénticas.
Choqué contra otras
naves la nave de la vida,
y si el daño no fue
recíproco y me hirieron
más, no me quejo,
porque todo lo que me
pegó con saña, le hizo
bien a mi poesía.
Gleyvis Coro Montanet (Pinar del Río, 1974). Poeta, narradora y ensayista. Graduada en Estomatología. Tiene publicados el cuaderno de narrativa Con los pies en las nubes y los poemarios Cantares de Novo-hem, Escribir en la piedra, Poemas Briosos y Aguardando al guardabosque. Recibió el Premio UNEAC 2006 con su novela La burbuja.
No hay fechas para celebrar ser mujer. Desde el mismo día de nuestro nacimiento cuando nos visten con ropas de color rosado en hospital, esa primer acuerdo social, sobre los colores que deben distinguirnos del otro grupo de seres humanos que pueblan la tierra, ya nos va buscando un lugar en la sociedad, con sus reglas, “derechos” y obligaciones. Como escribió Simone de Beauvoir: ”No se nace mujer, se llega a serlo“. Y por el camino de la vida las mujeres vamos definiendo qué mujeres somos y cómo nos gusta celebrarlo. El relato que les traigo a continuación habla un poco de ello, remite a esos acuerdos sociales que las mujeres a veces cumplimos con aquiescencia y a veces desechamos sin miramientos. Cuando lleguen al final no crean en eso de que las mujeres somos las eternas perdedoras, poder decidir sobre nuestro cuerpo y la duración de nuestra vida, también pueden ser una victoria. Y esta es una de las tantas lecturas que esta historia puede tener. Su autora es Marilyn Bobes, una escritora cubana de la que ya les he hablado en otra ocasión.
Alguien tiene que llorar
Debe haber otro modo que no se llame Safo ni Messalina ni María Egipcíaca ni Magdalena ni Clemencia Isaura.
Rosario Castellanos
Daniel
Está casi en el centro, sonriente. Es en realidad la más bella, aunque no lo sabía. Ni siquiera se atrevió a imaginarlo. Le preocupa demasiado su nariz, acaso muy larga para una muchacha de quince años. Con el tiempo su rostro se irá recomponiendo y no habrá ya desproporciones, nada que lo empañe. Pero ahora sólo le interesa el presente.
A su derecha, Alina, que tiene ya unos senos enormes y es la criollita, la codiciada, la que desean y buscan sin descanso todos los varones de la Secundaria. Cary la envidia un poco, sin saber que, veinticuatro años después, de la imponente Alina no quedaría más que una flácida y triste gorda. Alina tampoco lo sabe y, quizá por eso, en este 1969 fijado por la foto, se empina sobre las otras, orgullosa de todo su volumen, de su esplendor, usurpando el espacio de las demás y relegándolas a un segundo plano.
En el extremo izquierdo, borrosa por el contraluz, apenas se distingue a Lázara: unos muslos delgados, una figura desgarbada, una carita de ratón. El vientre, plano todavía, todavía inocuo. Levanta los ojos a la cámara como pidiendo perdón por existir. Es Lázara unos meses antes de la tragedia.
Después dejaría los estudios. No pudo soportar las miraditas, las risas, las leyendas y todo lo que acompañaba, en la Secundaria de aquellos años, a un embarazo no santificado. Para colmo: la huida del Viejo, un cuarentón que la esperaba a la salida, en el parquecito, y con quien se perdía, confiadamente, en el Bosque. Junto a Cary, también a la izquierda, dos muchachas no identificadas. Son muy parecidas, casi diríase gemelas. Bajitas, redondas, con ojos de muñeca, sólo están ahí para que, desde atrás, alzándose sobre sus cabezas y sus cerquillos y sus destinos pequeños y felices, aparezca Maritza. Ella se levanta con su estructura poderosa y es, en el retrato del grupo, una presencia agresiva.
El tiempo, trabajando sobre la foto, ha vuelto transparentes los ojos de Maritza. Ya parece marcada para morir. No mira hacia la lente. No sonríe. Es la única que no tiene cara de cumpleaños. Sus hombros anchos revelan a la deportista, a la campeona en estilo libre durante cuatro juegos escolares consecutivos. Es también bella, aunque de otro modo. Su rostro era perfecto y misterioso, como no hay ningún otro en la foto, como quizá no vuelva a haberlo en La Habana.
Cary
La encontraron ahogada. Como un personaje de la telenovela de turno: el vaso volcado y una botella de añejo medio vacía en los azulejos del piso, a unos pocos centímetros de la mano que colgaba sobre el borde de la bañadera. Los restos de las pastillas en el mortero, que quedó encima del lavamanos, y los envoltorios arrugados en el cesto de papeles del baño.
En el velorio, un hombre cuyo rostro me resultó familiar comentó que no parecía el suicidio de una mujer. Excepto por las pastillas. Le resultaba demasiado racional aquello de prever el deslizamiento, con el sueño profundo de los barbitúricos, hasta que la espalda descansara sobre el fondo y los pulmones se llenaran irreversiblemente de agua. Sospecho que le molestó la idea del cadáver desnudo de Maritza, expuesto a la mirada de una decena de curiosos, en espera de los técnicos de Medicina Legal.
Pero Maritza nunca tuvo sentido del pudor. Era la primera en llegar al centro deportivo y, antes de abrir la taquilla, se sacaba la blusa de un tirón, se desprendía de la saya, y empezaba a hacer cuclillas y abdominales en una explosión de energía incontrolable. Su torso y sus piernas, de músculos entrelazados y fuertes, giraban compulsivos ante nuestros ojos. Recuerdo que, una vez terminados los ejercicios, colocaba un gorro elástico sobre su pelo corto y, ya completamente desnuda, se perdía en las duchas con aquel paso tan suyo: largo, lento, seguro.
A diferencia de nosotras, ella le daba a su imagen muy poca importancia. Ahora el tiempo ha pasado y veo las cosas de otro modo, y se me ocurre que cultivó siempre su cuerpo como valor de uso. Todas las demás, aunque nos concentráramos en la gimnasia o en la natación, nos preparábamos al mismo tiempo para una futura subasta; de algún modo, estábamos siempre en exhibición.
