Criatura de Isla

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Josefina Martínez Otaño: “Vivir es eso, perder y ganar”

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Josefina Martínez Otaño no va a estar más entre nosotros. La noticia de su ausencia para siempre me llegó con demora pero no por ello la tristeza fue menor. Conversar con ella una tarde de febrero de 2008 ha sido uno de los regalos buenos que la vida me ha hecho. Sentadas delante de nuestras tazas de café en la sala de su casa, custodiadas por su perro dálmata, es la fotografía que de ese día atesoro para siempre en mi memoria.

Josefina tuvo una abuela a la que llamaban Nieve, la mantuana; una especie de Doña Bárbara caribeña, con fincas, caballos y pistola a la cintura. La nieta escritora no heredó la reciedumbre de carácter ni la fuerza de su antecesora, escogió para quedar en el recuerdo la dulzura, el gusto por contar historias de amor y la luz  de los que aprendieron a tiempo a vivir en paz consigo mismos y con los demás.

No era de las autoras radiales más prolíficas en su opinión pero cada relato suyo, cuento, teatro o novela, hizo un viaje directo desde el papel donde fue concebido hasta el corazón de quien lo escuchó. Esa fue su cualidad esencial, despertar la emoción, desentumecer los sentimientos, ofrecer la posibilidad de soñar.

Hábleme de sus primeros pasos en los medios…

Yo comencé a los 14 años en Pinar del Río porque yo soy de Minas de   Matahambre, un lugar que adoro. Empecé en la CMAB, lo que es ahora Radio Guamá. Comencé de recepcionista, discotecaria, de lleva y trae y de todo lo que había, cobrando muy poco. Después comencé a trabajar en un cuadro de comedia que había allí. Empezamos a hacer La Guantanamera con unos cantantes, los domingos hacíamos una cosa en vivo y así hasta el triunfo de la Revolución que vine para la Habana. Aquí empecé a tomar un curso de instructores de arte y en el examen final me pusieron como actriz en la Brigada Covarrubias que se estaba formando. Después pasé al grupo de teatro Rita Montaner. A Iris Dávila le protagonicé su primera obra de teatro, “El pie para el escándalo”, y le gustó mucho.

Entonces, cuando Iris pasa para el ICR, me llamó para que fuera con ella para allá. Empiezo allí como actriz. Luego en el 68 me fui para Santiago de Cuba por dos años como actriz y locutora en el incipiente Tele Rebelde. En el 70 regreso a  la Habana y salgo para Moscú por dos años. Allá estuve 10 años trabajando como locutora internacional, lo que me convirtió en la locutora que más tiempo ha estado trabajando fuera. Cuando regresé seguí laborando como locutora y actriz, aunque  más en la radio que en la televisión porque ya no tenía ganas de andar maquillándome tanto.

¿Cómo se inicia en la escritura radial?

A la escritura llego porque a los cuarenta y tantos años de mi vida me enamoré de alguien como una adolescente. Así fui redescubriendo el amor y lo que era estar enamorada, con susto en el pecho y todos esos trajines. Me casé y duró unos años. A mí la felicidad nunca me acompaña por mucho tiempo, yo creo que a casi nadie. Un día descubrí que ya no debíamos seguir y me quedé muy descentrada,  como muy perdida. Una mujer que en ese tiempo era mi amiga me dijo que cuando ella perdió a su esposo, le había hecho mucho bien escribir.

Un día me busqué una máquina de escribir viejísima, que me dio no sé quien en el ICRT, y puse una hoja. Todo el tiempo me preguntaba, cómo voy a escribir, qué escribo y de pronto empecé y  nadie me pudo detener hasta que la terminé.  Fue una novela que rompió en los ochenta y pico con el mensaje de aquella época. En ese tiempo la gente se casaba vestida de miliciana y esos trajines. Entonces, esa era una novela de puro amor, aunque estaba explícito e implícito el entorno. El caso es que enganchó. Un día me llaman y me dicen que estaban llegando cartas de toda Cuba, de todas partes llegaban cartas sobre la novela “La corona de mariposas”. Esa fue la primera que escribí, después vinieron cuentos y teatros. Yo he tenido mucha suerte como escritora. Si me pongo a ver no tengo esa cantidad de novelas escritas, pera cada una de ellas ha sido un éxito. 

Con “Más allá del amor” y según Ciro Bianchi la novela cubana original se revitalizó dejando atrás el impase en  el que había caído.

Así mismo es. Yo pienso que la novela era casi un mensaje de los CDR. Entonces, entré yo con el amor que es una cosa muy grande. Aunque soy de las que cree que el amor ha perdido en calidad y como dice Gabriel García Márquez el susto del amor se ha ido. Ya la gente no sufre por nadie, nadie ama de verdad. Sin embargo, les ponen una novela y la disfrutan, lloran con esa mujer y con ese hombre, y se alegran cuando se casan porque el amor es la fuerza, porque todo el mundo espera ese tipo de amor aunque le toque de refilón.

¿Qué posición asume ante los personajes masculinos y femeninos?