Lázara, Alina y yo nos torturábamos a diario con cinturones apretados y pantalones estrechos. Maritza era más feliz: se disfrazaba con atuendos cómodos, un poco extravagantes, como queriendo deslucirse obstinadamente. Más de una vez la regañamos por su descuido y, a veces, por su falta de recato: se sentaba y nunca se estiraba los bordes de la minifalda ni se colocaba una cartera encima de los muslos, como hacíamos las demás. Ni siquiera la recuerdo usando una cartera. Salía de la casa con un monedero gastado, hecho por algún artesano anónimo, donde apenas cabía el carnet de identidad y algún dinero. Muchas veces, durante el paseo, le pedía a Alina que lo guardara en su comando repleta de crayones delineadores, perfume, servilletas y cuanto objeto de tocador era posible imaginarse.
Alina
Siempre lo llevó por dentro. Siempre. Más de una vez me pasó por la cabeza y estuve a punto de advertírselo a Cary: esa desfachatez para exhibirse desnuda, aquellas teorías indecentes, la manía de querer estar a toda hora controlándola… No sé cómo no lo descubrimos a tiempo. Nosotras éramos normales, nos vestíamos con gracia, pensábamos como siempre piensan las mujeres.
Lo de mi marido no lo hizo solamente por molestarme, sino sabe Dios por qué otras sucias razones. Sin embargo, lo pagó. Esas cosas se pagan.
Él no pudo hacer nada con ella. Me lo dijo esta mañana en la funeraria. Había algo raro en su manera de quitarse la ropa, algo como un desparpajo. Y, después, lo humilló: volvió a vestirse como si nada, no quiso explicaciones, lo despidió con una expresión maligna y hasta se tomó el atrevimiento de hacerle un chiste cínico: Y ahora, ¿qué vas a hacer si yo decido contárselo a Alina?
Me lo confesó en un arranque de sinceridad y de rabia, para que no me conmoviera, para que no me dejara arrastrar por la debilidad de Lazarita y pusiera mi nombre en la corona. No se lo voy a permitir. Si a Caridad y a Lázara no les importa que la gente hable, a nosotros sí. Bastante hicimos con estar en el velorio. Pero al entierro no vamos. La urbanidad tiene sus límites.
Es cierto que yo me descuidé. Los partos acabaron conmigo, me desgraciaron, es la verdad. Pero cómo iba a ponerme a pensar en mi figura. La mujer que no tiene hijos nunca logra sentirse realizada. Muchas, como Maritza, como Cary, se conservan mejor porque no paren. A mí me educaron de otro modo: para formar una familia. Y no me arrepiento. Quiero mucho a mis hijos y las alegrías que ellos me han dado no las hubiera podido sustituir con nada. Eso es lo que completa a la mujer: una familia.
Llegué a pensar que ellas sacrificaban todo eso porque les gustaba lucirse. Si hubieran tenido que cocinar, lavar, planchar y atender una casa, difícilmente les alcanzaría el tiempo para leer libritos y estar pensando en musarañas. Cary sacó la cuenta. Se ha pasado la vida divorciada. Pero Maritza… Ahora se comprende por qué no le interesaba el matrimonio ni la estabilidad. En su caso, la respuesta era mucho más sencilla.
Fui una tonta. Si me sorprendían en un mal momento, me desahogaba con ellas, diciéndoles cosas que ni siquiera pensaba. Todavía era joven, inmadura. Yo no tenía que haberles contado lo que pasaba entre mi marido y yo. Maritza no tenía que haberme visto llorando. Para qué les habré dado ese gusto. Con el tiempo, comprendí que es normal. Pasa en todos los matrimonios: la pasión se transforma en compañerismo, en un afecto tranquilo y perdurable. Aun cuando ellos necesiten de vez en cuando una aventurita: una esposa es una esposa. La mujer que eligieron para casarse. Cuando uno madura, el problema del sexo pasa a ser secundario.
De todas maneras, me dolió. Maritza siempre quiso hacerme la competencia, llevarme alguna ventaja. En el 72, en un trabajo voluntario, consiguió llegar a finalista en el concurso para la Reina del Tabaco. Por supuesto que fui yo quien ganó. El jefe del Plan, tres campesinos y el director del Pre eran los miembros del jurado. El director y un campesino votaron por ella. Pero el resto del jurado y el público estuvieron, desde el principio, de mi parte. Ella nunca se pudo parar al lado mío. A pesar de su cara bonita y toda aquella fama de difícil que se buscó. Sabía que era el misterio lo que la volvía interesante. Y consiguió mantenerlo mucho tiempo. En el tercer año de la carrera todavía era virgen. O, al menos, se comentaba.
La tuve que sufrir día por día, también en la Universidad. Cuando supo que yo quería estudiar Arquitectura, allá fue ella y se matriculó. Por eso la conozco mejor que nadie. Le aguanté muchos paquetes. Sobre todo su envidia. Lo único que nunca le soporté fue que me dominara. No le gustó y ahí mismo se acabó la amistad: nos distanciamos.
Todavía me parece que la estoy viendo, haciéndose la modesta y, en el fondo, tan autosuficiente: aquella vocecita medio ronca, melosa, y su vocabulario rebuscado. Se desgastó en entrevistas, cartas, reuniones, pensando que alguien se iba a interesar en su tesis: edificios alternativos. Era una esnob. Tanta gente sin casa y ella preocupada por la diversidad, por la conciliación entre funcionalidad, recursos disponibles y estética. Nos desgració un 31 de diciembre completo con aquella letanía. No sé ni por qué la invitamos. Fue idea de Lazarita o de Cary.
Todo el mundo queriendo divertirse y ella sentada en la poltrona, como una lady inglesa, monopolizando la atención. Y Cary le daba y le daba cuerda para que siguiera hablando. Hasta Lázara se embobecía con sus idioteces. Le parecía el colmo de la genialidad algo que Maritza había dicho: levantarse todos los días a mirar edificios iguales vuelve a las personas intolerantes, las predispone contra la diferencia.
Lázara, tan estúpida, pobrecita, se impresionó con aquel disparate. Siempre tuvo complejos con las supuestas inteligencias de Maritza y de Cary. Ellas, Maritza en especial, le llenaron la cabeza de humo siendo todavía una niña. Y ahí la tienen: ningún hombre le dura. Y no sólo por fea. Sino por boba. Mucho más feas que ella las he visto yo casadas. Es que no aprende. Los persigue, enseguida les abre las piernas. Les confiesa que lo que quiere es casarse. Nada hay que espante más a un hombre que sentir que lo quieren atrapar. Por eso el Viejo la dejó plantada y hasta el sol de hoy está cargando con una hija sin padre. Mira que me cansé de repetírselo. A los hombres hay que demostrarles indiferencia, llevarlos hasta la tabla y hacerles creer que son los que toman las decisiones. No voy a gastar más saliva con ella. Que siga dejándose guiar por Cary para que vea. Al final, esa ya se casó tres veces y ha tenido cuantos maridos le ha dado la gana, mientras a la pobre Lazarita… nada se le da. Y a los cuarenta ni Marilyn Monroe consigue un tipo para casarse. Leer más →
Nancy Morejón, poeta cubana, Premio Nacional de Literatura 2001
La tarde ya no podía irse sin que yo dejara estos dos poemas de la cubana Nancy Morejón en este lugar. Su poesía de los ayeres que guardan el cuerpo y la memoria; los pilares de tierra sobre los que hemos levantado nuestra humanidad incompleta y agreste. Me debía este placer, este encuentro primero con la palabra de una mujer de hablar pausado, que se preocupa por los altos pensamientos y al mismo tiempo y sin vergüenza, también encuentra resonancias allí donde pudiera parecer que no existen materias inspiradoras del verso. Una mujer que levantó su raíz y su credo y los puso a vibrar para que todos los que pasáramos por su lado los oyéramos.
AMO A MI AMO
Amo a mi amo.
Recojo la leña para encender su fuego cotidiano.
Amo sus ojos claros.
Mansa cual cordero
esparzo gotas de miel por sus orejas.
Amo sus manos
que me depositaron sobre un lecho de hierbas:
Mi amo muerde y subyuga.
Me cuenta historias sigilosas mientras
abanico su cuerpo cundido de llagas y balazos,
de días de sol y guerra de rapiña.
Amo sus pies que piratearon y rodaron
por tierras ajenas.
Los froto con los polvos más finos
que encontré, una mañana,
saliendo de la vega.
Tañó la vihuela y de su garganta salían
coplas sonoras, como nacidas de la garganta de Manrique.
Yo quería haber oído una marímbula sonar.
Amo su boca roja, fina,
desde donde van saliendo palabras
que no alcanzo a descifrar
todavía. Mi lengua para él ya no es la suya.
Y la seda del tiempo hecha trizas.
Oyendo hablar a los viejos guardieros, supe
que mi amor
da latigazos en las calderas del ingenio,
como si fueran un infierno, el de aquel Señor Dios
de quien me hablaba sin cesar.
¿Qué me dirá?
¿Por qué vivo en la morada ideal para un murciélago?
¿Por qué le sirvo?
¿Adonde va en su espléndido coche
tirado por caballos más felices que yo?
Mi amor es como la maleza que cubre la dotación,
única posesión inexpugnable mía.
Maldigo
esta bata de muselina que me ha impuesto;
estos encajes vanos que despiadado me endilgó;
estos quehaceres para mí en el atardecer sin girasoles;
esta lengua abigarradamente hostil que no mastico;
estos senos de piedra que no pueden siquiera amamantarlo;
este vientre rajado por su látigo inmemorial;
este maldito corazón.
Amo a mi amo pero todas las noches,
cuando atravieso la vereda florida hacia el cañaveral
donde a hurtadillas hemos hecho el amor,
me veo cuchillo en mano, desollándole como a una res
sin culpa.
Ensordecedores toques de tambor ya no me dejan
oír sus quebrantos, ni sus quejas.
Las campanas me llaman…
***********
MUJER NEGRA
Todavía huelo la espuma del mar que me hicieron atravesar. La noche, no puedo recordarla. Ni el mismo océano podría recordarla. Pero no olvido el primer alcatraz que divisé. Altas, las nubes, como inocentes testigos presenciales. Acaso no he olvidado ni mi costa perdida, ni mi lengua ancestral Me dejaron aquí y aquí he vivido. Y porque trabajé como una bestia, aquí volví a nacer. A cuanta epopeya mandinga intenté recurrir.
Me rebelé. Su Merced me compró en una plaza. Bordé la casaca de su Merced y un hijo macho le parí. Mi hijo no tuvo nombre. Y su Merced murió a manos de un impecable lord inglés.
Anduve. Esta es la tierra donde padecí bocabajos y azotes. Bogué a lo largo de todos sus ríos. Bajo su sol sembré, recolecté y las cosechas no comí. Por casa tuve un barracón. Yo misma traje piedras para edificarlo, pero canté al natural compás de los pájaros nacionales.
Me sublevé. En esta tierra toqué la sangre húmeda y los huesos podridos de muchos otros, traídos a ella, o no, igual que yo. Ya nunca más imaginé el camin a Guinea. ¿Era a Guinea? ¿A Benín? ¿Era a Madagascar? ¿O a Cabo Verde? Trabajé mucho más. Fundé mejor mi canto milenario y mi esperanza. Aquí construí mi mundo.
Me fui al monte. Mi real independencia fue el palenque y cabalgué entre las tropas de Maceo. Sólo un siglo más tarde, junto a mis descendientes, desde una azul montaña.