Tal vez con esto no coincidan los escritores hombres, tan buenos como los hay, por ejemplo, Joaquín Cuartas. Pero el hombre, y tú como mujer lo sabes, nunca va a llegar a conocer a una mujer como una mujer va a conocer a un hombre. Esa es la ventaja de ser una mujer escritora. Además yo soy de una familia de muchos hermanos, con un montón de sobrinos de todos tipos, buenos y malos. Entonces, tengo muestras para escoger todas las que quiera.

En su obra podemos encontrar el empleo del erotismo ¿Cómo lo maneja?

Me gusta el erotismo fino. Aunque mi hijo dice que yo soy una pazguata o mojigata. Los temas sexuales y el sexo en sí mismo no es lo que a mí me motiva. Doy mucha pasión. En “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez, cuando la muchachita muy jovencita se acuesta con el hombre, ella dice que tuvo tiempo de darle gracias a Dios por el dolor, que es cuando pierde la virginidad. Es una cosa preciosa y entonces yo no sé por qué hay que utilizar la vulgaridad, que es como un bofetón en la cara, sin ninguna justificación.

¿Se ha sentido bloqueada en alguna trama?

Creo que no porque yo tengo la escaleta de lo que va a pasar aunque de ninguna manera es una camisa de fuerza. A veces no tiene nada que ver lo que después hago con eso, pero sé para donde van mis personajes y qué quieren. Emocionalmente sí me estanco. La emoción es mucha y tengo que tomarme mi tiempo para seguir. Lo que hago es que me escapo cuando alguien le rompe la cara al malo de la novela. Ahí vuelvo a coger fuerzas para escribir.

¿Tiene algún ritual para trabajar?

Antes me levantaba  a escribir desde muy temprano y me acostaba muy tarde. Ahora me levanto todos los días a las siete menos diez para prepararle el desayuno a mi nieto y escribo hasta las nueve. A esa hora me detengo para poner frijoles o algo y me vuelvo a sentar. Aquí en la casa siempre se come a las mil y quinientas porque si me siento a escribir se me olvida que el mundo existe. A eso de las doce, si me acuerdo que no he puesto el arroz, voy a la cocina y me vuelvo a sentar. Ya después no escribo hasta el otro día, a no ser que esté presionada para entregar unos capítulos. Si es así escribo hasta tarde. Pero no me conviene escribir tanto porque me canso  mucho, no mental pero sí físicamente.

¿Se levanta algún día sin ganas de escribir?

Sí, como no. De hecho cuando no estoy muy apretada me tomo dos y tres días y ni pienso en eso. Lo abandono en un momento bajo, nunca en un momento ascendente si no cuando hay un reposo que me permita retomarlo de nuevo.

¿No teme que algún día se le agote la imaginación?

Yo tomo mucho de la vida que me rodea. Un día recuerdo algo y lo llevo al papel inmediatamente. Tengo mucha facilidad para inventarme una historia, por eso no hago adaptaciones porque siento que todavía tengo muchas historias que contar. Cada día que vives es una enseñanza. La vida cada día te demuestra cosas y yo soy muy observadora y tengo una memoria privilegiada. Siempre estoy tomando historias que ocurren a mí alrededor.

¿Qué futuro le augura al dramatizado radial?

No sé, pienso que cuando esta generación desaparezca harán otro tipo de novela y no sé si la gente la disfrutará de igual manera. Hay una cosa, cuando los eruditos se sientan a hablar sobre el melodrama, se olvidan de que del lado de acá del receptor las muchachitas como tú sueñan con esas novelas y con esos personajes, esos hombres. Sueñan. La gente sí sigue las novelas, lo mismo los  hombres que las mujeres. En Cuba hay una tradición de radionovelas aunque creo que puede desaparecer como desapareció en América Latina. En uno de los pocos lugares donde se está haciendo hoy es en Cuba y en México. En Cuba yo creo que todavía tiene camino por recorrer. Ahora mismo hay gente joven escribiendo. La salud de la novela depende de en manos de quien caiga.

De la Josefina de “La corona de mariposas” a la de ahora, ¿qué ha ganado y qué ha perdido en el trayecto?

Bueno, perdí la ingenuidad y he ganado en experiencia, indudablemente. He perdido aquel miedo, aquella emoción, aquel temor al qué dirán. Ahora si te gustó bien y si no también, no me voy a cortar las venas por eso. Cada día te deja y te quita cosas. Vivir es eso, perder y ganar.

Y el público, ¿cuánto ha retribuido esa dedicación?

Yo le estoy muy agradecida porque siempre ha recibido muy bien mis novelas y todo lo que yo hago. A los periodistas también les estoy muy agradecida porque siempre se ocupan de lo que yo escribo. El reconocimiento y el respeto me hacen sentir bien porque soy humana. Yo disfruto cada triunfo de un compañero mío porque a fin de cuentas todos somos cubanos. Les deseo que les vaya bien, y no es que yo sea buena, es  mi manera de ser. Eso me limpia el alma, hace que yo me sienta más cómoda conmigo misma y que me pueda acostar por la noche sin tener que deber nada a nadie.

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Autor: Criatura de isla

Mujer, cubana, escribidora (a saber: periodista, narradora, poetisa).

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