Bajé de la Sierra Para acabar con capitales y usureros, con generales y burgueses. Ahora soy: sólo hoy tenemos y creamos. Nada nos es ajeno. Nuestra la tierra. Nuestros el mar y el cielo. Nuestras la magia y la quimera. Iguales míos, aquí los veo bailar alrededor del árbol que plantamos para el comunismo. Su pródiga madera ya resuena.
“No soy alondra, soy lechuza; por las noches estoy feliz”, dice Carilda Oliver Labra, una de las voces más importantes de la poesía hispanoamericana de la segunda mitad del siglo XX. Ahora que “el almendrón” –un taxi-colectivo– toma la vía Blanca y comienza a salir de La Habana rumbo a Matanzas, llega el recuerdo de la charla telefónica, cuando aceptó la entrevista con Página/12 con la única condición de que no fuera temprano. El paisaje, a medida que se interna en la provincia de Mayabeque, se vuelve más rural: vacas, toros y caballos pastorean tan campantes que producen un sentimiento semejante a la envidia. Un hurón cruza la ruta y esquiva el almendrón justo a tiempo. “La tierra” es un bello poema de Carilda que viene a la mente: “Cuando vino mi abuela/ trajo un poco de tierra española, /cuando se fue mi madre/ llevó un poco de tierra cubana./ Yo no guardaré conmigo ningún poco de patria:/ la quiero toda/ sobre mi tumba”. Camilo, el chofer, licenciado en matemática que hasta 1994 dio clases en escuelas secundarias, oficia de guía turístico. De pronto señala la fábrica de ron Havana Club, en Santa Cruz del Norte. La pupila levita hechizada por obra y gracia del valle del Yumurí y del puente Bacunayagua. Tiene 110 metros; es el más alto del país y divide la provincia de Mayabeque con Matanzas, “la ciudad de los puentes”, la Atenas de Cuba. En menos de lo que canta un gallo, pero después de dos horas y media de viaje y 90 kilómetros de recorrido, se llega al barrio Pueblo Nuevo, a la Calzada de Tirry 81, la calle que conduce hacia el mundo de la poeta cubana que ama “el tiempo y sus transfiguraciones cósmicas”.
La casa donde vive Carilda es de 1885. “Todos los vitrales son italianos. Este vitral –señala uno entre el comedor y el patio– es el único que queda entero en Matanzas, pero en un ciclón se rompió un poquito. Yo le pongo un papelito de los que usan los escenógrafos, del mismo color, y no se ve. Pero como ha llovido se ha caído. Todo es antiquísimo. Los canteros son de la fundación de la casa; están semidestruidos porque no los hemos querido tocar. Nos mudamos en 1926. Yo nací en el ’22. O sea que llevo 86 años viviendo acá, porque cumplí 90 en julio. Soy casi tan vieja como la casa.” Hay que ver a Carilda sonreír; sacude despacito los hombros y las mejillas se ruborizan levemente. A sus pies se acomoda un perro salchicha que tiene quince años y anda peinando canas. “Como era muy majadero y se comía los calcetines de Raydel, le puso Stalin. Pero responde al nombre de ‘Papito’”, revela Carilda. “Papito” alza las orejas y mueve la cola, festejando la oportuna aclaración. En el patio, un puñado de gatos de todos los colores y tamaños corretean, saltan por el aire y parecen los reyes del equilibro cuando caminan por los bordes de las macetas. La familia felina se agrandó: dos de las gatas tuvieron cría; ahora son 16. “Siempre tuve gatos, desde niña. Primero tenía uno solo, maravilloso, que cuando me fui a los Estados Unidos a visitar a mi familia, quince días nada más, se negó a comer y se murió. Cuando volví, mi suegra lo había enterrado en un cantero. Ghandi se llamaba. Lloré muchísimo, me puse muy mal.”
La poeta matancera presentará en la próxima Feria del Libro de La Habana Una mujer escribe (Ediciones Matanzas), una antología de su poesía prologada por Raydel H. Fernández, marido de la poeta cincuenta años menor que ella, realizada para celebrar los 90 años de Carilda. Como una maga, abre las manos y aparece el ejemplar de Desaparece el polvo, una miniatura amarilla de tapa dura con edición y prólogo de Antonio Piedra, publicada en España. “Fíjate cómo está; los tenía guardados uno pegadito con el otro. ¡Yo no sé qué ha pasado!”, se queja. La humedad, como siempre, cumplió el papel de alumna ejemplar. La tapa de la encantadora miniatura se descascara. “Este libro está relacionado con problemas personales, ¿comprendes? Estuve vetada, no se me publicó durante mucho tiempo, entre el ’63 y el ’78. En el ’78 me arriesgué a ir al Concurso 26 de Julio. Me dieron un diploma y me citaron al sitio en La Habana donde entregaban el premio. Desde el momento en que voy al premio, es porque veo una situación favorable.”
–¿Qué fue lo que pasó?
–Nada… Mira: ni el mismo Fidel creo que sepa lo que pasó. Él directamente no tuvo que ver nada con eso. Me parece a mí que fue un problema entre escritores, claro que escritores con poder político. ¡Si yo había escrito Canto a Fidel cuando Fidel estaba en la Sierra! Después del triunfo de la Revolución, estaba satisfecha; se me había cumplido un sueño, una aspiración, una necesidad de ver libre a mi país. Entonces la Revolución viene con sus reformas, sus nuevos modos; se van echando abajo muchos prejuicios. Es un nacimiento de una era totalmente nueva. A mí eso no me llama a la poesía y salto sobre eso. Pero estoy tranquila, un tiempo sin escribir o escribiendo cosas que no tenían nada que ver con la Revolución, más bien de mi vida personal, amorosa; toda la poesía erótica que, claro, desde temprano tenía esa línea. Ha pasado el tiempo y se han hecho estudios, reuniones; hemos sido convocados por la misma Revolución, por los líderes, a explicar qué pasó. En ningún momento se me ocurrió irme de mi país porque no me publicaban. Eso jamás me pasó por la mente porque Cuba siempre tiene que estar sobre todo, ¿entiendes?
–¿Por qué se queda usted, Carilda?
–Yo me quedo por amor, chica, porque amo a mi patria. Si luché y expuse mi vida, ¿cómo me iba a ir después? No me podía ir porque lo que yo quería estaba en el gobierno, ¿te das cuenta? Ahora tengo mis disensiones con distintas acciones de la Revolución. Pero no me siento capaz de discutirlas porque yo soy revolucionaria natural. No soy una persona que me rija por determinadas reglas. Yo soy muy libre siempre. He acatado todo lo que veo que ha sido maravilloso porque la Revolución ha dado cambios en la cultura y en todos los sentidos. Con Desaparece el polvo empiezo otra vez a ser reconocida. O sea que no es que ellos entiendan la Revolución, sino que la Revolución me entiende a mí. Parece una locura lo que te estoy diciendo, pero es así. Muchos de los escritores que ahora están dirigiendo estuvieron vetados. ¿Qué quiere decir? Que no hay sólo una toma de conciencia del escritor, sino de la Revolución. Y esos que parecían enemigos nunca lo fueron porque si no hoy no podrían estar en los lugares que están. Y eso, chica, es una cosa sociológica.
–Mientras escribía los poemas eróticos sabía que iba a incomodar, ¿no?
–Eso sí, he ejercido mi libertad, me he sentido mujer. Yo amaba la libertad y escribía también lo que me daba la gana. Claro que me acuerdo de que al principio escondía mis versos porque me daba como pena, pero no porque contuviera nada excesivamente atrevido. Esta es una labor de tanta intimidad con el papel, con la tinta, viene a ser un oficio que parece misterioso y que no se da siempre. Uno sabe cuando llega el verso que sirve y cuando llega el otro que hay que desechar. La poesía es una visita prodigiosa cuando se da porque a veces uno pasa mucho tiempo y no consigue nada. Un verso no siempre es poesía. Y la poesía está en todas partes, no sólo en el verso. Empecé a escribir después de los primeros libros; empecé a tener, sin darme cuenta, un idioma propio, un modo de expresarme. Leer más →
Nos han enseñado a tener miedo a la libertad; miedo a tomar decisiones, miedo a la soledad. El miedo a la soledad es un gran impedimento en la construcción de la autonomía, porque desde muy pequeñas y toda la vida se nos ha formado en el sentimiento de orfandad; porque se nos ha hecho profundamente dependientes de los demás y se nos ha hecho sentir que la soledad es negativa, alrededor de la cual hay toda clase de mitos. Esta construcción se refuerza con expresiones como las siguientes “¿Te vas a quedar solita?”, “¿Por qué tan solitas muchachas?”, hasta cuando vamos muchas mujeres juntas.
La construcción de la relación entre los géneros tiene muchas implicaciones y una de ellas es que las mujeres no estamos hechas para estar solas de los hombres, sino que el sosiego de las mujeres depende de la presencia de los hombres, aún cuando sea como recuerdo.
Esa capacidad construida en las mujeres de crearnos fetiches, guardando recuerdos materiales de los hombres para no sentirnos solas, es parte de lo que tiene que desmontarse. Una clave para hacer este proceso es diferenciar entre soledad y desolación. Estar desoladas es el resultado de sentir una pérdida irreparable. Y en el caso de muchas mujeres, la desolación sobreviene cada vez que nos quedamos solas, cuando alguien no llegó, o cuando llegó más tarde. Podemos sentir la desolación a cada instante.
Otro componente de la desolación y que es parte de la cultura de género de las mujeres es la educación fantástica par la esperanza. A la desolación la acompaña la esperanza: la esperanza de encontrar a alguien que nos quite el sentimiento de desolación.
La soledad puede definirse como el tiempo, el espacio, el estado donde no hay otros que actúan como intermediarios con nosotras mismas. La soledad es un espacio necesario para ejercer los derechos autónomos de la persona y para tener experiencias en las que no participan de manera directa otras personas.
Para enfrentar el miedo a la soledad tenemos que reparar la desolación en las mujeres y la única reparación posible es poner nuestro yo en el centro y convertir la soledad en un estado de bienestar de la persona.
Para construir la autonomía necesitamos soledad y requerimos eliminar en la práctica concreta, los múltiples mecanismos que tenemos las mujeres para no estar solas. Demanda mucha disciplina no salir corriendo a ver a la amiga en el momento que nos quedamos solas. La necesidad de contacto personal en estado de dependencia vital es una necesidad de apego. En el caso de las mujeres, para establecer una conexión de fusión con los otros, necesitamos entrar en contacto real, material, simbólico, visual, auditivo o de cualquier otro tipo.
La autonomía pasa por cortar esos cordones umbilicales y para lograrlo se requiere desarrollar la disciplina de no levantar el teléfono cuando se tiene angustia, miedo o una gran alegría porque no se sabe qué hacer con esos sentimientos, porque nos han enseñado que vivir la alegría es contársela a alguien, antes que gozarla. Para las mujeres, el placer existe sólo cuando es compartido porque el yo no legitima la experiencia; porque el yo no existe.
Es por todo esto que necesitamos hacer un conjunto de cambios prácticos en la vida cotidiana. Construimos autonomía cuando dejamos de mantener vínculos de fusión con los otros; cuando la soledad es ese espacio donde pueden pasarnos cosas tan interesantes que nos ponen a pensar. Pensar en soledad es una actividad intelectual distinta que pensar frente a otros. Leer más →
¿Estar o no estar en los medios? Ese pudiera ser, tal vez, el dilema existencial de nuestros días. Los medios ostentan la capacidad de contar la vida, y hacen creer que esas narraciones, son la vida misma. El espejismo de constituirse en el reflejo de la realidad los ha situado en una de las esferas principales del núcleo del poder.
La presencia, entonces, en los medios de personas y temas, confiere estatus de legitimidad a la cuestión que se trate. Teóricos/as en los estudios de comunicación han centrado sus análisis en la construcción de la agenda de los medios, al considerar que ese es el nodo, a partir del cual, se estructuran los sistemas y procesos de la comunicación masiva.
La teoría de la Agenda Setting1, enmarcada en las llamadas teorías de los efectos, postula cómo los medios a partir de seleccionar temas y conferirles jerarquía dictan a la audiencia qué pensar y cómo hacerlo. Esta agenda se constituye en un marco referencial para interpretar la realidad.
Aunque esta teoría tiene como una seria limitante, que concibe a las audiencias como entes pasivos, homogéneos, aislados de un contexto y subestima las experiencias individuales, por otra parte, pone de manifiesto la importancia de atender a la visibilización de ciertos temas y al silencio sobre otros.
Algunas de las cuestiones relacionados con la situación, condición y posición de las mujeres, o promovidos desde el feminismo o los estudios de género han pasado del silencio al show mediático. Pasaron de ser de “lo que no se habla”, a estar iluminados por los reflectores. Acaparan portadas y horas de radio.
Las luces iluminan solo algunos asuntos: la violencia hacia la mujer, el aborto, el matrimonio entre personas homosexuales o lesbianas… Pero más que verdadera luz, lo que prima, con sus honrosas excepciones, es el enfoque banal, el morbo, el sensacionalismo que llega a ser amarillista en algunos casos2. Se repiten hasta la saciedad los lugares comunes que sustentan mitos y estereotipos.
Hay quienes suscriben que la presencia, en sí misma, de estos tópicos es ya un logro, pues es preferible que se muestren, aunque se reproducen los mismos presupuestos sexistas a que permanezcan ocultados y ocultos. La aparición pública del tema y la polémica que muchas veces genera lo valoran como un indicador de visibilidad.
No suscribo totalmente este punto de vista. Sería necesario realizar estudios de audiencia para valorar los niveles de aceptación, de recepción crítica, apropiación, rechazo, posible problematización con las representaciones sociales del grupo expuesto al producto comunicativo de que se trate.
Por otra parte, incluso discursos que se presentan como discontinuidades de la representación tradicional de lo femenino no lo son realmente, no significan una ruptura pues remiten de otra forma a las esencias tradicionales. Helena Neves ha escrito al respecto: “es la continuidad debidamente adaptada al paso del tiempo, de modo que garantice la eficacia del control.”3
Pero lo que sí afirmo es que el sexismo signa los productos comunicativos en los llamados medios tradicionales y también en los nuevos soportes. La fibra óptica y el microchip han sido aliados en la amplificación, en tiempo real, de viejos estereotipos de lo femenino y lo masculino.
Resulta una manifestación de la violencia de género, agrede a las mujeres y las niñas a nivel individual y colectivo. Imprime al imaginario social otra marca de género. Es la violencia simbólica hacia la mujer desde los medios y las industrias culturales. Leer más →
Yo pongo mis versos contra los puños, los gritos, las amenazas veladas, las descalificaciones o prohibiciones, las desigualdades, la falta de oportunidades, la discriminación. La violencia contra la mujer tiene disímiles rostros y lo más terrible es que lleguemos a naturalizarla.
A lo largo de la obra de la escritora Marilyn Bobes prevalece el interés de poner al lector frente a peculiaridades de las relaciones interpersonales, a elecciones de vida diferentes, a las motivaciones de ciertos sujetos en momento determinados de sus vidas y la del país y las “soluciones” que encuentran.
Sus lectores agradecen esta necesidad suya de contar historias con temas que pueden parecer intrascendentes, pero que en modo alguno lo son. Al mismo tiempo, desde las primeras páginas de sus narraciones se advierte un hilvanado tan exacto que la ardua elaboración puede pasar inadvertida.
Lo cierto es que Marilyn escribe las historias que se siente compulsada a sacar de dentro. También se dedica a la crítica literaria y a la edición. Vive sin desvelos después de recibir dos de los reconocimientos más importantes que su obra ha merecido: El Premio Casa de las Américas por los libros Alguien tiene que llorar, de cuento, en 1995, y la novela Fiebre de invierno, diez años después; lauros que sólo la obligan, según ha confesado, a ser más rigurosa con lo que escribe, a fin de no defraudar a sus lectores con libros de calidad inferior a los que obtuvieron esa distinción.
-Conversando sobre su poesía con el escritor Ahmel Echevarría, usted dijo: “Aspiro a que los recursos con los que construyo mis poemas estén en función de lo que quiero decir. Que constituyan un medio y no un fin”.¿Puede ser una postura que a veces se da de bruces con la de escritores cuya intención es armar toda una algarabía tecnicista y no establecer una comunicación efectiva con quien los lee?
Los problemas de la comunicación son complicados. Hay quienes disfrutan hasta de esa algarabía tecnicista a la que usted se refiere, y hay también quien piensa, como yo, que escribe en función de lo que quiere decir y se tropieza con un tipo de lector que desea aún más claridad. Creo que la diversidad es la mejor manera de que existan los públicos y no el público. En mi opinión, es un error considerar al receptor una masa homogénea con iguales intereses de recepción. Las preferencias pueden ir desde la diafanidad de un Mario Benedetti hasta la hermeticidad de un Lezama Lima. Creo que todo radica en el nivel de autenticidad y rigor. Se exprese de la forma que quiera expresarse.
-Usted ha escrito que la poesía le parece en estos momentos un género demasiado pródigo. Un bosque que no le permite vislumbrar los árboles. ¿Se ha relajado demasiado el rigor del escritor, de los jurados de los concursos, de los editores, de los periodistas y hasta del mismo lector con respecto a la poesía que se escribe hoy?
Eso pienso, aunque admito la posibilidad de estar equivocada.
-Refiriéndonos a su narrativa, en Fiebre de invierno y Mujer Perjura escribir se convierte en la manera de atestiguar la existencia, de encontrar sus claves. Pero al final de su novela Fiebre de invierno se lee: “Mientras tanto, yo, decidida a escribir Fiebre de invierno, contemplo de nuevo el rostro de Mozart y releeo la dedicatoria de la tarjeta postal de Nuta. Incomprensión y mezquindad, ¿qué sabrá Benvenuta de incomprensión y mezquindad? Ella, para quien todo ha sido tan fácil”. Aunque la protagonista de la novela logra escribir, sacar todo de dentro de sí, se advierte un ligero aire de ¿derrota? ¿Alcanza la escritura para estar en paz con el mundo y consigo mismo?
Confundir personajes con tesis de autor es un frecuente hábito que tienen algunos críticos. Evidentemente a la protagonista de Fiebre… la escritura no le bastó para como usted dice “estar en paz con el mundo y consigo mismo”. Supongo que a otros personajes de otras novelas sí. La escritura no es un método terapéutico ni un testimonio, sino una forma de conocimiento, una reflexión sobre la existencia. Eso no quiere decir que el escritor coincida siempre con el punto de vista de sus personajes. Solo se coloca en el lugar de los mismos para darles una vida virtual.
-¿Cómo ha sido su relación con el lector cubano? ¿Siente que cada uno de nosotros ha leído sus historias de acuerdo con sus propósitos o hemos podido hacer otras lecturas, llegar incluso a la guerrilla semiológica?
Lo bueno de la literatura es su carácter polisémico. De ahí que los lectores puedan añadir a la obra su propia subjetividad. Estoy convencida de que cada lector siempre lee una historia de diferente manera. Y ello me complace.
-Hace poco tiempo presentó una antología de su poesía, pero narrativa no publica desde el 2009. Después de tantos años de escritura, ¿cómo se enfrenta al proceso creativo?
Del mismo modo de siempre: por necesidad expresiva. No escribo para acumular títulos sino por aquello tan demodé que llaman inspiración. Además de hacer literatura tengo muchas otras ocupaciones, como la edición, el periodismo y las labores de promoción cultural. Todas tienen para mi vida profesional la misma importancia.
-¿Puede darme noticias de Aprendiz de Menard?
Es mi segundo libro de cuentos, que alguna vez tuvo ese título. Ahora se encuentra en proceso de edición por Letras Cubanas y se llama Los signos conjeturales. Se trata de un conjunto de relatos que tienen como tema a personajes de la literatura universal, contemporaneizados y revisitados para colocarlos ante nuevas situaciones.
-¿Pudiera suceder la reedición de Alguien tiene que llorar?
Tuve una propuesta de Ediciones Cubanas pero hasta ahora no se ha concretado.
-A la altura del 2012 cree que la literatura cubana ha podido desembarazarse de los temas abordados en los años 90. ¿Cuáles nuevas o viejas preocupaciones alientan los libros que se están editando en Cuba o que recientemente usted ha leído?
Creo que estamos viviendo un nuevo período de ruptura, donde irrumpe una mayor universalidad en los temas. Muchos libros que he leído desarrollan sus historias en metarrealidades o tienen como escenario otros países que no son Cuba. Aprecio también un desplazamiento hacia problemas intemporales del ser humano y un abandono de ese tono un poco periodístico o testimonial que prevaleció en los noventa, con excepciones.
-Pudiera caracterizarse como editora en un mudo editorial en el que usted ha dicho que falta agresividad o curiosidad por parte de los editores, ¿cómo es su relación con el autor cuyo libro está ayudando a salir al mundo?
Todo lo que me parece valioso trato de encaminarlo a través de la editorial donde trabajo, Ediciones Unión. Por supuesto que los libros que propongo pasan por una evaluación que realizan nuestros lectores y necesitan la aprobación de nuestro Consejo Editorial. La edición es un trabajo colectivo en lo que se refiere a la gestión. En cuanto a los libros aprobados que llegan a mis manos los asumo también como míos y sugiero cambios, supresión de capítulos, cualquier cosa que, en mi opinión, pueda mejorarlos. Al final, respeto siempre la decisión del autor. Pero nunca me limito a la función de redactora de estilo. Creo que un editor es mucho más que eso y en este sentido siempre trato de hacer lo que hago dando el máximo de la experiencia que puedo tener como escritora.
-¿Qué fue lo que la motivó a comenzar a escribir poesía a los 12 años?
Resulta difícil recordar por qué comencé a escribir. Quizás el hecho de que durante todos mis estudios primarios fui seleccionada por mis profesores para memorizar y recitar en los actos escolares textos de Martí, Bonifacio Byrne y otros autores que ya no recuerdo. Esas lecturas me pusieron en contacto desde edades muy tempranas con ese género de la literatura. Después, mi madre era asidua lectora de poetas “comerciales” como José Ángel Buesa o Hilarión Cabrisas y otros de más trascendencia como Juana de Ibarburu y Alfonsina Storni. En la Secundaria, con los primeros amores de adolescencia, surgió en mí el deseo de componer textos relacionados con sentimientos hasta entonces no experimentados que afloraban en mi interior. Mis motivaciones fueron ingenuas y nacieron de una necesidad expresiva muy íntima.
-¿Recuerda la sensación ante el primer libro publicado; ha variado esta con el paso de los años y la publicación de nuevos libros?
La sensación ante mi primer libro publicado fue de inmensa alegría. Tenía la certeza de haber alcanzado un nivel de realización profesional que no volvió a repetirse después con el paso de los años. Mi inmadurez de entonces no me permitía darme cuenta de la gran responsabilidad que había adquirido ante la sociedad y mis posibles lectores. Después de La aguja en el pajar he sentido siempre ese peso y un cierto malestar cuando me percato de la curiosidad (quizás lógica) que mi persona y no solo mi obra despierta entre los otros. Soy tímida y prefiero el anonimato. Pero creo que esa es una aspiración imposible para un escritor y, en general, para todo artista. Especialmente si ha ganado algún (o algunos) premio(s) de cierta importancia.
-¿Qué papel ha desempeñado su familia a la hora de perseverar en la escritura?
Mi perseverancia en escribir no ha dependido nunca de ningún factor externo, sino de mí misma. Mi familia siempre me ha dado su apoyo, a pesar de que no siempre les guste todo lo que escribo.
-¿Cómo es un buen día para Marilyn Bobes?
Un buen día para Marilyn Bobes son todos los días. Incluso los peores.
-En la entrevista con Amaury Pérez en el programa televisivo Con dos que se quieran usted dijo que había una manera cubana de escribir, refiriéndose a las claves de cubanidad presentes en la obra de escritores de la isla ¿Cómo es la manera cubana de vivir de Marilyn Bobes?
Esas son cosas que no se conceptualizan. Se experimentan y van desde la manera de comer hasta los modos de relacionarnos con nuestros compatriotas y con el entorno. Mi manera cubana de vivir quizás pudiera sintetizarla diciendo que es mi manera de ser como soy: una cubana orgullosa de serlo y de vivir en esta Isla que me hizo como soy.
Existe una tendencia en los medios de comunicación masiva en Cuba que insiste en abordar temas sobre las mujeres o desde las mujeres, o sea: múltiples voces femeninas que hablan y cuentan sus experiencias. Así, varios espacios televisivos, reportajes en los noticieros, instituciones que proclaman el número de mujeres que tienen al frente de diversas tareas. Quienes trabajamos los temas de género, y especialmente los estudios de mujeres, pudiéramos ver todo ello como un progreso pero sucede que, precisamente al adentrarnos en un análisis de mapeo sobre cómo están articuladas esas representaciones afloran síntomas que desmienten ese aparente avance.
Es muy importante la posibilidad de visibilizar cualquier quehacer en que seamos protagonistas. Eso como primer paso es vital: hacer visible lo invisible. Sin embargo, cuando esa visibilidad recurrente repite estereotipos, reproduce binarismos esencialistas y se convierte en una característica es para preocuparse y mucho. Sucede que lo que aparentemente se quiere denunciar termina por aparecer como legítimo y natural. Lo que constatamos hoy en los medios y en el tratamiento que desde algunas instituciones se le da al tema es que hay una persistencia de la banalidad y la vulgaridad, a ello se le suma el encorsetamiento que sobre la feminidad se tiene, a lo que responden reportajes en los que mujeres transgresoras, en términos de lo que se conoce como la división sexual del trabajo, o sea que a aquellas que asumen roles profesionales no tradicionales para el habitual concepto de lo femenino, se les exija y de hecho se haga hincapié en cómo “a pesar de todo” continúan siendo “femeninas”: se arreglan las uñas, se maquillan, etc. El asunto es mucho más complejo pues la elección personal para todo ello es necesaria, pero como elección no como un deber ser que nos ubica en una feminidad que es arbitraria.
En varios textos he comentado, y muchas de mis colegas lo han hecho de manera excepcional, el daño que puede provocar nombrar los estudios de género sin el dominio que debe sostener cualquier comentario al respecto. La televisión -que es donde me detendré-, aunque no la única institución sí es la de mayor impacto social y parece no tener en cuenta que simplificar y reducir es banalizar.
Por un tiempo, de cuyo alcance prefiero no acordarme, apareció el programa Ecos de mujer por el canal Cubavisión –uno de los más populares en Cuba-, en el que el caos de la puesta en escena no acabó nunca de explicarnos de qué eran los ecos y mucho menos logramos entender por qué eran los de las mujeres. Aquello en términos de coherencia con el tema no tenía ninguna lógica, a no ser la de continuar potenciando la banalidad. Porque allí, a pesar de tener en varios momentos invitados interesantes, como no había una concepción clara -al menos así se entendía-, cualquier comentario inteligente se diseminaba.
Hoy los ecos de mujeres continúan. Ya no hace falta ningún programa con ese nombre para constatar que así anda casi todo lo relacionado con el tema. Es increíble cómo desde los chistes que se reproducen ad infinitum en programas que incluyen una sección dedicada al tema, como en ¡Ay mujeres!, del humorístico semanal A otro con ese cuento, aparentemente ellas son las que asumen las riendas pero realmente aparecen con el chiste banal, insípido y vulgar; hasta programas con buenos humoristas en los que sus monólogos son un compendio de burlas a las mujeres. Lo peor es que el público femenino aplaude y ríe con lo mismo que las boicotea. Hasta ese punto se ha naturalizado el chiste en el que ellas son el centro de la historia y en la que los adjetivos de histéricas y peleonas se exhiben como si nada.
La pregunta estaría en si no tenemos derecho a cierta banalidad también, a tomarnos un descanso para el chiste y alguna “superficialidad”. La cuestión radica en el derecho que tenemos de escoger ser lo que deseemos, pero escoger, no que nos digan cuál es la fórmula bien aprendida de qué significa ser mujer, amparado en una tradición que es patriarcal y que aún continúa sutilizando sus estrategias de reivindicación en el ejercicio de un poder perpetuado. La clave es si esa superficialidad no es la tónica de muchos programas de televisión que desde las voces de mujeres abordan temas “de mujeres”, lo que, al convertirse en recurrencia, se lee como un discurso, quiero creer que irresponsable. La TV es uno de los medios que más impacto tiene en la conformación de imaginarios, en contribuir a modelar actitudes y la sistematicidad en ciertas representaciones. En un país en el que la institucionalidad asume un encargo al respecto resulta mucho más inquietante.
Persistir en programas que repiten hasta el infinito la imagen de una mujer tonta, que solo muestra su belleza y sensualidad es reproducir un tipo de televisión que se esmera en ser trivial, trivialidad que se ancla, en muchos sentidos, en el tratamiento que se realiza sobre los temas femeninos. Recuerdo un programa en el que dos hombres competían sobre deportes y cada uno era acompañado por tres mujeres provocadoras que bailaban cada vez que el competidor ganaba; ellas solo movían sus cuerpos con sensualidad y nunca hablaban, no estaban allí para eso. Que existan en la TV realizadoras interesadas y comprometidas con el tema, así como algunos muy selectos programas que se desmarcan de lo explicado, no quiere decir que tengamos una televisión que apuesta, al menos eso es lo que sus imágenes dicen, por la equidad de género. Leer más →